sábado, 12 de agosto de 2017

Malvados



Blancanieves se sentó al otro lado de la mesa, mirando con sorna a la reina Grimhilde. La vieja monarca, sin su espejo adulador y sus poderes, aparecía hundida, con los ojos vacíos. La joven comenzó el interrogatorio.

-Eres perversa, eres malvada, eres una ególatra insufrible que solo buscaba la adulación, que solo se miraba a sí misma en el espejo, sin ver a nadie más, sin ver más allá de su propio placer. Eres el egoísmo en el que se basan los genocidas, los psicópatas, los asesinos. Eres una manipuladora que planeó y ejecutó un asesinato solo porque alguien podía ser más bella que tú. Eres la basura que está en el fondo de la basura, la que está más putrefacta. Eres mierda que…

-Mi joven princesa… no te equivocas al describir mis actos. Fui todo eso y más. Cometí maldades que incluso tú desconoces. Y ahora mírame, aquí estoy, vencida por el tiempo, dispuesta a pagar por todo. Sin embargo, permíteme que restaure algo de aquello, solo una pequeña migaja, y te dé un consejo.

-¿Tú? Ja… ¿qué puedes enseñarme tú si no es algo perverso?

-Mi consejo tómalo o déjalo, joven, pero escúchalo aquí y ahora: todo el mundo tiene una razón para hacer lo que hace. No se trata de excusar la maldad, tan solo de entender el por qué. No se trata de perdonar al perverso porque tiene una razón para serlo, se trata de entender por qué llegó a ese punto. Y no por él, si no por ti, porque el rencor es una carga que te hará infeliz. Quédate, pues, con esto: no juzgues a quien tienes delante, pues un día puede que alguien quiera juzgarte a ti.

-Cháchara insufrible de una puta arrogante. Quisiste matarme a mí que no te había hecho nada, yo que he sido buena, yo que solo tenía buenas intenciones.

La vieja bruja miró compasiva a la joven.

-Dime pues, niña de los buenos sentimientos, ¿por qué abandonaste a aquellos siete que cuidaron de ti sin conocerte y te fuiste con aquel bello hombre que solo te brindó un beso?

Blancanieves se levantó iracunda y descargó un puñetazo encima de la mesa.

-¿Qué sabrás tú de mis razones, vieja zorra?
-¿Y tú, Blancanieves? ¿Qué sabes tú de mí?

domingo, 25 de junio de 2017

El tiempo que no vuelve



«Ey, amigo, te lo voy a explicar. No es tan difícil. Mira, es así: sales de tu casa por la mañana temprano y la dejas ahí, tumbadita en la cama. Son seis años de matrimonio, pero te sigue gustando la redondez de su culo como el primer día. Pues sí, tío, no me mires así, son años, pero qué coño, que sigo pillado con esa mujer. Pues como te decía, te vas al trabajo y ahí se queda ella. Y cuando llegas al curro te recibe el jefe a grito pelado, que parece que el maricón está esperándote desde el día anterior, y te dice que dónde están los informes. Joder, se quedaron encima del escritorio de mi casa. Salgo corriendo, cojo el metro de nuevo y cuarenta minutos de viaje que tendré que recuperar después de la hora de salir. ¿Sabes que veo cuando llego?... a la del culito redondo que se quedó en la cama subiendo al  coche de alguien, de un tío que no conozco. Pero incluso ahí, en ese momento, no dudo de ella. Es cuando les veo besarse cuando me descoloco.

Es ahí, amigo, cuando me olvido de los informes y quiero volver a la noche anterior, a los dos sentados viendo el concurso de mierda de la tele y riéndonos, con la cena sobre las piernas. 

En la esquina veo una máquina del tiempo. Entro y pido un viaje al pasado, a la noche anterior, a la semana anterior, a la vida anterior. Me lo sirven sobre un posavasos manchado y yo me lo bebo de un trago, y empieza el viaje: los dos vestidos de fiesta, bailando, y luego follando para despedir el año, que es como solíamos hacerlo; los dos discutiendo acalorados por una nadería y luego pidiéndonos perdón como adolescentes; los dos buscando un hotel rural, porque París está fuera de presupuesto.

Las imágenes se vuelven borrosas y pido ampliación del viaje. Vuelven a llenarlo y lo veo todo claro de nuevo. Hay momentos de tensión, de decisiones inaplazables; hay ilusiones, decepciones, alegrías, discusiones. Más momentos, más planes, más futuro, más pasado… ningún presente.

