martes, 18 de noviembre de 2014

Solo queda

La luz es la correcta. El sol ya no da de lleno en la pared de ladrillo. Abro dos puntos el diafragma y bajo el tiempo de exposición para centrarme en la cara de los actores. La idea es ir más allá de sus disfraces y captar sus expresiones.
-Vamos, vamos, no me pongas esa boca... natural, que te salga natural... bien, así. Se supone que sois soldados romanos. Marcialidad, joder, marcialidad.
Posan como si fueran estatuas del museo de cera. Actores aficionados que no cobran, no les vas a exigir encima que te pongan ojos de Al Pacino. Bastante tienen con sostener el casco y la lanza sin matar a nadie.
-Vale, correcto. Que venga ahora María Magdalena. Venga, inocencia, que se vea la inocencia. Ya, ya sé que era prostituta,pero... Ah, ¿que no?, con más razón entonces.
María Magdalena es otra cosa. Tiene tablas y me fija unos ojos grises en el objetivo sin apenas pestañear. Sabe que no tiene que mirar a la cámara de frente. Me pone su mejor perfil de forma automática. Ni siquiera tengo que repetir fotos. Acaba y se va. Profesionalidad.
La directora de la obra me mira y asiente.
-Judas Iscariote es el siguiente- dice.
-Pues venga, que se nos va la luz.
Uno de los flashes se mueve con el viento y lo agarro con un movimiento felino. Lo pongo en su sitio, lo ajusto y miro de nuevo por el visor.
-Coño, si eres una chica ¿Judas no era un tío?
-Que nadie quiere serlo y a mí me mola.
Me encojo de hombros.
-Pues vale... Pon cara de malo.
Y Judas me pone cara de avieso, más malo que un dolor. Lo hace muy bien. Casi me convence de que es un ser despreciable y casi olvido que es una actriz aficionada. Hay gente que lleva el teatro en los genes. Esta chica es de las que disfruta delante de una cámara, sea del tipo que sea. Se aburre de ponerme cara de póquer y empieza a hacer el payaso. Junta las manos como si fueran una pistola y me hace una pose de James Bond. Nos reímos y no dejo de apretar el botón. Está hecha para el espectáculo.
La directora bufa y acaba por sacarla a empujones.
-Que están esperando los demás, no seas plasta.
Le siguen unos pastorcillos con zapatillas Nike, tres sumos sacerdotes a los que se les descuelga la barba falsa constantemente, un Poncio Pilatos de metro noventa y cinco y cara de no haber roto un plato en su vida, un rey Herodes con cuatro bailarinas vestidas de colores y un Jesús de Nazaret al que no se le mueve un músculo de la cara (se ve que conoce el final de la historia).
En la cámara suena un pitido. La tarjeta de memoria está llegando a su fin.
-Vamos a hacer un descanso. Cambio la tarjeta, coloco los flashes y seguimos. Diez minutos.
De la fila surge un suspiro de resignación. La mayor parte están aburridos de esperar. Aguantan porque les hace ilusión una foto de estudio vestido de personaje bíblico, por las risas que se echarán con sus compañeros de trabajo o por las lágrimas de la abuela viendo a su nieto de pastorcillo.
Cambio la tarjeta por la que llevo en el bolsillo y me pongo a colocar los trípodes de los flashes. Entonces una voz ronca me llega por la espalda.
-Perdone, señor.
