domingo, 27 de mayo de 2012

Todo será perfecto


Dago nunca había creído en Dios. O quizá fuera Dios quien no creía en él. No lo sabía y a decir verdad, tampoco le importaba. Si tenía que confiar en un ser omnipotente, capaz de crear y destruir solo con su voluntad, prefería sin duda alguna al que tenía delante en aquel momento. Alargó la mano y lo acarició con reverencia, deslizando sus dedos por la superficie tibia y suave. Cerró los ojos, disfrutando de su perfección, de sus líneas rectas y regulares, de sus redondeces casi sensuales. Suspiró encantado, como cada día y, pulsando un botón, por fin, levantó la pantalla del portátil y lo encendió.

No era un Dios perfecto, desde luego, pero él lo entendía muy bien. Era predecible y a pesar de lo que pensara la gente, sus reacciones siempre tenían un por qué. No era como aquellos otros Dioses, totalmente ilógicos, que jodían a las buenas personas pero favorecían a los hijos de puta. El Dios del bit seguía unas reglas estrictas y si alguna vez parecía que se comportaba caprichosamente, Dago siempre sabía cómo arreglarlo, solo era cuestión de tiempo y conocimientos.

La pantalla esperaba pacientemente sus órdenes, así que deslizó sus dedos sobre el teclado y empezó a moverlos a velocidad de vértigo. Los impulsos eléctricos se trasmitieron a través del cable azul que sobresalía en un costado de la máquina y llegaron a un aparato del tamaño de una caja de zapatos. Desde allí se distribuyeron en diferentes direcciones. Unos fueron hacia el tejado del edificio y pusieron en marcha el anemómetro. Otros se dirigieron hacia su propia ventana y conectaron el medidor de distancias láser. El resto se repartió por otros destinos: cámaras de vigilancia en diferentes puntos de la calle, bloqueadores de semáforos y escáner de radiofrecuencias.

Tecleando durante cinco minutos, comprobó que todo funcionara perfectamente. Luego levantó el dedo índice teatralmente y con suavidad pulsó la tecla “Enter”. El último de sus soldados electrónicos se alzó delante de la ventana. Lo miró orgulloso. Supuso que algo así debería haber sentido el doctor Frankenstein cuando el monstruo se levantó y le llamó “padre”, solo que aquel ser, en el fondo era humano y tenía sentimientos. Este no los tenía y eso le hacía perfecto. Se levantó de la silla y se acercó hasta quedarse a un metro de aquella obra de arte metálica. Quería disfrutar del momento y lo observó con deleite. Se le ocurrió pensar que aquella sensación debía ser algo cercano al amor.

Al principio pensó en ponerle nombre, pero el que llevaba escrito le pareció muy acertado: CYCLOPS M1. Y es que realmente se trataba de un cíclope ya que tenía un solo ojo y era perfecto para la guerra. Se acercó por fin, se colocó la culata en el hombro y miró a través del visor electrónico. Era el mejor fúsil de precisión programable jamás construido. Una maravilla comprada en el mercado negro, a un precio muy alto.

Ajustó el ojo al visor y observó la imagen de la pequeña pantalla. Enfrente de su edificio y a través de la ventana, se extendía una gran plaza con bancos y zonas infantiles. Fue girando el arma sobre el trípode en el que se sustentaba, recorriendo diferentes objetivos, aumentando y disminuyendo la imagen. Podía ver al mismo tiempo la información que era recogida por el anemómetro del tejado sobre la velocidad del viento y la distancia al blanco que le proporcionaba el medidor láser. Una leve pulsación sobre el gatillo le indicaba mediante un punto verde o rojo si el objetivo estaba a tiro. El CYCLOPS, sirviéndose de la información que le proporcionaba el ordenador, podía disparar una parabellum con un margen de error de tan solo un milímetro. Apartó el ojo y pensó que era un arma muy bella, una belleza asesina y perfecta.

“Ha llegado mi momento, pensó”. Lo tenía todo calculado. Irían cayendo poco a poco, pero de forma ininterrumpida. Desde el primer disparo tendría aproximadamente quince minutos hasta que tuviera que largarse. Para la huída tenía un plan perfecto: controlaría los accesos de las calles circundantes mediante las cámaras de seguridad, cuyas imágenes aparecían en el monitor del portátil. Cambiando la secuencia de los semáforos podría bloquear el tráfico y con ello los vehículos policiales que acudieran. El escáner de radiofrecuencia le mantendría al tanto de sus movimientos. Esperaba que el número de víctimas no fuera menor de treinta; cincuenta era la cantidad ideal.

Lo más importante era empezar por la víctima correcta. Alguien que no llamara la atención. Era un principio de la caza: cuando veas pasar una fila de patos no dispares al primero, empieza por el último para que el resto no se espante inmediatamente. Miró por el visor y lo que primero que vio fue un grupo de niños en un armatoste de esos que dan vueltas en el parque. Varios de ellos estarían vigilados por sus padres, así que no eran buena elección. Una pareja se estaba besando medio oculta por un árbol, pero si no mataba a los dos al mismo tiempo el otro seguramente gritaría mucho hasta que consiguiera abatirlo. Una ejecutiva impresionante de corta falda negra y largas piernas paseaba de un lado a otro mientras hablaba por el móvil. Estaba sola, quizá fuera la primera. Apretó el gatillo ligeramente y el punto se puso en verde. Entonces se dio cuenta que varios hombres, desde distintos puntos de la plaza, la observaban embelesados. Apretó los dientes desilusionado. Aquella zorra le ponía a cien. Le excitaría mucho verla caer. Sin embargo era mejor empezar por otro objetivo. Apuntó al vendedor de helados, sin embargo dos chicas se acercaron a él en ese momento. Volvió a la zorra de las piernas largas. Estaba buenísima. Se imaginó su blusa blanca empapada de rojo y notó cómo se le abultaba el pantalón. Pero no, no era buena elección. La razón se impuso y movió el cañón del arma buscando otras víctimas.