Necesito algo más fuerte, un viaje más intenso. Lo pido, pero me ponen mala cara. Discuto y al final lo consigo. El encargado de la máquina del tiempo me hace pasar a otra estancia, más discreta, donde me esperan líneas blancas, líneas de tiempo, que aspiro con un billete viejo. Sonrío. El aleteo en el corazón, los buenos momentos que vuelven, y decido salir de allí mirando al cielo, sin dejar de sonreír por lo que estoy reviviendo, mi viaje al pasado. 

Y cruzo la calle buscando el tiempo que no vuelve.

Sí, tío, ¿ves como sí es posible viajar en el tiempo? Escúchame, ¿ves aquella monada que está detrás del cordón policial, la que tiene cara de preocupación? No la dejes acercarse. Colócate la gorra, ajústate el uniforme, vas hacia ella y le dices que se tranquilice. No le digas que la mitad de mi cuerpo bajo este coche es solo ya una masa informe. No permitas que me vea así al final de este viaje. Dile que la quiero.»

lunes, 12 de junio de 2017

Azul es mi nombre


El ruido que hace mi mamá en la cocina me despierta, como cada mañana. Es una de mis rutinas, de esas que me hacen la vida fácil y sin las cuales no podría vivir. La siguiente es saludar al sol. Me asomo por la ventana y pienso que soy la segunda persona que ve desde que asomó por encima de los árboles. La primera es mi mamá, claro. Nadie se despierta antes que ella en el mundo. Ella le habrá dado los buenos días y ahora soy yo quien le habla con mis no-palabras. ¿Qué qué son, dices? Son las que yo uso, son especiales, no suenan, solo vuelan desde mi mente hasta mamá, y hasta el sol, claro, que son los únicos que las entienden.

Dicen los mayores que en los seis años que llevo viviendo sobre esta tierra, nadie ha escuchado ningún sonido salir de mi boca, pero mamá sabe que eso no es cierto, que las no-palabras suenan, solo en su cabeza, claro, pero ella las oye.

Cuando veo que el sol ya está contento por haberme visto hoy, desvío la mirada hacia la carretera que pasa por delante de nuestra casa. Hay un hombre sentado sobre una maleta. Le miro extrañada. Nadie para nunca delante de esta casa. Vivimos en medio de la nada, rodeados de campos de maíz. A mamá siempre le ha dado miedo que estemos las dos solas, sin nadie cercano en muchos kilómetros, y siempre anda diciendo que un día lo venderá todo y nos iremos lejos.

El hombre está mirando fijamente la casa. Incluso desde la distancia, noto que sus ojos lo examinan todo. Debería bajar y avisar a mamá, que siempre me ha advertido contra los extraños. Dice que nunca hable con ellos, ni me acerque, ni mucho menos que les tome de la mano, que alguien tan especial como yo es presa fácil. No sé qué significa eso, pero mamá siempre tiene razón, así que yo la obedezco… casi siempre.

Entonces se me ocurre que quiero verle de cerca. Bajo la escalera, pisando con cuidado para que no suenen los escalones de madera, y me escabullo por la puerta trasera, fuera de la vista de mamá. La hierba está fría bajo mis pies desnudos. Avanzo hacia el hombre hasta ponerme delante de él. No se mueve y me mira, como extrañado, a través de unas gafas de sol redondas. Debe ser que nunca ha visto una niña. Me fijo en que lleva dibujos de mujeres en la piel. Su cara es vieja, pero su ropa joven, como cuando le quito la cabeza al osito de peluche y se la pongo a una de mis muñecas.

Sigue sentado en la maleta, pero sus no-palabras me dicen que se ha puesto tenso al verme. Señalo sus tatuajes.

—Son mujeres que amé… y ya no están. —dice.

Señalo su maleta. Entonces, él se levanta y la abre. Revuelve la ropa hasta que encuentra un cordón de cuero. Se gira hacia mí, agarrándolo con las dos manos. Oigo a mi madre que grita desde la puerta de nuestra casa y corre hacia nosotros. El cordel se enrosca a mi cuello y los gritos de mi madre se vuelven histéricos. Entonces se afloja y algo metálico cae sobre mi pecho. Es una plaquita donde pone “Azul”. “Azul” es mi nombre.