Me giro y un leve aroma a vida de calle me golpea. No es muy fuerte, pero lo suficiente para que identifique fácilmente a uno de los que duermen bajo un techo de estrellas o en un hotel-cajero. Los ojos se me van de forma automática hacia el caro equipo que tengo junto a la pared. El hombre no se da por ofendido, supongo que por costumbre, y yo me avergüenzo de ser civilizado, todo en un segundo, un solo pensamiento.
-¿Podría hacerme una foto, por favor?
Entonces me viene a la mente que cuando llegué había tres mendigos en la puerta de la iglesia. Ni me fijé en ellos, seres invisibles, figuras grises que se mimetizan con el asfalto. No es eso, claro, no son transparentes, son mis ojos los que han filtrado su presencia. Vergüenza de nuevo.
Hay algo en su mirada. Puede que sea una súplica, quizá un querer ser normal, una búsqueda de aceptación. No sabría definir lo que veo, pero hay algo. No me paro a pensar.
-Póngase ahí- Le indico la sábana blanca que me sirve de fondo de estudio, delante de los flashes.
Miro a través del objetivo y veo la foto incluso antes de apretar el botón. Blanco y negro, con el enfoque en el fondo de los ojos, en esa negrura rodeada de blanco. Una cara rodeada de arrugas y en cada una de ellas una historia que contar. Se atusa el pelo encrespado, pero no consigue domarlo.
Sé que tengo “una” de esas imágenes a las que los fotógrafos llamamos “mi fotografía”, una de las que marcan, de aquellas que nos llenan, que hablan por nosotros, por cosas que llevamos dentro y no sabemos sacar de otra manera.
Solo son necesarias tres tomas. En realidad sobran dos.
“click, click, click”
Las luces de los flashes se disparan y el modelo no parpadea.
-Gracias, señor. -Y se va sonriendo.
Sus compañeros le reciben con palmaditas en el hombro y me señalan. Él se vuelve hacia mí y asiente varias veces en agradecimiento. De vuelta con los suyos.
-Venga, que no tenemos todo el día- dice la directora.
Se arremolinan de nuevo los actores y pierdo de vista la puerta de la iglesia. El pequeño descanso ha sentado bien. Se aceleran las poses y se hacen más naturales los gestos. Click, click, click. “Qué risa, que cara pones”, “anda que te maquillen de nuevo, Jesucristo”, “Poncio, pon cara de malo”, “esas lavanderas que no saben lavar, un poquito de por favor”. Click, click, click, y por fin se termina la sesión.
Se despeja la acera. Ya no están los mendigos y me acerco a la mujer que vende lotería de Navidad en una mesita.
-¿Conoce a esos hombres que estaban ahí, pidiendo?
-Buena gente. Les encargo que me traigan el café y a veces les pago uno a ellos. No molestan. El de la camisa blanca se le ha acercado antes. Una foto quería, ¿no?
Asiento con la cabeza, pensativo.
Recojo el material y me dirijo a casa. Estoy impaciente por revelar.
Cuando acabo todo el proceso, hago a un lado a los pastorcillos, a Herodes, a María Magdalena e incluso a Judas. Abro en grande la fotografía para que ocupe toda la pantalla.
Es exactamente lo que vi a través del objetivo. El brillo en el fondo de los ojos, las arrugas formando valles profundos alrededor de la mirada, la media sonrisa, el devenir de una vida en una sola imagen.
Intento imaginar qué historia hay detrás y se me ocurren mil. Es inútil. Jamás la conoceré, porque no volveré a ver a esa persona. Ni el domingo siguiente, ni ninguno de los posteriores en años. No sé quién es, no sé que le pasó, no sé a quién dejó atrás, a quién amó, a quien odió, no sé nada sobre esta persona.
Solo queda “mi” fotografía.