Un bulto marrón se movió encima de un banco. Era un mendigo que estaba echado, tapado con cartones y se había incorporado. Estaba medio oculto por dos setos a ambos lados. Tenía la ropa muy sucia y una barba hirsuta. La elección perfecta, sería el primero. Aumentó el zoom hasta que su cabeza ocupó todo el visor y fijó la mira en mitad de la frente. Movió el gatillo y el punto se puso verde… y entonces… pasó algo. El hombre levantó los ojos y le miró directamente.

Dago se asustó y, soltando el arma, retrocedió un paso. “¿Qué ha pasado?, ¿qué es esto?” pensó. Estaba en el noveno piso de un edificio de veinte alturas, en cuya fachada había trescientas cincuenta y seis ventanas, dentro de una habitación con las paredes pintadas de negro, sin luces de ningún tipo, con su fusil apuntando a medio metro de una ventana con cortinas. Miró la pantalla del portátil. El medidor láser indicaba una distancia al objetivo de ciento veinte metros. Era absolutamente imposible que cualquier persona de la plaza pudiera haberle visto.

Volvió a acercarse y ajustándose la culata en el hombro, atisbó a través del visor. El hombre miraba tranquilamente a su alrededor. “Habrán sido imaginaciones mías”. Recordó a la zorra de las piernas largas y giró el arma buscándola. Ahí seguía, hablando por el puto móvil. “Dispárame”. Dago abrió unos ojos espantados y se llevó las manos a la cabeza. Miró a su alrededor buscando el origen de aquella voz femenina. “¿Qué ha sido eso? ¿Quién ha hablado?”. La habitación estaba silenciosa. “Es solo estrés, no la jodas ahora y vuelve al trabajo”. Volvió a enfocar por el visor. La mujer seguía con su paseo intermitente. “Vamos maricón de mierda, dispárame”, otra vez aquella voz. De repente detuvo su andar, como si hubiera recordado algo. Dago aprovechó y aumentó la imagen del visor hasta que la bella cara femenina lo ocupó por completo. “Te empeñas, pues serás la primera, putón”. Entonces ella giró sus ojos y le miró, sonriendo con unos dientes perfectos. “Eso es, dispárame, machote”. “No lo hagas, yo debo ser el primero  y lo sabes”. Era otra voz diferente, ronca y grave. Supo al instante de quién era y giró el visor hacia el vagabundo, que también le miraba. “¿Tú también quieres ser el primero? ¿Os creéis que esto es un puto concurso?”. El punto estaba en verde. “Entonces serás tú”. Apretó el gatillo… “clic…”. No pasó nada.

- Maldito trasto de mierda – gritó, golpeando el arma – Si eras perfecta ¿qué coño te pasa ahora?

Volvió a ajustarse el rifle. El hombre seguía mirándole desdeñoso a través del visor. “Te voy a destrozar, hijoputa”. Apretó el gatillo repetidamente. “Clic… clic… clic…”.

- ¿Por qué fallas ahora, trasto de mierda, cabrón? – le dio una patada al trípode y el arma cayó al suelo, estruendosamente.

Se llevó las manos a la cara y empezó a sollozar. Iba a ser perfecto, todo perfecto. Estaba todo planificado. El rifle era lo último de lo último, ¿qué coño le había pasado? Ahora ya no había nada que hacer, nada que esperar. Nada debería fallar, todo debería ser perfecto. La voz femenina volvió a sonar reverberante: “Levántalo y dispárame, vamos, yo te dejaré”.

- No, no puedo arriesgarme, seguro que falla de nuevo… no puedo fallar… no puedo fallar. Mis juguetes no fallan nunca. Yo no fallo nunca.

“A mí si me darás ¿quieres ver mis pechos manchados de rojo? ¿Quieres ver cómo me agito y caigo espatarrada al suelo? Soy tuya, dispárame. Seré la primera, luego podrás seguir con los demás y todo será perfecto”

Dago lloraba incontroladamente. La voz sonaba en su cabeza, pero él ya no la escuchaba. La perfección había desaparecido, les había vuelto a fallar a todos. El sufrimiento, olvidado gracias a su pequeño mundo electrónico, volvió a apretar su alma. Volvieron las palizas de su padre, las recriminaciones de su madre, las burlas de los otros niños en el colegio, las crueles bromas adolescentes, el desprecio de las chicas en la universidad.

Una suave brisa agitó las cortinas de la ventana y las abrió, invitadoras. Miró el hueco de la ventana. El susurro de una voz grave: “Libérate…”



Un golpe sordo sobre el asfalto. Una masa de carne que una vez había sido un hombre. Los coches frenan con sus ruedas chirriantes. Las mujeres gritan. Un policía acude corriendo y aparta a los transeúntes morbosos.

La mujer de la falda negra y las piernas interminables mira el tumulto y apaga el móvil. Se dirige hacia el rincón de detrás de los setos. El vagabundo levanta la mirada al verla acercarse.

- ¿Crees qué has ganado? Solo es una batalla – dice ella.

- Puede ser, pero esta la has perdido. Abandona y vuelve a tu guarida.

- En este mismo momento estoy ganando muchas otras y lo sabes. Solo son unas pocas vidas las que has salvado – y su mirada señala a los críos del parque, las parejas que pasean, el vendedor de helados.

- Aunque solo fuera una, siempre es un placer joderte - dice el vagabundo.

Ella le mira gélidamente, con odio. Hace muchos eones que se mantienen en lucha, sin embargo, nunca se cansa de ello. Sabe que disfruta más de la victoria, pero una derrota de vez en cuando le da un sabor especial a aquella guerra eterna.

Gira sobre sus tacones y con una última mirada desdeñosa se aleja entre el gentío.

jueves, 24 de mayo de 2012

El túnel

Siempre he creído que no es bueno vivir en el pasado. Los recuerdos y las vivencias son nuestra historia, visiones del camino que hemos recorrido. Están ahí y, aunque no debemos vivir de ellos, tampoco podemos perderlos de vista. Son nuestra experiencia, lo que nos permitirá no volver a cometer los mismos errores. Por ello cada cierto tiempo, uno o dos años, releo lo que escribí una mañana de primavera de hace ya algún tiempo. Y es que hay cosas que no se pueden olvidar.