Él se quita las gafas y me habla con no-palabras. Y yo le respondo con las dos únicas que han salido de mi boca en lo que llevo de vida:

-Hola, papá.

martes, 30 de mayo de 2017

La herencia



Carraspeó, se aclaró y leyó una vez más el papel que tenía delante. Decía así:

Me gusta… 

...el olor de la leña de chimenea en una tarde de invierno,
la carcajada ruidosa de un bebé,
encontrar una piedra redonda y pulida en el fondo del arroyo,
el valle que hay entre las clavículas de mi mujer,
la noche del viernes y la mañana del domingo,
el olor del jazmín en las noches de verano,
la luna llena cuando me habla.

No me gusta…

...sonreír cuando solo quiero llorar,
el desánimo del desamor,
sentirme solo cuando estoy acompañado,
besar la indiferencia,
la punzada en el corazón,
la enfermedad asesina,
el apego al desapego.

Esto, hijo mío, es tu herencia. Siente cada palabra y saborea cada olor. Piensa con el corazón y siente con el alma. Sufre cuando toque y disfruta cuando quieras, pero sobre todo, y ante todo, ámate y ama. Entiende lo que digo y vivirás para siempre.”

Se hizo el silencio y las batas blancas se miraron entre sí, confundidos, por millonésima vez. Se pusieron al trabajo de nuevo: examinaron las pizarras llenas de fórmulas y los bancos de datos inmensos e interminables, buscaron entre las palabras de los discursos de los grandes hombres y en libros de historia viejos y polvorientos, revolvieron entre las miles de notas de los grandes estudiosos y en los millones de apuntes de los más inteligentes y preclaros. Todo fue inútil. Aquel “vivirás para siempre” seguía sin ser entendido. La vida eterna seguiría siendo el único objetivo no alcanzado por el hombre. 

Uno tras otro, fueron abandonando. Cuando el último salió de la gran sala, el hombre que empujaba el carrito de la fregona entró. Silbando, empezó a colocar el revoltijo de papeles que eran las mesas hasta que dio con aquel antiguo escrito manoseado. Era la transcripción de una piedra encontrada en un cementerio antiguo. Lo leyó para sí mismo y, meneando la cabeza, sonrió. Luego miró el reloj. En diez minutos volvería a su casa, besaría a su hijo dormido, se acostaría y le haría el amor a su compañera. Y ese sencillo pensamiento le hizo sentir feliz, sin más. 

Miró por la ventana y vio a todos aquellos grandes hombres andando cabizbajos y tristes, camino de sus hogares. Y pensó lo fácil que les sería encontrar la respuesta que buscaban si le preguntaban a él, o mejor aún, si miraban dentro de sí mismos.

jueves, 18 de mayo de 2017

La sonrisa del perdedor


MILA

Un pensamiento baja volando y se posa suave sobre la mente de Mila: «esta noche voy a hacer el amor, bueno, qué coño, voy a follar». Apenas las palabras acaban de cerrar las alas y acomodarse, cuando ya se ha puesto colorada. «Por Dios, Mila, pero qué estás diciendo» y automáticamente cierra las piernas y las cruza, todo en un solo movimiento recatado e inconsciente. 

Hace rato que no escucha al resto de contertulios. Sentados en círculo, con una mesa pequeña en el centro, la docena de asistentes de ese día debate desde hace horas sobre «La conjura de los necios». A ella le pareció una chorrada de libro cuando vio la convocatoria, pero quedarse en casa machacándose el ego había dejado de ser una opción desde hacía un tiempo. Es lo que estuvo haciendo durante un año y medio, desde aquel lejano día en el que Ramón se había ido con la putita. Siempre le sale esa palabra cuando piensa en ella, putita, así en diminutivo, aunque en realidad putona sería más adecuado, más que nada por la edad. Y es que, si al menos se hubiera ido con una jovencita, pero no, se fue con una cincuentona, otra versión de ella misma. 

Imaginarle entre las piernas de una chica hubiera sido ideal para poder llamarle cabrón degenerado, pero no, el muy jodido se había ido con una como ella, un madura, aunque «más adecuada», dijo, «más independiente», sentenció. Treinta años de hogar perfecto, de hijos perfectos, de vida perfecta, todo para acabar dándose cuenta que la imperfecta era ella, al menos eso había estado creyendo durante mucho tiempo. 

