jueves, 13 de diciembre de 2012

Valeria


Valeria

1º Premio I Concurso de Relatos "TABERNA CASTELLANA" de Alcorcón
12 de Diciembre de 2.012

     La primera luz del día comenzó a asomar tímida por el horizonte. Era solo un pequeño cambio de color en el negro del cielo, pero bastó para intranquilizar a Héctor. Faltaba todavía mucho camino por recorrer y el caballo, cansado después de una larga cabalgada, empezaba a resbalar sobre las piedras. Un accidente ahora podría ser fatal, así que desmontó, lo cogió por las riendas y comenzó a andar todo lo rápido que le daban las piernas.
     Tan solo era cuestión de llegar al cruce del lago y tomar uno de los cuatro caminos que partían desde allí. Dos de ellos se bifurcaban a su vez un poco más adelante, con lo que sería muy difícil que alguien supiera la dirección que había tomado. Siguió avanzando, atento a cualquier ruido que viniera de su espalda, hasta que olió en el aire la humedad del lago y supo que a partir de allí tendría una oportunidad.
     En el cruce, los cuatro caminos le miraban indiferentes, esperando que se decidiera por uno de ellos, cuando percibió un leve temblor en el suelo. Un rumor lejano se acercaba poco a poco. Se giró y los vio, allí donde empezaba a despuntar la luz del amanecer. Una masa compacta de jinetes, un mar de lanzas y espadas desenvainadas avanzaba hacia él. Supo entonces que no pisaría ninguno de los caminos que partían del cruce, supo entonces que moriría allí mismo, sobre la montura de su caballo. Cerró los ojos y se concentró en rescatar algún pensamiento valioso que llevarse al otro lado. Las imágenes de la última noche con Valeria acudieron a su mente. 
     Se encontraron allí mismo, a orillas del lago, tal como había sucedido cada noche, a lo largo del último mes. Ella, huyendo de un marido violento, de una vida de golpes, trabajo y humillación. Él, huyendo de si mismo, del alcohol, del juego, de las peleas a cuchillo en callejones oscuros.
     El destino, pensó, esa ramera que le había maltratado durante la mayor parte de su vida, cambió de parecer una mañana de marzo. Aquel día sus ojos azules se cruzaron con otros, color avellana, ojos de diosa, enmarcados con una melena pelirroja y una tez blanca y fina. Sus miradas se encontraron apenas un instante, solo un segundo, y desde entonces no pudieron separarse más. Al principio él la buscó y ella le rehusó muchas veces. Siguió insistiendo, desesperado por verla, y al final acabaron encontrándose cada vez que les era posible, robando momentos a la vida desgraciada de cada uno.
     El lago se convirtió en su rincón secreto. Ella esperaba que el alcohol dejara inconsciente al jabalí salvaje que era su marido, y entonces, cogía el caballo y atravesaba los campos al galope. Él la esperaba sentado en la orilla, impaciente siempre. Cuando se encontraban apenas eran capaces de hablar.
     Se dejaban caer sobre el musgo suave que cubría las grandes piedras de la orilla del lago y, casi sin saber cómo, se encontraban de repente desnudos el uno sobre el otro. Ella, de espaldas, sentía el olor húmedo y fresco de aquella superficie verde, mientras extendía los brazos y se aferraba al cuerpo delgado y fibroso de Héctor. Él se dejaba llevar por el tacto suave de la piel femenina, enterrando la cabeza en el hueco de su cuello y aspirando profundamente. Aquel olor suyo, tan especial, le hacía perder la cabeza. Muchas veces la había hecho reír, intentando explicar aquel olor. Le decía: “es como el trigo maduro, no… como las piedras mojadas después de la tormenta, no… como…” y así continuaba, con cara de cómica desesperación, hasta que ella no podía más y caía al suelo entre risas. Siempre era así, hasta que un día le dijo: “ya sé a qué huele tu piel; es el olor de una noche de verano”. Y aquella vez, ella no rió.
     La felicidad de aquel último mes hubiera sido suficiente para llenar una vida. Ella había alejado todo lo malo y oscuro que había dominado su vida hasta entonces y le había salvado de si mismo. Supo que ahora, con el fin acercándose, podría morir sintiendo que había vivido. 
     Héctor abrió los ojos y, con un estremecimiento, desenvainó la espada. Moriría matando, como el hombre completo que ahora era. Enfocó la vista en el grupo, que empezaba vislumbrarse a medida que el sol iba apareciendo en el horizonte. Todavía debían recorrer algunos cientos de metros para alcanzarle, cuando se fijó en una figura encapuchada que estaba a medio camino entre él y los jinetes, mirando en dirección a estos. Un pensamiento le golpeó la mente. Una sospecha horrible le hizo abrir los ojos asustados. La figura, portando un arco de grandes dimensiones, se arrodilló y clavó en el suelo un puñado de flechas. Luego ajustó una en el arco. El movimiento hizo que la capucha se deslizará a su espalda, dejando a la vista una larga melena. Incluso en la distancia, y a pesar de la escasa luz, supo quién era. Valeria. Lo comprendió todo en un instante. Ella le ofrecía una oportunidad. Les entretendría para que él pudiera huir. Una vida por otra, la de ella por la de él. El jinete que encabezaba el grupo soltó un grito salvaje al reconocerla y levantó una lanza larga y pesada. El jabalí salvaje que era buscaba venganza por el adulterio cometido. Azuzó a su montura más aún, destacándose del grupo. La atravesaría de lado a lado, la degollaría y luego buscaría la cabeza de él.
     Héctor, desesperado, lanzó su caballo al galope y dirigió la punta de su espada hacia delante. Podía hacerlo, podía llegar antes que él. Ni por un momento pensó que sería imposible. Espoleó con fuerza a su montura, trazando heridas sangrientas en el flanco del caballo. Gritó como nunca lo había hecho, desafiando al mundo entero, llamando a la muerte, escupiendo al diablo a la cara.
     El trote de ambos caballos era frenético y la distancia entre ambos y Valeria era ya la misma, cualquiera podría llegar el primero. Casi podía ver la expresión de locura salvaje del hombre, la sed de venganza pintada en sus ojos. Tenía que pararlo, tenía que llegar antes. Gritó con todas sus fuerzas:

     NOOOOOOOOOO!!!

     "Piiit, piiit, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiit"

     "Buenos días, Radio Cinco Todo Noticias. Son las seis de la mañana de este martes, quince de diciembre. Comenzamos con el resumen de todo aquello que..."

     Félix sacó la mano de entre las sábanas y acalló el despertador. Un sentimiento de pérdida, de tristeza, vino a darle los buenos días. En la penumbra del dormitorio, le pareció oír gritos de pelea, entrechocar de espadas y el golpeteo de unas pezuñas alejándose. Aguzó el oído, pero solo distinguió el suave ronquido del bulto que estaba a su lado. Sonriendo, pensó: “ni siquiera eso podría despertar a esta mujer antes de las nueve de la mañana”. Metió los pies en las zapatillas, se incorporó y, maldiciendo los dolores de espalda habituales, se dirigió a oscuras al cuarto de baño. 
     El espejo le devolvió la imagen de un hombre de edad madura, con ligera papada, ojeras cada vez más preocupantes y una incipiente calvicie. Pensó en el cuerpo delgado y musculoso del joven Héctor. Las comparaciones son odiosas así que mejor no hacerlas, sobre todo las físicas. No podía imaginarse a si mismo, con sus kilos y sus años, a las riendas de un corcel a todo galope, ni tampoco haciéndole el amor a una mujer como Valeria. Aquel cuerpo grácil y suave, aquella melena pelirroja, aquellos ojos color avellana, grandes y profundos. Pero sobre todo aquel coraje, aquella fuerza de voluntad, aquella pasión. Volviendo a la realidad, miró el reloj de pulsera que descansaba sobre el lavabo y se dio cuenta  de que se estaba haciendo tarde, así que se lavó la cara enérgicamente para acabar de alejar el sueño y empezó a quitarse el pijama.
     Cuando terminó con los hábitos matinales abandonó con prisa el cuarto de baño y, cogiendo por el camino las llaves de casa y del coche, abrió la puerta y la cerró a su espalda con cuidado. El frío de la mañana le golpeó el rostro al salir y, como cada mañana, se paró en la acera intentando recordar dónde había aparcado el coche. Vaciló, mirando calle arriba y abajo, hasta que se decidió y echó a andar apresuradamente. Dos pisos más arriba, unos ojos le observaban tímidos a través de las cortinas.
Irene suspiró y el vaho de su aliento formó una película sobre el cristal. Observó cómo se alejaba el hombre calle arriba, pulsando frenéticamente el mando del coche para intentar localizarlo. “Qué caso de hombre”, pensó. “No es capaz de recordar nada”. Y una media sonrisa de ternura tensó las patas de gallo de sus ojos. Permaneció mirándolo hasta que por fin las luces del viejo utilitario se perdieron en la madrugada. Cerró los visillos, se ajustó la bata en torno al orondo cuerpo y se dirigió a la cocina para prepararse el primer café del día. Al pasar delante del dormitorio se asomó un momento. En la cama, tapada por un enorme edredón, una gran panza subía y bajaba a ritmo regular, lo que le certificó que su marido dormía como si se fuera a acabar el mundo. En la habitación de enfrente, su hijo veinteañero también dormía a pierna suelta.
     Ya en la cocina, preparó el café y las magdalenas que tanto le gustaban y puso la televisión para oír las noticias y el tiempo. Iba a tomar el primer trago, cuando un olor conocido le hizo arrugar la nariz. No era desagradable, solo algo que no conseguía recordar. Miró a su alrededor, extrañada, intentando identificarlo. Acaso sería una mancha de humedad en el techo, ó el agua que a veces salía de detrás de la lavadora, ó quizás fuera del lavavajillas. Sonrió, al darse cuenta de lo que era.
     Extendió las manos sobre la mesa y cerró los ojos soñadoramente. Allí estaba; era el frescor húmedo del musgo bajo su cuerpo desnudo. Sintió que desaparecía de su existencia y se transportaba hasta la orilla del lago. Oyó la suave brisa en las ramas de los árboles, el croar de las ranas, el suave relincho del caballo. Y aquel otro cuerpo encima de ella, aquella forma de hacer el amor, aquellos ojos que la devoraban de deseo. Héctor, la voluntad salvaje e indestructible que nunca la dejaría sola, aquel que siempre volvería para morir a su lado.
     Abrió los ojos y miró el reloj de la pared. Calculó mentalmente las horas que faltaban para volver a dormir. Parecían muchas, pero ella sabía que la espera siempre merecía la pena. ¿Dónde la llevaría Héctor aquella noche? ¿A dónde huirían? ¿A quién se enfrentarían por su amor? Solo ellos dos lo sabían.