Fue esto.

Once de Marzo. Nunca olvidaré cómo empezó ese día para mí.

Como cada mañana cogí el metro en la estación Puerta del Sur de la Línea 10 para ir a trabajar. Iba  abarrotado, como siempre. La gente leía el periódico, el libro, hablaba con su vecino de asiento ó simplemente estaba enfrascado en sus propios pensamientos. Para quien no lo conozca diré que el tramo desde Puerta del Sur hasta Casa de Campo discurre bajo tierra, sin embargo desde esta estación hasta Príncipe Pío, pasando por Batán y Lago, hay un tramo que circula al aire libre. Fue precisamente cuando el metro salió del túnel, en este trozo de vía, cuando se produjo un hecho que a todos los que íbamos en el vagón nos obligó a mirarnos unos a otros y sonreír. De repente todos los móviles, cada uno a su manera, emitieron los típicos sonidos de recepción de mensajes. En un vagón en el que van cien personas la cacofonía de musiquitas y pitiditos fue graciosa. El que sonó en mi teléfono me anunciaba varias llamadas perdidas. Debió ser el caso de la mayoría, ya que pude ver cómo rápidamente marcaban para hablar con alguien. Yo, por mi parte, pude comprobar que se trataba de mi mujer y me pregunté qué querría aquellas horas. Marqué el número de mi casa y apenas dos segundos después contestó. Lo que me contó con voz nerviosa me dejó anonadado, horrorizado, asustado, incrédulo, la verdad es que no sé qué adjetivo usar. Colgué y miré a mi alrededor. Las caras de casi todos lo viajeros eran espejos de la mía, las sonrisas se habían borrado. Caras de terror, desencajadas, ojos húmedos. Aquello no podía haber pasado. No en este país. No a nosotros. Inmediatamente me invadió la angustia de saber qué les podría haber ocurrido a mis seres queridos y empecé a hacer llamadas desesperado. Hasta que el tren entró de nuevo en el túnel y se perdió la cobertura. Maldije el maldito trasto y rogué para que el metro se diera prisa en llevarme a mi destino y poder llamar a todo el mundo. Y recé, yo que soy ateo, para que la desgracia no hubiera tocado a mi familia. Y no lo hizo. El resto del día es sabido por todos cómo transcurrió.

Han pasado dos semanas, hemos visto mil imágenes en la televisión y oído cientos de conversaciones al respecto. Yo sigo yendo al trabajo en el mismo tren y haciendo el mismo trayecto. Solo que ahora, cada vez que mi vagón sale del túnel se me acelera el pulso, miro a mi alrededor nervioso y ruego para volver a entrar en el túnel antes de que pueda sonar un móvil.