jueves, 2 de octubre de 2014

Los pequeños monstruos de mi desván

Una copa de algo fuerte, Passenger cantándome al oído que la deje ir y el teclado delante. Situación ideal para pensar qué coño hago con todas las historias que me rondan detrás de los ojos.

Tengo unas cuantas en el desván, como pequeños monstruos escondidos, sin atreverme a dejarlas salir al mundo exterior. Las he ido coleccionando en los momentos más inesperados: en el atasco, en la consulta, andando por la calle. Me han asaltado y se han adueñado de un rinconcito de mi mente, quedándose a vivir sin permiso, madurando unas veces, pudriéndose otras.

En ese diminuto espacio se molestan unas a otras, se empujan intentando hacerse con mi atención. Surgen, asoman y las más tímidas se esconden, mientras que las más osadas me gritan que las escriba.

Son de los más variado: soldados perdidos en su propio infierno, guerreros que buscan su parte humana, un ciclista que me pasa rozando y que imagino como un caballero a galope tendido, tres viejas paseantes que parecen brujas con un niño cocinándose en el horno de su decrépita casa, un vagabundo lleno de llagas al que doy un euro y me dice “Gracias, amigo” y pienso que me ha bendecido. Y tantas otras.

Y me pongo aquí, delante de esta pantalla, e intento dejarles salir y entonces se escabullen detrás del icono del Facebook, de los vídeos de Youtube, de los foros de escritores, de los portales de ventas por internet. Me esfuerzo y las busco en este bosque de zarzas que no me deja avanzar. Cuando consigo desenganchar las espinas de mi ropa, me centro y ordeno mi colección de historias.

Al soldado le doy un lexatín para que lo lleve como pueda, por el momento, a las viejas las dejo esperando, impacientes, no se les vaya a quemar el niño, al ciclista le dejo congelado en el aire, con cara de velocidad. 
Los examino a todos, titubeo, dudo, pero me acabo decidiendo por el vagabundo. Le miro a los ojos, me concentro, mis dedos se posan sobre las teclas…

- Papá, el minecraft no funciona bien. Va muy lento.
- Ahora no, ya lo miraré.
- Pero es que necesitoooooooooooo que vaya bien, que mis amigos me están ganando porque mi muñequito se queda congeladoooooooooo y me matan todo el ratooooooooooo.
- Hija, no es importante, solo es un juego.
- QUEEEEEEE?????? Papaaaaaaa, que me están matando al muñequitooooo.
- Cagontoloquesemenea, ya voy, joder.

Las viejas se miran y sonríen, el ciclista suspira impaciente, aguantando el tipo, el soldado ni me ha oído, metido como está en su mundo triste y el sintecho me guiña un ojo, comprensivo. “Vete, seguiré aquí cuando vuelvas”. Y yo voy.

Investigo y analizo la grave situación de la red informática de mi casa. Pruebo los cables, apago y enciendo el router, busco virus destructores, piratas informáticos, ladrones de wifi, apago y enciendo el router, coloco los cables, antivirus de nuevo, apago y enciendo el ordenador, me seco el sudor de la frente, apago y enciendo el router…

- Papaaaaaaa, que se pasa el tiempo y se acaba la partidaaaaaa.

Suspiro como para que lo oiga el vecino de dos pisos más abajo y oigo crujir mis rotulas, aquí, de rodillas, colocando la tapa del ordenador que acabo de abrir. Cuando empiezo a perder la razón y empiezo a ver duendes verdes mordisqueando cables, oigo la voz de mi hijo adolescente.

- A ver si van a ser un par de capítulos de “Manga” que me estoy bajando.

El muy mamón lleva observándome desde hace quince minutos, apoyado indolente en el marco de la puerta y de repente le ha venido a la memoria, o simplemente ha esperado a ver el brillo de mi sudor, quién sabe. 

Sé que el concepto de “un par” puede significar cualquier cosa en su vocabulario, así que me dirijo su ordenador y descubro que está bajándose tres temporadas de una serie japonesa de nombre impronunciable, a catorce capítulos por temporada, lo cual hace como… un huevo de capítulos.

- Mira qué bien, además lo has puesto para que cope el ancho de banda enterito.
- Es que si no tarda mucho, papá. Esto pasa porque no contratas la fibra óptica, claro.

¿Dónde está San Herodes cuando se le necesita?

Limito sus descargas, al mismo tiempo que intento memorizar el puto nombre de la serie para buscarla después, a ver qué coño es lo que está viendo, no vaya a comérsele esa mente adolescente. Por su parte, mi hija vuelve, sin un mísero “Gracias, papi”, a machacar a sus amiguitos digitales hasta la muerte. Y yo vuelvo a sentarme, cansino, delante del portátil.

El soldado se ha dormido, puede que por el lexatín, puede que por aburrimiento, las viejas han aprovechado para irse de tiendas y se han acabado perdiendo en el Ikea, a ver quién tiene huevos de encontrarlas, el ciclista se descongeló a sí mismo y ha seguido su camino, y el sintecho está cabreado por haberle dejado tirado y ni siquiera me mira.