domingo, 25 de noviembre de 2012

Antonio


El sol de media tarde brillaba en lo alto de un cielo asombrosamente azul. Me paré en medio del camino y miré en dirección a los cerros cercanos. Estaban salpicados aquí y allá por pequeños huertos de frutales, delimitados siempre por paredes de piedra de poca altura. Aunque era una escena que había visto miles de veces, nunca podía dejar de pararme a disfrutarla. Como otras veces, me acerqué a la piedra que había al borde del camino y me senté en ella, para que mis pensamientos fluyeran libres, recordando lo que fue mi vida en otro tiempo y lo que me había llevado a aquel camino y a aquella piedra.

     Hace seis años mi vida había entrado en caída libre. Como esos viejos aeroplanos de las películas en blanco y negro, había entrado en un picado en barrena y daba vueltas y vueltas sobre sí misma, mientras el piloto se agarraba a los mandos sin saber qué es lo que estaba pasando, solo viendo como el cielo y la tierra giraban en torno suyo, sin saber cuál estaba arriba y cuál abajo, camino de estrellarse contra el suelo y explotar. Aunque las causas parecían claras, no sabría decir qué me llevo a aquella situación. Podría indagar en mi subconsciente hasta encontrarlo, pero prefiero no hacerlo. No tengo valor. Puede que porque en el fondo sepa, como todo ser humano, que no debo hacer temblar mis raíces o el árbol podría venirse abajo.

     La crisis empezó casi sin darme cuenta. Un día estaba trabajando en un sitio que me gustaba, haciendo algo que me gustaba, con gente que me gustaba. Al día siguiente algo llamado ERE acababa con diez mil puestos de trabajo y una compañía que se suponía fuerte tiraba abajo una de las columnas que sostenía mi vida y la de muchos. Empezaba entonces un periplo interminable buscando trabajo.

     Otro día, casi de repente, me daba cuenta que la persona con la que estaba era una extraña. Un comentario que no suena bien abre paso a una pequeña discusión, que a su vez llama a los gritos y a las palabras malsonantes, que a su vez acaban en silencio. Un silencio sin fin. Tiempo después alguien muy querido caía en el callejón sin salida de la depresión sin que yo pudiera hacer nada por él. Mis palabras de aliento y consuelo no llegaban a nada, mis intentos por sacarlo de aquel pozo no tenían ningún efecto. Fue como intentar rescatar a alguien que se ahoga cuando no tienes fuerzas para mantenerte tú mismo a flote. El resultado fue que me hundí con él.

     Todo junto hizo que me bloqueara totalmente y perdí el rumbo. Dejé de buscar trabajo, dejé de discutir, dejé de ver a esa persona. Estaba totalmente apático. No quería hacer nada, tan sólo dejarme ir, dejarme llevar por el viento. Lo único que permanecía imperturbable en medio del caos, lo único que me hacía fijar la vista era mi hijo; hasta que el fantasma de la separación empezó a volar sobre nuestras cabezas, amenazándonos a todos. Eso fue el punto culminante.

     Entonces la persona que mejor me conoce, mi madre, tomó los mandos de aquel avión: «Hijo, debes pararte y pensar, y tratar de controlarte. Olvida el dinero, yo me encargaré. Mira… la casa del abuelo en el pueblo está vacía desde hace mucho. Vete solo y olvida todo durante un tiempo. Ya tendrás tiempo de encontrar trabajo. Vamos… no me discutas.»

     Sin saber muy bien cómo, me vi un día del mes de Abril en la puerta de aquella casita blanca, forcejeando para abrir un cerrojo que llevaba al menos quince años sin abrirse. Cuando conseguí entornar la puerta un soplo de aíre viciado me acarició la cara y puede ver que mi madre no había exagerado nada en cuanto al nivel de abandono que me encontraría. Polvo, suciedad y bichos muertos por todos lados. El trabajo que supondría acondicionar aquello, limpiando y arreglando muebles, me haría sudar durante cinco semanas como nunca en mi vida.

     Me establecí en una rutina que no me exigía más decisiones o preocupaciones que elegir la pared, suelo, mueble, ventana, tejado ó canaleta que iba a arreglar a continuación. Me levantaba cuando amanecía, sin que sonara ningún despertador y sin proponérmelo, y me acostaba cuando tenía sueño. No veía la televisión ni tenía contacto de ningún tipo con el exterior aparte de las llamadas telefónicas cada dos o tres días a mi hijo y a mi madre. Tan solo trabajaba y no pensaba, esperando que mi otro yo se tranquilizara y empezara a tomar decisiones.

     Cuando empezó a acercarse el final de la reforma busqué algo que me siguiera ejercitando. Seguía ocupado por las mañanas, intentando alargar todo lo posible el trabajo y por las tardes empecé a dar largos paseos por el monte, escogiendo las rutas más escarpadas y los caminos más largos. Las torceduras de tobillo y las heridas producidas por las zarzas se convirtieron en una constante. Cojeaba y sangraba sin prestarle mucha atención. Luego dejé de notar dolor. Sólo me concentraba en seguir andando y exigirle a mis piernas más y más.

     Cuánto tiempo podría haber continuado así no lo sabré nunca. La corriente me arrastraba con fuerza, me sacudía de un lado a otro y yo apenas hacía nada por salvarme. Entonces encontré una piedra llamada Antonio y me agarré a ella. Eso supuso el cambio.
   
    Una tarde me decidí a subir por una calleja que ascendía monte arriba. Estaba flanqueada por dos paredes de piedra de algo más de un metro de alto, el tipo de construcción corriente en aquella zona. Estaban hechas con losas planas de las llamadas de pizarra, encajadas entre si sin ningún tipo de adobe ó cemento.
     
   Subía la cuesta dejando que el sol me quemara la piel de la cara y los brazos mientras la camiseta, totalmente empapada de sudor, se me pegaba al cuerpo. Al llegar a una pequeña elevación me encontré con otro camino que desembocaba en el mío. Miré en aquella dirección y vi un hombre de edad avanzada que se afanaba colocando piedras en una parte de la pared que se había derruido. Continué avanzando cuesta arriba y no había andado diez pasos cuando, sin saber por qué, me dí la vuelta, bajé y cogí aquel camino.

     Cuando llegué a la altura del hombre se incorporó con esfuerzo. Era más bajo que yo y de complexión delgada. Vestía unos pantalones de pana y una camisa blanca. Una gorra, también de pana, de las típicas que había visto a casi todos los hombres mayores del pueblo, le daba sombra a los ojos.

     – Buenos días.
     – Buenos días nos dé Dios. ¿Dando un paseo por estos campos?
     – Iba subiendo por la cuesta y he visto que está reparando la pared. ¿Le echo una mano?

     El viejo me miró de arriba abajo.

     – Nunca viene mal una ayuda. Pero ya ha sudado usted lo suyo hoy.

     Observé con cierta envidia que a pesar de estar levantando piedras a pleno sol apenas unas gotas de sudor mojaban su frente.

     – Es igual – me agaché y cogí una las piedras grandes para ponerla sobre la pared.
     – Espere, yo le digo cuál tiene que coger y dónde ponerla… esa de ahí… aquí.

