miércoles, 11 de diciembre de 2013

El hombre transparente

La primera vez que el meñique de Abel desapareció fue, exactamente, un lunes gris de Noviembre. Estaba viendo la tele, con los brazos apoyados en la butaca, cuando el dedo parpadeó, como si fuera la imagen de una televisión estropeada y, sin más, se esfumó. Se miró la mano con curiosidad y por alguna extraña razón no se sorprendió mucho. Sacudió los dedos un poco, como cuando te quitas unas gotas de humedad, y el dedo volvió a aparecer como si nunca se hubiera ido.

—¿Qué haces? —le dijo su mujer.
—¿Eh?... nada, nada.

La miró de reojo, pero Mariela no parecía haberse dado cuenta, así que decidió que aquello no había pasado.

Dos días después se repitió el hecho, pero en aquella vez fue la mitad de la mano la que desapareció. Le pilló sacudiendo una sabana cuando hacía la cama. Los dedos que la sujetaban se esfumaron de repente y él no pudo evitar que se le escurriera al suelo. Su mujer, con aquel poder especial que tenía para materializarse de la nada cada vez que cometía una torpeza, se asomó por la puerta.

—Ufff, no seas inútil, hijo, de verdad... que se ensucian las sábanas. No las dejes caer.

Abel miró el hueco donde habían estado sus falanges y la miró a ella con la boca medio abierta.

—Ay, ¿pero qué me miras? Espabila, que te vas a tirar todo el día. Para una cosa que te pido, por Dios.

Los ojos de Abel regresaron a su mano. Volvía a estar allí, completa.

—No lo entiendo.
—No, ni yo tampoco, con lo poquito que te pido, hijo, por Dios.

«Cada día estoy peor», pensó. «Deben ser los años». Decidió que si volvía a suceder, no le diría nada.

Los días pasaron y las desapariciones se hicieron más frecuentes. A ello se sumaba que la superficie transparente era cada vez más grande y tardaba más en volver a ser visible. Al principio se alarmó un poco, luego bastante y al final acabó por acostumbrarse. Cuando ocurría sabía que no tenía más que esperar un poco y todo volvía a la normalidad.

El problema empeoró el día en el que se esfumó un pié. Estaba asomado a la terraza, fumando su cigarro de después de la cena, cuando miró hacia abajo y vio un hueco entre la espinilla y el suelo. Se asustó mucho y retrocedió hacia el salón, pero como no veía donde pisaba, trastabilló y se cayó al suelo. Mariela apareció corriendo.

—Pero, ¿cómo te has caído? ¿qué has hecho?
—Nada, nada, que me he escurrido con lo mojado.
—Si no hay nada fregado, no seas tonto.

Abel se levantó, rezongando y sacudiéndose. No le hizo falta mirarse para saber que el pié volvía a estar en su sitio. «Bueno, bueno, cosas que pasan» se dijo. Recogió el pitillo caído y volvió a asomarse a la terraza. Mariela volvió a la cocina moviendo la cabeza y con una sonrisa divertida. «Verás cuando se lo cuente a mi hermana» pensó, imaginando las carcajadas de ambas.

Si no hubiera sido por el día de las fotos, como lo había bautizado Mariela, las cosas hubieran seguido igual durante mucho tiempo. En aquella ocasión ella se encontraba en la cocina, como de costumbre, cuando un sexto sentido le hizo asomarse al pasillo. Abel estaba delante de las fotografías familiares que decoraban la pared y miraba fijamente una de ellas. Iba a preguntarle qué estaba haciendo, cuando algo le hizo estremecerse. Abel levantó una mano y rozó la superficie de cristal. Lo hizo lentamente, acercando los ojos y achicándolos, como si fuera miope, como si no pudiera ver bien. Luego se giró hacia ella.

—¿Quién estaba en esta foto, Mariela? —Un puño frío le apretó el corazón.

—Tus hijos y tú, Abel, ¿qué estás diciendo?

Él acarició la fotografía, recorriendo las esquinas con los ojos, como si aquel gesto implorante pudiera hacer que aparecieran de nuevo las imágenes que era incapaz de ver.

—¿Hijos? Esto es un marco vacío.

Bajó la mirada y se fue arrastrando los pies, camino del salón.


Mariela retrocedió hasta sentarse en el taburete, temblando como si la sacudiera un viento frío. Cuando consiguió serenarse se levantó y salió al pasillo. Se puso delante de las fotos. Dos niños vestidos de comunión se situaban a cada lado de un joven Abel. Con sus caras pegadas a la de él y abrazándole el cuello, sonreían desde un día lejano en el tiempo.

La tarde transcurrió con ambos delante de la televisión. Abel, como si nada hubiera pasado; Mariela, mirándole de reojo, nerviosa. Cuando no pudo más, se levantó y se plantó delante de él.

—¿No veías bien, verdad? No distinguías lo que había en la foto del pasillo, ¿verdad?
—No sé que estás diciendo.
—Antes, cuando lo del pasillo. A lo mejor tienes que ir a la óptica. Es como si no vieras bien, ¿no?
—Veo perfectamente. Déjame tranquilo.
—Explícamelo.
—Que te explique qué. No sé de qué me estás hablando —rezongó.

Mariela iba a replicar, pero se frenó en seco. El ceño de Abel estaba fruncido en un ángulo que no conocía. Decidió dejarlo para luego. Mientras, recapacitaría un poco más sobre aquella sensación que la estrujaba el corazón y que no era capaz de identificar.