Mis historias, mis pequeños monstruos deformes, vuelven a meterse en el desván, a esperar mejores tiempos y yo digo “mierda” y abro el Facebook (y mi blog) y copio y pego una historia de “mierda” que acabo de escribir.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Ego te absolvo

Microrrelato presentado en el concurso de la Cadena Ser "Relatos en cadena".

La frase de entrada era "Deberías airearte un poco"



Ego te absolvo

"Deberías airearte un poco" y luego, cuando puedas hablar, regresas, hijo mío. ¿Ya de vuelta? ¿Ya pasaron los nervios? Bien. Ave María Purísima. Cuéntame... ¿Te atraen esos angelitos? Comprendo… ¿Te gusta mirarlos en el parque? Entiendo… ¿Les tocas de esa forma cuando están solos? Ya veo… ¿Dices que buscas el perdón de Dios? Para eso estoy aquí, hijo mío. El que esté libre de pecado… bueno, ya lo sabes. Acerca el oído aquí, a la rejilla, y te susurraré la penitencia… ¿Un ruido metálico? Tranquilo, solo es una bala entrando en la recámara.

miércoles, 1 de enero de 2014

Donde muere el sol

1º Premio (votación popular) del Concurso de Relatos de Ciencia Ficción ABRETELIBRO




Donde muere el sol


Una idea, una sola, pasó haciéndole cosquillas como un ratoncillo blanco y suave. Se deslizó por su mente con cuidado, acariciándole el alma con sus pequeñas patitas. «No tengo dolor», pensó. No sabía cuánto tiempo llevaba flotando en aquel líquido espeso y oleoso. No había nada en ninguna dirección, no había un arriba ni un abajo, nada que le sirviera como referencia. Tan solo un vacío absoluto, un espacio blanco e infinito por el que se movía lentamente, con una sensación total de abandono, sin preocupaciones, sin pensamientos negativos, sin dolor.
Cerró los ojos y sonrió, pero se dio cuenta que daba igual, seguía viendo lo mismo. Era como si sus párpados fueran transparentes, una idea rara y extraña, un ratoncillo gris, que no le inquietó lo más mínimo. De hecho, nada le inquietaba.
Desde algún sitio lejano llegó una voz femenina: «David…»
Se giró en todas direcciones, buscando el origen. «David…» repitió aquella mujer. «David… David… David…»
Un punto brillante apareció debajo de sus pies. Sin duda alguna la voz procedía de allí. Le llamaba insistentemente, invitándolo, pero David sentía que no debía hacerla caso, que debía nadar en sentido contrario a través de aquel universo líquido. Entonces el punto empezó a atraerle poco a poco. No había nada a lo que agarrarse, no podía resistirse y el punto empezó a crecer a medida que iba acercándose. La sensación de tranquilidad se fue diluyendo y algo negro y negativo empezó a ocuparle la mente. Los ratoncitos huyeron despavoridos. El punto se convirtió en una especie de pozo y supo entonces que caería por él irremediablemente.
Abrió los ojos. Estaba recostado en su sillón, delante del televisor. Sus brazos reposaban cómodamente y su mano sostenía el mando, apuntando como si quisiera fusilar a la caja tonta.
Elena estaba apoyada en el marco de la puerta, mirándolo seria.
–Ya estás aquí de nuevo –Le dijo con una voz suave, tranquilizadora.
–¿Cómo…?
–Te has quedado dormido... pensé que no ibas a despertar nunca.
–Ah, claro –Se frotó los ojos con los nudillos.