     Levanté la que me indicaba y la coloqué. El se aproximó y con unos cuantos golpes de maza la encajó.

     – ¿No se caerán de nuevo? – pregunté.
     – Estas paredes llevan aquí desde antes que naciera yo. Si las ponemos bien aguantarán otros cien años.

     Levanté una segunda piedra y la coloqué siguiendo sus instrucciones. De nuevo unos ajustes con la maza y encajó a la perfección. Sin más conversación fuimos reconstruyendo la pared pacientemente, él como arquitecto, yo como mano de obra barata. De vez en cuando se paraba y observaba todo el conjunto.

     – Un momento – decía y daba varios golpes de maza en distintos puntos de la pared. Las piedras crujían y protestaban, como viejos gruñones, pero al final se asentaban.

     Por fin puse la última piedra y suspiré. Me dí cuenta que el esfuerzo había sido tremendo y mi espalda me lo recordó con punzadas de dolor. Antonio me miraba con fijeza.

     – Parece que tuviera usted más prisa por arreglar la pared que yo.

     Volví la vista hacia su huerto, sin contestarle.

     – ¿Puede darme un poco de agua?
     – Venga, le daré agua y comerá algo.
     – Con el agua me bastará, no se moleste.

     Se volvió y echó a andar siguiendo la pared hasta una puerta que había en la misma, le seguí y entré en su huerto. Estaba formado por árboles frutales y varios trozos de tierra arados en los que crecían plantas que entonces no supe distinguir. La sombra de los frutales y el frescor que emanaba de la tierra regada hacía bajar unos grados la temperatura, con lo que el alivio del calor fue inmediato. Se dirigió a un pozo de forma cuadrada que apenas levantaba un metro del suelo, dejó caer un cubo atado a una cuerda y, una vez lleno, lo levantó hasta ponerlo en el mismo borde. Sacó dos tazas metálicas de algún sitio, las llenó hasta arriba y me ofreció una.

     – Gracias – y de un trago la vacié. Sabía a gloria. Volví a llenarla del cubo y bebí más despacio.

     Antonio me miraba atentamente. En aquella sombra agradable sus ojos ya no estaban entrecerrados por la luz del sol y pude notar la intensidad de su mirada. Años después mucha gente del pueblo me comentaría cómo muchas peleas se habían parado sólo con que Antonio se metiera por medio y fijara sus ojos, de color claro, en los de los contendientes al mismo tiempo que les hablaba. Transmitían dureza y decisión, aunque también algo bueno, comprensible, algo que te hacía confiar en él de forma inmediata.
Se sentó con parsimonia en el tocón de un árbol y me hizo señas para que arrimara un viejo taburete de madera. Se volvió y buscó en un zurrón de cuero una bolsa de plástico. La abrió y sacó un trozo de queso de olor penetrante y media barra de pan. Una navaja apareció como por ensalmo en su mano y cortó una gruesa loncha. Me la alargó junto con un trozo de pan.

     – Tome usted.
     – No, gracias, de verdad – sin mucha convicción.
     – Venga, que el trabajo da hambre.

     Tomé el queso y el pan de sus manos grandes y callosas. Me fijé que contrastaban enormemente con el resto de su cuerpo delgado. Comimos en silencio durante un rato.

     – Está muy bonito su huerto. Lo tiene muy bien organizado.
     – Llevo ya unos años jubilado y esto no es más que entretenimiento. Lo que son las cosas... antes se tenía el huerto para poder comer y ahora para pasar el tiempo.

     Hablamos durante largo rato sobre nimiedades y por fin me levanté.

     – Bueno, me voy ya que oscurecerá dentro de poco. Gracias por el queso. Estaba muy bueno.
     – Gracias por la ayuda. Uno ya no está para estos esfuerzos. La pared esperaba de hace mucho que la arreglara y mis hijos todavía tardarán en poder venir.
     – ¿Viven en el pueblo?
     – Solo mi hija, la mayor. Los chicos trabajan en la capital. Uno es contable y el otro tiene una ferretería pero vienen en verano de vacaciones y me ayudan aquí arriba. Mi yerno bastante tiene con lo suyo.
     – De acuerdo. Nos vemos otro día.
     – Vaya usted con Dios.

     Salí y emprendí el camino de vuelta a medida que el sol iba ocultándose.
     La tarde siguiente y sin saber muy bien por qué me encontré de nuevo andando por aquel camino que llevaba al huerto de Antonio. Para mi sorpresa la pared arreglada seguía en pié. Me paré y golpeé con el pié pero las piedras no se movieron ni un milímetro.

     – ¿Quiere usted tirarla y volver a levantarla?

     La voz provenía de una de las hileras de plantas.

     – Parece mentira que esto se mantenga en pié sin cemento ni nada – contesté.
     – Sólo es saber poner las piedras. ¿Hoy también busca trabajo?
     – Pasaba por aquí pero si necesita alguna cosa tengo mucho tiempo libre.
     – Eso no es bueno para un hombre. Entre... – me dijo mientras me hacía una señal con la mano.

     Aquella tarde quité las malas hierbas que crecían por todos lados y cavé unos veinte metros cuadrados de tierra con un azadón. Al terminar se repitió la escena del día anterior: nos sentamos, sacó el pan y el queso y comimos en silencio.

     – En realidad he vuelto por el queso. Es cojonudo.
     – Ya veo que le gusta. El queso de cabra bien hecho gusta a cualq… – se interrumpió en mitad de la frase.

     Levanté la vista y me dí cuenta que miraba fijamente a un urraca posada sobre el espantapájaros. Sin apartar los ojos y con movimientos lentos y calculados metió la mano en el zurrón y sacó un tirachinas, que obviamente había hecho él mismo. Cogió una piedra del suelo y la calzó en el tirador. Estiró la goma hasta parecer que iba a romperse y sin previo aviso el proyectil salió disparado con una fuerza que me sorprendió.

     La piedra golpeó a la urraca en plena cabeza y el pájaro cayó muerto, probablemente sin que supiera qué le había pasado. Como si no hubiera pasado nada, siguió comiendo el pan y el queso.

     – Le decía que el queso de cabra bueno es …
     – Le ha acertado en plena cabeza de lejos – exclamé con los ojos abiertos como platos.
     – Ya bueno… es un tiro fácil.
     – ¿Fácil? Estamos a doce ó catorce metros por lo menos. Y eso es un tirachinas. Y la cabeza del pájaro es muy pequeña. Y…
     – No es para tanto.
     – Joder. Eso es puntería. No me diga que no.

     Levantó la cabeza y fijó la mirada en un punto lejano. Permaneció por unos segundos pensando, rememorando algo. Luego pronunció unas palabras que supusieron un punto de inflexión en mi vida.

     – Podría contarle algo que pasó hace mucho tiempo.

     Entonces empezó a hablar. Las palabras fluyeron y me vi transportado a un mundo que había existido hacía mucho. Un mundo de supervivencia, de pobreza, de campo, de caza, de pesca y sobre todo y por encima de todo, de mucho trabajo (El Cazador). No puedo decir que fuera un gran narrador, pero me mantuvo absorto durante largo rato. Quizá es que abrió una puerta dentro de mí, que yo no sabía que existía y que captaba todos los sonidos, los colores y sabores a través de sus palabras. Cuando terminó me dí cuenta que apenas había probado mi comida.

     – Vaya, es increíble – las palabras salieron de mi boca pero en realidad era un pensamiento en voz alta.
     – Esas cosas pasaban entonces – no había acritud en el tono de su voz.

     Terminamos de comer y me despedí de él. No dijimos nada pero ambos sabíamos que volveríamos a vernos al día siguiente.

     Por alguna razón desconocida aquella noche tardé mucho tiempo en coger el sueño. No dejaba de ver en mi mente una y otra vez todo lo que me había contado. Las escenas se reproducían delante de mis ojos como si hubiera estado presente allí mismo, en aquel pueblo, cincuenta años antes.

     A la mañana siguiente me levanté más tarde de lo habitual por primera vez en mucho tiempo y después del desayuno ataqué el marco de una ventana que tenía que desclavar. Durante toda la mañana mi mente estuvo volando, aunque ahora no era de forma caótica. Los problemas habían quedado aparcados de momento. A media tarde me encaminé de nuevo al huerto de Antonio.

     Nada más verme me puso un hacha pequeña en las manos y me dirigió a uno de los frutales que tenía apoyada una escalera. Me explicó cómo buscar las ramas muertas y cortarlas, advirtiéndome que tuviera cuidado y respetara las que estaban sanas. Me equivoqué unas cuantas veces al principio, pero acabé por quitar todo el ramaje muerto de aquel árbol y otros dos más. Junté todas las ramas caídas y las puse en un rincón dónde ya había otras.

     – Servirán de leña este invierno – me dijo.

     Llegó el momento del descanso y la comida y nos sentamos igual que los dos días anteriores. Él, sobre el tocón del árbol, yo, sentado en el viejo taburete de madera.

