viernes, 12 de octubre de 2012

Ojala


     Ojalá… es la palabra que repito una y otra vez. Me golpea el pensamiento mientras imágenes pasadas aparecen como fogonazos, vívidas y claras, como si sólo hubiera pasado un momento. 

     Te veo con veinte años y la sonrisa luminosa, con tus vestidos y tu timidez. Tu inocencia joven, tu aroma a trigo, tu sabor a sal. Qué momentos pasamos oliendo la tierra y el aire. 

     Te veo el día de nuestra boda, con tu vestido blanco, tus ojos brillantes. Lágrimas que quitas con ligeros parpadeos. Un apretón de manos secreto y cómplice. No puedo más y te lo digo: “pareces una princesa”. Sonríes y me miras sólo un segundo. No hace falta más. 

     Te veo abriendo la puerta cuando llego a casa, los brazos al cuello y los besos. Nuestros primeros tiempos. Sin responsabilidades todavía, jóvenes, con ganas de disfrutarnos el uno al otro. La ilusión por lo que vendrá. 

     Te veo en aquella larga, larguísima noche en la que vino al mundo nuestro hijo. El sufrimiento en tu cara. El dolor que te viene de dentro y que no puedo siquiera adivinar. Me aprietas la mano intentando que te ayude y sólo puedo sentirme inútil. No puedo hacer nada. Cuando aflojas me miras entre el miedo y el alivio. Luego recostada, las piernas abiertas, los gritos y el esfuerzo sobrehumano y yo allí de pie mirando, sólo mirando. Y por fin sale al mundo. Me lo has dado tú. Resbaladizo y sangriento, chillando por tener que dejarte. Lo ponen encima de ti y abre los ojos como si me mirara, como si me reconociera. Siento que algo se me agarra al corazón y sé que se quedará para siempre. 

     Ojalá… 

     Te veo cambiando pañales, haciendo papillas, acunando, vistiendo, bañando, jugando. Rota de cansancio, abrumada por pequeños temores: ¿Por qué llora?, ¿por qué no come?, ¿tiene fiebre?. Aquella pequeña maravilla que creaste patalea, ríe, mira, se asombra. Me aprieta el dedo y me llena de babas. Bendita suciedad. 

     Te veo triste. Algo falta. Llevas el niño al colegio, vas a por él, le das de comer, le vuelves a llevar, vuelves a traerle, limpias, cocinas, planchas, trabajas. ¿Qué se perdió?. Te sientes incompleta. Lo veo aunque no lo digas. No sé que hacer. Trabajo mucho y trabajo duro; quiero que no nos falte de nada. Tengo que irme temprano y volver tarde. No te doy el tiempo que tú quisieras. Siento que no puedo elegir… 

     Veo los gritos y las voces, las recriminaciones, el ceño fruncido. El enfado que no se va y se convierte en amargura. La desconfianza que revolotea entre nosotros y no podemos apartar. Te preguntas por qué hemos cambiado. Yo también me lo pregunto. 

     Ojalá… ojalá… pudiera cambiar las cosas. Ojalá ya no fuera tarde. 

     Ojalá aquel que controla tiempo que vivimos me concediera otra oportunidad… Pero ya no es posible. Lo siento aquí, dentro del pecho; ya no hay esperanza. 

     Oigo cómo retumba todo. Crujen las vigas y el calor se va haciendo insoportable. No hay salida escaleras arriba y el fuego sigue trepando desde los pisos inferiores. Gente que había conmigo ha saltado por la ventana. Está muy, muy alto... Voy a morir… 

     Lamento cada minuto que te hice infeliz. Lamento cada insulto. Lamento cada ausencia. Lamento los momentos perdidos por la estupidez. A nuestro hijo dile que estaré donde quiera que él esté. Dile que estudie, que se porte bien. Dile que el día de mañana llega y se va sin que nos demos cuenta, que no pierda el tiempo como yo. Dile que si tiene suerte y encuentra una mujer, la haga feliz. Dile que le quiero. 

     Y tú, cariño mío, por favor vive. Cuando pase el tiempo y seas capaz, busca alguien. No te quedes sola, no me olvides y sal adelante. Que tu juventud no se marchite, no podría perdonármelo. Quédate con los buenos recuerdo y olvida aquello en lo que te hice mal. Ya queda poco. Te he querido. Te quiero. Te querré siempre. 


             World Trade Center, Nueva York. 11 de Septiembre de 2001.