martes, 5 de junio de 2012

De ángeles y hombres


     – Cartas señores… ¿tú, cuántas quieres?
     Sabía que le estaban hablando. Lo sabía por el aliento apestoso a ginebra y tabaco del que repartía las cartas. Lo había estado soportando toda la noche y ya era como si el gordo sudoroso estuviera metido en su nariz. Sin embargo, no podía oír nada. Desde que había levantado los cinco naipes y había visto los tres reyes y las dos damas un estruendo sonaba en su cabeza. Aguantó la respiración y se obligó a si mismo a permanecer con la vista fija en la mesa temiendo que cualquier pestañeo pudiera delatarle. El gordo se impacientaba.
     – ¡Eh, despierta!... ¿De cuánto te descartas?
     – Servido… – La voz le salió como si no fuera suya, como un susurro que viniera flotando junto con el humo de los cigarros. El gordo estalló en carcajadas.
     – No me lo creo. Este tío es demasiado con sus faroles. Ahora no quiere cartas. Es buenísimo… buenísimo de verdad – se giró hacia los demás y continuó repartiendo.
     Volvió a mirar los naipes. Ahí estaban, no era un sueño. La jugada casi perfecta en sus manos. Un regalo de los Dioses.
     – Bueno, tú hablas.
     – Van trescientos. No... cuatrocientos, a ver quién tiene huevos. –Dijo  atragantándose con las palabras.
     Tres pares de cejas se levantaron ligeramente. «¿Otro farol?». Si lo era desde luego el tío estaba loco. En todo caso ya era suficiente por esta noche. Habían pasado muchas horas jugando y ya no les apetecía pensar y discurrir si aquel fantoche llevaba algo ó no.
     – Yo paso –dijeron a coro arrojando las cartas sobre la mesa.
     «Mierda, me ha perdido la avaricia, tenía que haber entrado con menos y luego ir subiendo poco a poco. Para una jugada buena que viene en toda la noche…»
     Sin embargo había alguien que no había tirado las cartas. Tardó sólo un momento en darse cuenta. El maldito barrigudo le miraba directamente a los ojos.
     – Vaya con el colega. Entras fuerte pero no llevas una mierda, capullo. ¿Crees que tus faroles engañan?... Que sean mil más.
     ¿Sería posible qué Aliento Apestoso llevara algo? Seguro que no. Durante toda la noche le había estado observando y cada vez que tenía jugada entrecerraba los ojos y miraba sus cartas fijamente, seguro de si mismo. Ahora había notado un cierto temblor en la voz y apretaba los naipes con fuerza. Era poca cosa, pero suficiente; le tenía calado.
     – Esto está muy aburrido y no tengo ganas de estar subiendo una y otra vez. Vamos a hacer una cosa, gordito. Va mi resto –Y arrastró al centro de la mesa todas las fichas que tenía. No sabía cuánto había exactamente pero calculó que le debían quedar unos tres mil quinientos.
     – Tu resto, ya veo. ¿Cuánto hay, colega? Dos, tres… Vale, para igualar tu resto tengo que poner dos mil seiscientos... ahí van.
     Sintió un pinchazo a la altura del corazón. Era una sensación que conocía demasiado bien: la certidumbre de que iba a perder de nuevo. Sin embargo era casi imposible que el cachalote aquel pudiera ganar a una jugada tan buena como la suya. Debería tener un full muy alto ó un póquer. Sería el colmo de la mala suerte.
     – Te ha cerrado. Veamos esas manos, levantad las cartas. –Oyó que decía la voz de al lado.
El gordo puso una cara muy seria y dejó tres ases encima de la mesa. Respiró aliviado. Por un momento había pensado que iba a perder otra vez. Sonrió y puso sus cartas boca arriba.
     – ¡Full! ¿Qué te parece, gordito?
     Alargó las manos y abrazó el montón de fichas, satisfecho consigo mismo. Iba a arrastrarlas hacia si cuando otra vaharada de ginebra le golpeó de lleno desde el otro lado de la mesa.
     –Tranquilo colega, mi full parece más grande… es de ases.
     Dos sietes de color negro aterrizaron sobre el tapete. Se quedó petrificado y el dolor del pecho se convirtió en una punzada de desesperación. Retiró las manos de la mesa y las dejó abiertas, en el espacio donde momentos antes había estado su dinero. Lo había perdido todo. No le quedaba nada. Ni para jugar, ni para vivir, ni para absolutamente nada. El pensamiento cruzó por su mente como había cruzado cientos de veces durante años: «soy un maldito gilipollas».