A la hora de la cena, y una vez sentados uno enfrente del otro, Mariela retomó el tema. Se repitieron las preguntas y con cada una de ellas Abel, con aquel ceño que ella nunca había visto, rehuyó contestar. Se concentró de forma obstinada en su comida, llevándose el tenedor del plato a la boca de forma mecánica, ignorando la cháchara.

De repente, sus ojos se quedaron fijos en la mano que sostenía el tenedor. Mariela se interrumpió en mitad de una frase al ver como caía con un golpe metálico sobre el plato. Abel levantó los dedos y los puso justo delante de sus ojos, los observó fijamente y empezó a desplazar la mirada por su muñeca, subiendo por el brazo hasta llegar al hombro.

—Voy al servicio —dijo, levantándose de forma brusca.

Se miró al espejo. Hasta ahora no le había pasado que desapareciera el brazo completo. Quizá debería pararse a pensarlo. Levantó el brazo invisible y lo agitó como había hecho otras veces con las manos. Mariela apareció detrás de él. Su reflejo en el cristal tenía los ojos llorosos y un poco hinchados y le temblaba la barbilla.

—No sé qué te pasa, Abel... deberíamos... deberías ir al médico. Me estás asustando un poco, cariño.

Abel suspiró.

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El joven doctor escuchaba atento, apretando los labios en un rictus preocupado.

—...y básicamente es eso, doctor. Me desaparecen partes del cuerpo, como si se volvieran transparentes. Y bueno, ahora... ahora... también desaparecen cosas, cosas que tengo delante de los ojos. O al menos, eso creo.
—Comprendo. Vamos a hacer una cosa. La enfermera le va a hacer un chequeo básico: la tensión, auscultarle, ya sabe, esas cosas. Para que nos aseguremos que no hay nada raro.

Cuando la enfermera se hubo llevado a Abel, el médico se cogió las manos, como si rezara y se sinceró con Mariela. Empezó a hablar con mesura, explicándole los síntomas, intentado que comprendiera lo que era aquella enfermedad. Ella se fue encogiendo en la silla poco a poco, aplastada por la realidad que había empezado a sospechar el día anterior.

El doctor le explicó por qué desaparecía el mundo de Abel, por qué primero desaparecían pequeñas cosas como un dedo meñique y después otras un poco más grandes, como una mano, un brazo, un pié, las fotos del pasillo. Le contó que iría a más, que ellos poco podrían hacer. Que él, como su mundo, se iría haciendo transparente, invisible, traslúcido a veces, hasta que un día prácticamente todo desaparecería. Mariela se cogió la cabeza y apoyó los codos en la mesa. Gruesas lágrimas mojaron los papeles del joven médico que se levantó y la rodeó con los brazos. Había pasado muchas veces por aquella situación y sabía a quién debía consolar. Siempre era así con los hombres transparentes.


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Ha pasado el tiempo. Muchos lunes grises de Noviembre han llegado y se han ido y hoy, una vez más, he ido a verle.

Estaba sentado en un banco, enfrente de la residencia, con los brazos cruzados sobre el pecho y una media sonrisa beatífica en los ojos. Me he acercado a él y me ha observado con esa mirada suya de ahora, tan distinta a la que tenía antes. Sus ojos han recorrido mi cara, buscando mis rasgos, buscando el reconocimiento, pero sé que solo ha visto un vacío encima de mis hombros.

—Hola, Abel.
—Hola... ummmm...
—Soy José...
—Si, claro, claro, José... qué buena tarde hace... José... siéntate conmigo.
—¿Cómo vas? ¿Qué tal la medicación nueva?
—Bueno, no sé decirte.
—¿Y Mariela? ¿Cómo está?
—Bien, bien, Mariela... si, está bien, ya sabes...

Hemos hablado de nimiedades. Hemos hablado de fútbol, de política, de mujeres, de todo aquello que le había interesado siempre en aquella otra vida, tan lejana. No me he hecho muchas ilusiones. Sé que todas aquellas imágenes que hemos evocado no son más que neblina en su mente.

Poco a poco la conversación ha ido languideciendo, como la tarde, hasta que por fin nos hemos relajado mirando las nubes.

—José, a veces, cuando hablo con mi mujer, me doy cuenta de cosas, ¿sabes?
—¿Ah, sí?
—Sí, cuando hablo con ella le miro a los ojos. Cuando veo que se ponen tristes o que miran hacia otro lado sé que en ese momento he dicho algo que no debía. Sé que he metido la pata, porque no conozco a quién tengo delante o porque no veo en mi mente las vacaciones que pasamos en la playa hace treinta años. Sus ojos se apagan y yo me siento triste y le digo que lo siento. Y a veces llora. Y yo me siento mal cuando pasa eso.

He agarrado su mano de hombre transparente y se la he apretado con fuerza. La rabia me ha sacudido por dentro y mis dientes han rechinado. Él me ha sonreído, como restándole importancia, y sus ojos me han dicho «no te enfades con el mundo». Luego he cerrado los míos.

He visto en mi mente un río, el río de su vida, con su corriente desatada, arrastrándole hacia el abismo, hacia la invisibilidad. En medio había una piedra grande que sobresalía del agua. Estaba firmemente aferrada al fondo y nada podía moverla. Abel se sujetaba a ella con las dos manos mientras el agua rugía a su alrededor. A ratos, la corriente era tan fuerte que parecía que iba a llevárselo, pero él se sujetaba con toda la fuerza de la que era capaz. Aquella piedra tenía el rostro de su mujer y él le gritaba «Mariela, no dejes que me lleve». Y la roca le respondía de la única manera que podía hacerlo: permaneciendo donde estaba.