28 de Marzo de 2004


domingo, 20 de mayo de 2012

Mariposas Negras - Cuatro




Mariposas Negras

 Cuatro

            Diego avanzó hasta la esquina y se asomó con cuidado. No se veía nada, ni rastro. Empezó a recorrer las calles en busca de aquella sombra. Pasaron los minutos hasta que de repente unas voces que no podía entender se elevaron a unas calles de distancia. Una de ellas le sonaba conocida, aunque no hubiera podido asegurar a quién pertenecía. Se acercó hasta que pudo distinguir lo que decían.
            Un muchacho estaba en pié ante algo que parecía un hombre tirado en el suelo. El joven sostenía en la mano un palo largo y delgado terminado en una gran bola de madera y lo cernía amenazadoramente. La figura del suelo casi no se movía.
            – No sigas chaval, por favor… – una voz ronca y deformada.
            – Hijoputa, hijoputa, hijoputa… tú estabas allí, te vi… tú eras uno de ellos. Te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar – sollozaba.
            – No sabes nada. No te conozco… suelta eso.
            El chico se inclinó sobre la forma, le levantó la cabeza y se acercó a su oído.
            – Yo estaba allí, nos obligasteis, asesino cabrón, a ver aquello. Mi padre y mi abuelo, cabronazo.
            – No sé de qué hablas, hijo, pero estás a tiempo. Suelta el palo, coño…
            – ¿Te acuerdas del tendido siete hijo de puta, asesino?
            Una lucecilla se encendió en la mente del hombre postrado sobre el suelo mojado. En Agosto de aquel año la ocupación de los Nacionales había llegado a Badajoz. Las órdenes eran claras: había que fusilar y fusilar hasta que los cañones reventaran. El General en Jefe tuvo una de tantas ideas brillantes. Utilizarían la plaza de toros para dar una lección que haría temblar al Bando Republicano. Capturaron a todos los padres e hijos que pudieron sin distinguir las ideologías, daba igual de qué parte estuvieran, los llevaron a la plaza y sentaron a los niños en el tendido. Los había de todas las edades, desde críos pequeños hasta jóvenes imberbes. Después bajaron a sus padres a la arena y procedieron a fusilarlos a la vista de sus hijos.
            – ¿Ya te acuerdas, verdad? Yo estaba allí sentado. Los matasteis y me obligasteis a verlo. ¿Te duelen las piernas, verdad, te duele todo? Ahora toca morir.
            El joven se incorporó y levantó la maza dispuesto a descargarla. La sostuvo sobre su cabeza, dudando, y luego soltó un gemido largo y profundo y estalló en lágrimas. La maza se deslizó de sus manos y quedó colgando de una correa que llevaba en la muñeca. Se agarró el pelo y tiró como si quisiera arrancárselo. Los ojos giraban como los de un caballo desbocado mientras un rastro de espuma asomaba por la comisura de los labios.
            – No puedo… no puedo… no puedo… la sangre… ¡Padre!... ¡Padre!... –y de repente echó a correr y se perdió en la oscuridad.
            Diego se dio cuenta entonces que había estado conteniendo la respiración sin apenas moverse. Guardó la pistola en la cartuchera y, acercándose al hombre, se agachó a su lado, le giró la cabeza y miró a los ojos a su amigo Carlos. El chico le había dado una paliza de muerte, golpeándolo con la gran bola de madera en las articulaciones hasta que se habían hinchado de forma grotesca. Luego le había dado la vuelta al palo y le había pegado en la cara con la parte más estrecha.
            – Oh, cielo santo, Diego, gracias que eres tú. Ha sido un niñato que me ha pillado desprevenido. Me duele todo. Llama a alguien. Id a por él. Ayúdame, amigo.
            Diego se sentó en el suelo tranquilamente, apoyó la cabeza de Carlos sobre su regazo y, ante la sorpresa de éste, empezó a acunarlo suavemente, como si fuera un niño pequeño.
            – Diego, ¿qué haces, amigo? Se va a escapar ese maricón. Me duele todo, por Dios, no me muevas... ¡Aaaaaaaaah¡
            Sin decir palabra continuó acunándolo, cada vez más de prisa. Gruesas lágrimas empezaron a correr por su cara.
            – No es tu noche, Carlos. Te da una paliza un crío y ahora esto. Carlos, Carlos, Carlos… ¿qué nos has hecho, Carlos? –sollozaba mientras veía volar aquellas mariposas de alas negras delante de sus ojos.
            – ¿Qué te pasa, amigo? ¿Qué dices? ¿Te has vuelto loco? Por favor, no puedo ni moverme ¿Por qué lloras?