     Empujó la silla hacia atrás y se levantó. Las piernas le temblaban después de haber estado horas en la misma posición. Se apoyó en la mesa y recogió el encendedor y el paquete de tabaco. Nadie reía ni hacía comentarios; nadie se burla de un perdedor. Sabían que otro día podría tocarle a cualquiera de ellos. Todos habían pasado por ese momento y conocían perfectamente la sensación de caída al vacío que se sentía. En estado de trance se dirigió a la puerta sin decir una palabra, la abrió y bajó los escalones que llevaban al portal. « ¿Qué voy a hacer ahora? ». Las náuseas acudieron a su garganta. Respiró hondo mientras chorros de sudor le bajaban por la espalda. « ¿Qué es lo que me pasa?... no puedo entenderlo. Los de ahí dentro han ganado unas y perdido otras, pero yo las he perdido todas. Mierda de suerte, ¿por qué todas mis rachas son malas? Dios, qué desgracia». Cuando llegó al final de la escalera suspiró. Necesitaba el aire fresco de la noche. Abrió la puerta de la calle y la luz diurna le hirió los ojos. «Diez horas jugando… no es la primera vez». Su estómago gruñó de hambre y desesperación. Sacudió el paquete de cigarrillos y se llevó uno a la boca. «A quitarse el hambre fumando, no hay para comida una vez más…».
     Desde el soportal volvió la vista a uno y otro lado de la calle sin decidirse a tomar un camino. Qué más da una dirección u otra cuando no se tiene a dónde ir. Miraba hacia la izquierda cuando dos personas doblaron la esquina. Uno de ellos era una mujer bajita, pasados los cuarenta. En la cara, surcada de arrugas prematuras, destacaban unos ojos cansados antes de tiempo y unos labios en línea recta y apretada. Iba cargada con una mochila que parecía pesada, mientras arrastraba de la mano a un crío. Se fijó que el niño tenía un andar desigual. Las rodillas se doblaban hacia dentro y la mano que llevaba libre se retorcía, abriendo y cerrando los dedos. Su cabeza giraba hacia los lados lentamente como si describiera círculos inacabables. No hablaba, sólo emitía ruiditos parecidos a palabras. En un momento determinado la madre se volvió a su hijo, los labios eternamente rectos se curvaron con infinita ternura y tomándole la cabeza con las dos manos le dio un beso en la frente. «Mi alma, mi cielo…» le susurró con ternura. Pasaron caminando delante de él y fue incapaz de apartar los ojos de aquella imagen.
     De repente el niño se volvió a medias y le miró. De sus labios salió una sonrisa grande y deslumbrante. Los ojos azules le miraron sin reproche, sin malicia, contentos con la vida. Solo fue un momento, pero pareció como si se hubiera abierto el paraíso y un rayo hubiera iluminado la tierra, dejando escapar a un pequeño angel sin alas. Luego se volvió y continuó andando junto a su madre, hasta que ambos llegaron a la esquina y desaparecieron de su vista.
     Se dio cuenta entonces que no podía respirar. Desesperado, se agarró el pecho con ambas manos mientras boqueaba como un pez sobre la arena. Notó que algo se rompía por dentro. Primero subió serpenteando por su columna y le atenazó la nuca. Luego bajó y se concentró en la mitad de su pecho. Tentáculos de angustia se retorcieron alrededor de su corazón. Se dejó caer, abrazándose las rodillas, mientras espasmos incontrolables recorrían todo su cuerpo.
     Después de lo que pareció una eternidad llegaron, como un torrente liberador, las lágrimas. Todo el pesar y la tristeza se derramaron con ellas. Le cubrieron la cara, gotearon sobre su pecho y cayeron al suelo para mezclarse con el polvo y la suciedad. Gimió, como si fuera un niño, dejando escapar toda la amargura, cerrando los ojos con fuerza hasta hacerse daño. Cuando no pudo más se acostó en el suelo entre sollozos y se encogió como un bebé. La angustia fue remitiendo poco a poco, como la tormenta que se aleja, hasta que por fin cesó. Se sentía exhausto, cansado hasta lo más profundo.
     Levantó la vista, miró el cielo azul sin nubes y se incorporó poco a poco hasta sentarse con las rodillas tocándole el pecho. El cigarrillo se había caído así que sacó otro y lo encendió. Se sentía ahora más tranquilo, liberado, como las piedras mojadas después de un chaparrón de verano. Toda la suciedad había sido arrastrada, dejándole limpio por dentro. Se relajó y dejó que sus pensamientos vagaran libremente.
     «Bueno, ahora hay que pensar cuál es el siguiente paso. Hay que salir de esta. ¿Qué puedo hacer? Pediré prestado para estos meses y buscaré trabajo. Ya encontraré a alguien que me eche una mano. Hay muchas maneras»
     Una idea cruzó delante de sus ojos como un pequeño diablo negro. Se giró y miró escaleras arriba.
     «No… No pienso volver a jugar. Esta ha sido la última»
Desde el balcón de su mente, el diablillo sonrió complacido.
     «Aunque la verdad, lo mismo da pedir prestado por ahí que a estos de arriba y además puedo recuperarme. Tendré más cabeza en las jugadas. Puedo hacerlo»
     El diminuto lucifer saltaba y reía abiertamente. Se dio cuenta que tenía la misma cara que el gordo sudoroso.
     «Te las voy a hacer pagar todas juntas…»
     Se puso de pié y subió los escalones.