“…Ignatius representa a la inmadurez de una sociedad decadente que…”

La frase se ha colado en sus pensamientos. La ha soltado Juan, “ojos de serpiente”, apodo que le puso mentalmente el primer día que le conoció. Normalmente viene acompañado de su mujer, pero hoy está solo. Pilar, su esposa, no le cae bien, aunque hasta hoy no ha sabido por qué. Fue esta mañana, nada más levantarse y recordar que tenía tertulia con el club, cuando se dio cuenta. Pilar no es una persona desagradable ni estúpida, solo es que se parece demasiado a ella. La ve ahí, al lado de Juan cada domingo de tertulia, tan atenta a lo que dice él, tan pava, que la odia. Tal y como se odia a si misma desde que Ramón se fue con la putona. «¿Por qué aguanté tanto al lado de ese hombre?», se reprocha. Siempre hubo una sospecha, unos ojos que huían ante las preguntas, unas palabras vacilantes; en resumen, una rata muerta bajo el porche, pero era mejor dejarlo pasar, más cómodo. Y ahora, ella misma se ve reflejada en Pilar. A su marido se le huele desde lejos. Nada más entrar, hace un rato, ha repasado a todas las presentes de arriba abajo. Se le nota que las ha probado de todos los colores. «Pobre Pilar, pobre y estúpida Mila».

“… y esa madre, ¡qué personaje! Siempre perdonando a su hijo. Alcohólica y abandonada…”

La tertulia sigue y Mila recuerda lo ocurrido hace unas horas. Ha sido esta mañana, durante el desayuno, cuando ha levantado por tercera vez el vaso de leche. Se ha quedado mirándolo, tan verde, tan duradero. Uno de los que compró hace treinta años. Una maravilla de vidrio que le aseguraron duraría para siempre. Estaba un poco descolorido ya y lleno de marcas a base del uso, pero ahí seguía. Un vaso que se ha caído mil veces, que se ha golpeado en tantas y tantas ocasiones, y, sin embargo, desgastado, pero entero. Entonces ha venido el ataque de rabia. Lo ha agarrado y lo ha lanzado con todas sus fuerzas contra la pared. La leche ha dibujado un arco informe en el aire y ha caído por todos lados. Y el vaso, tan duradero, tan eterno, se ha hecho añicos contra los baldosines blancos.

Entonces, Mila ha gritado de rabia, de pena, de incomprensión. Ha golpeado la mesa y pateado la pared de forma salvaje hasta cansarse, eso sí, sin soltar una lágrima. Ya no le quedan. Dieciocho meses llorando es mucho llorar. En ese momento es cuando ha decidido pasar página y empezar otro camino. Y han aparecido las ideas locas, esos demonios pequeños y divertidos que se cuelan sin ser llamados. Esos que aparecen en la juventud a miles y que van siendo espantados o atendidos a medida que maduramos. «Viaja lejos», «prueba las drogas», «baila hasta que no pueda más», «sal al balcón desnuda y grita hasta quedar ronca», «tírate a un chaval» … Sí, eso… tirarse a un hombre más joven, a ver qué se siente. “Tirárselo”, ahí es nada, “follárselo”, sí, queda mejor “follárselo”.

“…el personaje negro es todo un símbolo, toda una protesta en sí mismo. Las gafas oscuras con las que tapa sus ojos aluden a…”

Sí, los ojos. Dicen tanto, son tan evidentes... Los de Juan no son los únicos que han acariciado hoy sus curvas de mujer. Mario también lo ha hecho, aunque de esa forma tímida que tiene el chaval. Admitámoslo, no es más que un crío para ella. Solo es un poco mayor que sus propios hijos, pero se le ve fuerte, buenos riñones, seguro que empuja con toda el alma. Los labios de Mila se curvan y deja escapar una risita.

“…Es gracioso el negro, sin duda... ¿Es el que más te ha hecho reír, Mila?... cuéntanos.”

No se ha dado cuenta, pero su risita en realidad ha sido toda una carcajada. Ahora todos la miran. Se pone colorada hasta la raíz del cabello. La imagen del negro se fusiona en su mente con la de un Mario blanco y desnudo empujando con una verga negra, todo riñones. Todas las miradas están fijas en ella. Y entonces pasa... Al principio solo es un temblor en sus hombros, luego una mano que se lleva a la boca, sus ojos se arrugan un poquito y… estalla en carcajadas. Mario mitad negro, mitad blanco bombeando como si le fuera la vida en ello. Se agarra la tripa en un movimiento que es todo suyo, todo ella, y se retuerce con lágrimas de auténtica juerga rodando por sus mejillas. Todos se miran confundidos. El libro es gracioso, pero…