            Entre lágrimas, Diego sacó una fotografía del bolsillo de su guerrera. Era una mujer joven y guapa, posando de forma decorosa junto a un jarrón con flores.
            – Mira a Eloísa. Qué guapa era, ¿verdad?
            – Diego, no es momento. Vamos, ayúdame, por Dios, este dolor es insoportable.
            – ¿Te acuerdas de Eloísa, eh? –las lágrimas arreciaron– lo guapa que era, lo cariñosa…  y qué orgullosa estaba de mi carrera. La echo tanto de menos. Aquel accidente…
            – Solo fue un accidente. Nadie tuvo la culpa, Diego. Lo sabes, se resbaló y se calló de aquella ventana, nadie tuvo la culpa.
            – Oh sí, Carlos, alguien la tuvo. Te lo puedo asegurar –lloraba ya de forma incontrolada– Fui yo, ¿sabes? La empujé…
            Carlos se quedó callado por un momento.
            – ¿Qué dices? Estás delirando…
            – ¿Sabes lo qué pasó, Carlos, querido? No debiste hacernos aquello… Hace dos meses, ¿recuerdas el permiso que solicitamos juntos, pero que solo te concedieron a tí? Pues al final sí que me lo dieron. Cogí el tren del día siguiente para ir a casa. Quería darle una sorpresa a Eloísa y no la avisé. Y me presenté en casa con el ramo de flores más grande que pude encontrar–las lágrimas resbalaban por su cara y caían sobre las heridas de Carlos– Estabais allí mismo, en el saloncito de té, ella se había subido el vestido hasta la cabeza y estaba agachada de bruces sobre la mesa ¿Te acuerdas ahora, Carlos? Ya veo que sí que te acuerdas. Tú estabas detrás de ella y empujabas con fuerza. No olvidaré nunca lo que decías: «¿Te gusta por aquí, eh? Esto no te lo hace tu marido, ¿eh?, no le dejas, ¿verdad?, solo a mí ¿eh?». Y empujabas con más fuerza, Carlos. Y ella gruñía y suspiraba de placer. Si no hubiera sido mi mujer seguro que me habría empalmado. Era muy excitante… Carlos, Carlos, por favor… mi mujer… como los perros… la tenías allí mismo, empujando…
            – Diego, por favor, tranquilo… no sé lo que verías… tranquilízate, por favor. Dios, Dios, Dios…
            – Tuve que matarla, ¿sabes? Seguro que tú habrías hecho lo mismo. Ningún caballero español lo hubiera consentido ¿lo comprendes, verdad?
            Carlos empezó a llorar también.
            – No… No... por favor. Oh, Diego, por favor. No… No… No…
            – Escúchame Carlos, escúchame… ¿Sabes qué es la muerte dulce? –Diego se sorbió los mocos y dejó de llorar –Lo aprendí en Alemania, en uno de aquellos viajes con el Caudillo. Me lo regaló el mismo oficial que me dio mi querida Luger.
            Diego sacó de algún lugar de su guerrera un punzón muy largo. En realidad solo se trataba de un pequeño mango de madera del que salía una varilla de acero muy fina.
            – ¿Qué vas a hacer? ¿Qué es eso?
            – A esto le llaman la muerte dulce, aunque nunca he entendido por qué. Debe doler de cojones. Pero tú tranquilo Carlos, de verdad.
            – No… estate quieto… No…
            – La quería mucho, Carlos, la quería con toda mi alma. Pasadlo bien en el infierno, no tardaré en ir con vosotros –y diciendo esto hundió la varilla por completo en el lado izquierdo del pecho.
            Carlos soltó un suspiro y apenas se movió. Ni un grito, ni un rumor siquiera salió de su boca. La aguja atravesó limpiamente su corazón dejando apenas una pequeña herida en piel. La extrajo con cuidado y volvió a guardarla. Luego se inclinó y le dio un largo beso en la frente.
            – Ya pasó amigo, ya pasó.
            Con gran cuidado dejó la cabeza sobre el suelo frío, se levantó y se sacudió el uniforme. Miró el cuerpo tirado y por alguna razón desconocida le dio la vuelta con el pié y le dejó boca abajo. Se dio cuenta que ya no sentía nada. Echó a andar hasta llegar a aquella casa que le servía de hogar provisional y entró. Se sentó a la mesa y cogió la botella de coñac. Echó un largo trago y la dejo a un lado. Luego sacó su pistola y la dejó encima de la mesa. A pesar de lo duro que había sido el día se dio cuenta que no sentía sueño ni cansancio. La noche prometía ser muy larga. Pensó en todo lo que tendría que hacer al día siguiente y trazó sus planes pacientemente, analizando cada paso. Después, como cada noche, acudieron las mariposas negras y empezaron a revolotear delante de sus ojos. 

