lunes, 14 de diciembre de 2015

Locura



Álvaro, estresado, luchaba con la jodida cerradura de casa cuando la puerta se abrió de un tirón que casi le hizo caer.

- A ver si cambias el bombín, que estoy harta de levantarme a abrirte – espetó Carmen.

Los ojos de Álvaro se abrieron asombrados. Carmen se dio la vuelta y echó a andar camino del sillón y de Sálvame Delux, mientras la visión del bamboleo de unas nalgas perfectas secaba la garganta de Álvaro.

- Pero, ¿cómo abres así la puerta? ¿y si te ve un vecino?

- ¿Qué dices? Entra ya.

Álvaro se precipitó dentro, dejó caer las llaves y actuó como lo haría cualquier marido: puso a su mujer mirando hacia donde coño estuviera Cuenca. 

Cuando al día siguiente se despertó, Carmen estaba tendiendo la ropa en la terraza mientras el sol brillaba sobre la totalidad su piel, blanca y perfecta. Aquello ya no le hizo tanta gracia. Voces, aspavientos y una Carmen iracunda le obligaron a tomar la puerta de la calle.

Cuando volvió, deseando hacer las paces, Carmen seguía desnuda. Y así continuó durante todo el fin de semana. Discusiones y más discusiones, voces y más voces, hasta que por fin lo entendió: era una cuestión de locura, así de sencillo. Lo mejor sería el internamiento. Una llamada de teléfono y estuvo solucionado. 

El lunes por la mañana sonaron unos golpes en la puerta. Carmen, sollozante, se miraba en el espejo del cuarto de baño cuando entró Álvaro. Se situaron uno al lado del otro. El reflejo les devolvió una imagen: ella, con ojeras de preocupación y abatimiento... y vestida; él, serio y distante, con ojos extraviados en algún punto solo visible para su mente... y desnudo.

martes, 1 de diciembre de 2015

Putas palabras

Ella piensa que todos los coches son iguales, al fin y al cabo. Te subes, hablas cuatro palabras, intercambias nombres, falda arriba, pantalones abajo y un suave descender, dando tiempo a la lubricación. Abrazas el respaldo y te apoyas en los hombros de forma alternativa, según quieras cambiar la profundidad o, simplemente, la sensación. Luego aceleras o frenas, dependiendo de pequeños detalles: un ceño que se frunce, unos ojos que se quedan en blanco, un jadeo demasiado rápido. Todo tan igual, todo tan repetitivo que eliminas la cara, los rasgos, el color de pelo y hasta el olor, siempre tan parecido: tabaco, alcohol, sudor.

Solo cambian las palabras: a veces son gritos de entusiasmo, otras susurros soeces. En ocasiones, confesiones culpables de quien sabe que no debe estar ahí, dentro de ella, si no, acaso, dentro de otra. A esos les odia especialmente. No hay nada más odioso que un arrepentido que, aun así, continúa empujando como si las palabras, putas palabras, pudieran perdonar por si solas.

El final siempre es el mismo. Una pierna que asciende y ella que se baja del potro de turno. También odia ese ruido de desapego, esa succión obscena, ese culmen que mata las sensaciones y termina en tristeza áspera. Todo tan igual, todo tan repetitivo.

Ella espera unas palabras, unas putas palabras. Lleva buscándolas mucho tiempo. Cuando ellos hablan, sus oídos filtran todo lo ya escuchado y lo enmudecen. De vez en cuando surge alguna expresión o una nueva tonalidad, y ella abre los ojos por un momento, ilusionada, pero es más de lo mismo.

Y así son las noches, repetidas e iguales, una detrás de otra, como orugas en procesión. Hasta que un día, al fin, entre jadeo y suspiro, las oye: palabras de poeta. Se deslizan por su oído, se escurren por su cuello y le acarician el alma. Allí están, las putas palabras que lleva buscando tanto tiempo. 

Abre los ojos sorprendida. El poeta no se diferencia en nada de los otros que han pasado por el asiento del coche. Los mismos tatuajes, el mismo olor. “No importa”, se dice y ríe alegre. ¡Por fin llega la poesía! Tanto buscar, tanto follar y al fin la ha encontrado. Le abraza, entusiasmada ella, entusiasmado él y llegan a lo más alto, mucho más arriba que nunca. Estalla el corazón, explota el alma y gritan, y aúllan como animales.

La pierna asciende y ella vuelve a su asiento. Falda que baja y pantalones que suben. Y el poeta que se va, sin más palabras, sin una caricia ni una puta despedida. En algo se ha equivocado, sin duda. Algo ha hecho mal. Los poetas no huyen después, no son así. Lo ha leído muchas veces.

Vuelven las noches de búsqueda en el asiento del coche. Los oídos se abren ansiosos, pero el poeta no regresa. No recuerda su cara ni el más mínimo de sus rasgos, tan solo que lo montó allí, en aquel asiento, y que justo antes de llegar al orgasmo, le acarició el alma con sus palabras.

Aun así, no ceja, no abandona. El poeta volverá.

Y el poeta volvió. 

Fue en una noche de verano, una de esas en las que la luna le pide al cárabo que hable y le cuente qué hay de malo y bueno en el alma de los hombres. Lo oyó por la ventanilla, mientras sus caderas se movían juntas, acompasadas. Fue un ulular triste. 

Aquel potro tatuado, con su olor a sudor y su cara picada, lo oyó y levantó la mirada hacia ella, y le susurró aquellas putas palabras, aquellas palabras de poeta. Y ella volvió a sonreír, y a elevarse, y el corazón se aceleró y se preparó para estallar de nuevo, como aquella otra noche lejana, pero... aquel tono no era el de un potro, no era una voz ronca de alcohol y tabaco. Era una voz femenina, un susurrar lánguido de mujer. Se detuvieron las caderas, se apagaron los jadeos.

Conocía aquella voz. Abrió los ojos asustada. No era posible... no podía ser cierto. Sus ojos se llenaron de lágrimas y pena.

Las palabras, las putas palabras, ascendían desde el centro más hondo y triste de su propia alma.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Insensible

Relato presentado al Taller de Escritura Creativa Ciervoblanco
el 5 de Septiembre de 2015





David se estiró sobre las sábanas y comenzó a despertar. Una voz femenina le susurró al oído:

-¿Te gustaba Estela?
-¿Eh?, pero, ¿qué dices?
-¿Lo sentiste?
-No me lo puedo creer, ¿es lo primero que se te ocurre por la mañana? -David se frotó los ojos soñolientos.