Mila, colorada, medio sudando, se calma, mira a Juan y luego a Mario, y vuelve a estallar en carcajadas incontrolables. La mecha está encendida y empieza a arder. Primero son sonrisas incrédulas, luego risas, al final todos la acompañan en una orgía de dientes blancos y ojos llorosos de puro regocijo. Cuando se van calmando alguien dice «…el negro…» y de nuevo estalla la hilaridad en cascada. Al final todos se calman. Mila siente un poco de humedad en las bragas y se mueve incómoda. Sonríe para sí misma. No sabe si ha sido culpa de las carcajadas o del deseo, ese nuevo compañero.

“… y por hoy creo que hemos dicho todo lo que se puede opinar sobre el gordo Ignatius y su tragicómica vida. Nos vemos en la siguiente tertulia, amigos…”

Hay un arrastrar de sillas y un volar de abrigos encajándose en sus dueños. Juan se le acerca, tal y como ella espera. Le ha lanzado un par de miradas en momentos clave, justo cuando se hablaba de algo sexual o picante, y el muy idiota ha picado. Se para un momento. Una alarma suena en algún punto de su cerebro. «Mila, ¿qué estás haciendo?, no te reconozco». Se da cuenta que es la voz de su ex marido. Siempre fue un mojigato con ella, el muy cabrón, siempre con ese falso recato, siempre apartando la vista cuando salía desnuda de la ducha o cuando se ponía el sujetador, y todo para acabar yéndose con otra más “adecuada”. «¿Por qué te oigo todavía, Ramón?», «¿es que vas a seguir jodiéndome incluso dentro de la cabeza? Que te den…» y aparta la molesta imagen de su mente. Juan llega donde está ella, sonrisa de hombre pagado de sí mismo, ojos de serpiente. Ella sonríe a su vez.



JUAN

Juan observa el cuadro de la pared. «¿Cuántos habré visto como este? ¿En cuántas habitaciones de cuántos hoteles habré visto oleos de veleros surcando el mar? Ni siquiera son cuadros de verdad, son solo reproducciones enmarcadas, imágenes falsas, carne de impresora. Salen de la máquina, todas iguales, les colocas un marco y ya tienes decoración para mil habitaciones, diez mil, cien mil. Colgados de una pared, observarán y juzgarán a todos los que se acuesten en las mil, diez mil, cien mil camas que las ocupan. Si esos cuadros tuvieran alma, si pudieran pensar, se asquearían cada noche y cada puto día». 

El ruido de la cisterna del cuarto de baño le trae a la realidad. La madurita ha caído sin mucho esfuerzo. Se la veía dispuesta nada más empezar la tertulia. Un par de caídas de ojos, tres o cuatro sonrisas y ya estaba en el bote. Es curioso, hoy precisamente. Ha sido un día malo, extraño, pero cuando la ha visto reírse de esa manera ha pensado que dentro de aquella cincuentona inocente tenía que haber algo salvaje, algo que le hiciera olvidar por un momento. Le encantan de ese tipo. Parecen virgencitas, pero están resabiadas como gallinas viejas, y eso le pone mucho. Le ha extrañado no tener una erección allí mismo.

Puede que haya sido culpa de lo ocurrido en las últimas horas. Hasta medio día todo iba como siempre, nada fuera de lo normal. El vacile con la camarera del bar a la hora del desayuno, el repaso visual a una secretaria en el ascensor, el roce “accidental” con la chica de las fotocopias. Futuras presas todas. Algunas se han escapado a lo largo de su vida, claro, pero normalmente es porque resultaban ser bolleras; bueno, seguramente lo eran. 

A eso de la una ha pasado algo que le ha desestabilizado. Ha vuelto a casa a comer y ha aprovechado para ir al cuarto de baño. Estaba sentado en el trono, con los calzoncillos bajados y concentrado en el esfuerzo cuando ha visto un destello de plata debajo del armario del lavabo. Se ha estirado todo lo posible y con la punta de los dedos lo ha sacado. Un cuadrado de plástico con una palabra impresa en ambos lados: “DUREX”. Los ojos se le han abierto de sorpresa, las piernas le han flojeado y el estreñimiento ha dejado de ser un problema.