jueves, 17 de mayo de 2012

Mariposas Negras - Tres



Mariposas Negras

 Tres


– Mi Teniente, hemos terminado.
Diego recogió apresuradamente el montón de fotografías y las metió de nuevo en la carpeta.
– Le tengo dicho que llame antes de entrar, Sargento.
– Perdone, mi Teniente. Cuando usted diga le informo sobre lo que hemos sacado en claro. Hemos tenido que aplicarnos a fondo –dijo sonriente. Diego observó su uniforme ensangrentado.
– Cierre la puerta y empiece con su informe.
– Con lo que hemos conseguido sacarle a todos estos paletos ya sabemos qué pasó y tenemos seguro quién lo hizo. La historia es así: el Capitán Aldana entró en la taberna que está al lado del Ayuntamiento cuando ya iban a cerrar y pidió de beber. Había pocos parroquianos porque la mayoría estaban acojonados con nuestra presencia y no salió casi nadie de casa. Cuando le estaban sirviendo apareció un chaval a darle un recado al tabernero y vio al Capitán en la barra. Se miraron y casi todo el mundo coincide en que se reconocieron mutuamente aunque vieron que Aldana dudaba. El chico se puso muy nervioso y entró en la trastienda. El Capitán terminó su bebida tranquilamente y se fue. Unos cinco minutos después salió el chaval dando traspiés, con la mirada ida y farfullando cosas que nadie entendía. Uno de los que estaban más cerca creyó entender algo así como “el tendido siete” y a continuación el chico salió de la taberna a todo correr. Nadie pudo pararlo para ver qué le pasaba pero pudieron observar que tomaba el mismo camino que el Capitán.
– ¿Dónde está el chico?
– Lo tenemos ahí fuera, mi Teniente. No estaba entre la gente de la plaza así que tuvimos que ir a buscarlo a su casa. Cuando nos vio se puso como loco e intentó atacarnos con una especie de palo muy largo con una bola de madera en la punta. Se la quitamos y resultó que estaba manchada de sangre. Tuve que frenar a los nuestros para que no le mataran allí mismo. Estaban muy nerviosos y tenían ganas de revancha, mi Teniente. Nos costó lo nuestro hacernos con él, parece muy fuerte.
– Que nadie lo toque un pelo hasta que yo lo diga. Es mío, ¿entendido?
– A la orden, nadie lo tocará.
– Todo a su debido tiempo. Hágale entrar.
Cánovas abrió la puerta y soltó una orden. Al momento aparecieron tres soldados arrastrando a un chaval muy flaco y cubierto de suciedad que no debía tener más de diecisiete años.
– ¿Este medio hombre es el que les ha costado reducir, sargento? Está bien. Escucha muchacho, te lo voy a poner fácil. ¿Mataste anoche al Capitán Aldana?
El chico levantó la vista. La boca entreabierta dejaba escapar un hilillo de saliva y los ojos giraban extraviados.
– Está totalmente ido, sargento. ¿Le han golpeado? Así no podremos sacarle nada.
– No, mi Teniente, los muchachos querían darle duro pero me aseguré que nadie le tocara, se lo juro.
– Habrá algún médico en esta mierda de pueblo. Vaya a buscarlo.
Media hora después entró en la estancia un hombre pequeño y regordete vestido con un traje remendado, una corbata astrosa y unas gafitas redondas que le daban un cierto aire intelectual. Miró nervioso alrededor mientras estrujaba un sombrero sucio entre las manos.
– ¿Es usted el médico? Necesitamos que este chaval sea capaz de hablar. Mire a ver qué le pasa, déle algo, lo que sea, pero que hable.
El chico yacía tirado en el suelo, de cualquier manera, con las manos atadas a la espalda y aquella expresión de locura en los ojos. El hombre se agachó y le examinó detenidamente. Tras unos minutos dictaminó.
– No sacarán nada de él. No sé qué le han hecho pero está claro que está más allá de este mundo.
– Está bien, doctor. No le necesitaremos más. Puede irse.
El hombre se incorporó y se dirigió hacia la puerta. Cuando ya tenía la mano sobre el picaporte se giró como si se hubiera acordado de algo.
– Por cierto, Teniente, el cadáver que me han llevado tiene algo curioso que debería saber y es que…
– ¿Cómo? –la voz de Diego restalló como un látigo en la penumbra de la habitación– Sargento, ¿han llevado el cuerpo del Capitán a casa de un rojo? ¿Se ha vuelto loco? ¿Es que quiere que sea profanado ó algo peor? ¿No se da cuenta que este poblacho está lleno de rojos traicioneros?
– Perdone, mi Teniente, no lo íbamos a dejar tirado en la calle. La casa del médico parecía lo más correcto y…
– Oiga, perdone, que en este pueblo todos somos del Movimiento… –replicó el pequeño doctor.
– Ruegue a Dios, Sargento, que no le hayan hecho nada al cuerpo de mi amigo ó, por Dios se lo juro, que le haré un consejo de guerra y le fusilaré sin pensármelo dos veces. No me lo puedo creer, tanta ineptitud tendrá su castigo, se lo aseguro.
La nuez de Cánovas subió y bajó varias veces a lo largo del cuello mientras sudaba profusamente.
– Que salga todo el mundo de aquí inmediatamente. Menos el doctor, quiero hablar con él. Sargento, cuando haya acabado entre de nuevo para recibir sus órdenes.
– A la orden, mi Teniente. Vamos… todos fuera… deprisa… moveos.
Cuando se quedaron solos Diego miró a los ojos del Doctor.
– Dígame doctor, ¿qué es lo que encontró en el cuerpo del Capitán Aldana? ¿Y de paso, cómo es que le dio por examinarlo? –parecía más calmado después de que salieran los soldados de la habitación.
– Pues verá, cuando me lo trajeron pensé que podría ser de ayuda si le hacía un pequeño examen. Ya sabe que con nuestra formación en anatomía vemos cosas que a los demás se les escapan. El caso es que el cadáver tenía muchos golpes, como usted ya vería, sin embargo algo que me extrañó es que hubieran podido causarle la muerte ya que, aunque la cara estaba magullada e incluso la nariz rota, no había traumas en el cráneo ni en ningún otro sitio que hubieran podido ser la causa directa. Así pues, le examiné el resto del cuerpo y encontré algo muy curioso: un pequeño punzamiento en el lado izquierdo del pecho. No sabría decirle la profundidad que tendría pero por lo pequeño que era no debía de ser muy hondo. Tampoco sé cuál sería la causa del mismo pero me pareció curioso. Tampoco me dio tiempo a más.
– Muy bien doctor. No parece que tenga mucha importancia. Pensé que me iba a contar algo que nos ayudara a buscar al asesino de mi amigo. Puede irse –su voz sonaba desconsolada.
Diego se quedó solo de nuevo. Las mariposas de alas negras volvieron pero él no hizo nada por espantarlas. Sólo dejó que se posaran en su mente y libaran de su desesperanza. Pasado un rato el Sargento Cánovas llamó a la puerta y pidió permiso para entrar.
– ¿Da usted su permiso, mi Teniente?
– Adelante, Cánovas.
– Le pido que nos perdone, mi Teniente, no pensamos que esta gente… no sabíamos que eran rojos, todo lo contrario, teníamos entendido que aquí apoyaban el Movimiento… de verdad.
– De acuerdo, Sargento, no siga. Estas son sus órdenes: está bastante claro que ese muchacho mató al Capitán Aldana. No conocemos la razón pero a estos rojos asesinos no les hace falta ninguna. Como ya sabe tenemos órdenes de fusilar diez de ellos por cada víctima del Glorioso Movimiento Nacional. Los otros nueve que sean de las fuerzas vivas: el alcalde, el maestro, el médico, y el resto lo dejo a su elección. Se trata de dar escarmiento para que no nos encontremos resistencia en el camino que queda hasta Madrid.
– A la orden mi Teniente –El Sargento Cánovas giró sobre sus talones y salió cerrando la puerta.
Diego sacó la botella de coñac de un cajón y vació un tercio de un solo trago. Treinta minutos después el alcohol no consiguió acallar el estruendo de los fusiles ni tampoco el alarido de las viudas. «Eloísa, mi amor…». Su mano descendió a la cartuchera y sacó la Luger. La giró lentamente, con el cañón mirando directamente a sus ojos y luego se la introdujo en la boca. «Acero alemán, realmente es de un gusto exquisito…». El dedo gordo empezó a tensarse sobre el gatillo de forma imparable.