Mariela se incorporó a medias y la sábana resbaló dejando sus pechos al aire. David se despertó de repente.

-¿Te gustaba o no? -insistió ella.

Él dejó escapar una especie de gruñido.

-Mírame a los ojos cuando te hablo.
-¿Eh? Estela, claro, claro... pero, ¿qué más te dá ya? Murió. No entiendo a qué viene eso ahora.
-¿Cómo puedes ser tan insensible?
-No está aquí ahora -La mano de él se deslizó bajo las sábanas.
-Estate quieto. ¿Y lo de Valentina? ¿lo sentiste?
-¡Por Dios! ¿Vamos a repasar ahora a todas tus amigas muertas?
-Saliste con ella un tiempo. Digo yo que algo apenado estarás.
-Era muy decorosa, muy virgencita. Me aburría.

Los ojos de Mariela se llenaron de lágrimas.

-¡Y supongo que Laura y las otras tres tampoco te importan una mierda!
-Pero si casi no las conocía, bueno... a Valentina si, pero solo fueron un par de polvos. Oye, se me está poniendo esto... va... no seas tonta.
-¡Déjame en paz, cabrón! 
-¡Estás mal de la cabeza! Me despiertas, me pones a cien y te lías a soltar gilipolleces. ¡Murieron, joder! Entérate ya. Quedaste tú, la que está más buena. Pues ya está. Ven aquí...

Mariela se levantó entre sollozos y, con un portazo, se encerró en el baño. «Eres un monstruo. Querías que yo fuera la única y ellas desaparecieron». Las lágrimas sacudieron su cuerpo.

Cuando no pudo más, abrió un cajón del mueble y asió el cuchillo. Los ojos espantados de sus amigas mientras morían acudieron a su mente. «Tanto esfuerzo para nada. Ahora tendré que remediarlo»

La imagen del espejo le devolvió una mirada siniestra.

lunes, 3 de agosto de 2015

Equipaje de mano

Ejercicio presentado en el taller de escritura de Club Ciervo Blanco el 2 de Agosto de 2015



Mariela desplegó la nota y leyó: «En el bolsillo grande interior irán los apuntes de las clases de interpretación, dinero bien invertido, me dije siempre. En el rincón derecho, debajo de mis vaqueros doblados, meteré el diario que me regaló papá cuando cumplí doce años. Tiene las esquinas dobladas por el tiempo y una goma para cerrarlo que de vieja, ya no sujeta nada. Seguro que en esta nueva etapa por fin lo estrenaré. 

Entre los calcetines apretaré la cajita de madera en cuya tapa Álvaro grabó: “te esperaré”. Me dijo que dentro había una promesa que sobreviviría al tiempo. La llevaré conmigo adonde quiera que vaya, pero no la abriré por si acaso está vacía. 

Cerraré la maleta y en el bolsillo exterior, el de la cremallera, el de llevar las cosas a mano, meteré lo que siempre dice mamá: los pañuelos de papel ,las aspirinas y la sensatez. 

En el bolsillo de mi camisa irá lo que nunca puedo perder de vista: el billete de autobús, el dinero y la cordura.

Cuando el motor arranque miraré por la ventanilla y veré como se queda atrás todo lo conocido, y sonreiré porque ya estaré en el camino de mis sueños».

Mariela levantó la vista cuando una sombra se puso delante de ella.

-Nena, ¿Cuánto por un completo?

Dobló el viejo papel arrugado por el uso, lo metió en el bolso y pensó, por séptima vez aquel día: «¿En qué momento perdí mi maleta?»

domingo, 31 de mayo de 2015

El aire que perdona

Las cortinas ondean suavemente. Entran y salen por la ventana como si el aire se encontrara indeciso. Las empuja hacia dentro, echa un vistazo y vuelve a salir, asqueado por lo que ve. «Huid, venid conmigo, no tenéis por qué soportar a estos hombres y lo que hacen». Y luego cambia de opinión, quizá porque le damos pena, y vuelve a entrar y las mete dentro de la habitación. «Puede que no sean tan malos. Mirad a ese que está sentado en el suelo. No parece tan podrido como los demás». Pero luego ve lo que he hecho y se asquea, y las empuja de nuevo hacia fuera. Yo no quiero que se vaya, no quiero que me juzgue, porque todo tiene su razón y todo pasa por algo. Y además, me alivia cuando me acaricia la cara ardiente.

«¿Tú también crees que es culpa mía?», pienso.

Y al viento le cuesta entrar de nuevo, como si quisiera castigarme por mis pecados.

Mi amigo El Negro, el que está tumbado bajo la ventana, siempre me dijo que yo era un pesimista amargado. Seguro que tenía razón. Nos conocimos en una epoca en la cual yo llamaba cada día a las puertas del infierno para que me dejaran entrar. Mis credenciales eran una jeringuilla en el brazo y una pistola en la sién. Él llegó y me quitó el arma, dejó mi brazo tranquilo y no hizo preguntas. Me dije entonces que quizá había encontrado un amigo, pero con los años me dí cuenta que en realidad El Negro solo era el portero de otra entrada al infierno. En todo caso ahora ya da igual. Hace rato que sus ojos miran fijos la pared de enfrente y su pecho ha dejado de subir y bajar.

No se ha ido sin dejarme un regalo. Es una bonita sonrisa de sangre, aquí, justo en mi costado izquierdo. Me la ha tallado con uno de sus cuchillos, uno de los que guarda, como si fuera un mago, en los rincones más recónditos de su persona. Están tan ocultos que a veces he llegado a pensar que los guarda en el alma. Mueve las manos y aparecen de la nada y dibujan sonrisas de labios de sangre en el cuerpo de las personas. Le he visto hacerlo docenas de veces, pero nunca he podido pillarle el truco. Nada por aquí, nada por allá, y de repente, el hombre que tenía enfrente se doblaba en dos, con la vida escapándose por el tajo. Era un verdadero artista en lo suyo, hay que reconocérselo.

En esta ocasión tampoco le he visto venir, pero tampoco puedo echárselo en cara. Yo le he abierto un boquete en el pecho en el que le cabrían la cartera y el móvil. La imagen mental me hacer reír. «Joder, si lo piensas bien, lo mismo le cabe también el monedero». 

Empiezo a soltar carcajadas y la sonrisa del costado escupe un poco de sangre a cambio.

Las cortinas se mueven de nuevo y yo le agradezco al viento que vuelva y me acaricie el sudor de la frente. Trae consigo ulular de sirenas. Siempre acuden, como buitres, al sonido de los disparos. No es la primera vez que las oigo. Antes de ahora me han seguido a muchas partes, aunque toda vez conseguí mantener las distancias. Supongo que fui demasiado listo o demasiado afortunado. Ni un solo día en el talego, a pesar de todos mis errores… o de todos mis pecados… no estoy seguro. Son la misma mierda… ¿no?