En algún lugar de su cabeza empezó a germinar una migraña. Últimamente empezaba como una pequeña y molesta semilla que apenas despuntaba en la base de la nuca, luego crecía y se dividía en múltiples ramas espinosas que le arañaban dentro del cerebro. La solución entonces era irse a la cama, con un paño húmedo sobre los ojos y una gran dosis de analgésicos. Por lo menos al principio funcionaba, el problema era que desde hacía un par de semanas, que él recordara, las pastillas habían dejado de hacer efecto.
–Maldita sea, debería haber seguido durmiendo. Ya empieza a dolerme la cabeza, ¿me traes una pastilla?
–No te hará efecto.
David la miró frunciendo el ceño.
–Algo me hará, ¿no?
–No te hará efecto, David.
–Qué rara estás. Voy a salir al jardín. Tráeme el analgésico y un poco de zumo.
David salió y se sentó en una hamaca. Miró hacia la ventana de la cocina. Veía a Elena a través del cristal. Estaba de pié mirándole fijamente, sin apenas expresión. La migraña le lanzó un dardo de dolor que impactó directamente en la parte superior de la cabeza. Fue como si subiera quemando a través de su cabeza, hasta explotar con una quemazón justo debajo de la piel. Cerró los ojos, apretando los párpados. Cuando volvió a abrirlos, Elena seguía mirándole desde la cocina. No se había movido nada. Le parecía algo raro. Normalmente se habría preocupado de traerle el analgésico inmediatamente, se habría sentado a su lado y le habría dado un masaje en las sienes, susurrando palabras dulces para alejar el dolor. Definitivamente estaba muy rara.
Se recostó en la hamaca y respiró hondo, intentando relajarse. Miró hacia la casa de enfrente. En el porche estaba jugando Miguel, el hijo pequeño de los vecinos. El crío empujaba un cochecito de colores. Levantó la vista y le miró directamente. David alzó la mano y le sonrió. El niño se puso de pié y le miró seriamente, sin moverse.
–Eh, Miguel ¿qué tal? ¿Ese es el cochecito que te trajo Papa Noel? Es bonito.
El niño no le respondió.
–¿Te ha comido la lengua el gato? Ven aquí y dime por qué estás tan serio, anda.
El crío siguió sin moverse y empezó a hacer pucheros.
–Pero... ¿qué te pasa, Miguel? ¿Por qué lloras?
De repente se abrió la puerta del porche y salió el padre del niño. David se dirigió a él.
–Toni, al niño le pasa algo. Estaba jugando tan tranquilo y de repente se ha puesto muy raro. Le estoy hablando, pero no me responde.
El padre se agachó y cogió al niño, que le echó los brazos al cuello y enterró la cara en su cuello, desconsoladamente. Se dio la vuelta hacia la puerta y justo antes de entrar se giró en dirección a David, apretó los labios en un gesto de reproche y, meneando la cabeza, entró en casa.
–Pero, ¿qué coño le pasa a este?
Dos latigazos más le sacudieron la cabeza. El dolor no desaparecía. Se levantó y entró en casa.
–Elena, me voy a dar una vuelta, a ver si se me pasa un poco esta jaqueca.
–No salgas.
–A lo mejor con un paseo se me pasa.
–No salgas, David. No puedes salir.
–¿Por qué no voy a poder salir? Deja de decir tonterías –descolgó el abrigo de la percha y se lo puso. Elena se colocó delante de la puerta.
–Te repito que no puedes salir.
Algo negro y colérico invadió la mente de David.
–Pues voy a hacerlo. Deja de decir sandeces y apártate –gruñó.
La cogió por el hombro e intentó empujarla pero es como si estuviera pegada al suelo. No pudo moverla ni un centímetro.
–Pero, ¿qué...? –la miró asombrado–. Está bien, saldré por el jardín.
