jueves, 13 de diciembre de 2012

Valeria


Valeria

1º Premio I Concurso de Relatos "TABERNA CASTELLANA" de Alcorcón
12 de Diciembre de 2.012

     La primera luz del día comenzó a asomar tímida por el horizonte. Era solo un pequeño cambio de color en el negro del cielo, pero bastó para intranquilizar a Héctor. Faltaba todavía mucho camino por recorrer y el caballo, cansado después de una larga cabalgada, empezaba a resbalar sobre las piedras. Un accidente ahora podría ser fatal, así que desmontó, lo cogió por las riendas y comenzó a andar todo lo rápido que le daban las piernas.
     Tan solo era cuestión de llegar al cruce del lago y tomar uno de los cuatro caminos que partían desde allí. Dos de ellos se bifurcaban a su vez un poco más adelante, con lo que sería muy difícil que alguien supiera la dirección que había tomado. Siguió avanzando, atento a cualquier ruido que viniera de su espalda, hasta que olió en el aire la humedad del lago y supo que a partir de allí tendría una oportunidad.
     En el cruce, los cuatro caminos le miraban indiferentes, esperando que se decidiera por uno de ellos, cuando percibió un leve temblor en el suelo. Un rumor lejano se acercaba poco a poco. Se giró y los vio, allí donde empezaba a despuntar la luz del amanecer. Una masa compacta de jinetes, un mar de lanzas y espadas desenvainadas avanzaba hacia él. Supo entonces que no pisaría ninguno de los caminos que partían del cruce, supo entonces que moriría allí mismo, sobre la montura de su caballo. Cerró los ojos y se concentró en rescatar algún pensamiento valioso que llevarse al otro lado. Las imágenes de la última noche con Valeria acudieron a su mente. 
     Se encontraron allí mismo, a orillas del lago, tal como había sucedido cada noche, a lo largo del último mes. Ella, huyendo de un marido violento, de una vida de golpes, trabajo y humillación. Él, huyendo de si mismo, del alcohol, del juego, de las peleas a cuchillo en callejones oscuros.
     El destino, pensó, esa ramera que le había maltratado durante la mayor parte de su vida, cambió de parecer una mañana de marzo. Aquel día sus ojos azules se cruzaron con otros, color avellana, ojos de diosa, enmarcados con una melena pelirroja y una tez blanca y fina. Sus miradas se encontraron apenas un instante, solo un segundo, y desde entonces no pudieron separarse más. Al principio él la buscó y ella le rehusó muchas veces. Siguió insistiendo, desesperado por verla, y al final acabaron encontrándose cada vez que les era posible, robando momentos a la vida desgraciada de cada uno.
     El lago se convirtió en su rincón secreto. Ella esperaba que el alcohol dejara inconsciente al jabalí salvaje que era su marido, y entonces, cogía el caballo y atravesaba los campos al galope. Él la esperaba sentado en la orilla, impaciente siempre. Cuando se encontraban apenas eran capaces de hablar.
     Se dejaban caer sobre el musgo suave que cubría las grandes piedras de la orilla del lago y, casi sin saber cómo, se encontraban de repente desnudos el uno sobre el otro. Ella, de espaldas, sentía el olor húmedo y fresco de aquella superficie verde, mientras extendía los brazos y se aferraba al cuerpo delgado y fibroso de Héctor. Él se dejaba llevar por el tacto suave de la piel femenina, enterrando la cabeza en el hueco de su cuello y aspirando profundamente. Aquel olor suyo, tan especial, le hacía perder la cabeza. Muchas veces la había hecho reír, intentando explicar aquel olor. Le decía: “es como el trigo maduro, no… como las piedras mojadas después de la tormenta, no… como…” y así continuaba, con cara de cómica desesperación, hasta que ella no podía más y caía al suelo entre risas. Siempre era así, hasta que un día le dijo: “ya sé a qué huele tu piel; es el olor de una noche de verano”. Y aquella vez, ella no rió.
     La felicidad de aquel último mes hubiera sido suficiente para llenar una vida. Ella había alejado todo lo malo y oscuro que había dominado su vida hasta entonces y le había salvado de si mismo. Supo que ahora, con el fin acercándose, podría morir sintiendo que había vivido. 
     Héctor abrió los ojos y, con un estremecimiento, desenvainó la espada. Moriría matando, como el hombre completo que ahora era. Enfocó la vista en el grupo, que empezaba vislumbrarse a medida que el sol iba apareciendo en el horizonte. Todavía debían recorrer algunos cientos de metros para alcanzarle, cuando se fijó en una figura encapuchada que estaba a medio camino entre él y los jinetes, mirando en dirección a estos. Un pensamiento le golpeó la mente. Una sospecha horrible le hizo abrir los ojos asustados. La figura, portando un arco de grandes dimensiones, se arrodilló y clavó en el suelo un puñado de flechas. Luego ajustó una en el arco. El movimiento hizo que la capucha se deslizará a su espalda, dejando a la vista una larga melena. Incluso en la distancia, y a pesar de la escasa luz, supo quién era. Valeria. Lo comprendió todo en un instante. Ella le ofrecía una oportunidad. Les entretendría para que él pudiera huir. Una vida por otra, la de ella por la de él. El jinete que encabezaba el grupo soltó un grito salvaje al reconocerla y levantó una lanza larga y pesada. El jabalí salvaje que era buscaba venganza por el adulterio cometido. Azuzó a su montura más aún, destacándose del grupo. La atravesaría de lado a lado, la degollaría y luego buscaría la cabeza de él.
     Héctor, desesperado, lanzó su caballo al galope y dirigió la punta de su espada hacia delante. Podía hacerlo, podía llegar antes que él. Ni por un momento pensó que sería imposible. Espoleó con fuerza a su montura, trazando heridas sangrientas en el flanco del caballo. Gritó como nunca lo había hecho, desafiando al mundo entero, llamando a la muerte, escupiendo al diablo a la cara.
     El trote de ambos caballos era frenético y la distancia entre ambos y Valeria era ya la misma, cualquiera podría llegar el primero. Casi podía ver la expresión de locura salvaje del hombre, la sed de venganza pintada en sus ojos. Tenía que pararlo, tenía que llegar antes. Gritó con todas sus fuerzas:

