viernes, 31 de mayo de 2013

Lección de economía

El anciano pasaba las hojas del libro con mucho cuidado, lentamente, deslizándolas con la punta del dedo. Los azules ojos rodeados de arrugas miraban por encima de unas pequeñas gafitas apoyadas en la punta de la nariz mientras recorrían el farragoso texto económico.

- Ajá, bien... no, esta no... ejem... ejem...

Al moverse, las hojas despedían un olor a papel nuevo que era muy de su agrado. Le recordaba épocas pasadas, cuando devoraba semanalmente varios ejemplares como aquel que sostenía. Tiempos buenos, tiempos lejanos.

De repente encontró el nombre de la empresa que buscaba en un encabezado, justo encima de una larga columna con resultados bursátiles.

- Ajá, bien, si, lo que buscaba... ejemmm, si, bien...

Con mucha delicadeza afianzó los dedos en el centro del libro y tiró de la hoja. El papel se rasgó sonoramente. Cerró el libro y observó con una media sonrisa las cantidades que figuraban impresas. Sin dejar de sonreír se llevó el papel justamente entre las nalgas y frotó con ganas, después lo arrugó y lo lanzó lejos.

Se levantó lentamente, con un crujido de rótulas. Permanecer en cuclillas ya no era fácil a los setenta, pero en realidad todo era difícil desde hacía una temporada. Su fiel compañero, el carrito del supermercado, le esperaba paciente a su lado. Metió el libro en uno de los atestados rincones y con un suspiro lo empujó fuera del callejón.

viernes, 24 de mayo de 2013

Dos heridas

Os dejo un microrrelato creado para el concurso de la Cadena SER. Es tan críptico que la mayor parte de personas que lo han leído no han sabido interpretarlo.

Como es habitual en este concurso, la primera frase es la que da la entrada.

El Tribunal apreció cierta rigidez en su mirada. Se giró entonces hacia la hilera de ceños fruncidos. El pequeño niño negro de barriga abultada y ojos llenos de moscas, el hombre pálido y cadavérico, de respiración susurrante, la mujer ensangrentada y amoratada. Todos le lanzaban su silencio atronador. El testigo, el hombre obeso y engominado, les hablaba gritando, señalándole con el dedo. "ÉL me dijo que lo hiciera". Bajó la mirada hacia las palmas de sus manos. Dos heridas se abrieron en la piel y comenzaron a sangrar. Sollozó, levantando unos ojos implorantes al artesonado azul que les cubría a todos. El silencio del vacío fue la respuesta.