... un día antes...


La noche era oscura y las calles estaban frías y solitarias en aquel pueblo de mala muerte. El Teniente Diego de Castro salió a pasear esperando que la luna llena fuera capaz de arrastrar el terrible dolor de cabeza que le atenazaba. Sabía que no había peligro en aquel pueblo ocupado ya que los informes decían claramente que pertenecía al Bando Nacional. Cuando llevaba un rato perdido en sus cavilaciones pudo oír los pasos de alguien que corría en la oscuridad. Instintivamente desenfundó su pistola y se pegó a la pared. Una figura cruzó las sombras como una exhalación.

martes, 15 de mayo de 2012

Mariposas Negras - Dos


Mariposas Negras

 Dos


            Una hora después un centenar de almas asustadas llenaba la pequeña plaza rural. Diego esperaba a un lado, medio oculto por los soldados, fumando un cigarrillo detrás de otro. De repente tiró la colilla al suelo y la aplastó con la bota mientras voceaba.
            – Cánovas, ¿tenemos ya a todo el mundo?
            – Sí, mi Teniente.
            El silencio se extendió como una manta por el gentío. El olor del miedo era tan palpable que casi se podía tocar.
            – Alguien ha matado a uno de los nuestros –dijo en voz alta– quiero al culpable y lo quiero ahora. No voy a decirlo muchas veces ni estoy dispuesto a esperar. Todos sabéis que hemos avanzado por  España entera, limpiándola de rojos. Y todos sabéis, por lo que habréis oído en la radio, que nos hemos portado bien con aquellos que se han rendido y han depuesto las armas. Me advirtieron que este pueblo era en su totalidad del Bando Nacional. Ahora veo que nada más llegar nos encontramos problemas que no hemos hallado en ningún otro sitio por el que hemos pasado. Creo que esto es un nido de rojos, un nido de víboras.
            Las últimas palabras provocaron un rumor de desesperanza que se extendió por toda la plaza. Diego siempre había sabido manejar este tipo de situaciones así que dejó pasar un par de minutos sin decir nada.
            – ¿Nadie va a decirnos voluntariamente quién ha sido?... Sargento Cánovas, quiero a la familia que viva más cercana al lugar de los hechos aquí delante ya mismo.
            Dos soldados se metieron entre el gentío apartando gente hasta que dieron con un grupo de cuatro personas; un matrimonio joven, una vieja y una niña. Los fueron empujando hasta situarlos delante de Diego. Empezó a mirarlos lentamente, pasando la vista de uno a otro, en total silencio, hasta que alzó la voz repentinamente.
– Decidme qué pasó anoche delante de vuestra puerta.
– No sabemos nada, señor –contestó el hombre de forma nerviosa.
– Y una mierda no sabéis. ¿Matan una persona a golpes delante de tu puerta y no oyes nada? ¿Me estás llamando tonto? ¿Crees que todo el Glorioso Ejército Nacional es tonto? ¡Responde!
– Le juro, señor, que no oímos nada ni sabemos nada. Quizá le pegaron en otro sitio y vino a morirse ahí. Yo no lo sé, se lo juro por mis hijos –el hombre gimoteaba penosamente.
– No me lo puedo creer. ¿Pero tú crees que a mi me tiembla la mano, cabrón? Sargento, traiga a la vieja y a la niña.
Ante los gritos desesperados de los padres varios soldados los sujetaron fuertemente mientras otro grupo arrastraba a la pequeña y a su abuela delante de Diego.
La Luger apareció en su mano y con un movimiento rápido cogió a la niña y la apoyó el cañón en la sien. La vieja intentó abalanzarse contra él pero la mano de la pistola salió disparada hacia su cara e impactó con un crujido de cartílagos. La mujer cayó al suelo entre gritos de dolor y un rumor iracundo sacudió a la multitud.
– Parece que vamos a tener que dar un escarmiento –dijo mientras apoyaba de nuevo la pistola en la cabeza de la niña.
Los gritos incomprensibles de la madre se transformaron entonces en palabras sollozantes.
– Por favor, señor… no le haga nada a mi niña, por favor… señor, se lo ruego. Por Dios yo le diré lo que sabemos que es poco. Por Dios, señor, suelte a mi hija…
– Habla.
– Le juro por Dios que no vimos a nadie… sólo escuchamos ruidos como de gente peleando y pensamos que serían borrachos… no sabemos quién serían, señor, se lo juro. Sabiendo que estaban Ustedes aquí ayer, benditos sean, ¿cómo íbamos a salir de casa? Nosotros somos de El Bando Nacional… ¿cómo íbamos a saber nosotros?...
– Mentira… –la detonación sonó en toda la placita como un trueno. La niña cayó al suelo sangrando por la mejilla. En el último momento Diego había girado la pistola y la bala había hecho un surco a lo largo de la fina piel de la cara. La pequeña se retorcía de dolor sujetándose la herida– Decidme quién fue ó la próxima bala le saldrá por la nuca.
La mujer se tiró de rodillas a los pies de Diego.
– Por favor se lo ruego, señor, que no sabemos nada… ¡Ay, mi niña por Dios!... Se lo ruego, señor, que le estoy diciendo la verdad…
– Sargento, tráigame la familia de la puerta de al lado –bramó pateando a la niña que estaba en el suelo.
De nuevo los soldados se internaron entre la gente y trajeron a rastras otro grupo de cinco personas. El interrogatorio volvió a repetirse. Los mismos gritos y amenazas. La Luger apuntó de nuevo a un chico de apenas quince años aunque esta vez el disparo le atravesó un brazo. A continuación dieron una paliza al padre. Una tras otra todas las familias que vivían cerca de dónde había aparecido el cadáver fueron interrogadas entre gritos, golpes y disparos. Llegó un momento en el que Diego pareció cansarse de aquello.
– Cánovas, siga Usted con esto. Le espero en mi mesa con toda la información que haya podido conseguir. No mate a nadie pero no quiero vacilaciones, ¿entendido?
– A la orden, mi Teniente.
Diego se alejó camino de la casa confiscada que le servía de vivienda y despacho. Caminaba cansinamente, como si todo el peso de la guerra estuviera sobre sus hombros. Al llegar abrió la puerta y se dirigió de forma automática hacia donde estaba su petate, lo abrió y sacó una botella de coñac. El líquido bajó ardiendo a su estómago pero le calmó de forma inmediata. Sin soltarla se sentó detrás de la mesa y abrió una carpeta de cuero que tenía delante. Dentro había un sobre con varias fotografías en blanco y negro. Buscó entre ellas hasta encontrar la que buscaba: dos jóvenes vestidos de uniforme de paseo posaban sonrientes para la cámara. Uno de ellos pasaba su brazo por los hombros del otro. Giró la foto para ver la fecha y se dio cuenta que Carlos y él eran demasiado jóvenes entonces, demasiado ingenuos. Se habían hecho la foto por un impulso de Carlos, como siempre, que había visto al viejo fotógrafo en el paseo marítimo. Ante la resistencia de Diego le agarró de los hombros, le arrastró delante del objetivo y le obligó a estarse quieto mientras el abuelo ajustaba la máquina. Habían pasado tantas cosas desde entonces.
Extendió el resto de fotografías por la mesa y se perdió en recuerdos y cosas pasadas. Siguió bebiendo durante toda la mañana pero por alguna razón desconocida no fue capaz de emborracharse. Era como si se hubiera revestido por dentro de una coraza impenetrable que ni lo sentimientos ni el alcohol conseguían romper.
           El Sargento Cánovas irrumpió por la puerta cortando sus pensamientos por la mitad.