Intento pensar, pero no sé cómo he llegado a estar sentado aquí, con mi amigo muerto a pocos metros. No consigo hilvanar ideas con sentido desde hace rato.

Algo se mueve en la periferia de mi campo visual y levanto la pistola encañonando las sombras. Lo veo todo nubloso e intento apuntar, pero no disparo, no soy un loco. Solo quiero controlar a aquella figura que parece acurrucada en un rincón.

El movimiento me provoca una oleada de dolor increíble que me recorre toda la parte izquierda del cuerpo y pierdo el sentido.

Abro los ojos y no sé cuánto tiempo he estado inconsciente. Habrá sido poco, porque la figura borrosa permanece quieta en el rincón y las sirenas suenan igual.

Sé que esto no tiene solución. He visto heridas como esta antes y no suelen acabar bien. Bajo la pistola. Me da igual todo.

Oigo un movimiento, un arrastrar de pies. El negro no puede ser, eso seguro. Por un momento se me aclara la vista y distingo a una chica. Ella era la figura borrosa del rincón. Se acerca con miedo. Está casi desnuda, cubierta apenas con unas bragas y un sujetador diminuto. No acabo de entender qué hace aquí, en esta habitación.

Bijeli Vojnik —me dice.

No debería entenderla, pero esas palabras flotan en algún lugar de mi mente. Me resultan familiares, las he escuchado antes. Si el dolor me dejara pensar solo un momento, podría acordarme.

Bijeli Vojnik, ¿tú no recuerdas?

Sé que estas palabras son importantes, o fueron importantes en algún momento.

La chica no parece tenerme miedo, a pesar de que sujeto una Glock con la mano derecha y está claro que sé utilizarla. Se arrodilla a mi lado. Es rubia, con los ojos azules, y delicada como una ninfa. Su mirada me llena de sosiego, de paz. Me trae un sentimiento olvidado hace muchos años. Una época en la que todas las cosas eran nítidas, estaban definidas, eran fáciles de entender, no como ahora.

Una vez oí a alguien decir que justo antes de morir hay una mejoría, una especie de recuperación. La estoy esperando para poder pensar con claridad y saber quién es esta chica que me hace sentir bien justo ahora. Por alguna razón sé que es importante. No puedo irme sin saberlo.

—Mira lo que te ha hecho —dice, mientras me acaricia la cara e intenta tapar la herida de mi costado.

Me gusta cómo me toca. Es reconfortante. A pesar de estar casi desnuda y tener un cuerpo precioso, no pienso en el sexo. Puede que sea por la cercanía de la muerte. Mis ojos se encuentran entonces con la cama que está en el otro lado de la habitación. A su lado hay una mesilla de noche y encima un reloj digital grande, con unos números rojos enormes. Es una especie de cronómetro. Otro relámpago mental y entiendo dónde estoy. Ahora sé por qué la chica va casi desnuda.

—Eres demasiado bonita para ser puta.
—Oh, Bijeli Vojnik.

Oculta la cara entre las manos y solloza en voz baja. Una lágrima se desliza por su cara, dejando un rastro húmedo. No puedo apartar los ojos de esa lágrima, no soy capaz. Sin saber por qué, pronuncio su nombre.

—Lamia.
—No es así, Vojnik, te lo dije muchas veces. Es Lamija —dice, rompiendo a llorar por fin.

Sonrío contento. No me iré sin saber.

—¿Eres mi novia?
—Qué tonto eres —sonríe mientras habla y me acaricia la frente sin importarle que le manche de sudor su mano fina y blanca.
—Dime por qué disparé al Negro.

No me responde. Coge mi mano y me deja en la palma un trozo de tela verde. Es una especie de cinta basta y medio deshilachada. Le doy la vuelta y leo mi nombre, J.C. Martín, escrito con rotulador negro. La miro, confuso.

Sus ojos azules son profundos e inocentes. No me acusan, no me juzgan. Noto que mi pulso se dispara. Dejo de verlo todo difuso. La habitación se vuelve clara, con aristas definidas y colores fuertes. Ella se acerca hasta que veo mi cara en el reflejo de sus ojos. Mis rasgos cambian, se desdibujan. Ya no soy yo, el de ahora, el que está aquí sentado con la vida escapando por el costado, soy otra persona distinta y lejana en el tiempo.

Y recuerdo...

Voy andando por un camino, rodeado por mis compañeros. Hace dos días que nieva sin parar y nuestros uniformes verdes están cubiertos de blanco, como muñecos de nieve andantes. Mi fusil apunta al suelo y mi dedo está en el gatillo. Hay muchos cadáveres alrededor y el humo se eleva de los tejados de las casas. El olor a carne podrida lo invade todo. Mis nervios están tensos. De repente, hay un revuelo a mi alrededor y alguien grita emboscada, y todos se tiran al suelo menos yo. Un ser pequeño, cubierto de barro blancuzco y de no más de un metro de altura, corre hacia donde estamos. Le apunto sin pensar. Tenso el gatillo, pero solo Dios sabe por qué no disparo. Le sigo con la mirilla de mi arma hasta que está a solo dos metros de mí. Algo en el fondo de mi cabeza grita que si lleva una bomba adosada estoy muerto, estamos todos muertos. Dos ojitos resplandecen entre la suciedad y el barro manchado de nieve. Me habla en un idioma que no entiendo. Es solo un crío, pienso, y bajo el arma lentamente. Me mira con tristeza, pero creo que estoy inmunizado contra el dolor después de todo lo que he vivido en los últimos meses. Alguien grita adelante y todos se ponen de pie y continúan el camino, miradas arriba y abajo, rastreando cada rincón, cada roca, cada muerto, no sea que vuelva a la vida.

Me dejan atrás. Tengo que irme, pero mis pies no se mueven. «Vámonos, ¿qué coño haces» dice mi mente. Y mi corazón le riñe y le hace callar, y ella cierra la boca enfurruñada. Me paso el fusil al brazo izquierdo y con el derecho cojo al crío. Una carrerita y estoy con mis compañeros de nuevo. Me miran extrañados, pero ninguno dice nada, incluso mi sargento, bestia innoble, no abre el pico.

… la luz se diluye en los ojos de la chica. Jadeo. No, no, no… no puedo irme ahora. Tengo que recordar más, tengo que saber…

Las imágenes vuelven a ser nítidas.