Se dirigió hacia la puerta acristalada del salón y miró por encima del hombro. Elena no apareció detrás de él. «Menos mal», pensó. Todo el mundo está hoy muy raro.
Salió a la calle y empezó a andar por la acera. Había una suave brisa muy agradable que invitaba a disfrutarla paseando, a pesar de lo cual no se veía a nadie en ninguna dirección. Avanzó mirando las casas de sus vecinos. Parecían estar en silencio, sin apenas movimiento. De repente detectó por el rabillo del ojo que la cortina de una ventana se movía. Una mujer mayor le miraba con los ojos muy abiertos y la mano en la boca.
–Vieja cotilla, espiando a todo el que pasa. Siempre ha sido así la señora… –no le venía su nombre a la cabeza –¿Cómo se llamaba esta mujer? La señora…
A pesar de que conocía a esa mujer desde hacía años, fue incapaz de recordar su nombre. Siguió andando durante varios minutos, observando su alrededor. La migraña iba subiendo de intensidad poco a poco y los latigazos en el cerebro eran cada vez más fuertes. De repente se paró en seco. Acababa de ver algo raro. Volvió sobre sus pasos y observó una placa metálica que estaba atornillada a la pared. Sin duda alguna era el nombre de la calle, pero era totalmente ininteligible. Es como si estuviera escrito en un idioma desconocido. Intentó identificar a qué lengua podían pertenecer aquellos caracteres, pero lo fue imposible.
–¿A quién se le ha ocurrido hacer esto? Gamberros de mierda.
Siguió andando y al volver una esquina vio otra placa de caracteres ilegibles en la pared. Parpadeó asombrado. Caminó deprisa hasta un cruce que había más adelante para ver si había más placas como aquellas. Al llegar se giró buscándolas. Allí estaban, en las cuatro esquinas. Los caracteres eran exactamente iguales a los que había visto antes. «Esto es una locura», pensó. Un golpe de dolor le hizo agarrarse la cabeza con las dos manos. «Tengo que volver a casa». Sin embargo, debía comprobar algo más. Echó a correr en dirección a la zona comercial. Solo estaba a tres calles. A pesar de que el dolor empezaba a ser insoportable, consiguió llegar hasta el aparcamiento que había en la puerta del supermercado. Miró a su alrededor asombrado. Todos los carteles estaban escritos en aquella extraña lengua.
–Eh, ¿dónde vas? –le gritó un extraño a su espalda.
Se dio la vuelta para enfrentarse a un hombre mayor, que gesticulaba airado.
–Vuelve con Elena ¿Cómo es que te ha dejado salir? Vamos, vete de aquí.
–¿Quién es Usted? No le conozco de nada.
–¿No me oyes? Qué te vayas te estoy diciendo. –El viejo se acercó y David sintió de nuevo aquella sensación de furia que había tenido hacía un rato con Elena.
Algo le impulsaba a empujarle y quitarle de su camino. Cuando el hombre se encontraba a un metro escaso, David juntó todas sus fuerzas y le golpeó el pecho con ambas manos. Fue como intentar mover un muro. Se tocó la frente perlada de sudor. «¿Será que estoy tan enfermo que no puedo ni empujar a un viejo? »
Varios rayos de dolor se dispararon dentro de su cabeza. Esta vez vinieron acompañados de una sensación de vértigo y náuseas. En cuanto se recuperó echó a correr. Las voces del anciano quedaron a su espalda y se fueron haciendo cada vez más lejanas. «Tengo que volver a casa», pensó.