     – Aquello que me contó ayer me dejó alucinado.
     – Las historias de hace años. Es lo que nos queda a los viejos. A nadie le gusta oírlas ya.
     – Yo no lo creo. Estuve pensando esta mañana en ello.
     – No hay mucho que pensar a estas alturas. Lo pasado, pasado está. Nicht zurück zu sehen.
     – ¿Eso es alemán? – pregunté extrañado.
     – Lo es... es lo que nos decían cuando llegábamos a Alemania.
     – ¿Alemania?

     Suspiró, dejó a un lado el zurrón y apoyó los codos en las rodillas. Permaneció en silencio unos momentos como si estuviera ordenando ideas y luego empezó a hablar. El relato empezó y poco a poco se fue dibujando antes mis ojos. Pude ver miserias, lágrimas, miedos, valentía y un largo sufrimiento (Cosa de Hombres). Decenas de preguntas acudían a mi mente, pero no las dejé escapar para que no rompieran el hechizo de aquel momento. Cuando terminó fue como si se apagara la pantalla con un fundido en negro y después se leyera “FIN”. Aquella noche me pasó lo mismo que la anterior; mi mente bullía de actividad y el sueño se negaba a acudir.

     Al día siguiente volví con Antonio y, poco a poco, se estableció una rutina. Yo acudía por la tarde, trabajaba, comíamos y después surgía una historia. Por la noche revivía cada palabra hasta que me vencía el sueño de madrugada. Pasaron los días y una idea empezó a materializarse en mi cabeza.

     Siguiendo un impulso, una mañana saqué del armario una mochila que había arrinconado el día de mi llegada. Dentro iba el portátil que había estado a punto de dejar en casa. Lo enchufé y después de encenderlo abrí el procesador de textos. Observé la página en blanco pensativo y de repente mis dedos empezaron a recorrer el teclado. Nunca antes había escrito otra cosa que correos de empresa o breves notas informativas, pero las líneas empezaron a surgir. A medida que golpeaba las teclas empecé a notar un alivio en algún sitio dentro de mi pecho. Un río de angustia empezó a fluir y fue descargándose a través de mis dedos, resbaló por encima del teclado y fue a parar al suelo. Luego se escurrió sobre las baldosas y empezó a desaparecer poco a poco.

     Cuando terminé me dolía la cabeza terriblemente, pero había descubierto la puerta que me liberaba, la que dejaba salir la amargura y el desaliento. Observé las páginas escritas. No sabía si estaban bien redactadas, si el estilo era malo ó si conseguían transmitir todo lo que había en mi cabeza, pero de algo estaba seguro: el caos que había empezado a desaparecer en el huerto de Antonio aceleraba su partida.

     Por la tarde se lo conté a Antonio y le pedí permiso para poder escribir todo aquello que me contaba. «Sólo son historias de viejo. Haga lo que quiera con ellas» me respondió y siguió plantando tomateras en aquella tierra negra.

     Poco a poco mi mente empezó a funcionar de forma normal y la cordura empezó a asentarse de nuevo. Antonio utilizaba sus historias tal y como había usado la maza para asentar las piedras en la pared derruida: golpe a golpe fue encajando las piezas de mi alma, hasta que me sentí entero de nuevo. Escribirlas, por otra parte, suponía abrir el grifo y soltar toda la presión acumulada que había en las cañerías de mi alma.

     Un día cogí el teléfono y llamé a mi mujer. Hablamos largo y tendido. Al día siguiente volví a llamarla y hablamos otra vez. Tres semanas después volvía a mi casa y cuando había pasado un mes estaba trabajando de nuevo. Desde entonces volvimos al pueblo muchas veces, prácticamente cada vez que tenía unos días libres, y en cada ocasión volvía a subir a aquel huerto. Antonio me recibía como si me hubiera visto el día anterior y todo volvía a repetirse.

     Volví a la realidad, al día de hoy y miré hacia el monte desde la piedra donde estaba sentado. Me levanté, crucé la carretera y emprendí el camino ascendente. Cuando llegué me apoyé encima de la pared de piedra y observé cómo Antonio se atareaba, recolectando tomates y poniéndolos en una cesta.

     – Dice mi mujer que tengo que llevarle unos cuantos – voceé.
     – Pues como no entre y los recoja usted mismo…

     Sonreí y traspasé el pórtico de piedra. Cogí otra cesta, me agaché entre las tomateras y empecé a trabajar. Hora y media después nos sentamos a la sombra, cada uno en su sitio acostumbrado, rajamos varios de los tomates y les añadimos sal. Nos los comimos en silencio, disfrutando de los sonidos del campo, hasta que Antonio me señaló con un ademán de cabeza.

     – ¿Cómo va todo?
     – Bien, ahí andamos, peleando.
     – ¿La mujer y los niños?
     – Todos bien.

     Asintió con la cabeza, cerró la navaja y la guardó en el zurrón.
     Repasé mentalmente lo que iba a decirle a continuación.

     – ¿Recuerda que le dije que presentaría una de sus historias a un concurso?
     – ¿Ya lo ha hecho?
     – Sí.
     – ¿Y qué, como fue?
     – Ganamos.

     Levantó la vista y me miró un poco sorprendido.

     – ¿Ah sí?
     – Sí.
     – ¿Y qué es lo que ganamos?

     Me esperaba la pregunta con ansia, sobre todo para poder ver su reacción.

     – En realidad nada. Sólo que lo pueda leer más gente. Lo van a publicar. No cobramos nada.

     Miró el suelo pensativo.

     – Así debe ser. Es bueno que se sepan estas cosas. Si no, acabarán olvidándose. Sólo son…
     – … historias de viejo – dije acabando su frase.
     – Eso son.

     Era el tipo de respuesta que me esperaba y que me hizo sentir enormemente orgulloso de que aquel viejo fuera mi amigo. Nunca le había visto emocionarse, pero pude distinguir un centelleo en sus ojos. ¿Una lágrima?. Quizá solo fue imaginación mía. Carraspeó y se levantó con ligereza para un hombre de su edad. Llenó un par de tazas metálicas con agua del pozo y me alargó una de ellas. Bebió lentamente y levantando la taza vacía señaló un punto del pueblo cercano.

     – ¿Ve usted la tapia del cementerio?

     Me volví y miré.

     – La veo.
     – ¿Ve aquella parte que tiene un color diferente?
     Entrecerré los ojos.
     – Sí, aquella del final.

     Bajó la voz haciéndola más grave.

     – Es así porque la cubrieron de yeso hace años… para tapar los disparos.
     Volví a mirarle sorprendido.
     – ¿Disparos?

     Asintió con convicción y empezó a hablar con aquella manera pausada, lenta, como si el tiempo no nos persiguiera para darnos alcance. Apoyé los codos en las rodillas y me dispuse a escuchar como cientos de veces antes.

viernes, 12 de octubre de 2012

Ojala


     Ojalá… es la palabra que repito una y otra vez. Me golpea el pensamiento mientras imágenes pasadas aparecen como fogonazos, vívidas y claras, como si sólo hubiera pasado un momento. 

     Te veo con veinte años y la sonrisa luminosa, con tus vestidos y tu timidez. Tu inocencia joven, tu aroma a trigo, tu sabor a sal. Qué momentos pasamos oliendo la tierra y el aire. 

     Te veo el día de nuestra boda, con tu vestido blanco, tus ojos brillantes. Lágrimas que quitas con ligeros parpadeos. Un apretón de manos secreto y cómplice. No puedo más y te lo digo: “pareces una princesa”. Sonríes y me miras sólo un segundo. No hace falta más. 

     Te veo abriendo la puerta cuando llego a casa, los brazos al cuello y los besos. Nuestros primeros tiempos. Sin responsabilidades todavía, jóvenes, con ganas de disfrutarnos el uno al otro. La ilusión por lo que vendrá. 

     Te veo en aquella larga, larguísima noche en la que vino al mundo nuestro hijo. El sufrimiento en tu cara. El dolor que te viene de dentro y que no puedo siquiera adivinar. Me aprietas la mano intentando que te ayude y sólo puedo sentirme inútil. No puedo hacer nada. Cuando aflojas me miras entre el miedo y el alivio. Luego recostada, las piernas abiertas, los gritos y el esfuerzo sobrehumano y yo allí de pie mirando, sólo mirando. Y por fin sale al mundo. Me lo has dado tú. Resbaladizo y sangriento, chillando por tener que dejarte. Lo ponen encima de ti y abre los ojos como si me mirara, como si me reconociera. Siento que algo se me agarra al corazón y sé que se quedará para siempre. 

     Ojalá… 

     Te veo cambiando pañales, haciendo papillas, acunando, vistiendo, bañando, jugando. Rota de cansancio, abrumada por pequeños temores: ¿Por qué llora?, ¿por qué no come?, ¿tiene fiebre?. Aquella pequeña maravilla que creaste patalea, ríe, mira, se asombra. Me aprieta el dedo y me llena de babas. Bendita suciedad. 