Ateo de mí, he levantado los ojos al cielo y he suplicado. He pedido que el tiempo corriera más despacio, que reconociera a los que le queremos, que las fotos de sus hijos no fueran cuadros vacíos en la pared, que pudiera verse los dedos de la mano. Son peticiones inútiles, así que las he borrado todas y he susurrado una sola: «Déjale que siga agarrado a la piedra, no permitas que le arrastre la corriente, no consientas que sus manos se escurran. Mantén esa roca en su sitio y no remuevas sus cimientos, porque sin ella, desaparecerá para siempre»

sábado, 16 de noviembre de 2013

El traje

Hace pocos días iba yo paseando por uno de lo bulevares digitales más transitados, cuando una chica me paró, puso un micrófono delante de las narices y me preguntó: 

«¿Cómo ves el futuro? ¿Cómo te imaginas el mundo en 2.037?»

Detuve mi andar y me puse a discurrir, porque la pregunta, aunque parezca trivial y manida, se las trae, y además, porque tenía uno de esos días filosóficos que sacan lo mejor y lo peor de mis meninges.

Levanté la vista pensativo y con el ceño fruncido, me apoyé en un pié y luego en el otro, me rasqué la barbilla y, como si fuera Vicky el Vikingo, se me encendió una bombilla encima de la cabeza y le contesté esto:

«Hace veinticuatro años yo era otra persona. No era quien soy ahora. Estaba todavía quitándome los restos de la adolescencia y empezaba a probarme el traje nuevo, de adulto, que alguien me había dicho que debía ponerme. Era un traje nuevo, entre gris y negro, al que a día de hoy todavía estoy intentando acostumbrarme y que, sospecho, nunca acabará de sentarme bien. Entiéndelo, me tira de la sisa, el cuello me aprieta y no me deja respirar, las perneras son tan rígidas que me cuesta doblar las rodillas, y las mangas, eso si es gracioso, las mangas son tan largas que me tapan las manos de forma ridícula. Entonces pensé que acabaría acostumbrándome, pero han pasado dos docenas de años y aquí sigo, poniéndomelo cada día y renegando de él. 

Y tú me preguntas qué pasará en los próximos cinco lustros. No lo sé. Aquel desertor de la adolescencia que votaba por primera vez, que se creía lo que le contaban, sin responsabilidades ni planes a largo plazo, aquel chaval no sabía que algún día sería un cuarentón incómodo. El cuarentón, por su parte, no acaba de entender que un día será viejo, anciano o como quieras llamarlo y se limita a vivir el hoy, tirándose de las mangas y ahuecando el cuello cuando se le hace imposible respirar. Y sueña. Sueña con quitarse el puto traje y alcanzar una estrella. »

lunes, 28 de octubre de 2013

Desprecio

Microrrelato presentado en Getafe Negro. 

La frase en rojo da la entrada.

Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost. Primero fue la familia de la tercera fila. Miraron hacia donde yo estaba y salieron con aire desdeñoso. Luego las monjitas. Se persignaron varias veces y salieron espantadas. La ejecutiva despampanante dudó, pero después de suspirar exasperada se levantó, con cara de asco, y enfiló la puerta de embarque. Fue la señal para que todos a una despegaran el trasero de las cómodas butacas y atascaran el pasillo. Cuando reinó el silencio una azafata vestidita de azul se acercó. «Salga, por favor». Alcé mis manos, de piel negra. «Es por esto, ¿verdad?». Me giré, resignado, para despedirme de mi compañero de asiento, el hombre del abrigo de astracán, espesas patillas canas y mirada chulesca, pero la auxiliar de vuelo me puso la mano en el brazo, afectuosa. «No permitiremos que nadie respire el mismo aire que él». Y sonriendo me condujo, con los demás pasajeros, hacia un vuelo better-cost.

martes, 20 de agosto de 2013

Escritores rusos perdidos en el calor de Alabama

La campanilla de la puerta sonó, como cada tarde, despertándola del amodorramiento. Levantó la vista, esperando que fuera de nuevo el desconocido de la camisa blanca.

–Buenas tardes, señorita, ¿todavía no han arreglado el aire acondicionado?

Merlé miró el reloj que había en la pared de enfrente para cerciorarse una vez más, la quinta en aquella semana, que eran justo las 4.45. No había fallado ni una tarde desde el lunes pasado. Aquel hombre alto de pelo ondulado se había presentado en la librería cada día a la misma hora, ni un minuto antes, ni un minuto después, y siempre con una frase distinta sobre el calor.

–No señor, lo siento mucho –dijo con voz desesperada.

Y es que era el único visitante que se atrevía a entrar, en pleno mes de Agosto y con una temperatura en la calle que rozaba los cuarenta grados. Por alguna razón desconocida el aire acondicionado se había estropeado el lunes por la mañana y, estando a viernes ya, el técnico había sido incapaz de arreglarlo de forma definitiva. El muy inútil llegó el lunes, muy ufano él, y después de hurgar durante media hora en las tripas de la máquina la encendió, sonrió satisfecho y, cobrando su factura, salió por la puerta. Funcionó durante las siguientes dos horas y cuando Merlé volvió de comer la máquina estaba de nuevo difunta. El técnico tuvo que volver el martes a arreglarla, pero volvió a ocurrir lo mismo, al igual que el miércoles, el jueves y aquel mismo viernes y el pobre ingeniero ya se tiraba de los pelos, incapaz de entender qué le pasaba al maldito trasto.

Aquello provocó que la entrada de visitantes bajara espectacularmente, sobre todo por las tardes, cuando el calor se hacía insoportable. Dos ventiladores de techo, vestigios de épocas pasadas, movían el aire caliente en un intento vano de refrescar el ambiente, pero solo conseguían que se acabara sudando más. Los dueños, el Señor y la Señora Witches, estaban que trinaban y ya le habían advertido que como no consiguiera que funcionara el aire acondicionado y se reactivaran las ventas, tendrían problemas para pagarle el sueldo aquella semana.