Al salir se ha guardado el hallazgo en el bolsillo. Le es extraño. No el objeto en sí mismo (los tiene iguales a montones en un escondrijo del coche), si no el sitio donde lo ha encontrado, en su propio baño. Hace una década que se hizo la vasectomía, hace mucho que no los usa dentro de su propio dormitorio.

La comida ha transcurrido en silencio. Pilar, distraída, ensimismada, con esa expresión de quien está mirando más allá de las paredes, apenas se ha llevado algo a la boca. Él, sintiendo un peso extraño sobre la pierna, donde descansa el trozo de plástico incautado, ha estado revolviendo la sopa como quien busca respuestas en el fondo del plato. Cuando se ha levantado para irse, ella no había cambiado la expresión. El «hasta la noche, me voy a la ofi» ha quedado sin su correspondiente «no trabajes mucho» de todos los días.

En su despacho, Juan se ha sentado en la silla y ha estado un rato mirando el pequeño bulto cuadrado de su pernera. No se ha decidido a tirarlo, no sabe por qué. A las seis de la tarde su amigo le ha soltado «¿Haces horas extra o es que tienes plan, maricón?». Entonces ha despertado de su ensoñación, ha cogido el abrigo y se ha dirigido al Bar donde siempre se detiene a calentar antes de salir. El regusto del Dyc con Coca-cola le ha traído de nuevo a la realidad. Le ha despejado, ha alejado los pensamientos confusos y le ha puesto en modo “Juan”, ese estado en el que es capaz de follarse a cualquier tía. Luego ha salido solo en dirección a la tertulia, un cazadero inexplorado.

La puerta del baño se abre y aparece Mila. Le extraña verla vestida aún. Se miran a los ojos y avanzan uno hacia el otro. Cuando están pegados, ella levanta los brazos, indecisa, y le rodea el cuello. Él la toma por la cintura. El modo “Juan” está en On. «Voy a por ti, nena. Vas a fliparlo a tu edad». Se besan. Ella ni se acuerda siquiera. ¿Qué se hacía? ¿Cómo se mueve la lengua? ¿Se mete dentro de la boca? ¿Se acarician los labios?

Juan baja las manos y le agarra el culo. Ella da un respingo, todo nervios. El galán sonríe con la suficiencia que da la práctica. Mila se anima. «Actúa, Mila, muévete, no seas sosa», se dice, y baja la mano hacia el paquete. Espera encontrar algo duro, algo que la excite y le humedezca las bragas por segunda vez aquel día, pero allí solo hay un bulto que le cabe en la palma. «¿Por qué no se le pone dura?». Los viejos hábitos asoman su fea cara y le hacen sentirse culpable. «No le gusto. Soy yo, es por mí». Le tiembla el labio, le sudan las manos, se humedecen los ojos de Mila. Y entonces una imagen acude al rescate: el vaso verde de esta mañana. Lo ve volar como a cámara lenta y estrellarse, hacerse añicos. La culpabilidad huye asustada ante el estruendo de los cristales. Mila ya no es Mila.

Juan la mira confundido y se mira la entrepierna. Y luego mira el pequeño bulto de su pernera, allí donde está DUREX. Y la mira de nuevo a ella, y vuelve a mirarse, y así entra en un círculo vicioso del que no puede salir. No entiende nada. Ya debería estar follando, ella debería estar gimiendo ya. ¿Qué está pasando?

Mila retrocede. Ya no vacila, ya no tiembla.

–¿Y para esto tanto? –le suelta. Recoge el bolso y el abrigo, y sale dando un portazo.

La mujer que baja en el ascensor no ha hecho el amor, qué coño, ni siquiera ha follado, pero sonríe a su imagen del espejo. Atraviesa el hall del hotel con paso seguro, golpes de tacón sobre mármol que resuenan. Se pone el abrigo en un solo movimiento y sale a la calle.



MARIO

Mario la ve salir por la puerta del hotel y se extraña del poco tiempo que ha pasado. Al terminar la tertulia se fijó en ellos. Trataron de disimular, pero se veía a las claras que querían irse juntos. Le jodió mucho. Tenía planeado hablar con ella, invitarla a tomar algo y ver si las miraditas que se habían intercambiado le llevaban a algún sitio. Es un poco mayor para él, pero tiene algo especial, aunque en el fondo es lo mismo que piensa de todas. Todas esas mujeres están hechas de una sustancia que no es capaz de identificar. Son más dulces, más calmadas, más comprensivas y, sobre todo, no parece que vayan a reírse de él.