...Jadeo, jadeo…

Llegamos al campamento. Me duele el brazo de acarrear al pequeño fardo viviente. Dejo mis cosas en la litera y traigo un barreño de agua. Cuando los jirones de ropa caen, resulta que el crío es una niña. Le tapo con cuidado y llamo a una mujer soldado para que le atienda. Una vez limpia, me mira con unos ojos azules profundos. Señala mi nombre, el que llevo cosido encima de mi bolsillo izquierdo. Lo agarra y tira de él. Despega el velcro que lo mantiene en su sitio y yo no soy capaz de quitárselo, ni de regañarla por ello. Lo mira y dice dos palabras.

Bijeli Vojnik.

… Jadeo…

Estoy en la consulta del psiquiatra. El corazón me va a mil por hora y sudo a mares. Quiero vomitar. «Es un ataque, tranquilícese» me dice el de la bata blanca. «Se quedó allí» le respondo. «No pude traérmela. Se quedó allí la pequeña. Se quedó allí, y yo me vine y la dejé allí» y lloro, y moqueo de forma patética. «¿Quién la cuidará? ¿No lo entiende? ¿Es que no lo ve?». Una aguja entra en mi brazo y suelta un chorro ambarino de tranquilidad. Me relajo.

… Jadeo…el pecho… duele…

Han pasado meses, años, el tiempo es confuso. Las marcas de pinchazos en mi cuerpo son numerosas. Es el coste de la tranquilidad. Mis compañeros ya no visten de verde, aunque si portan armas. Ya no buscan muertos en pueblos destruidos. Ahora los muertos los fabricamos nosotros. Busco el olvido, la miseria, la violencia. Busco el castigo por dejarla allí abandonada. La sangre forma gotas en mis manos al principio, luego son charcos, después arroyos y acaban siendo ríos. Soy uno de los malos ahora. Es lo que merezco.

… Jadeo… aire… no respiro…

El Negro y yo estamos acodados en la barra, bebiendo. Me golpea la espalda y se ríe. «Andá ya, maricón, te veo blando últimamente, te veo dudar. No eres ya la máquina de antes ¿Qué pasó?». Me echa el brazo por los hombros. Somos buenos camaradas. Hermanos de sangre nos llaman. «Andá, vamos a pasarlo bien con unas nenas y que se te olvide ya eso que te ronda». Yo le hago caso, levantamos la cortina y pasamos al burdel.

Vienen chicas con uniforme de puta. El Negro elige y yo también. Vamos por el pasillo, él agarrando el culo de su elección, yo con el brazo en la cintura de la mía. Entran en su cuarto y atisbo el interior un segundo. Una mierda de cuarto de prostíbulo, con su bidé y su papel higiénico, con su olor a ambientador tapaolores, con su contador de tiempo en números rojos encima de la mesilla, al lado de los condones.

… aire, aire…

Les dejamos y continuamos por el pasillo. Mi chica abre la puerta de su habitación y veo la misma mesilla, con los mismos condones y el mismo cronómetro de números rojos... y la miro a ella, joven, bella, preciosa, de ojos claros, de mirada cansada. Algo que he visto me viene a la mente. Y entonces comprendo.

Aprieto los dientes y ella me mira asustada, como si supiera algo, y se encierra en la habitación. Me doy la vuelta corriendo, empujo la puerta con violencia y el Negro salta de la cama en calzoncillos. «Ja, ja, ja, ¿no te gusta tu nena?, ¿es qué prefieres la mía? Al final encontré a la putita que te andó jodiendo la mente durante años, flaco, ja, ja, ja. Lo que nos reímos imaginando tu cara cuando te enteraras. Andá ya a joder y déjame que lo pase bien... ¿Qué pasa, no te gustó la bromita?... ¿Pensabas que no lo sabíamos, que no te investigamos, que no hablamos con tus loqueros?... Ya verás como ahora sí que se te pasa la tontería. Andá ya... ¿Y esa cara? ¿Qué te pasa? Joder... solo son putas».

Cuando acepté la invitación del Negro y atravesé las puertas de su infierno supe que, de una forma u otra, algún día tendría que pagar el peaje. Los que me esperaban al otro lado no eran amigos ni compañeros, solo querían mi rabia, mi desesperación. Solo eran perros rabiosos y como tales, siempre supe que algún día buscarían mi yugular. No hay razones, no hay causas. Unicamente sé que ese día ha llegado.

Miro la mesita con su cronómetro de números rojos y sus condones. Al lado hay una tira verde con un nombre escrito con rotulador negro. Unos ojos azules me miran desde la cama del Negro. Me hablan sin palabras: «Bijeli Vojnik». La rabia me invade. Desaparece todo y solo queda un pensamiento: «...mi niña...». Saco la Glock , apunto al Negro y el mundo se vuelve del revés. Solo hay gritos, disparos, dolor…

...jadeo...

El aire empuja las cortinas y me acaricia la cara, y me llena los pulmones por última vez. Bendito viento que perdonas.

—Al final te encontré, mi Lamia, mi Lamija —digo mientras sonrío

—Me encontraste hace mucho tiempo, mi Bijeli Vojnik, mi soldado blanco.

miércoles, 15 de abril de 2015

La noche eterna


Kopel giró los ojos hacia el tercer palco de su derecha, el de la segunda planta. Unos ojos azules le devolvieron la mirada y, aún en la distancia, no pudo dejar de sentir el odio que destilaban.

Las luces se atenuaron y el silencio se adueñó de las butacas. Kopel se levantó, apoyó el violín en la clavícula y flexionó sus dedos deformes en lo que parecieron una serie de movimientos casi obscenos. El público contuvo el aliento, como cada noche, sin embargo, aferró el arco con la seguridad habitual y lo apoyó dulcemente sobre las cuerdas. Cerró los ojos y Johann Sebastian Bach empezó a deslizarse por el aire. Las notas se esparcieron por el gran teatro, se colaron entre las butacas y luego ascendieron hacia los palcos. Cuando llegaron al tercero, los ojos azules se cerraron crispados, para abrirse al momento con un deleite imposible de ocultar.

La primera gota de sudor apareció enseguida, apenas empezar. Era una de las señales que anunciaban el dolor. Solo Kopel era consciente de la tensión que tenía que ejercer sobre aquellos tendones retorcidos y solo un alma entre aquellos cientos se imaginaba lo que debía estar sintiendo. Y a pesar de todo, el arco seguía moviéndose sin vacilaciones y aquellos garras seguían apresando las cuerdas contra el mástil.