El único que se había atrevido a entrar cada tarde era el desconocido de la camisa blanca. Traspasaba la puerta con la cabeza gacha, le saludaba, tímido, y se dirigía a las estanterías del fondo. Allí se pasaba un buen rato buscando y al final venía con un ejemplar entre sus manos grandes, como de pianista, lo pagaba y se iba directo a leerlo a la mesa que estaba bajo uno de los grandes ventiladores. Allí permanecía, leyendo, hasta la hora de cerrar. 

Mientras Merlé colocaba, clasificaba, archivaba y ,de vez en cuando, se paraba y resoplaba, le había pillado más de una vez mirándola. Tenía unos grandes ojos oscuros, negros le había parecido que eran, aunque no podría asegurarlo, ya que el hombre los bajaba inmediatamente con una expresión de culpabilidad. Sin embargo, durante apenas unos segundos había llegado a entreverlos y cada vez que eso sucedía había sentido algo, una pequeña punzada en el pecho, una sensación en la boca del estómago que le aceleraba el corazón. Molesta, se limitaba a fruncir el ceño y girarse para hacerle sentir como un mirón.  

Ojos Negros, como le había apodado para si misma, se dirigió una vez más a buscar un nuevo libro y Merlé se dedicó a sus quehaceres habituales. Después de un largo rato y cuando ya esperaba verle aparecer con una nueva adquisición, oyó su voz desde el fondo del pasillo.

–Emm... señorita, por favor ¿sería tan amable de ayudarme un momento?

Abrió los ojos sorprendida.

–Si señor, ahora mismo voy.

Se dirigió presurosa al origen de la voz. Al girar en una de las esquinas que formaban las grandes estanterías, de repente, se chocó contra el muro de su pecho. El contacto fue de apenas un segundo y medio, pero un intenso aroma masculino invadió su nariz. Torpemente, se apartó con las mejillas encendidas y farfullando.

–Oh, perdone. Pensé que estaba usted más al fondo.

–No pasa nada ¿podría ayudarme? Estoy buscando en la estantería de los escritores rusos, pero no encuentro a Nabokov.

Le miraba directamente, sin bajar la vista. Otra vez aquellos ojos negros. 

Sintió las piernas flojas y un ligero cosquilleo en algún sitio indeterminado de su vientre. La única vez que había sentido algo parecido fue aquella ocasión en la que había quedado con Jimmy para ir al cine. En una escena inolvidable de la película, un Gregory Peck sucio y sudoroso se besaba apasionadamente con una mujer al atardecer, tumbados en la arena del desierto. Estaba disfrutando de la imagen cuando a Jimmy no se le ocurrió otra cosa que apoyar la palma de la mano en su muslo y apretar ligeramente. En ese momento sintió ese cosquilleo, mezcla de lo que veían sus ojos y lo que sentía su muslo. Su corazón se aceleró y su respiración se tornó algo afanosa, soñando por un momento que era aquel Greg de la pantalla a quien pertenecía la mano. Quizá por eso tardó más de los debido en apartarla de un golpe, para disgusto de Jimmy que ya vislumbraba una noche mágica.

Ojos Negros no la tocaba en aquel momento, pero allí estaba esa sensación de desasosiego, ese cosquilleo.

–Permítame que le ayude. Yo se lo busco –Le rodeó, intentado no tocarle y se dirigió al estante de los escritores rusos.

Desplazó la vista, buscando a Nabokov, pero no aparecía por ningún lado. Suspiró contrariada. Recordaba que había un ejemplar de “Lolita” allí mismo, pero debían de haberlo movido de sitio. Alzó la vista, preguntándose dónde habría ido a parar, cuando lo vio en el estante más alto. «Maldita sea, ¿cómo ha llegado ahí?».

–Está allí arriba, caballero. Ahora mismo se lo bajo. Voy a por la escalera.
–No, por favor, ya lo hago yo.
–Es mi trabajo. Yo se lo bajaré. Para eso me pagan.

La escalera estaba allí mismo, al lado. La arrastró y la puso justo debajo. Subió rápidamente por los peldaños y, ya en el último, estiró el brazo hacia arriba. No llegaba por pocos centímetros. Se puso de puntillas y los pies la temblaron peligrosamente. Entonces una mano la sujetó por la parte trasera del muslo, allí donde acababa la falda, unos centímetros por encima de la rodilla. Se quedó paralizada. Bajó la vista lentamente. Ojos Negros estaba justo debajo de ella, sujetándola. Con las prisas no se había acordado que llevaba una falda que terminaba por encima de la rodilla, ni que al estirarse la había subido un poco más. El hombre tenía clavada la vista por debajo de la falda, mientras sus largos dedos de pianista rodeaban el contorno de su pierna.

–Tenga cuidado Merlé, va usted a caerse.

Las piernas se le aflojaron un poco más y supo que si él apartaba la mano se caería. El corazón le latía desbocado, el contacto de sus dedos la quemaba la piel, el cosquilleo en su vientre se había transformado en cientos de mariposas revoloteando. La razón le decía que debía bajar rápidamente y abofetearlo, pero era incapaz de hablar siquiera. Acudió entonces una versión de Merlé que ella no conocía. Miró de nuevo hacia el libro y, dándose un pequeño impulso, lo atrapó. Bajó de nuevo la vista. Ojos negros la contemplaba con una expresión de desafío. Descendió un escalón lentamente. La mano de él no se apartó, sino que se deslizó un par de centímetros hacia arriba.