Sus pasos le llevaron esta vez a escoger otro camino de vuelta. La migraña parecía ya un inmenso puño de espinas que se cerraba y se abría dentro de su cabeza. Se agachó e intentó vomitar, pero no le salía nada del cuerpo. Al levantarse sintió que el corazón se le disparaba. En la acera de enfrente, entre dos casas, había un espacio de unos veinte metros cuadrados totalmente vacío. Era como si un gigante, con un cutter enorme, hubiera trazado un rectángulo en el aire y todo lo que hubiera dentro hubiera desaparecido. Cruzó la calle hasta situarse delante del rectángulo. Alargó una mano temblorosa, esperando que quizá desapareciera dentro pero no tocó nada. Sus dedos avanzaron en lo que parecía un vacío suspendido en el aire. Retrocedió asustado, pensando que podría caerse en aquella nada y desaparecer  y echó a correr por el centro de la calle. Se dio cuenta entonces que había más rectángulos vacíos a ambos lados.
Tambaleándose, llegó por fin a su casa y entró. Quizá fuera el olor familiar de su hogar lo que hizo que la migraña se escondiera momentáneamente en su cubil, dándole un breve respiro. Abrió los ojos y llamó:
–¡Elena! No sé qué está pasando –Se quitó el abrigo y lo dejó caer al suelo. Miró en derredor buscándola. Oyó entonces un gemido en la habitación del fondo y se dirigió allí.
Elena estaba sentada en la cama. A su alrededor, cubriendo cada centímetro de colcha, había montones de fotografías, folletos de viajes, facturas y un sinfín de papeles y recuerdos. Provenían de una vieja caja de hojalata que reposaba encima de sus rodillas. No parecía darse cuenta de la presencia de David, quieto bajo el marco de la puerta. Con parsimonia metió la mano en la caja y sacó lo último que quedaba, una tarjeta de color gris oscuro. La miró atentamente y dos gruesas lágrimas se deslizaron por su cara. David se acercó, sin saber a qué venía todo aquello y se sentó a su lado. Abría la boca para hablar, cuando se fijó en la tarjeta. Era la reproducción de un dibujo hecho a lápiz. Una carretera vista en perspectiva, desde arriba, que avanzaba hasta el horizonte, donde despuntaba un sol rodeado de nubes, con pájaros volando, lejanos. Un sentimiento positivo, de algo cálido, intangible, algo que no podía recordar con exactitud, le inundó al instante. Trató de retenerlo, pero se escurrió como agua entre las manos. Debajo del dibujo había unos caracteres como los que había visto escritos por todas partes. Bailaron brevemente delante de sus ojos, se movieron y empezaron a colocarse en su sitio. Entonces entendió lo que decía aquella escritura:
«Allí, dónde muere el sol, aquel sitio que solo conocen los pájaros, allí, al final del camino, te espero, amor mío»
«David, nuestro amigo, compañero, amado esposo, nos abandonó. Su funeral se celebrará el próximo 20 de Abril. Te rogamos acudas para darle nuestro último adiós»
–¿Qué… qué… es eso? Elena, qué… ¿Ese soy…?
El dolor, monstruo espinoso, salió en tromba desde su guarida y atenazó su cerebro de nuevo. Esta vez vino para quedarse, para destrozar todo lo que había de bueno y malo, para reducir a cenizas el mundo y dejar solo una gran llanura desolada. David se agarró la cabeza con las dos manos y apretó los ojos desesperadamente. Cayó sobre la cama entre gemidos, retorciéndose, intentando apartar a la bestia.
Elena le miró entre sollozos. No podía soportar aquel momento, nunca podía soportarlo. «Ya es suficiente», se dijo a si misma, y, alargando la mano hacia David, presionó en un punto, justo detrás de la nuca.