lunes, 14 de mayo de 2012

Mariposas Negras - Uno


Mariposas Negras

 Uno


«El sabor del acero es muy agradable. Me agrada el regusto metálico que te deja en el fondo de la garganta». Diego de Castro, teniente del Glorioso Ejército Rebelde, dejaba volar el pensamiento mientras apoyaba el cañón de su querida Luger P08 en el paladar.
«Sería tan fácil que casi da miedo. Un poco más y adiós al sufrimiento, adiós al insomnio, adiós a las mariposas». Su dedo apretaba ligeramente el gatillo y podía notar cómo se tensaban los muelles dentro del arma. Era tentador; un poco más de presión y todo dejaría de importar. Se preguntaba si sentiría dolor. ¿Sería como un fogonazo y luego la oscuridad? ¿O un túnel oscuro, como decían los veteranos que habían visto la muerte de cerca en Marruecos?
«Esta pistola maravillosa… qué increíblemente eficaces estos alemanes fabricando armas… pistolas que siempre funcionan, pistolas que hasta saben bien… ». Se dio cuenta que estaba desvariando pero no le importó lo más mínimo. Oyó entonces a alguien corriendo por la calle y miró hacia la puerta cerrada. El sonido de los pasos se acercaba. Volviendo a la cordura se sacó la pistola de la boca, la limpió con cuidado y la guardó en la cartuchera.
Le tenía un cariño especial a su Luger. Se la había regalado un oficial alemán a raíz de una de las múltiples entrevistas que había tenido El Caudillo con varios generales alemanes. Siempre había asistido como si fuera un consejero más, sin embargo su verdadera misión era la de protección del Generalísimo. Durante aquella visita uno de los germanos no le había quitado la vista de encima hasta que, una vez terminada la entrevista, se acercó y se presentó como Responsable de Seguridad de las SS. Cruzaron los saludos de rigor y el alemán, en un castellano impecable, le transmitió, como quien no quiere la cosa, que tenía conocimiento de quién era y lo que hacía realmente, así cómo la más profunda admiración por la profesionalidad con la que llevaba a cabo su misión. Tras la primera sorpresa todo aquello le sonó a peloteo puro y duro, pero como siempre había sabido moverse por los caminos de la diplomacia asintió con agradecimiento y devolvió el cumplido. Unos días después recibió un paquete en su casa de parte de aquel oficial. Dentro iba la pistola, nueva y perfectamente engrasada. Lo primero que hizo fue mostrársela a Eloisa, su mujer, que le sonrió orgullosa y le susurró al oído: «mi maridito es capaz de todo». El recuerdo le hizo sentir una punzada en el corazón. «Eloísa, mi amor, te fuiste…». Pensamientos tristes, como mariposas de alas negras, pasaron revoloteando delante de sus ojos.
Un golpeteo en la puerta y una voz angustiada le trajeron de nuevo a la realidad.
– Mi Teniente, ¿da Usted su permiso?
– Adelante Sargento Cánovas.
La puerta se abrió y un veterano con barba de una semana entró manchando el suelo de barro.
– Mi Teniente, hemos encontrado un muerto que debe Usted ver.
– Hay cadáveres por todos lados, Sargento. Estamos en guerra por si no se ha dado cuenta.
– Es el Capitán Aldana, mi Teniente.
Diego cerró los ojos con fuerza y dejó caer la cabeza ligeramente.
– Lo siento, mi Teniente. Todos estamos perdiendo amigos en esta guerra… pero hay que estar orgullosos porque se dejan la vida para salvar España del comunismo y todos aquellos que…
El Sargento continuó hablando pero Diego ya no le escuchaba perdido en sus pensamientos.
– Está bien, vamos allá –dijo interrumpiendo la perorata.
Se levantó, se puso el abrigo y salió a la calle acompañando al soldado. El día era gris y una llovizna constante había convertido el suelo en un barrizal. Avanzaron cruzando varias calles y después de doblar una esquina pudieron ver un grupo formado por los soldados de su Compañía que miraban al fondo de un callejón. Se volvieron de repente al oírle llegar y pudo leer en su rostro cómo se apiadaban de él mientras se apartaban a un lado para dejarle pasar. Avanzó unos pasos y pudo ver un cuerpo tendido boca abajo. Tenía la cara totalmente pegada al suelo con la nariz aplastada contra el suelo de piedra. No había duda, se trataba de Carlos Aldana, su amigo.
Se habían conocido muchos años atrás en la Academia de Zaragoza y desde el primer día que ocuparon literas contiguas se hicieron amigos íntimos. Sus caracteres, que muchos tildaron de totalmente opuestos, se complementaban perfectamente. Diego era tranquilo y prudente, Carlos impulsivo y temerario. Cuando las dudas hacían vacilar al primero el segundo utilizaba su empuje y le hacía decidirse. Cuando el segundo iba a cometer alguna de las muchas locuras que se le ocurrían, el primero le frenaba con su sentido racional. Juntos se emborracharon por primera vez, perdieron la virginidad con la misma puta, pelearon a mano descubierta en tabernas y bares, aprendieron a moverse en el siempre difícil mundo del ejército y la política y, por supuesto, mataron en el frente.
Diego se agachó junto al cadáver de su amigo y le dio la vuelta con cuidado. Observó su cara maltratada. Estaba totalmente golpeada, con moratones y cortes por todos lados. No había ni un solo trozo de piel sana. Bajó la vista hacia las muñecas y las manos totalmente deformadas. A la altura de las rodillas podía verse cómo el pantalón estaba tirante como si debajo hubiera un melón. Le habían golpeado en las articulaciones hasta que se habían hinchado de forma desproporcionada. Hundió la cabeza entre los hombros y alargó una mano que puso sobre el corazón de su amigo. Pareció que rezaba durante unos instantes así que todos los que le rodeaban guardaron un silencio respetuoso.
Cuando pasó lo que parecía una eternidad una voz grave surgió de la figura inclinada.
            – Sargento, llame a todas las puertas del barrio. Quiero a todos los que vivan en un radio de cinco calles presentes en la plaza dentro de diez minutos. El culpable pagará por esto. Vamos, ¿a qué espera? –las últimas palabras salieron en un grito.
            De repente toda la compañía se puso en movimiento. Se distribuyeron por las calles cercanas y empezaron a aporrear puertas y a sacar gente a rastras de sus casas. Se había corrido la voz de que había un muerto, posiblemente un oficial, entre los soldados que habían llegado el día anterior y todos los habitantes del pequeño pueblo intentaban no resistirse lo más mínimo. Entre empujones y gritos fueron formando un grupo cada vez más numeroso de hombres, mujeres y niños que eran conducidos como si fueran ganado camino del matadero.

jueves, 10 de mayo de 2012

Te veo


Todos los días pasaba por delante de ti y todos los días me ocurría lo mismo. No podía evitar mirarte a través del cristal. Te veía sentada, hablando, con tu eterna sonrisa, o callada, pensando en quién sabe qué. La gente te solicitaba, tú les atendías y siempre les regalabas una palabra, un comentario, un saludo, un rayo de sol. Un día me acerqué y alargué mis manos hacia las tuyas. Rocé tus yemas y sentí tu soledad, tu necesidad de otro ser humano. Miré tus ojos sin vida y comprendí que era culpa nuestra, que te habíamos dejado sola en tu oscuridad, que nuestra indiferencia te hería, que a veces te sentías perdida y sin embargo... sin embargo... seguías sonriendo. 

Yo te encontré. Desde entonces soy tus ojos; desde entonces eres mi vida.