–Yo la sujeto, no tenga miedo –dijo con voz ronca.

No podía dejar de mirar aquellos profundos ojos negros, llenos de promesas. La Merlé del cine, la de Jimmy, la decía que la situación era inaceptable para un señorita, pero aquella otra loca desconocida quería que la mano subiera un poco más. Bajó otro escalón aún más lentamente. La mano volvió a deslizarse un poco. Ya estaba apenas a un centímetro del borde de su ropa interior. Sintió una oleada cálida en el vientre, una humedad desconocida y tremendamente excitante. Bajó un peldaño más. Ahora su pecho se encontraba a la altura de los ojos de él. La loca se lo ordenó y ella obedeció. Estiró el brazo y le agarró por la nuca.

–Permítame, estoy a punto de caer –La voz de la desconocida era segura, susurrante.

Los dedos de Merlé se deslizaron ligeramente hacia arriba. Tenía el pelo sedoso, tal como se lo había imaginado. La mano de él ya tocaba el borde de la ropa interior. Bajó otro escalón y la mano de él ya estaba en sus nalgas y la falda estaba ligeramente levantada. La otra mano la cogió por la cintura. La boca femenina estaba a la altura de los ojos del hombre. Quería besarle, quería enredar sus manos en aquel pelo negro ondulado, quería descubrir todas las promesas que veía en la profundidad de aquellos ojos negros. Entonces él se aupó un escalón, hasta la altura del oído de Merlé.

–Merlé...
–¿Sí...? –salió en un jadeo, arrastrando la ese a todo lo largo de la lengua.
–Mañana leeré a Lolita, hoy no.

Las manos se soltaron y ella se agarró a la escalera.

Ojos Negros la miró con una mueca divertida, sin embargo, ella podía ver el tremendo deseo que se agitaba en el fondo oscuro de su mirada.

–Se me ha hecho tarde hoy... te veré mañana.

Se volvió y echó a andar hacia la puerta. La Merlé de Jimmy y el cine volvió a tomar el mando. Descendió por completo de la escalera y se alisó la falda recatadamente, intentando recuperar el aliento y la compostura. Se llevó a la nariz los dedos con los que le había tocado la nuca y aspiró un olor cálido y masculino y lo supo. Supo que la chica recatada y melindrosa había desaparecido.

–Por cierto –Ojos Negros se paró debajo de la máquina del aire acondicionado–será mejor que no pases calor esta tarde. 

Se sacó una pieza metálica del bolsillo y la introdujo en algún lugar de la máquina, después pulsó al botón de encendido y con un chasquido ésta se puso en marcha. Levantó la mano y se acarició la nuca, allí donde le habían tocado los dedos de Merlé y con una última mirada se giró y salió por la puerta.

La boca de Merlé formó una "O" perfecta a medida que surgían las preguntas en su cabeza. Luego sus perfectos labios rojos se fueron relajando y tomaron la forma de una sonrisa traviesa.

viernes, 31 de mayo de 2013

Lección de economía

El anciano pasaba las hojas del libro con mucho cuidado, lentamente, deslizándolas con la punta del dedo. Los azules ojos rodeados de arrugas miraban por encima de unas pequeñas gafitas apoyadas en la punta de la nariz mientras recorrían el farragoso texto económico.

- Ajá, bien... no, esta no... ejem... ejem...

Al moverse, las hojas despedían un olor a papel nuevo que era muy de su agrado. Le recordaba épocas pasadas, cuando devoraba semanalmente varios ejemplares como aquel que sostenía. Tiempos buenos, tiempos lejanos.

De repente encontró el nombre de la empresa que buscaba en un encabezado, justo encima de una larga columna con resultados bursátiles.

- Ajá, bien, si, lo que buscaba... ejemmm, si, bien...

Con mucha delicadeza afianzó los dedos en el centro del libro y tiró de la hoja. El papel se rasgó sonoramente. Cerró el libro y observó con una media sonrisa las cantidades que figuraban impresas. Sin dejar de sonreír se llevó el papel justamente entre las nalgas y frotó con ganas, después lo arrugó y lo lanzó lejos.

Se levantó lentamente, con un crujido de rótulas. Permanecer en cuclillas ya no era fácil a los setenta, pero en realidad todo era difícil desde hacía una temporada. Su fiel compañero, el carrito del supermercado, le esperaba paciente a su lado. Metió el libro en uno de los atestados rincones y con un suspiro lo empujó fuera del callejón.

viernes, 24 de mayo de 2013

Dos heridas

Os dejo un microrrelato creado para el concurso de la Cadena SER. Es tan críptico que la mayor parte de personas que lo han leído no han sabido interpretarlo.

Como es habitual en este concurso, la primera frase es la que da la entrada.

El Tribunal apreció cierta rigidez en su mirada. Se giró entonces hacia la hilera de ceños fruncidos. El pequeño niño negro de barriga abultada y ojos llenos de moscas, el hombre pálido y cadavérico, de respiración susurrante, la mujer ensangrentada y amoratada. Todos le lanzaban su silencio atronador. El testigo, el hombre obeso y engominado, les hablaba gritando, señalándole con el dedo. "ÉL me dijo que lo hiciera". Bajó la mirada hacia las palmas de sus manos. Dos heridas se abrieron en la piel y comenzaron a sangrar. Sollozó, levantando unos ojos implorantes al artesonado azul que les cubría a todos. El silencio del vacío fue la respuesta.


martes, 9 de abril de 2013

Una vida


"Me sobran minutos y me faltan días"... La respuesta fue clara y concisa y el joven a quién iba dirigida puso la misma cara de no entender nada que tenía yo mismo. Después, el anciano se quedó callado y volvió a su mutismo, repantigándose en su silla de ruedas y acomodando sus noventa y siete años como si de una manta vieja se tratara.