«Clic»

David se quedó totalmente inmóvil, sus brazos cayeron laxos, y su cabeza quedó boca arriba, con unos ojos vacíos que miraban el techo de la habitación.
Pasados unos segundos, un monitor que había colgado en la pared se encendió automáticamente. La imagen de una teleoperadora, con cascos y micrófono, llenó toda la pantalla. La chica miraba una pantalla de ordenador, mientras tecleaba.
–Buenas tardes Señora Elena. Hemos recibido una incidencia de tipo tres. Ha pulsado el botón de apagado de emergencia.
–Él no me ha hecho nada.
La chica suspiró.
–Claro que no, Señora, todos nuestros productos cumplen las Tres Leyes. Veo que ha pulsado este botón al menos cinco veces en los últimos seis meses ¿Está teniendo problemas con la unidad?
–No, funciona perfectamente.
–¿Entonces?
–Es qué… él lo pasa tan mal.
La teleoperadora apartó la vista de su monitor y se giró hacia la minicámara. Pareció que miraba directamente a los ojos de Elena.
–Es una máquina, señora. No siente nada, se limita a comportarse según la carga que se le hizo en memoria. Umm… quizá sea eso. –Empezó a teclear de nuevo – Voy a buscar en qué consistió la carga… bien, aquí está.
La chica abrió los ojos, sorprendida. Se dirigió de nuevo hacia la cámara. Elena levantó la vista y la miró.
–Veo, señora, que se trata de una carga totalmente inusual. Me sorprende mucho que accedieran a realizarla. El protocolo es muy exigente en estos casos. Leo aquí que su marido sufrió un tumor cerebral al final de su vida. En estos casos no se recomienda la extracción de información, ya que puede estar seriamente dañada. La unidad solo tendrá registrados algunos trozos inconexos de su vida. Puede que no sepa hablar, comer, etcétera, es decir, en general perderá capacidades mentales y motoras, incluso verá imágenes incompletas. Además, no podemos garantizar su comportamiento. Supongo que todo esto ya se lo explicaron en el momento de firmar el contrato.
–Si, lo hicieron.
–Ya… comprendo. Bien, si la unidad no tiene ningún problema le ruego que, por favor, no pulse el botón de apagado de emergencia, si no es –suspiro de resignación– una emergencia. Debe hacerlo según el protocolo estándar. Tarda un poco más, pero la vida útil de los mecanismos se alarga considerablemente. ¿Tiene alguna consulta?... ¿No?... Bien… entonces buenas tardes, Señora. –La imagen desapareció con un parpadeo.
Elena levantó la tarjeta que aún tenía en las manos. Repasó el dibujo con las yemas de los dedos y sonrió entre lágrimas. Una de las imágenes que más recordaba era verle sentado tras la mesa del estudio, absorto, pensando en sus cosas, con un lápiz entre los dedos. Sin querer, su mano se movía encima de cualquier papel, trazando aquel mismo dibujo. Por todas partes había copias de la carretera que viajaba hasta el horizonte. En servilletas de bar, en el dorso de facturas de la luz, en la contraportada de un libro, incluso en billetes de metro. Al principio, cuando se conocieron, le preguntó una vez: «¿Qué significa eso que pintas? ». Él sonrió y le dijo: «Me gustaría saber qué hay allí, en el horizonte, dónde muere el sol».
Elena suspiró y dejó la tarjeta dentro de la caja.
Solo eran unos minutos cada vez, una hora como máximo. A veces la unidad tardaba veinte o treinta minutos en pasar por la parte de la carga que contenía las vivencias de la enfermedad. Entonces disfrutaba de la vida como había sido antes del Gran Dolor, con sus pequeñas y agradables rutinas. En otras ocasiones, como la de ahora, el programa aleatorio que controlaba la memoria no le daba esa oportunidad y pasaba primero por las zonas que contenían la enfermedad. Sea como fuere, llegaba un momento en el que David, o aquella cosa que se parecía a David, empezaba a sufrir, reviviendo las últimas partes de su vida, tan sumamente dolorosas.
Era terrible, pero era todo lo que le quedaba de él. Era mejor que nada. La gente le miraba despectiva por la calle, viendo a aquel ser artificial que andaba y hablaba como David. Y la despreciaban a ella. Y lo despreciaban a él. Para ellos era fácil pensar así; no habían sido tan felices como ella antes que llegara la oscuridad del dolor.
Además había otra cosa. Los teleoperadores que le llamaban cuando apagaba la unidad, siempre le decían lo mismo: «es una máquina, no siente nada». Sin embargo, ella le veía actuar, moverse, comportarse. Y la sombra de la duda siempre quedaba flotando en el aire, molesta e insidiosa, como el humo de un cigarrillo mal apagado.
Sacudió la cabeza intentando desembarazarse de aquellos pensamientos. Eran solo imaginaciones. Probablemente se engañaba a si misma intentando creer que había algo más.
«Por si acaso, no volveré a encenderlo».
Cogió el pequeño mando a distancia que había encima de la mesita de noche, lo tiró al suelo y lo aplastó con el zapato. Luego se levantó de la cama, resuelta, y salió de la habitación.

…………………………

David miró hacia su izquierda. Algo había llamado su atención. Un puntito brillante, pequeño, lejano, había surgido en mitad de aquella nada blanquecina y oleosa y empezaba a crecer poco a poco. Braceó desesperadamente, intentando alejarse de él, pero el punto empezó a atraerle de forma inexorable.