El lamento del violín se mantuvo durante lo que pareció una eternidad hasta que sonó la última nota. Luego se hizo el silencio. Entonces los espectadores parecieron despertar repentinamente y la ovación se elevó, ensordecedora. Los ojos azules se abrieron y los dientes blancos y perfectos que había debajo rechinaron de rabia.

Una hora después Kopel abandonaba el Palacio de la Música. Salió por la puerta trasera. En la acera de enfrente un hombre alto, rubio y de ojos azules le esperaba. Se miraron a través del frío nocturno. Kopel se subió la manga y acarició el número tatuado sobre su piel. Markus, desde la distancia, esperó, pero una vez más, nadie vino a detenerle. Y era así cada noche desde aquella lejana en la que Kopel había reconocido a su torturador entre el público.

«Sería tan fácil sacar la Luger ahora mismo», pensaba Markus, y la acariciaba en el bolsillo de su abrigo. Pero nunca era capaz, igual que no era capaz de dejar de acudir cada noche a aquel palco. «Lo intenté. Intenté destruirte a ti y a tu música, judío. ¿A qué esperas para denunciarme?»

Pero Kopel se limitaba a mirarle durante unos minutos mientras acariciaba el número tatuado y luego se giraba y se iba. Sabía que Markus acudiría cada noche, sabía que el dolor de sus manos destrozadas no era nada comparado con el odio que carcomía a aquel ser podrido.

Alargaría la venganza hasta que el arco cayera de sus manos muertas.

domingo, 22 de marzo de 2015

Lluvia de caramelos

Relato presentado en el Taller del Club Ciervoblanco el 23 de Marzo de 2.015




El tío bueno de sonrisa perfecta y pelo ondulado me está empezando a caer gordo. Cuarenta minutos y no se me ocurre nada que escribir sobre él. Cuando ya estoy pensando en rendirme, aparece mi preadolescente hija, canturreando distraída.

—Nena, ven un momento.
—Que estoy muy ocupada, papi.
—Mira esta foto y piensa en alguna historia que se te ocurra.
—Umm... ha pisado una mierda.
—¿Por eso iba a estar contento?
—Es que dicen que te toca la lotería si pisas una.
—Hija, otra cosa.
—Umm... es un médico que estaba parado y le han contratado para salvar a un señor rico que se está muriendo.
—Nena, ¿está contento porque alguien se muere?

Empiezo a preocuparme seriamente por mi vejez.

—Bueeeeno, otra cosa... va a caer una lluvia de caramelos.

Me llevo los dedos a los ojos y los aprieto hasta que empiezo a ver estrellitas. Me gustaría matar al dentudo de la melena ideal.

—¿Tampoco? Bueno, a ver esto: le acaban de llamar para entrar en Gran Hermano 27 y ya está contando la pasta que ganará como tertuliano del corazón.

La miro ojiplático. Ella me mira como si fuera tonto.

—Papá, el primo acabó la carrera y el máster a los veinticinco y está trabajando en un McDonalds. O pisas una mierda o entras en Gran Hermano.


Cierro la boca antes de que me entre una mosca y pienso... «Me quedo con la lluvia de caramelos»

domingo, 15 de marzo de 2015

El pupitre de al lado

Relato presentado en el taller de escritura Ciervoblanco el 14 de Marzo de 2015






Manolo fue el artífice de aquella sorpresa. Me convenció para que le acompañara a recoger a su nieto y ,distrayéndome con su charla, me metió en el aula. Abrí los ojos sorprendido. Allí estaban Paco, sentado en su pupitre de antaño, y su sobrino Antonio, con cara avergonzada.

– Siéntate, chaval -me dijo Manolo, socarrón-. Ahora seré yo quien dé la clase, que Don Faustino ya lleva tiempo bajo tierra.

Todos reímos, incluso Antonio, que no sabía muy bien qué hacía allí. Luego, nos transformamos en aquellos niños que habíamos sido una vez. Levantamos la mano, hicimos preguntas, nos tiramos papeles, escribimos en la pizarra, reímos en alto y montamos todo aquel despropósito divertido que había sido nuestra infancia. Reí hasta enrojecer con cada payasada.

Cuando estaban más distraídos, mis ojos se fijaron en el pupitre de al lado y recordé a la niña rubia que se sentaba allí. Sus ojos azules me tuvieron embelesado durante años.

-Venga, ya vale de hacer el tonto. Vámonos a tomar algo -dije.

Cuando aquella noche llegué a casa, fui directo a por el viejo álbum. Allí estaba la foto de fin de curso. La niña de los ojos azules estaba al lado de Paco, cogiendo su mano. Suspiré.

Una dulce voz aniñada me habló por encima del hombro.

-Abuelo, ¿qué estás mirando?

-Las fotos viejas que te gustan.

Un dedo regordete señaló la figura de la niña.

-La abuelita de pequeña.

-Si cariño, así era -y sonreí a aquellos ojos azules.

domingo, 8 de marzo de 2015

La decisión

Microrrelato presentado al concurso "Relatos en Cadena" de la Cadena SER



A nadie se le ocurrirá que solo quiso volar, como antes. La capa al viento, la máscara en los ojos y el uniforme azul, ajustado al cuerpo, tal que una segunda piel. Las visitas vendrán temprano, tras la siesta y el chocolate con bizcochos. Cuando no le encuentren, las enfermeras, desesperadas, le buscarán por los jardines, mirando detrás de los setos y en cada banco del parque. Al final, alzarán los ojos y verán la solitaria silla de ruedas en el borde del tejado de la residencia, un poco inclinada hacia delante. Entonces su hijo recordará aquella decisión: «dormitorio para Padre o despacho para mí».