Ahora no sabe qué hacer, aunque tampoco sabe por qué les ha seguido. ¿Curiosidad? ¿Morbo? ¿Quizá un intento de flagelarse? La inseguridad acude a apretarle la garganta. Es una vieja conocida desde tiempos inmemoriales. No recuerda ni un minuto de su vida sin su compañía. A veces callada, a veces ruidosa, pero siempre presente. Traga saliva y su nuez se mueve arriba y abajo. 

«No han podido hacer nada, no les ha dado tiempo, es imposible». Desde que la vio por primera vez, apenas ha cruzado dos palabras con Mila, pero siente el sabor de los celos en la misma boca. «Eres gilipollas», se dice, y se da la vuelta para irse. Entonces sale Juan con paso cansino, como si fuera un viejo. Los hombros hundidos, la mirada perdida. Levanta un brazo para pedir un taxi y le ve al otro lado de la calle. Por un momento se siente confundido. «Qué hace este panoli aquí. Putas casualidades». Luego reacciona y le saluda con el mismo brazo levantado con el que pedía el taxi. Mario le responde y se da la vuelta rápido, esperando que la distancia disimule su cara de culpabilidad.

La historia de su vida: las mujeres guapas se van con otros. Recorre tres calles y se para. Le da una patada a una farola y esta le devuelve un dedo magullado. «Mierda, mierda, mierda». Suspira decepcionado pensando en lo que hará a continuación y echa a andar. No es lo que quiere, pero es lo que le queda. Media hora después se para delante de un edificio que conoce de otras veces, un sitio donde viene a desfogarse. Entra con la cabeza agachada, esperando que no le reconozcan. Llama al ascensor y suplica que no llegue nadie en ese momento que quiera subir con él y con su vergüenza. Cuando llega a la planta tercera, se dirige a la puerta del fondo. Hace ademán de tocar el timbre, pero se lo piensa mejor y golpea la puerta flojito, que se oiga poco, lo justo. Al otro lado un arrastrar de zapatillas caseras, una mirilla que se abre y unos cerrojos que se descorren. Y allí está Pilar, contenta de verle por segunda vez aquel día. Y allí entra el inocente Mario, con lo que él ha llamado siempre la sonrisa del perdedor.

lunes, 13 de febrero de 2017

Efectos secundarios



—Eh, psssst, Antonia, ¿estás despierta? —susurro mientras golpeo la puerta con mis nudillos artríticos.

—Que sí, cojona, que ya salgo.

Muevo los pies nerviosa y miro arriba y abajo del pasillo. En cualquier momento podría aparecer un vigilante o uno de nuestros convecinos prostáticos a hacer el pis de las dos de la mañana. La puerta se abre y sale mi compañera de correrías en camisón.

—¿Has tocado ya a la puerta de Mercedes? –me dice.
—No, vamos.

Nos agarramos del brazo y avanzamos a nuestro pasito de ochenteras, que no es que naciéramos precisamente con la movida madrileña, si no que tenemos años como para alicatar dos cuartos de baño.

—Escucha, Carmen, no golpees la puerta que despertarás a media
residencia. Seguro que la tiene abierta, empuja y ya está.

Y allí que voy yo y la abro. Resulta que Mercedes ya está levantada y esperándonos. Se está bajando el camisón y atusándose el pelo. Mira hacia su cama y nosotros seguimos la dirección de sus ojos. Entre un revoltijo de sábanas una tripa velluda sube y baja al ritmo de un soneto de ronquidos. Nosotros nos miramos ojipláticas mientras ella sale rápidamente y cierra la puerta.

—Mercedes, no me digas que te los has zumbado –le digo.
—Hija, qué ordinaria eres. Hemos hecho el amor.
—Anda ya –le suelta una Antonia mosqueada—, si tiene algo más de setenta el tío. No me digas que se le ha levantado, que no me lo creo.

Mercedes le sonríe con autosuficiencia.

—Sería el primero que no se le pone dura conmigo, cariño. Que una sabe hacer cosas. Bueno, qué, vamos a lo que vamos, ¿no?

Nos agarramos las tres y avanzamos por el pasillo oscuro. Nuestro objetivo está justo al pasar el mostrador de los vigilantes. Nos asomamos con cuidado. Nadie a la vista, así que iniciamos nuestro trote cochinero y llegamos hasta la puerta 212, la que nos interesa. Está medio entornada. Antonia, la más valiente, se asoma por el hueco.