     Te veo triste. Algo falta. Llevas el niño al colegio, vas a por él, le das de comer, le vuelves a llevar, vuelves a traerle, limpias, cocinas, planchas, trabajas. ¿Qué se perdió?. Te sientes incompleta. Lo veo aunque no lo digas. No sé que hacer. Trabajo mucho y trabajo duro; quiero que no nos falte de nada. Tengo que irme temprano y volver tarde. No te doy el tiempo que tú quisieras. Siento que no puedo elegir… 

     Veo los gritos y las voces, las recriminaciones, el ceño fruncido. El enfado que no se va y se convierte en amargura. La desconfianza que revolotea entre nosotros y no podemos apartar. Te preguntas por qué hemos cambiado. Yo también me lo pregunto. 

     Ojalá… ojalá… pudiera cambiar las cosas. Ojalá ya no fuera tarde. 

     Ojalá aquel que controla tiempo que vivimos me concediera otra oportunidad… Pero ya no es posible. Lo siento aquí, dentro del pecho; ya no hay esperanza. 

     Oigo cómo retumba todo. Crujen las vigas y el calor se va haciendo insoportable. No hay salida escaleras arriba y el fuego sigue trepando desde los pisos inferiores. Gente que había conmigo ha saltado por la ventana. Está muy, muy alto... Voy a morir… 

     Lamento cada minuto que te hice infeliz. Lamento cada insulto. Lamento cada ausencia. Lamento los momentos perdidos por la estupidez. A nuestro hijo dile que estaré donde quiera que él esté. Dile que estudie, que se porte bien. Dile que el día de mañana llega y se va sin que nos demos cuenta, que no pierda el tiempo como yo. Dile que si tiene suerte y encuentra una mujer, la haga feliz. Dile que le quiero. 

     Y tú, cariño mío, por favor vive. Cuando pase el tiempo y seas capaz, busca alguien. No te quedes sola, no me olvides y sal adelante. Que tu juventud no se marchite, no podría perdonármelo. Quédate con los buenos recuerdo y olvida aquello en lo que te hice mal. Ya queda poco. Te he querido. Te quiero. Te querré siempre. 


             World Trade Center, Nueva York. 11 de Septiembre de 2001.




martes, 5 de junio de 2012

De ángeles y hombres


     – Cartas señores… ¿tú, cuántas quieres?
     Sabía que le estaban hablando. Lo sabía por el aliento apestoso a ginebra y tabaco del que repartía las cartas. Lo había estado soportando toda la noche y ya era como si el gordo sudoroso estuviera metido en su nariz. Sin embargo, no podía oír nada. Desde que había levantado los cinco naipes y había visto los tres reyes y las dos damas un estruendo sonaba en su cabeza. Aguantó la respiración y se obligó a si mismo a permanecer con la vista fija en la mesa temiendo que cualquier pestañeo pudiera delatarle. El gordo se impacientaba.
     – ¡Eh, despierta!... ¿De cuánto te descartas?
     – Servido… – La voz le salió como si no fuera suya, como un susurro que viniera flotando junto con el humo de los cigarros. El gordo estalló en carcajadas.
     – No me lo creo. Este tío es demasiado con sus faroles. Ahora no quiere cartas. Es buenísimo… buenísimo de verdad – se giró hacia los demás y continuó repartiendo.
     Volvió a mirar los naipes. Ahí estaban, no era un sueño. La jugada casi perfecta en sus manos. Un regalo de los Dioses.
     – Bueno, tú hablas.
     – Van trescientos. No... cuatrocientos, a ver quién tiene huevos. –Dijo  atragantándose con las palabras.
     Tres pares de cejas se levantaron ligeramente. «¿Otro farol?». Si lo era desde luego el tío estaba loco. En todo caso ya era suficiente por esta noche. Habían pasado muchas horas jugando y ya no les apetecía pensar y discurrir si aquel fantoche llevaba algo ó no.
     – Yo paso –dijeron a coro arrojando las cartas sobre la mesa.
     «Mierda, me ha perdido la avaricia, tenía que haber entrado con menos y luego ir subiendo poco a poco. Para una jugada buena que viene en toda la noche…»
     Sin embargo había alguien que no había tirado las cartas. Tardó sólo un momento en darse cuenta. El maldito barrigudo le miraba directamente a los ojos.
     – Vaya con el colega. Entras fuerte pero no llevas una mierda, capullo. ¿Crees que tus faroles engañan?... Que sean mil más.
     ¿Sería posible qué Aliento Apestoso llevara algo? Seguro que no. Durante toda la noche le había estado observando y cada vez que tenía jugada entrecerraba los ojos y miraba sus cartas fijamente, seguro de si mismo. Ahora había notado un cierto temblor en la voz y apretaba los naipes con fuerza. Era poca cosa, pero suficiente; le tenía calado.
     – Esto está muy aburrido y no tengo ganas de estar subiendo una y otra vez. Vamos a hacer una cosa, gordito. Va mi resto –Y arrastró al centro de la mesa todas las fichas que tenía. No sabía cuánto había exactamente pero calculó que le debían quedar unos tres mil quinientos.
     – Tu resto, ya veo. ¿Cuánto hay, colega? Dos, tres… Vale, para igualar tu resto tengo que poner dos mil seiscientos... ahí van.
     Sintió un pinchazo a la altura del corazón. Era una sensación que conocía demasiado bien: la certidumbre de que iba a perder de nuevo. Sin embargo era casi imposible que el cachalote aquel pudiera ganar a una jugada tan buena como la suya. Debería tener un full muy alto ó un póquer. Sería el colmo de la mala suerte.
     – Te ha cerrado. Veamos esas manos, levantad las cartas. –Oyó que decía la voz de al lado.
El gordo puso una cara muy seria y dejó tres ases encima de la mesa. Respiró aliviado. Por un momento había pensado que iba a perder otra vez. Sonrió y puso sus cartas boca arriba.
     – ¡Full! ¿Qué te parece, gordito?
     Alargó las manos y abrazó el montón de fichas, satisfecho consigo mismo. Iba a arrastrarlas hacia si cuando otra vaharada de ginebra le golpeó de lleno desde el otro lado de la mesa.
     –Tranquilo colega, mi full parece más grande… es de ases.
     Dos sietes de color negro aterrizaron sobre el tapete. Se quedó petrificado y el dolor del pecho se convirtió en una punzada de desesperación. Retiró las manos de la mesa y las dejó abiertas, en el espacio donde momentos antes había estado su dinero. Lo había perdido todo. No le quedaba nada. Ni para jugar, ni para vivir, ni para absolutamente nada. El pensamiento cruzó por su mente como había cruzado cientos de veces durante años: «soy un maldito gilipollas».
     Empujó la silla hacia atrás y se levantó. Las piernas le temblaban después de haber estado horas en la misma posición. Se apoyó en la mesa y recogió el encendedor y el paquete de tabaco. Nadie reía ni hacía comentarios; nadie se burla de un perdedor. Sabían que otro día podría tocarle a cualquiera de ellos. Todos habían pasado por ese momento y conocían perfectamente la sensación de caída al vacío que se sentía. En estado de trance se dirigió a la puerta sin decir una palabra, la abrió y bajó los escalones que llevaban al portal. « ¿Qué voy a hacer ahora? ». Las náuseas acudieron a su garganta. Respiró hondo mientras chorros de sudor le bajaban por la espalda. « ¿Qué es lo que me pasa?... no puedo entenderlo. Los de ahí dentro han ganado unas y perdido otras, pero yo las he perdido todas. Mierda de suerte, ¿por qué todas mis rachas son malas? Dios, qué desgracia». Cuando llegó al final de la escalera suspiró. Necesitaba el aire fresco de la noche. Abrió la puerta de la calle y la luz diurna le hirió los ojos. «Diez horas jugando… no es la primera vez». Su estómago gruñó de hambre y desesperación. Sacudió el paquete de cigarrillos y se llevó uno a la boca. «A quitarse el hambre fumando, no hay para comida una vez más…».
     Desde el soportal volvió la vista a uno y otro lado de la calle sin decidirse a tomar un camino. Qué más da una dirección u otra cuando no se tiene a dónde ir. Miraba hacia la izquierda cuando dos personas doblaron la esquina. Uno de ellos era una mujer bajita, pasados los cuarenta. En la cara, surcada de arrugas prematuras, destacaban unos ojos cansados antes de tiempo y unos labios en línea recta y apretada. Iba cargada con una mochila que parecía pesada, mientras arrastraba de la mano a un crío. Se fijó que el niño tenía un andar desigual. Las rodillas se doblaban hacia dentro y la mano que llevaba libre se retorcía, abriendo y cerrando los dedos. Su cabeza giraba hacia los lados lentamente como si describiera círculos inacabables. No hablaba, sólo emitía ruiditos parecidos a palabras. En un momento determinado la madre se volvió a su hijo, los labios eternamente rectos se curvaron con infinita ternura y tomándole la cabeza con las dos manos le dio un beso en la frente. «Mi alma, mi cielo…» le susurró con ternura. Pasaron caminando delante de él y fue incapaz de apartar los ojos de aquella imagen.
     De repente el niño se volvió a medias y le miró. De sus labios salió una sonrisa grande y deslumbrante. Los ojos azules le miraron sin reproche, sin malicia, contentos con la vida. Solo fue un momento, pero pareció como si se hubiera abierto el paraíso y un rayo hubiera iluminado la tierra, dejando escapar a un pequeño angel sin alas. Luego se volvió y continuó andando junto a su madre, hasta que ambos llegaron a la esquina y desaparecieron de su vista.
     Se dio cuenta entonces que no podía respirar. Desesperado, se agarró el pecho con ambas manos mientras boqueaba como un pez sobre la arena. Notó que algo se rompía por dentro. Primero subió serpenteando por su columna y le atenazó la nuca. Luego bajó y se concentró en la mitad de su pecho. Tentáculos de angustia se retorcieron alrededor de su corazón. Se dejó caer, abrazándose las rodillas, mientras espasmos incontrolables recorrían todo su cuerpo.
     Después de lo que pareció una eternidad llegaron, como un torrente liberador, las lágrimas. Todo el pesar y la tristeza se derramaron con ellas. Le cubrieron la cara, gotearon sobre su pecho y cayeron al suelo para mezclarse con el polvo y la suciedad. Gimió, como si fuera un niño, dejando escapar toda la amargura, cerrando los ojos con fuerza hasta hacerse daño. Cuando no pudo más se acostó en el suelo entre sollozos y se encogió como un bebé. La angustia fue remitiendo poco a poco, como la tormenta que se aleja, hasta que por fin cesó. Se sentía exhausto, cansado hasta lo más profundo.
     Levantó la vista, miró el cielo azul sin nubes y se incorporó poco a poco hasta sentarse con las rodillas tocándole el pecho. El cigarrillo se había caído así que sacó otro y lo encendió. Se sentía ahora más tranquilo, liberado, como las piedras mojadas después de un chaparrón de verano. Toda la suciedad había sido arrastrada, dejándole limpio por dentro. Se relajó y dejó que sus pensamientos vagaran libremente.
     «Bueno, ahora hay que pensar cuál es el siguiente paso. Hay que salir de esta. ¿Qué puedo hacer? Pediré prestado para estos meses y buscaré trabajo. Ya encontraré a alguien que me eche una mano. Hay muchas maneras»
     Una idea cruzó delante de sus ojos como un pequeño diablo negro. Se giró y miró escaleras arriba.
     «No… No pienso volver a jugar. Esta ha sido la última»
Desde el balcón de su mente, el diablillo sonrió complacido.
     «Aunque la verdad, lo mismo da pedir prestado por ahí que a estos de arriba y además puedo recuperarme. Tendré más cabeza en las jugadas. Puedo hacerlo»
     El diminuto lucifer saltaba y reía abiertamente. Se dio cuenta que tenía la misma cara que el gordo sudoroso.
     «Te las voy a hacer pagar todas juntas…»
     Se puso de pié y subió los escalones.