lunes, 2 de marzo de 2015

Habitantes de Oniria

Relato seleccionado para el recopilatorio del Club de Lectura CiervoBlanco

Taller de Escritura Creativa del 28 de Febrero de 2.015

Microrrelato de máximo 250 palabras basado en la siguiente fotografía



Habitantes de Oniria


Llego del trabajo y me lo encuentro como siempre, flotando en sueños. Le grito para que despierte.
—Alex, ¿qué haces?
—¿Eh?, nada… estudiando.
El libro abierto descansa estoico bajo sus codos.
—Lo que tu digas —murmuro entre dientes.
Hay tantas posibilidades de hacerle entender a un adolescente lo dura que será la vida si no estudia, como que tu perro sirva la mesa y te aconseje un buen vino para la cena.
Prefiere vivir en ese mundo imaginario que ha creado para si mismo. Allí no hay padres capullos que te obligan a estudiar. Allí es capaz de volar a su antojo, con sus propias alas.
«¿A quién ha salido este niño?», me pregunto. Soy un tío trabajador que mantiene a su familia, un hombre responsable, con los pies en la tierra.
Aprieto los dientes desesperado y me voy al salón a tomarme una copa. Me siento en el sofá con un suspiro… ¡Mierda!, me he dejado el bombín puesto al entrar en casa; qué fastidio tener que levantarme. Ah, pero no todo está perdido… cierro los ojos con fuerza, elevo los brazos, me concentro y el sombrero empieza a flotar, camino del perchero…
—Álvaro… ¿qué haces?
Mi mujer me observa desde la puerta, sonriendo. Me miro en el espejo. Un cuarentón barrigudo, con el bombín del trabajo todavía puesto y las manos alzadas como si orara al sol… ridículo.
—Nada, maldita sea —exclamo enfadado mientras lanzo el sombrero hacia la entrada.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Noche de Reyes

Las tres cosas que más le gustaban a Paco en este mundo eran las mujeres, los cubatas y las rancheras de Rocío Durcal, por este orden. De las dos primeras llevaba disfrutando horas. A casi todas las chicas de la sala de fiestas ya se las había pasado por la piedra dos o tres veces, en distintas posiciones y en todos los lugares (en el baño, encima de la barra, sobre los altavoces), y todas habían gemido como posesas. Al menos así lo veía él en su cabeza. En cuanto a los combinados de whisky-cola, había perdido la cuenta en el quinto. Fue en el sexto cuando se desataron lo que Paco llamaba sus dos fases.

La fase me-las-tiraba-a-todas-aquí-mismo-pero-ya había pasado, tal como demostraba la cantidad de mujeres imaginarias que yacían por doquier. Pasada la euforia venía el bajón y la fase cucurrucú-paloma, y a Paco se le humedecían los ojos acordándose de la Durcal. Si el nivel de nostalgia y el de alcohol eran parejos, incluso se arrancaba en gorgoritos mexicanos.

A pesar de que el gang style sonaba en esos momentos por los altavoces, un puro “ay...ay...ayyyy” mariachi le subía ya por la garganta. Abrió la boca y justo cuando salía el primer “ay” notó la vibración del móvil en el bolsillo.

—Joder, mira que les dije que estando de noche de reyes con la parienta, no me llamaran.

Sacó el móvil, enfocó los ojos intentando ver quién llamaba y descolgó.

—Si, aquí el teniente Gómez. Diga... si... ¿qué pasa, Eladio?... ¿Recuerda que le dije que iba a estar de fiesta con mi...?, vale, seguro que es muy urgente, por su bien.
— ...
—¿Un alijo de los buenos?... ajá... bien... ¿mejor que vaya yo?
— ...
—Vale, vale, está bien, ahora voy. Y dígale a los del control de alcoholemia que voy a pasar por delante, que no me paren que llevo prisa. Acuérdese de llamarlos, que me cago en todo y les meto un paquete, ¿entendido?
—...
—No, no he bebido, Eladio, es que un tema de estos tan urgente exige rapidez y profesionalidad. Voy para allá.

Se levantó del taburete en el que llevaba horas sentado, mientras su mujer bailaba con todo hombre que se acercaba a la pista. El movimiento fue demasiado rápido y Paco notó entonces todo el peso de los combinados de whisky. Volvió a caerse en el asiento. «Lo mismo no estoy para conducir». Un esfuerzo más y consiguió levantarse.

Entornando los ojos consiguió ver a su mujer en el medio de un trenecito formado por cincuentones barrigudos, fotocopias exactas de él mismo. Que no sonara en ese momento la conga, si no el coreano de los pantalones bombachos, no parecía importarles a ninguno de los que le apretaban por delante y por detrás.

—Eh, Milagros.
—Qué quieres, que estoy bailando.
—Que me han llamado. Tengo que irme. Una emergencia.
—Si llevas un moco que no te tienes, dónde vas a ir así.
—Estoy perfecto, me voy. Dile a Antonio que te lleve a casa.
—Vale, vale. Adiós, vete ya... oiggg...

«¿Será posible que el gordo ese le está apretando con el paquete en el culo? Bueno, mira, que disfrute y así lo mismo el miércoles me libro darle mandanga».

Paco salió a la fría noche de Enero y buscó su coche. Cuando pasó por delante del control de alcoholemia, de repente los agentes alzaron la mirada y se quedaron inusitadamente prendados de la belleza de la luna de Enero.

Cuando por fin llegó a comisaria, aparcó en su sitio de siempre con una cautela exagerada, fruto del whisky-cola. Estaba cerrando la puerta cuando Eladio apareció muy sofocado.

—Mi teniente, los tenemos en la celda. El alijo está en su despacho, bueno, no sé si llamarle así.
—¿Cómo que no sabe? Me ha hecho salir de una fiesta en la que me lo estaba pasando pipa y ahora dice...
—Teniente, huele usted como a cub...
—¡Ya le he dicho que no he bebido, Eladio! Venga, vamos a ver ese alijo.

Entró tapándose la boca e intentando que su paso fuera lo más firme posible.

—Eladio, déjeme que me apoye en su hombro que me he torcido un tobillo bailando y no quiero que me noten la cojera, que la gente podría dudar de mi liderazgo si me ven alguna debilidad.

Eladio se acercó un poco mosqueado y dejó que se apoyara. Una vaharada alcohólica le dio de lleno en los ojos y le provocó que se le pusieran rojos y lacrimosos.

—Teniente, ¿está seguro que se encuentra bien? Si además no hay nadie en la oficina.
—Solo es un tobillo, Eladio, usted no se mueva de mi lado hasta que yo le diga... ¿qué hace otra vez con el crucifijo colgado? ¿No le he dicho mil veces que esto es un país laico y usted es un servidor público? Cuando esté fuera de servicio como si se cuelga una morcilla de Burgos del cuello, pero llevando el uniforme no puede, ¡hombre, ya!
—Mi teniente, es que en estos días tan señalados... ya sabe que yo soy muy creyente.
—Bueno, porque esta noche estamos solos en la comisaría, pero, por Dios, a diario el crucifijo por dentro de la chaqueta, ¿eh?

Los ciento diez kilos de teniente entraron por la puerta con un contoneo peligroso, agarrados al hombro dolorido de Eladio. Cuando pasaban por delante del mostrador de recepción una figura de mujer se levantó presurosa.

—Buenas noches, señor.

Los dos pares de ojos arrasados por el alcohol se volvieron hacia la izquierda.