     NOOOOOOOOOO!!!

     "Piiit, piiit, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiit"

     "Buenos días, Radio Cinco Todo Noticias. Son las seis de la mañana de este martes, quince de diciembre. Comenzamos con el resumen de todo aquello que..."

     Félix sacó la mano de entre las sábanas y acalló el despertador. Un sentimiento de pérdida, de tristeza, vino a darle los buenos días. En la penumbra del dormitorio, le pareció oír gritos de pelea, entrechocar de espadas y el golpeteo de unas pezuñas alejándose. Aguzó el oído, pero solo distinguió el suave ronquido del bulto que estaba a su lado. Sonriendo, pensó: “ni siquiera eso podría despertar a esta mujer antes de las nueve de la mañana”. Metió los pies en las zapatillas, se incorporó y, maldiciendo los dolores de espalda habituales, se dirigió a oscuras al cuarto de baño. 
     El espejo le devolvió la imagen de un hombre de edad madura, con ligera papada, ojeras cada vez más preocupantes y una incipiente calvicie. Pensó en el cuerpo delgado y musculoso del joven Héctor. Las comparaciones son odiosas así que mejor no hacerlas, sobre todo las físicas. No podía imaginarse a si mismo, con sus kilos y sus años, a las riendas de un corcel a todo galope, ni tampoco haciéndole el amor a una mujer como Valeria. Aquel cuerpo grácil y suave, aquella melena pelirroja, aquellos ojos color avellana, grandes y profundos. Pero sobre todo aquel coraje, aquella fuerza de voluntad, aquella pasión. Volviendo a la realidad, miró el reloj de pulsera que descansaba sobre el lavabo y se dio cuenta  de que se estaba haciendo tarde, así que se lavó la cara enérgicamente para acabar de alejar el sueño y empezó a quitarse el pijama.
     Cuando terminó con los hábitos matinales abandonó con prisa el cuarto de baño y, cogiendo por el camino las llaves de casa y del coche, abrió la puerta y la cerró a su espalda con cuidado. El frío de la mañana le golpeó el rostro al salir y, como cada mañana, se paró en la acera intentando recordar dónde había aparcado el coche. Vaciló, mirando calle arriba y abajo, hasta que se decidió y echó a andar apresuradamente. Dos pisos más arriba, unos ojos le observaban tímidos a través de las cortinas.
Irene suspiró y el vaho de su aliento formó una película sobre el cristal. Observó cómo se alejaba el hombre calle arriba, pulsando frenéticamente el mando del coche para intentar localizarlo. “Qué caso de hombre”, pensó. “No es capaz de recordar nada”. Y una media sonrisa de ternura tensó las patas de gallo de sus ojos. Permaneció mirándolo hasta que por fin las luces del viejo utilitario se perdieron en la madrugada. Cerró los visillos, se ajustó la bata en torno al orondo cuerpo y se dirigió a la cocina para prepararse el primer café del día. Al pasar delante del dormitorio se asomó un momento. En la cama, tapada por un enorme edredón, una gran panza subía y bajaba a ritmo regular, lo que le certificó que su marido dormía como si se fuera a acabar el mundo. En la habitación de enfrente, su hijo veinteañero también dormía a pierna suelta.
     Ya en la cocina, preparó el café y las magdalenas que tanto le gustaban y puso la televisión para oír las noticias y el tiempo. Iba a tomar el primer trago, cuando un olor conocido le hizo arrugar la nariz. No era desagradable, solo algo que no conseguía recordar. Miró a su alrededor, extrañada, intentando identificarlo. Acaso sería una mancha de humedad en el techo, ó el agua que a veces salía de detrás de la lavadora, ó quizás fuera del lavavajillas. Sonrió, al darse cuenta de lo que era.
     Extendió las manos sobre la mesa y cerró los ojos soñadoramente. Allí estaba; era el frescor húmedo del musgo bajo su cuerpo desnudo. Sintió que desaparecía de su existencia y se transportaba hasta la orilla del lago. Oyó la suave brisa en las ramas de los árboles, el croar de las ranas, el suave relincho del caballo. Y aquel otro cuerpo encima de ella, aquella forma de hacer el amor, aquellos ojos que la devoraban de deseo. Héctor, la voluntad salvaje e indestructible que nunca la dejaría sola, aquel que siempre volvería para morir a su lado.
     Abrió los ojos y miró el reloj de la pared. Calculó mentalmente las horas que faltaban para volver a dormir. Parecían muchas, pero ella sabía que la espera siempre merecía la pena. ¿Dónde la llevaría Héctor aquella noche? ¿A dónde huirían? ¿A quién se enfrentarían por su amor? Solo ellos dos lo sabían.