domingo, 27 de mayo de 2012

Todo será perfecto


Dago nunca había creído en Dios. O quizá fuera Dios quien no creía en él. No lo sabía y a decir verdad, tampoco le importaba. Si tenía que confiar en un ser omnipotente, capaz de crear y destruir solo con su voluntad, prefería sin duda alguna al que tenía delante en aquel momento. Alargó la mano y lo acarició con reverencia, deslizando sus dedos por la superficie tibia y suave. Cerró los ojos, disfrutando de su perfección, de sus líneas rectas y regulares, de sus redondeces casi sensuales. Suspiró encantado, como cada día y, pulsando un botón, por fin, levantó la pantalla del portátil y lo encendió.

No era un Dios perfecto, desde luego, pero él lo entendía muy bien. Era predecible y a pesar de lo que pensara la gente, sus reacciones siempre tenían un por qué. No era como aquellos otros Dioses, totalmente ilógicos, que jodían a las buenas personas pero favorecían a los hijos de puta. El Dios del bit seguía unas reglas estrictas y si alguna vez parecía que se comportaba caprichosamente, Dago siempre sabía cómo arreglarlo, solo era cuestión de tiempo y conocimientos.

La pantalla esperaba pacientemente sus órdenes, así que deslizó sus dedos sobre el teclado y empezó a moverlos a velocidad de vértigo. Los impulsos eléctricos se trasmitieron a través del cable azul que sobresalía en un costado de la máquina y llegaron a un aparato del tamaño de una caja de zapatos. Desde allí se distribuyeron en diferentes direcciones. Unos fueron hacia el tejado del edificio y pusieron en marcha el anemómetro. Otros se dirigieron hacia su propia ventana y conectaron el medidor de distancias láser. El resto se repartió por otros destinos: cámaras de vigilancia en diferentes puntos de la calle, bloqueadores de semáforos y escáner de radiofrecuencias.

Tecleando durante cinco minutos, comprobó que todo funcionara perfectamente. Luego levantó el dedo índice teatralmente y con suavidad pulsó la tecla “Enter”. El último de sus soldados electrónicos se alzó delante de la ventana. Lo miró orgulloso. Supuso que algo así debería haber sentido el doctor Frankenstein cuando el monstruo se levantó y le llamó “padre”, solo que aquel ser, en el fondo era humano y tenía sentimientos. Este no los tenía y eso le hacía perfecto. Se levantó de la silla y se acercó hasta quedarse a un metro de aquella obra de arte metálica. Quería disfrutar del momento y lo observó con deleite. Se le ocurrió pensar que aquella sensación debía ser algo cercano al amor.

Al principio pensó en ponerle nombre, pero el que llevaba escrito le pareció muy acertado: CYCLOPS M1. Y es que realmente se trataba de un cíclope ya que tenía un solo ojo y era perfecto para la guerra. Se acercó por fin, se colocó la culata en el hombro y miró a través del visor electrónico. Era el mejor fúsil de precisión programable jamás construido. Una maravilla comprada en el mercado negro, a un precio muy alto.

Ajustó el ojo al visor y observó la imagen de la pequeña pantalla. Enfrente de su edificio y a través de la ventana, se extendía una gran plaza con bancos y zonas infantiles. Fue girando el arma sobre el trípode en el que se sustentaba, recorriendo diferentes objetivos, aumentando y disminuyendo la imagen. Podía ver al mismo tiempo la información que era recogida por el anemómetro del tejado sobre la velocidad del viento y la distancia al blanco que le proporcionaba el medidor láser. Una leve pulsación sobre el gatillo le indicaba mediante un punto verde o rojo si el objetivo estaba a tiro. El CYCLOPS, sirviéndose de la información que le proporcionaba el ordenador, podía disparar una parabellum con un margen de error de tan solo un milímetro. Apartó el ojo y pensó que era un arma muy bella, una belleza asesina y perfecta.

“Ha llegado mi momento, pensó”. Lo tenía todo calculado. Irían cayendo poco a poco, pero de forma ininterrumpida. Desde el primer disparo tendría aproximadamente quince minutos hasta que tuviera que largarse. Para la huída tenía un plan perfecto: controlaría los accesos de las calles circundantes mediante las cámaras de seguridad, cuyas imágenes aparecían en el monitor del portátil. Cambiando la secuencia de los semáforos podría bloquear el tráfico y con ello los vehículos policiales que acudieran. El escáner de radiofrecuencia le mantendría al tanto de sus movimientos. Esperaba que el número de víctimas no fuera menor de treinta; cincuenta era la cantidad ideal.

Lo más importante era empezar por la víctima correcta. Alguien que no llamara la atención. Era un principio de la caza: cuando veas pasar una fila de patos no dispares al primero, empieza por el último para que el resto no se espante inmediatamente. Miró por el visor y lo que primero que vio fue un grupo de niños en un armatoste de esos que dan vueltas en el parque. Varios de ellos estarían vigilados por sus padres, así que no eran buena elección. Una pareja se estaba besando medio oculta por un árbol, pero si no mataba a los dos al mismo tiempo el otro seguramente gritaría mucho hasta que consiguiera abatirlo. Una ejecutiva impresionante de corta falda negra y largas piernas paseaba de un lado a otro mientras hablaba por el móvil. Estaba sola, quizá fuera la primera. Apretó el gatillo ligeramente y el punto se puso en verde. Entonces se dio cuenta que varios hombres, desde distintos puntos de la plaza, la observaban embelesados. Apretó los dientes desilusionado. Aquella zorra le ponía a cien. Le excitaría mucho verla caer. Sin embargo era mejor empezar por otro objetivo. Apuntó al vendedor de helados, sin embargo dos chicas se acercaron a él en ese momento. Volvió a la zorra de las piernas largas. Estaba buenísima. Se imaginó su blusa blanca empapada de rojo y notó cómo se le abultaba el pantalón. Pero no, no era buena elección. La razón se impuso y movió el cañón del arma buscando otras víctimas.