—Mi teniente, le presento a Lupe, la nueva agente en prácticas. Tenía que entrar mañana a primera hora, pero se ha presentado de improvisto esta noche. Dice que no podía dormir por la emoción de estrenarse y se ha venido antes de tiempo. Se la ve muy entusiasta.

Paco miró por encima del mostrador con todo el disimulo que permiten una docena de whiskys. «Madre mía qué caderas, si tiene culo de patinadora».

La chica respondió con una sonrisa de dientes blancos y perfectos como teclas de piano. Paco se fijó en el color tostado de su piel y los ojos negros, grandes y un poco rasgados. «Y además latina, Virgen del Amor Hermoso. Si parece Sofía Vergara».

—Encantado, señorita. Vamos para adentro, Eladio.

La chica hizo un mohín encantador y volvió a sentarse sin decir palabra.

Ambos hombres entraron en la oficina. Los ojos de Eladio empezaban a recuperarse cuando otra ráfaga de aliento radiactivo les volvió a golpear.

—En dirección a mi despacho, Eladio. Despacito, no corra que me duele el pié. No me acordaba que iba a estar usted solo esta noche.
—Les dio la noche libre a todos, mi teniente. Bueno, a todos, menos a mí.
—Es que es usted el mejor que tengo. Venga, ayúdeme a sentarme en mi sillón. Así... bien... gracias. No me vendría mal un café. Encárgueselo a esa chica y empiece ya a contarme eso del alijo que no es alijo.
—Dos cafés con leche, Lupe —voceó Eladio—. Bueno, pues le cuento. Hace dos horas se presentaron aquí varios coches patrulla con un montón de detenidos. Me dijeron que habían intentado dejarlos en la central, pero que todas las celdas estaban llenas. Como aquí tenemos el calabozo vació, me pidieron permiso para dejarlos unas horas. Hasta aquí todo normal, lo bueno viene ahora. Mire allí, a lado de la máquina de los refrescos.

Tres baúles de color marrón bellamente repujados en cuero estaban alineados contra la pared.

—Los patrulleros decían que seguro que es un alijo de los buenos. Intentaron abrirlos, pero fue imposible; tenían unas cerraduras muy extrañas y los detenidos no llevaban ninguna llave encima. Se frotaban las manos con los ascensos que iban a conseguir, ¿sabe? Los muy tontos me veían como un mequetrefe que les iba a guardar la carga hasta que volvieran. No sabían con quién estaban hablando.

Paco miró los ojos enrojecidos y la cara de oveja alucinada de Eladio.

—Desde luego que no se lo imaginaban.
—Exacto, la gente siempre piensa que soy estúpido, pero no saben que El Señor me guía en las decisiones que tomo.
—Y el Señor le dijo que me llamara para apuntarnos el tanto antes que nadie.
—Eso es, mi teniente. Ascenso para usted, ascenso para mí, gloria para la comisaria.
—Es usted astuto como una serpiente de cascabel, Eladio.

El rostro del aludido se encendió por las lisonjas hasta hacer juego con el fondo de sus ojos.

—Encienda las cámaras del sótano. Vamos a ver a esos detenidos.

Eladio se levantó presuroso y pulsó varios botones de una serie de pantallas. La numero tres enfocaba la celda grande donde habían encerrado juntos a todos los detenidos. En el banco del fondo de la celda se habían sentado tres de los presos, muy erguidos y separados entre si por unos metros. A cada lado de ellos se situaban dos chicas jóvenes de pié, como si les rindieran pleitesía.

—La madre que los parió. Si parecen de la realeza. En mi vida había visto una cosa así. Y encima les ha puesto juntos, Eladio. ¿No sabe que tiene que separarlos por sexo?
—Es que me lo pidieron con mucha amabilidad, mi teniente, y me prometieron que no armarían jaleo. Parecía importante para ellos. Nada más entrar en la celda se colocaron así.

Paco le miró entornando los ojos. La astucia había bajado de serpiente de cascabel a culebrilla de agua.

—Madre mía, si hay uno negro, otro rubio y el tercero es color aceituna. Qué cosas, Eladio. ¿No le parecen a usted los...?
—Si, la verdad que colocados así, con esas chicas a los lados y en la noche que estamos además, bien podrían ser los Re...

Lupe entró por la puerta en ese momento con una bandeja. Paco se giró hacia ella. Ahora que la veía de cuerpo entero, enfundada en un uniforme ajustado, era más impresionante aún. La chica volvió a abrir la sonrisa de teclado de piano y fijó sus ojos en la fotografía de Rocío Durcal firmada que estaba encima de la mesa del teniente.

—Oh, pero si conoce usted a la Gran Rocío, embajadora de España en mi país.
—No me diga que nació en México —los ojos de Paco parpadearon ligeramente ante el acento tan marcado.
—En el mismo “Veracruss”. Ah, disculpe, mi teniente que se me escapa el deje —dijo con una risita que la agitó toda la anatomía.
—El mejicano es un acento encantador, señorita. La foto me la firmó en persona hace muchos años la Grande.
—Pero teniente, si se la compré yo por su cumpleaños en el chin...
—Eladio, vaya a ver cómo están los detenidos ya que se preocupa tanto de su bienestar. Yo voy a entrevistar a la nueva agente.

Eladio frunció el ceño, se levantó y antes de salir se echó el café al estómago de un trago. Mejor estar despierto. No quería que nada estropease su futuro ascenso. Ni siquiera un teniente borracho y salido.

—Cierre la puerta al salir. Gracias. Ya ve usted, joven, cómo funcionamos en esta comisaría. Grandes detenciones, alijos millonarios, ascensos. Hay grandes posibilidades, agente.
—Oh, mi teniente, solo soy un agente en prácticas, nada más, ji, ji, ji.
—No, por Dios, no podemos dejar escapar a un enlace internacional como usted. Desde mañana será agente de pleno derecho. —Los ojos medio cerrados se quedaron fijos en ella durante un minuto incómodo, hasta que la chica no pudo más y desvió la mirada hacia un armario del fondo del despacho que estaba medio abierto.
—Vaya, ese borde que veo ahí asomando ¿es un sombrero mariachi, mi teniente?.
—Si, je, je, je, eso es un regalo de mi muj... de una amiga que visitó Cancún hace algunos años. En casa no sabía dónde ponerlo y acabó ahí —en realidad el sombrero servía para acompañar a Paco cuando se arrancaba por rancheras en la soledad de su despacho.

La chica se puso seria de repente, bajo la cabeza, volvió a levantarla e hizo un puchero.