La pregunta había sido: "¿Qué tal abuelo, cómo andamos?", dicho así de pasada, como si tal cosa. 

El viejo había mirado al joven como si hubiera soltado una obscenidad y, con cejas arqueadas y boca de reproche, se había erguido trabajosamente en la silla de ruedas y le había escupido aquellas siete palabras. El chaval, mucho más joven que yo, había sonreído con sorna y, meneando la cabeza, se había alejado por el pasillo.

Hace tiempo alguien me enseñó que la empatía es una de las bases de la felicidad. "Trata de entender a la gente", me dijo. Y eso hice con el viejo de la silla de ruedas.

Observándole atentamente, me puse a pensar en sus palabras. Apenas había llegado a una conclusión, cuando el anciano se irguió de nuevo en la silla y me miró directamente. "Eso es, hijo... esa es la respuesta... el día se me hace muy largo, aquí sentado, viendo pasar las horas, pero cuando me acuesto cada noche tacho un día más en el calendario... y sé que el final se acerca..."

Se echó hacia atrás de nuevo y no dijo más, volviendo a fijar la mirada en un punto indeterminado. No supe qué contestar así que me levanté y me fui, dedicándole un saludo de despedida con la mano.

Algunas semanas más tarde supe que había fallecido. Me picaba la curiosidad y tenía tiempo, así que me dediqué a investigar sobre él, preguntando aquí y allá. Los ancianos del lugar me ayudaron a rellenar aquellos noventa y siete años de vida.

Cuando llegó la guerra era uno de aquellos maestros idealistas que creían en la educación de los más pobres sin la influencia de la Iglesia. Aquello le supuso la inclusión en las temidas listas de "rojos" y la condena al fusilamiento, sin embargo se salvó, in extremis, no se sabe cómo. Posteriormente fue recluido en un campo de concentración, del que salió para cumplir trabajos forzados. Terminada la guerra y puesto misteriosamente en libertad, desapareció durante unos pocos años. Posteriormente reapareció en la vecina Francia como miembro del Partido Comunista. Durante la dictadura fue uno de aquellos que pasó varias veces la frontera para organizar a los que habían quedado a este lado, ideando pequeñas operaciones ó protegiendo a los más perseguidos. Cuando llegó la Democracia volvió al país y lo primero que hizo fue meterse de nuevo en la enseñanza, a pesar de su edad, para a continuación seguir con su lucha, esta vez en la política. El anonimato siempre fue su obsesión. Nunca fue conocido ni reconocido. No se sabía de familiares cercanos ni lejanos, aunque si de muchos amigos.

Una vida muy llena, pensé. Una gran colección de vivencias buenas y malas: logros, fracasos, penurias, alegrías, hambre, frío, muerte, humillación, cansancio, trabajo, sacrificio. Guerras ganadas y guerras perdidas, en resumen. 

Muchas cosas pasadas y sin embargo, al final del camino, aún cuando el cuerpo desgastado le obligaba a no moverse de la silla de ruedas y su mente a veces se perdía en la niebla de la edad, sentía que quería seguir, que necesitaba más tiempo, que le faltaban días.

Ojalá algún día, cuando llegue a ese punto, sienta lo mismo que aquel viejo: noventa y siete años no son suficientes. 

Ojalá, porque significará que he vivido.

sábado, 23 de febrero de 2013

La confesión


Ambos sabemos que no quiero estar aquí. Ella lo sabe, yo lo sé, el mundo lo sabe. Y sin embargo quién puede decir “no voy” cuando unos ojos color miel capaces de parar el tráfico te imploran que les lleves a ver el Fantástico y Divertidísimo Mercadillo Medieval. Quizá pudieras resistir si apartas la vista, pero entonces su boquita de fresa dice “por favor, por favor, por favor”, así, en voz bajita y con mohín femenino y claro, pasa lo que pasa, tu resistencia se resquebraja como pared de hielo glacial ante agujero de ozono.

Y es que odio las aglomeraciones desde que tengo uso de razón. No encuentro placer alguno en que el límite de mi visión sea de máximo cinco metros, ni de andar evitando colisiones o tragándome olores corporales ajenos. 


Pero aquí estoy, intentando que no se me escape la mano de Marta, que se desliza entre el gentío como una pantera untada de aceite. Con movimientos felinos elude todos aquellos cuerpos que nos rodean, virando bruscamente de dirección según le atraiga el puesto de jabones, el de antigüedades medievales recién salidas del chino o el de auténticos quesos de cabra hechos a mano del Carrefour. Y yo voy arrastrado en su estela, intentando que su delicada y blanca mano, que tanto me ha costado conseguir, no se deslice de la mía. Es difícil claro y por fin llega el momento en el que se cruza el gordito de turno que va mirándole el culo, todo sea dicho de paso, y tengo que soltarla o me lo trago, literalmente. Marta, en su ansía por tocar los bolsos de artesanía marroquí que vende un peruano, apenas se da cuenta y yo me quedo a este lado de la marea humana, como piedra en mitad de la corriente. Los transeúntes me miran molestos, rodeándome apenas, con pequeños empujoncitos y yo, que no estoy untado de aceite, como ella, me voy desplazando poco a poco y la voy perdiendo. Decido entonces que la esperaré más adelante, donde parece que hay un claro en la muchedumbre. Con un suspiro me aparto un poco, por fin, y respiro aliviado. 