Un bulto marrón se movió encima de un banco. Era un mendigo que estaba echado, tapado con cartones y se había incorporado. Estaba medio oculto por dos setos a ambos lados. Tenía la ropa muy sucia y una barba hirsuta. La elección perfecta, sería el primero. Aumentó el zoom hasta que su cabeza ocupó todo el visor y fijó la mira en mitad de la frente. Movió el gatillo y el punto se puso verde… y entonces… pasó algo. El hombre levantó los ojos y le miró directamente.

Dago se asustó y, soltando el arma, retrocedió un paso. “¿Qué ha pasado?, ¿qué es esto?” pensó. Estaba en el noveno piso de un edificio de veinte alturas, en cuya fachada había trescientas cincuenta y seis ventanas, dentro de una habitación con las paredes pintadas de negro, sin luces de ningún tipo, con su fusil apuntando a medio metro de una ventana con cortinas. Miró la pantalla del portátil. El medidor láser indicaba una distancia al objetivo de ciento veinte metros. Era absolutamente imposible que cualquier persona de la plaza pudiera haberle visto.

Volvió a acercarse y ajustándose la culata en el hombro, atisbó a través del visor. El hombre miraba tranquilamente a su alrededor. “Habrán sido imaginaciones mías”. Recordó a la zorra de las piernas largas y giró el arma buscándola. Ahí seguía, hablando por el puto móvil. “Dispárame”. Dago abrió unos ojos espantados y se llevó las manos a la cabeza. Miró a su alrededor buscando el origen de aquella voz femenina. “¿Qué ha sido eso? ¿Quién ha hablado?”. La habitación estaba silenciosa. “Es solo estrés, no la jodas ahora y vuelve al trabajo”. Volvió a enfocar por el visor. La mujer seguía con su paseo intermitente. “Vamos maricón de mierda, dispárame”, otra vez aquella voz. De repente detuvo su andar, como si hubiera recordado algo. Dago aprovechó y aumentó la imagen del visor hasta que la bella cara femenina lo ocupó por completo. “Te empeñas, pues serás la primera, putón”. Entonces ella giró sus ojos y le miró, sonriendo con unos dientes perfectos. “Eso es, dispárame, machote”. “No lo hagas, yo debo ser el primero  y lo sabes”. Era otra voz diferente, ronca y grave. Supo al instante de quién era y giró el visor hacia el vagabundo, que también le miraba. “¿Tú también quieres ser el primero? ¿Os creéis que esto es un puto concurso?”. El punto estaba en verde. “Entonces serás tú”. Apretó el gatillo… “clic…”. No pasó nada.

- Maldito trasto de mierda – gritó, golpeando el arma – Si eras perfecta ¿qué coño te pasa ahora?

Volvió a ajustarse el rifle. El hombre seguía mirándole desdeñoso a través del visor. “Te voy a destrozar, hijoputa”. Apretó el gatillo repetidamente. “Clic… clic… clic…”.

- ¿Por qué fallas ahora, trasto de mierda, cabrón? – le dio una patada al trípode y el arma cayó al suelo, estruendosamente.

Se llevó las manos a la cara y empezó a sollozar. Iba a ser perfecto, todo perfecto. Estaba todo planificado. El rifle era lo último de lo último, ¿qué coño le había pasado? Ahora ya no había nada que hacer, nada que esperar. Nada debería fallar, todo debería ser perfecto. La voz femenina volvió a sonar reverberante: “Levántalo y dispárame, vamos, yo te dejaré”.

- No, no puedo arriesgarme, seguro que falla de nuevo… no puedo fallar… no puedo fallar. Mis juguetes no fallan nunca. Yo no fallo nunca.

“A mí si me darás ¿quieres ver mis pechos manchados de rojo? ¿Quieres ver cómo me agito y caigo espatarrada al suelo? Soy tuya, dispárame. Seré la primera, luego podrás seguir con los demás y todo será perfecto”

Dago lloraba incontroladamente. La voz sonaba en su cabeza, pero él ya no la escuchaba. La perfección había desaparecido, les había vuelto a fallar a todos. El sufrimiento, olvidado gracias a su pequeño mundo electrónico, volvió a apretar su alma. Volvieron las palizas de su padre, las recriminaciones de su madre, las burlas de los otros niños en el colegio, las crueles bromas adolescentes, el desprecio de las chicas en la universidad.

Una suave brisa agitó las cortinas de la ventana y las abrió, invitadoras. Miró el hueco de la ventana. El susurro de una voz grave: “Libérate…”



Un golpe sordo sobre el asfalto. Una masa de carne que una vez había sido un hombre. Los coches frenan con sus ruedas chirriantes. Las mujeres gritan. Un policía acude corriendo y aparta a los transeúntes morbosos.

La mujer de la falda negra y las piernas interminables mira el tumulto y apaga el móvil. Se dirige hacia el rincón de detrás de los setos. El vagabundo levanta la mirada al verla acercarse.

- ¿Crees qué has ganado? Solo es una batalla – dice ella.

- Puede ser, pero esta la has perdido. Abandona y vuelve a tu guarida.

- En este mismo momento estoy ganando muchas otras y lo sabes. Solo son unas pocas vidas las que has salvado – y su mirada señala a los críos del parque, las parejas que pasean, el vendedor de helados.

- Aunque solo fuera una, siempre es un placer joderte - dice el vagabundo.

Ella le mira gélidamente, con odio. Hace muchos eones que se mantienen en lucha, sin embargo, nunca se cansa de ello. Sabe que disfruta más de la victoria, pero una derrota de vez en cuando le da un sabor especial a aquella guerra eterna.

Gira sobre sus tacones y con una última mirada desdeñosa se aleja entre el gentío.

jueves, 24 de mayo de 2012

El túnel

Siempre he creído que no es bueno vivir en el pasado. Los recuerdos y las vivencias son nuestra historia, visiones del camino que hemos recorrido. Están ahí y, aunque no debemos vivir de ellos, tampoco podemos perderlos de vista. Son nuestra experiencia, lo que nos permitirá no volver a cometer los mismos errores. Por ello cada cierto tiempo, uno o dos años, releo lo que escribí una mañana de primavera de hace ya algún tiempo. Y es que hay cosas que no se pueden olvidar.


Fue esto.

Once de Marzo. Nunca olvidaré cómo empezó ese día para mí.

Como cada mañana cogí el metro en la estación Puerta del Sur de la Línea 10 para ir a trabajar. Iba  abarrotado, como siempre. La gente leía el periódico, el libro, hablaba con su vecino de asiento ó simplemente estaba enfrascado en sus propios pensamientos. Para quien no lo conozca diré que el tramo desde Puerta del Sur hasta Casa de Campo discurre bajo tierra, sin embargo desde esta estación hasta Príncipe Pío, pasando por Batán y Lago, hay un tramo que circula al aire libre. Fue precisamente cuando el metro salió del túnel, en este trozo de vía, cuando se produjo un hecho que a todos los que íbamos en el vagón nos obligó a mirarnos unos a otros y sonreír. De repente todos los móviles, cada uno a su manera, emitieron los típicos sonidos de recepción de mensajes. En un vagón en el que van cien personas la cacofonía de musiquitas y pitiditos fue graciosa. El que sonó en mi teléfono me anunciaba varias llamadas perdidas. Debió ser el caso de la mayoría, ya que pude ver cómo rápidamente marcaban para hablar con alguien. Yo, por mi parte, pude comprobar que se trataba de mi mujer y me pregunté qué querría aquellas horas. Marqué el número de mi casa y apenas dos segundos después contestó. Lo que me contó con voz nerviosa me dejó anonadado, horrorizado, asustado, incrédulo, la verdad es que no sé qué adjetivo usar. Colgué y miré a mi alrededor. Las caras de casi todos lo viajeros eran espejos de la mía, las sonrisas se habían borrado. Caras de terror, desencajadas, ojos húmedos. Aquello no podía haber pasado. No en este país. No a nosotros. Inmediatamente me invadió la angustia de saber qué les podría haber ocurrido a mis seres queridos y empecé a hacer llamadas desesperado. Hasta que el tren entró de nuevo en el túnel y se perdió la cobertura. Maldije el maldito trasto y rogué para que el metro se diera prisa en llevarme a mi destino y poder llamar a todo el mundo. Y recé, yo que soy ateo, para que la desgracia no hubiera tocado a mi familia. Y no lo hizo. El resto del día es sabido por todos cómo transcurrió.

Han pasado dos semanas, hemos visto mil imágenes en la televisión y oído cientos de conversaciones al respecto. Yo sigo yendo al trabajo en el mismo tren y haciendo el mismo trayecto. Solo que ahora, cada vez que mi vagón sale del túnel se me acelera el pulso, miro a mi alrededor nervioso y ruego para volver a entrar en el túnel antes de que pueda sonar un móvil.



