martes, 18 de noviembre de 2014

Solo queda

La luz es la correcta. El sol ya no da de lleno en la pared de ladrillo. Abro dos puntos el diafragma y bajo el tiempo de exposición para centrarme en la cara de los actores. La idea es ir más allá de sus disfraces y captar sus expresiones.
-Vamos, vamos, no me pongas esa boca... natural, que te salga natural... bien, así. Se supone que sois soldados romanos. Marcialidad, joder, marcialidad.
Posan como si fueran estatuas del museo de cera. Actores aficionados que no cobran, no les vas a exigir encima que te pongan ojos de Al Pacino. Bastante tienen con sostener el casco y la lanza sin matar a nadie.
-Vale, correcto. Que venga ahora María Magdalena. Venga, inocencia, que se vea la inocencia. Ya, ya sé que era prostituta,pero... Ah, ¿que no?, con más razón entonces.
María Magdalena es otra cosa. Tiene tablas y me fija unos ojos grises en el objetivo sin apenas pestañear. Sabe que no tiene que mirar a la cámara de frente. Me pone su mejor perfil de forma automática. Ni siquiera tengo que repetir fotos. Acaba y se va. Profesionalidad.
La directora de la obra me mira y asiente.
-Judas Iscariote es el siguiente- dice.
-Pues venga, que se nos va la luz.
Uno de los flashes se mueve con el viento y lo agarro con un movimiento felino. Lo pongo en su sitio, lo ajusto y miro de nuevo por el visor.
-Coño, si eres una chica ¿Judas no era un tío?
-Que nadie quiere serlo y a mí me mola.
Me encojo de hombros.
-Pues vale... Pon cara de malo.
Y Judas me pone cara de avieso, más malo que un dolor. Lo hace muy bien. Casi me convence de que es un ser despreciable y casi olvido que es una actriz aficionada. Hay gente que lleva el teatro en los genes. Esta chica es de las que disfruta delante de una cámara, sea del tipo que sea. Se aburre de ponerme cara de póquer y empieza a hacer el payaso. Junta las manos como si fueran una pistola y me hace una pose de James Bond. Nos reímos y no dejo de apretar el botón. Está hecha para el espectáculo.
La directora bufa y acaba por sacarla a empujones.
-Que están esperando los demás, no seas plasta.
Le siguen unos pastorcillos con zapatillas Nike, tres sumos sacerdotes a los que se les descuelga la barba falsa constantemente, un Poncio Pilatos de metro noventa y cinco y cara de no haber roto un plato en su vida, un rey Herodes con cuatro bailarinas vestidas de colores y un Jesús de Nazaret al que no se le mueve un músculo de la cara (se ve que conoce el final de la historia).
En la cámara suena un pitido. La tarjeta de memoria está llegando a su fin.
-Vamos a hacer un descanso. Cambio la tarjeta, coloco los flashes y seguimos. Diez minutos.
De la fila surge un suspiro de resignación. La mayor parte están aburridos de esperar. Aguantan porque les hace ilusión una foto de estudio vestido de personaje bíblico, por las risas que se echarán con sus compañeros de trabajo o por las lágrimas de la abuela viendo a su nieto de pastorcillo.
Cambio la tarjeta por la que llevo en el bolsillo y me pongo a colocar los trípodes de los flashes. Entonces una voz ronca me llega por la espalda.
-Perdone, señor.
Me giro y un leve aroma a vida de calle me golpea. No es muy fuerte, pero lo suficiente para que identifique fácilmente a uno de los que duermen bajo un techo de estrellas o en un hotel-cajero. Los ojos se me van de forma automática hacia el caro equipo que tengo junto a la pared. El hombre no se da por ofendido, supongo que por costumbre, y yo me avergüenzo de ser civilizado, todo en un segundo, un solo pensamiento.
-¿Podría hacerme una foto, por favor?
Entonces me viene a la mente que cuando llegué había tres mendigos en la puerta de la iglesia. Ni me fijé en ellos, seres invisibles, figuras grises que se mimetizan con el asfalto. No es eso, claro, no son transparentes, son mis ojos los que han filtrado su presencia. Vergüenza de nuevo.
Hay algo en su mirada. Puede que sea una súplica, quizá un querer ser normal, una búsqueda de aceptación. No sabría definir lo que veo, pero hay algo. No me paro a pensar.
-Póngase ahí- Le indico la sábana blanca que me sirve de fondo de estudio, delante de los flashes.
Miro a través del objetivo y veo la foto incluso antes de apretar el botón. Blanco y negro, con el enfoque en el fondo de los ojos, en esa negrura rodeada de blanco. Una cara rodeada de arrugas y en cada una de ellas una historia que contar. Se atusa el pelo encrespado, pero no consigue domarlo.
Sé que tengo “una” de esas imágenes a las que los fotógrafos llamamos “mi fotografía”, una de las que marcan, de aquellas que nos llenan, que hablan por nosotros, por cosas que llevamos dentro y no sabemos sacar de otra manera.
Solo son necesarias tres tomas. En realidad sobran dos.
“click, click, click”
Las luces de los flashes se disparan y el modelo no parpadea.
-Gracias, señor. -Y se va sonriendo.
Sus compañeros le reciben con palmaditas en el hombro y me señalan. Él se vuelve hacia mí y asiente varias veces en agradecimiento. De vuelta con los suyos.
-Venga, que no tenemos todo el día- dice la directora.
Se arremolinan de nuevo los actores y pierdo de vista la puerta de la iglesia. El pequeño descanso ha sentado bien. Se aceleran las poses y se hacen más naturales los gestos. Click, click, click. “Qué risa, que cara pones”, “anda que te maquillen de nuevo, Jesucristo”, “Poncio, pon cara de malo”, “esas lavanderas que no saben lavar, un poquito de por favor”. Click, click, click, y por fin se termina la sesión.
Se despeja la acera. Ya no están los mendigos y me acerco a la mujer que vende lotería de Navidad en una mesita.
-¿Conoce a esos hombres que estaban ahí, pidiendo?
-Buena gente. Les encargo que me traigan el café y a veces les pago uno a ellos. No molestan. El de la camisa blanca se le ha acercado antes. Una foto quería, ¿no?
Asiento con la cabeza, pensativo.
Recojo el material y me dirijo a casa. Estoy impaciente por revelar.
Cuando acabo todo el proceso, hago a un lado a los pastorcillos, a Herodes, a María Magdalena e incluso a Judas. Abro en grande la fotografía para que ocupe toda la pantalla.
Es exactamente lo que vi a través del objetivo. El brillo en el fondo de los ojos, las arrugas formando valles profundos alrededor de la mirada, la media sonrisa, el devenir de una vida en una sola imagen.
Intento imaginar qué historia hay detrás y se me ocurren mil. Es inútil. Jamás la conoceré, porque no volveré a ver a esa persona. Ni el domingo siguiente, ni ninguno de los posteriores en años. No sé quién es, no sé que le pasó, no sé a quién dejó atrás, a quién amó, a quien odió, no sé nada sobre esta persona.
Solo queda “mi” fotografía.