Lo que hace uno por amor, pienso. Espero que lo tenga en cuenta el próximo domingo, cuando yo quiera ir al bar, a ver el partido. Sin embargo, algo me dice que para entonces habrá olvidado el Fantástico y Divertidísimo Mercadillo Medieval. En esos pensamientos ando cuando veo a un escudero con zapatillas Nike voceando.


- Acérquense y prueben. Auténticos arcos medievales de madera de tejo. Una flecha gratis, una flecha gratis y si acierta en el centro, dos flechas más. Acérquense y prueben, acérquense y prueben…


Le hago caso y me acerco, esperando pasar el rato hasta que aparezca Marta.


- Aquí tenemos un arquero. Pruebe señor… póngase aquí… los pies en esta posición… bien… allí tiene la diana de paja… no, no ponga esa cara… no está tan lejos… venga, tome el arco y la flecha.


El arco es muy largo y no pesa tanto, como podría parecer por su tamaño. La flecha parece hecha a mano, con punta metálica y auténticas plumas de ave en la parte posterior.


- Eso es… ponga la muesca de la flecha en la cuerda, señor… ahora levántelo y estire la cuerda… no deje de mirar la diana… no se gire… no queremos matar a nadie, eh? jejeje… bien, tiene que estirar el brazo con el arco y tensar con el otro brazo hasta que se toque la mejilla con la mano… bien, lo hace usted muy bien… la vista por encima de la flecha, con el ojo en la diana… correcto… suelte la flecha abriendo los dedos suavemente… déjela que vuele… no la obligue.


Sigo sus instrucciones al pie de la letra. Es más difícil de lo que me esperaba. Me cuesta tensarlo, pero vienen en mi ayuda las horas dedicadas al gimnasio. Noto como se abultan los músculos de mis hombros y lamento que no esté Marta para admirarlos.


Mis ojos se deslizan por el mástil de la flecha hasta la punta de metal y de ahí van al centro de la diana. Me concentro… y entonces… surge un estruendo a mi alrededor. Voces de pánico, fuego, confusión, madera quebrada que vuela por los aires, piedras de fuego que cruzan el aire y chocan contra muros de piedra, hedor de sangre y muerte. El aire es frío y el cielo está nublado y sin embargo sudo copiosamente. 


Miro a mi alrededor. Todo es piedra gris, fría y húmeda. Hombres vestidos de cuero y metal corren de un lado a otro portando espadas y arcos. Gritan en un idioma que no entiendo, con voces roncas, expulsando vaho por sus bocas. Una lluvia de flechas cae desde el cielo y alcanza a algunos. Se les clavan en la cara, en los hombros, en el cuello o en todas esas partes a la vez. Los que todavía tienen garganta caen aullando, quizá invocando a un Dios de la Guerra, quizá llamando a sus madres.


Las flechas pasan cerca de mí, estrellándose en los muros, rompiéndose contra ellos. No entiendo que no me haya alcanzado ninguna. Me miro el cuerpo buscando heridas. Estoy vestido igual que el resto. Mis ropas, que en algún momento debieron ser decentes, ahora son solo harapos grasientos. Mis manos están negras de suciedad y todavía portan el arco y la flecha. Los miro confundido, mil preguntas rondándome, cuando una voz se levanta por el encima del estruendo. Un  hombre vestido con partes de coraza abolladas me grita desesperado desde el torreón que está a veinte pasos. En una mano lleva una espada larga y brillante y en la otra un escudo. Intenta rechazar a los que suben por las escalas. Apenas asoman por encima del parapeto y les parte la cabeza en dos, como si fuera un melón. Ahora me está gritando a mí, pero soy incapaz de entenderle. Hace gestos y señala más allá de la muralla.


Me asomo prudentemente, mirando en la dirección que indica. Una marea humana se mueve en dirección a la fortaleza. Es un mar erizado de espadas, lanzas y escudos. En la vanguardia veo cuál es el objetivo que me señala el partidor de cabezas. Una figura totalmente cubierta de metal está en pie, encima de una gran roca. No lleva escudo, solo una espada, y con ella señala los muros de piedra, arengando a sus tropas para que ataquen sin compasión.


Mi compañero sigue gritándome en aquel extraño lenguaje y señalando la figura cubierta de metal. Otros le oyen y entienden lo que dice. Se levantan a todo lo largo del parapeto y apuntan sus flechas hacia el extraño. Todas se disparan a una en la misma dirección y cruzan el aire silbando, hasta estrellarse contra la coraza protectora del hombre. Debe estar hecha de un metal especial, porque a su alrededor hay muertos vestidos de armadura y atravesados por las mismas flechas que rebotan de su cuerpo. Él apenas les hace caso, como si solo fueran mosquitos molestos que intentan picarle. Se gira apenas y da una orden. En la retaguardia se levanta una fila de arqueros apuntando al cielo y sé lo que va a pasar a continuación. Me agacho tras el muro, pero sé que los dardos llegarán volando casi en vertical, por lo que me servirá de poca protección. Oigo como se destensan cientos de arcos y el silbido de la muerte que llega en forma de puntas metálicas voladoras. Extrañamente, rebotan a mi alrededor. Apenas me roza alguna, pero ninguna penetra en mi carne. Levanto la vista, pero parece que soy el único afortunado. Todos los que están encima del muro, incluido el que rechazaba a los escaladores, han caído. Estoy solo.


Desde la llanura, al pie de la fortaleza, se levanta un clamor de triunfo y algo, un sentimiento que no conocía anteriormente, surge desde el centro mi pecho. Es un ardor que me aprieta el corazón. Es ansia combativa. Es saberse vencido y, aún así, ansiar levantarse y pelear. Es un “no me des por muerto hasta que no deje de respirar”.