—Joder, sí que es él.

La aparto a un lado y miro al interior del dormitorio. Está tumbado boca arriba, con esa barbita que me ponía tanto cuando presentaba el concurso de la tele. Ahora es blanca, pero entonces era negra y yo la imaginaba rozándome por…

—Carmen, coño, quita de la puerta que te quedas como abobá.

Mercedes me aparta y toma mi sitio.

—Ya sabéis que soy yo la que dará el veredicto de si es él o no —nos dice petulante.

Empuja la puerta con cuidado y entra. La seguimos de cerca, en fila y dando pasitos silenciosos.

Rodeamos su cama y Mercedes nos mira, decidida. Coge el borde de la sábana y lo alza. El hombre está desnudo. Las tres nos quedamos mirando aquel miembro tumefacto. Está grande, pero caído hacia un lado, como si el peso lo hubiera tumbado.

—El él, sin duda —sentencia.
—¿Te lo puedes creer, Antonia? Vamos a jugar al parchís todas las tardes con el presentador más guapo de la tele de todos los tiempos.

Miro a Mercedes, pero tiene el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? ¿No es él? Has dicho que era él.
—No, es él, solo que…
—Solo que, ¿qué?
—Que yo creo que se ha quedao muñeco.

Antonia y yo retrocedemos un paso, asustadas.

—Ese pene no puede estar de esa manera y no dar al menos un saltito, moverse algo, no sé si me entendéis.

Nos miramos las tres y la decisión es unánime. Salimos de la habitación todo lo deprisa que podemos y regresamos a nuestras camas.

Yo me duermo desilusionada. Qué tardes hubiera pasado con aquel hombre jugando al parchís, con esa mirada suya que me hacía vibrar de joven.

Mercedes vuelve a acostarse al lado de la tripa velluda, recordando a aquel miembro que tan buenas tardes le dio y que, por un momento, ha tenido la ilusión de volver a usar.

Antonia se tapa hasta los ojos y recuerda cuando vio entrar aquella tarde al famoso presentador. Ya habían hablado de él las tres y habían hecho el plan para la primera noche que durmiera en la residencia. Mercedes no estaba segura de que fuera él, pero si viera dentro de sus pantalones podría decir algo al respecto, siempre y cuando se aproximara al tamaño en el que ella solía manejarlo, claro. Entonces se le ocurrió la idea a Antonia: machacar dos pastillitas azules y dejarlas caer en la cena de aquel hombre. Así podrían estar seguras.

Tuvo la idea, además, de guardar el prospecto del medicamento y hace un momento se ha parado a leerlo. Pues sí, allí lo pone bien claro: “posibles efectos secundarios no deseados”.

Antonia se relaja con un pensamiento antes de dormirse: “bueno, que se joda la Merce”.

jueves, 26 de enero de 2017

Palabras



Dice mi gurú que me creo todo lo que me dicen.

Me lo soltó con una sonrisilla de las suyas, de esas de “ayyyy, este muchachoooo” y por un momento pensé que me estaba vacilando. Me chocó un poco, pero luego, cuando me lo explicó, lo entendí. 

Me dijo: “las palabras son fruto de nuestro estado de ánimo, de un momento, de un pensar más o menos pasajero. Ten cuidado con interpretarlas al pié de la letra. A veces quieren decir lo contrario, a veces quieren decir lo que dicen, a veces no quieren decir nada, así que no te fíes, no te dejes llevar por ellas. Si quieres fiarte de algo, fíate de los hechos. Puede que contradigan a las palabras, o puede que las confirmen, pero son los que mandan, son los que te harán feliz o desgraciado”. 

Y me hace pensar cuánto me gustan las palabras: escribirlas, leerlas y oírlas (las bonitas y las feas, todas). Cuánto me han hecho disfrutar o sufrir a veces, en su belleza o en su acritud.

Me hace pensar cuántas veces me he puesto a interpretarlas, buscando el significado oculto, como si pudieran tener la llave de mi felicidad. ¿Cuántas veces me habré equivocado? ¿Cuántas habré acertado? Intento recordar si después los hechos las confirmaron o desmintieron, pero es imposible recordarlos en su mayoría.

Pero la lección queda, que al final es lo que importa.

Así es mi gurú. Vas a pedir consejo porque crees que piensas demasiado y te pone a discurrir aún más. Eso sí, te deja cosas como esta para que las pongas por ahí y haya más gente que se coma el coco contigo.