28 de Marzo de 2004


domingo, 20 de mayo de 2012

Mariposas Negras - Cuatro




Mariposas Negras

 Cuatro

            Diego avanzó hasta la esquina y se asomó con cuidado. No se veía nada, ni rastro. Empezó a recorrer las calles en busca de aquella sombra. Pasaron los minutos hasta que de repente unas voces que no podía entender se elevaron a unas calles de distancia. Una de ellas le sonaba conocida, aunque no hubiera podido asegurar a quién pertenecía. Se acercó hasta que pudo distinguir lo que decían.
            Un muchacho estaba en pié ante algo que parecía un hombre tirado en el suelo. El joven sostenía en la mano un palo largo y delgado terminado en una gran bola de madera y lo cernía amenazadoramente. La figura del suelo casi no se movía.
            – No sigas chaval, por favor… – una voz ronca y deformada.
            – Hijoputa, hijoputa, hijoputa… tú estabas allí, te vi… tú eras uno de ellos. Te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar – sollozaba.
            – No sabes nada. No te conozco… suelta eso.
            El chico se inclinó sobre la forma, le levantó la cabeza y se acercó a su oído.
            – Yo estaba allí, nos obligasteis, asesino cabrón, a ver aquello. Mi padre y mi abuelo, cabronazo.
            – No sé de qué hablas, hijo, pero estás a tiempo. Suelta el palo, coño…
            – ¿Te acuerdas del tendido siete hijo de puta, asesino?
            Una lucecilla se encendió en la mente del hombre postrado sobre el suelo mojado. En Agosto de aquel año la ocupación de los Nacionales había llegado a Badajoz. Las órdenes eran claras: había que fusilar y fusilar hasta que los cañones reventaran. El General en Jefe tuvo una de tantas ideas brillantes. Utilizarían la plaza de toros para dar una lección que haría temblar al Bando Republicano. Capturaron a todos los padres e hijos que pudieron sin distinguir las ideologías, daba igual de qué parte estuvieran, los llevaron a la plaza y sentaron a los niños en el tendido. Los había de todas las edades, desde críos pequeños hasta jóvenes imberbes. Después bajaron a sus padres a la arena y procedieron a fusilarlos a la vista de sus hijos.
            – ¿Ya te acuerdas, verdad? Yo estaba allí sentado. Los matasteis y me obligasteis a verlo. ¿Te duelen las piernas, verdad, te duele todo? Ahora toca morir.
            El joven se incorporó y levantó la maza dispuesto a descargarla. La sostuvo sobre su cabeza, dudando, y luego soltó un gemido largo y profundo y estalló en lágrimas. La maza se deslizó de sus manos y quedó colgando de una correa que llevaba en la muñeca. Se agarró el pelo y tiró como si quisiera arrancárselo. Los ojos giraban como los de un caballo desbocado mientras un rastro de espuma asomaba por la comisura de los labios.
            – No puedo… no puedo… no puedo… la sangre… ¡Padre!... ¡Padre!... –y de repente echó a correr y se perdió en la oscuridad.
            Diego se dio cuenta entonces que había estado conteniendo la respiración sin apenas moverse. Guardó la pistola en la cartuchera y, acercándose al hombre, se agachó a su lado, le giró la cabeza y miró a los ojos a su amigo Carlos. El chico le había dado una paliza de muerte, golpeándolo con la gran bola de madera en las articulaciones hasta que se habían hinchado de forma grotesca. Luego le había dado la vuelta al palo y le había pegado en la cara con la parte más estrecha.
            – Oh, cielo santo, Diego, gracias que eres tú. Ha sido un niñato que me ha pillado desprevenido. Me duele todo. Llama a alguien. Id a por él. Ayúdame, amigo.
            Diego se sentó en el suelo tranquilamente, apoyó la cabeza de Carlos sobre su regazo y, ante la sorpresa de éste, empezó a acunarlo suavemente, como si fuera un niño pequeño.
            – Diego, ¿qué haces, amigo? Se va a escapar ese maricón. Me duele todo, por Dios, no me muevas... ¡Aaaaaaaaah¡
            Sin decir palabra continuó acunándolo, cada vez más de prisa. Gruesas lágrimas empezaron a correr por su cara.
            – No es tu noche, Carlos. Te da una paliza un crío y ahora esto. Carlos, Carlos, Carlos… ¿qué nos has hecho, Carlos? –sollozaba mientras veía volar aquellas mariposas de alas negras delante de sus ojos.
            – ¿Qué te pasa, amigo? ¿Qué dices? ¿Te has vuelto loco? Por favor, no puedo ni moverme ¿Por qué lloras?
            Entre lágrimas, Diego sacó una fotografía del bolsillo de su guerrera. Era una mujer joven y guapa, posando de forma decorosa junto a un jarrón con flores.
            – Mira a Eloísa. Qué guapa era, ¿verdad?
            – Diego, no es momento. Vamos, ayúdame, por Dios, este dolor es insoportable.
            – ¿Te acuerdas de Eloísa, eh? –las lágrimas arreciaron– lo guapa que era, lo cariñosa…  y qué orgullosa estaba de mi carrera. La echo tanto de menos. Aquel accidente…
            – Solo fue un accidente. Nadie tuvo la culpa, Diego. Lo sabes, se resbaló y se calló de aquella ventana, nadie tuvo la culpa.
            – Oh sí, Carlos, alguien la tuvo. Te lo puedo asegurar –lloraba ya de forma incontrolada– Fui yo, ¿sabes? La empujé…
            Carlos se quedó callado por un momento.
            – ¿Qué dices? Estás delirando…
            – ¿Sabes lo qué pasó, Carlos, querido? No debiste hacernos aquello… Hace dos meses, ¿recuerdas el permiso que solicitamos juntos, pero que solo te concedieron a tí? Pues al final sí que me lo dieron. Cogí el tren del día siguiente para ir a casa. Quería darle una sorpresa a Eloísa y no la avisé. Y me presenté en casa con el ramo de flores más grande que pude encontrar–las lágrimas resbalaban por su cara y caían sobre las heridas de Carlos– Estabais allí mismo, en el saloncito de té, ella se había subido el vestido hasta la cabeza y estaba agachada de bruces sobre la mesa ¿Te acuerdas ahora, Carlos? Ya veo que sí que te acuerdas. Tú estabas detrás de ella y empujabas con fuerza. No olvidaré nunca lo que decías: «¿Te gusta por aquí, eh? Esto no te lo hace tu marido, ¿eh?, no le dejas, ¿verdad?, solo a mí ¿eh?». Y empujabas con más fuerza, Carlos. Y ella gruñía y suspiraba de placer. Si no hubiera sido mi mujer seguro que me habría empalmado. Era muy excitante… Carlos, Carlos, por favor… mi mujer… como los perros… la tenías allí mismo, empujando…
            – Diego, por favor, tranquilo… no sé lo que verías… tranquilízate, por favor. Dios, Dios, Dios…
            – Tuve que matarla, ¿sabes? Seguro que tú habrías hecho lo mismo. Ningún caballero español lo hubiera consentido ¿lo comprendes, verdad?
            Carlos empezó a llorar también.
            – No… No... por favor. Oh, Diego, por favor. No… No… No…
            – Escúchame Carlos, escúchame… ¿Sabes qué es la muerte dulce? –Diego se sorbió los mocos y dejó de llorar –Lo aprendí en Alemania, en uno de aquellos viajes con el Caudillo. Me lo regaló el mismo oficial que me dio mi querida Luger.
            Diego sacó de algún lugar de su guerrera un punzón muy largo. En realidad solo se trataba de un pequeño mango de madera del que salía una varilla de acero muy fina.
            – ¿Qué vas a hacer? ¿Qué es eso?
            – A esto le llaman la muerte dulce, aunque nunca he entendido por qué. Debe doler de cojones. Pero tú tranquilo Carlos, de verdad.
            – No… estate quieto… No…
            – La quería mucho, Carlos, la quería con toda mi alma. Pasadlo bien en el infierno, no tardaré en ir con vosotros –y diciendo esto hundió la varilla por completo en el lado izquierdo del pecho.
            Carlos soltó un suspiro y apenas se movió. Ni un grito, ni un rumor siquiera salió de su boca. La aguja atravesó limpiamente su corazón dejando apenas una pequeña herida en piel. La extrajo con cuidado y volvió a guardarla. Luego se inclinó y le dio un largo beso en la frente.
            – Ya pasó amigo, ya pasó.
            Con gran cuidado dejó la cabeza sobre el suelo frío, se levantó y se sacudió el uniforme. Miró el cuerpo tirado y por alguna razón desconocida le dio la vuelta con el pié y le dejó boca abajo. Se dio cuenta que ya no sentía nada. Echó a andar hasta llegar a aquella casa que le servía de hogar provisional y entró. Se sentó a la mesa y cogió la botella de coñac. Echó un largo trago y la dejo a un lado. Luego sacó su pistola y la dejó encima de la mesa. A pesar de lo duro que había sido el día se dio cuenta que no sentía sueño ni cansancio. La noche prometía ser muy larga. Pensó en todo lo que tendría que hacer al día siguiente y trazó sus planes pacientemente, analizando cada paso. Después, como cada noche, acudieron las mariposas negras y empezaron a revolotear delante de sus ojos.