Me miro las manos. Todavía sostengo en ellas el arco y una única flecha. Frenético, busco alrededor mío más saetas, pero todas están rotas o profundamente enterradas en los cadáveres. Me digo a mi mismo que lo mismo será una que cien. Me subo al borde del parapeto y me pongo en posición. Tenso el arco, llevándome la pluma del dardo junto a la mejilla y alineo la flecha con la figura acorazada que agita sus brazos triunfalmente. Sé que no será más que disparar a lo impenetrable, golpear por golpear, sin una mínima esperanza de triunfo. Oigo cómo empiezan a golpear la gran puerta de hierro, intentando entrar. Me preparo a disparar mi última e inútil flecha. 


Y entonces, una frase que me dijo un viejo comandante hace mucho tiempo, acude a mi mente: “Al enemigo invencible le perderá su arrogancia”. Miro a lo largo de la flecha, apuntando a mi enemigo invencible y entonces lo hace, levanta sus brazos en señal de triunfo y ruge. Y mis dedos liberan la flecha suavemente. Inicia su vuelo a través del aire frío y húmedo, cruza la distancia que nos separa silbando y entra justo por el único hueco que la arrogancia ha dejado al descubierto: la parte inferior de la axila desprotegida. El hombre de hierro se lleva la mano al pecho y entonces sé que le he alcanzado el corazón.


Me bajo del parapeto. Sé que acabarán de entrar, pero estoy orgulloso de mí y suspiro, libre de mis temores. Una delicada mano femenina se posa sobre mi hombro. No me hace falta girarme para saber que es la bella dama de blanco a la que amo. Se acerca a mi oído y me dice suavemente:


- ¿Nos tomamos un helado?


- ¿Eh?


- Un helado, un helado. Me apetece un montón. ¿Has terminado ya de jugar con el arquito?


- Claro, claro.


No hay humedad ni frío en el aire y el sol calienta en lo alto. Los únicos enemigos que veo alrededor son los gorditos admiradores del culo de Marta.


- Señor ¿me devuelve el arco? Lo siento, pero no ha dado en el centro.


Miro hacia la flecha clavada en el borde mismo de la diana. Por poco no me salgo y la pongo en la pared que está detrás. Suelto el arco y cojo de nuevo a Marta de la mano.


- Oye ¿qué te pasaba hace un momento? Estabas como en otro mundo, como ido. Te he tenido que repetir lo del helado tres veces y al chaval ya le daba corte pedirte el arco más veces.


Suspiro. En algún momento tengo que decírselo. Bajo la mirada y me pongo frente a ella. Le cojo ambas manos.


- Está bien, escúchame Marta. Tengo que confesarte una cosa.


- ¿Qué vas a decirme? No me asustes. Te estás poniendo muy serio.


- Escucha, yo… tengo un problema ¿sabes? No estoy orgulloso de ello, tendré que vivir con ello siempre y la mujer que me ame tendrá que aceptarlo… yo… yo soy… yo soy escritor.


Marta tuerce la boca, aguantando una carcajada que lucha por salir de su estómago.


- Lo sé, José, es penoso, pero míralo de esta manera. Podría ser peor. Podrías ser político.

miércoles, 2 de enero de 2013

Preguntas sobre el ángel negro


Hoy he visto pasar delante de mi ventana un ángel negro. ¿Dices que no sabes de qué te hablo? Te lo explicaré… 

Un ángel negro es un ser oscuro. Se pasea entre nosotros, batiendo sus grandes alas sin apenas mover el aire. Nos ignora la mayor parte de las veces, ya que realmente no somos nada para él, sin embargo nos mira de reojo siempre. Es un ser abyecto al que Dios permitió vivir para recordarnos lo efímeros que somos. En algún momento, debió percatarse el Altísimo que semejante criatura podría acabar con el Ser Humano, así que limitó su poder y le dio una cuota para hacer el mal. Así, el ángel negro sobrevuela las calles y los campos, mirando a su alrededor y juzgando a quien repartir su limitada carga. 

¿Cómo lo hace? Pues simplemente se para, te mira y, alargando lentamente una mano de finísimos dedos, acaricia tu rostro. Entonces tú mismo pasas a verlo todo desde sus propios ojos. Es un punto de vista en el que el mundo se vuelve gris y oscuro e incluso a veces, desgraciadamente, totalmente negro. 

¿Por qué te elige a ti? No lo sabe nadie. Su criterio a veces parece totalmente aleatorio, otras, sin embargo, pareciera que le gusta cebarse con alguien en concreto, una y otra vez, hasta hacerle perder la razón.

¿Podrías evitarlo? Nadie sabe cómo hacerlo. Algunos hacen planes y se preparan, cuidando de no llamar su atención. Y a veces funciona, o eso parece. En ocasiones, cuando ha elegido una víctima y alarga sus manos hacia ella, de repente y sin que nadie sepa por qué, cambia de opinión y se retira sin más. ¿Es caprichoso o ha visto algo que le ha hecho cambiar de opinión? No sabría decirte.

¿Es así siempre? Bueno, hay algunas veces, pocas, como la de hoy, en la que solo lo ves pasar por delante de ti. Parece que no te hace caso, que te ignora, sin embargo, gira sus ojos apenas un poco y te mira por el rabillo del ojo. Y tú sabes que es una advertencia, que esta vez seguirá su camino, pero que sabe que estás ahí, que existes. Entonces te das cuenta que debes dejar de mirar por la ventana, levantarte y salir al aire fresco y al sol. Debes disfrutar de lo que tienes y lo que eres, porque puede que la próxima vez el ángel negro no te ignore.

De verdad, te juro que lo he visto.

Y todavía estoy temblando.