sábado, 16 de noviembre de 2013

El traje

Hace pocos días iba yo paseando por uno de lo bulevares digitales más transitados, cuando una chica me paró, puso un micrófono delante de las narices y me preguntó: 

«¿Cómo ves el futuro? ¿Cómo te imaginas el mundo en 2.037?»

Detuve mi andar y me puse a discurrir, porque la pregunta, aunque parezca trivial y manida, se las trae, y además, porque tenía uno de esos días filosóficos que sacan lo mejor y lo peor de mis meninges.

Levanté la vista pensativo y con el ceño fruncido, me apoyé en un pié y luego en el otro, me rasqué la barbilla y, como si fuera Vicky el Vikingo, se me encendió una bombilla encima de la cabeza y le contesté esto:

«Hace veinticuatro años yo era otra persona. No era quien soy ahora. Estaba todavía quitándome los restos de la adolescencia y empezaba a probarme el traje nuevo, de adulto, que alguien me había dicho que debía ponerme. Era un traje nuevo, entre gris y negro, al que a día de hoy todavía estoy intentando acostumbrarme y que, sospecho, nunca acabará de sentarme bien. Entiéndelo, me tira de la sisa, el cuello me aprieta y no me deja respirar, las perneras son tan rígidas que me cuesta doblar las rodillas, y las mangas, eso si es gracioso, las mangas son tan largas que me tapan las manos de forma ridícula. Entonces pensé que acabaría acostumbrándome, pero han pasado dos docenas de años y aquí sigo, poniéndomelo cada día y renegando de él. 

Y tú me preguntas qué pasará en los próximos cinco lustros. No lo sé. Aquel desertor de la adolescencia que votaba por primera vez, que se creía lo que le contaban, sin responsabilidades ni planes a largo plazo, aquel chaval no sabía que algún día sería un cuarentón incómodo. El cuarentón, por su parte, no acaba de entender que un día será viejo, anciano o como quieras llamarlo y se limita a vivir el hoy, tirándose de las mangas y ahuecando el cuello cuando se le hace imposible respirar. Y sueña. Sueña con quitarse el puto traje y alcanzar una estrella. »