—Oh, pero, ¿qué la ocurre? —Paco hizo ademán de levantarse, pero la habitación dio una vuelta completa a su alrededor y se lo pensó mejor.
—Es que me trae recuerdos de mi Veracruss querido y mis papáss.
—Pero aquí se sentirá como en casa, ya verá, la cuidaremos mucho.
—¿Puedo pedirle un favor, mi teniente? —dijo con su mohín encantador— Oh, pero es que es una tontería sensiblera.
—Pida, por favor, faltaría más.
—¿Le importa que me ponga un momento el sombrero? Solo un momento para recordar mi tierra querida.

A Paco le recorrió un escalofrío desde la punta de los pies hasta los escasos pelos de la coronilla. La garganta se le cerró ligeramente.

—Profrr favorr, encrantado...

La chica se levantó, de espaldas a Paco, se puso el sombrero ligeramente ladeado y volvió la cabeza de medio lado con las manos en las caderas. La sonrisa de teclado apareció inmensa. Los ojos de Paco se abrieron como platos dejando ver una constelación de venitas rojas. Su mano se movió lentamente hacia el magnetófono que había encima de la mesa y pulsó un botón.

Cucurrucuuuuuuuuuuuu.... Palooooooomaaaaaaa...” cantó La Grande y a Paco le apareció una tienda de campaña para doce, con porche y todo, a la altura de la bragueta.

Sentado en su mesa, los ojos de Eladio miraban alternativamente la imagen de los calabozos en su ordenador y los baúles del fondo de la sala. Hacía rato que no podía pensar en otra cosa. Notaba cómo se iba obsesionando poco a poco sin poder evitarlo, tanto que ni oía la música que sonaba al otro lado de la puerta del teniente. «Madre mía, es que son tal cual. Y esas chicas de pie a su lado, tan serias. Qué tonterías piensas, Eladio, pero es que sería tal alucinante que fueran ellos». En ese momento el preso negro movió la cabeza, miró directamente a la cámara e hizo el saludo típico árabe, tocándose la frente, la boca y el pecho. 

A Eladio se le secó la boca, su mente se disparó de forma alocada y ya no fue consciente de nada a su alrededor. Unas gotas de sudor resbalaron por sus sienes. Echó atrás la silla, sacó el crucifijo de debajo de la camisa y lo besó con fervor. Los otros dos presos miraron hacia la cámara y asintieron elegantemente con una sonrisa beatífica. Eso fue demasiado. Eladio salió corriendo en dirección a los calabozos.

Cuando llegó a la puerta principal, se asomó con cautela. Al fondo estaba la celda número tres, pero desde esa posición no se veía a quien estaba dentro. Había perdido totalmente el color de la cara y grandes chorros de sudor le corrían por la espalda. El corazón le latía desbocado como nunca en su vida.

Avanzó por el pasillo hasta ponerse delante de la celda. La imagen no había cambiado nada. Los tres presos con sus pajes a los lados. Eladio estaba ya totalmente ido. Iba a abrir la boca cuando se levantó el negro.

—Hola Eladio, sabes quienes somos, ¿verdad?
—Habláis mi idioma, majesssstat—farfulló un descompuesto Eladio.
—¿Sabes cuál es nuestra misión, humilde creyente?
Prfffuessss, claaro...
—En esta noche sagrada debemos viajar más allá del horizonte y entregar nuestras ofrendas a quien tu sabes, bendito sea por siempre. Nuestro camino es largo y debemos continuar, tal y como está escrito. Nos guía la Estrella Sagrada.
—Si señor, digo, si majestad... amén.
—Ya sabes entonces lo que hay que hacer —dijo el rey negro, sacando la mano por los barrotes y acariciando el sudoroso rostro del agente.

Varios minutos después se había formado una comitiva en la sala principal de la comisaría. Delante estaban los tres presos con las manos cruzadas delante en posición solemne. Detrás se situaron sus pajes, sosteniendo cada cofre por parejas. A una señal del rey negro, todos se pusieron en movimiento y empezaron a salir en fila. Cuando pasaban por delante del despacho del teniente, se escuchó un “ayayayayayyyyyyy...” mariachi, pero a ninguno pareció extrañarle. 

Pasaron por delante de un monitor en el que se veía la imagen de los calabozos. Una figura yacía tendida en el duro suelo de hormigón. Incluso a través de los pésimos altavoces de la pantalla podía escucharse los sonoros ronquidos que emitía Eladio.

Cuando la comitiva real salió por la puerta y los primeros rayos de sol empezaban a asomar tímidos, una furgoneta encendió sus luces a escasos veinte metros, aceleró quemando neumáticos y se paró justo delante. Una puerta se abrió y seis presurosos ayudantes de rey mago alzaron los cofres y los colocaron en la parte de atrás. A continuación subieron todos y la puerta se cerró con un golpe. El conductor metió primera y en el momento en el que iba a acelerar, una figura se puso delante de la furgoneta apuntándoles con el revólver reglamentario.

—¿Dónde coño vais vosotros?

Tres reyes magos, seis pajes y un conductor gordito se apresuraron a levantar las manos hasta tocar el techo. Sus ojos miraban asombrados a la mujer de formas perfectas y grandes ojos oscuros que estaba al otro lado del cañón de la pistola. Su aspecto no era muy bueno: la camisa estaba abierta, mostrando un sujetador negro que apenas contenía unos pechos grandes y redondos, el pantalón estaba a medio abrochar dejando ver el borde de unas bragas negras de encaje y la larga melena estaba medio revuelta.

La mujer se desplazó con cuidado, sin dejar de apuntarlos, hasta la puerta del pasajero y la abrió de un golpe. De repente bajó el arma y se encaramó de un salto al asiento.

—Os ibais sin mí, panda de cabrones.

Los diez pasajeros de la furgoneta seguían con los brazos en alto mirando aquella semidesnudez. Incluso las chicas no podían apartar los ojos de aquellos pechos perfectos, hasta que el conductor atinó a abrir la boca.

—Joder, Estrella es que tardabas y pensamos que tendrías para largo, pero... ¿qué te ha pasado?
—¿¿Que qué me ha pasado??... Pues me ha pasado que el gordo cabrón ese no se ha tomado el café con la droga y me lo he tenido que tirar para que pudieseis escapar, panda de estúpidos. Menos mal que nada más culminar se ha desmayado el saco de manteca ese. Joder, lo que ha aguantado el mamón con la mierda esa de las rancheras y el pedo que llevaba... pero, ¿queréis bajar las manos?... a ver, abrid los cofres. Los tres baúles se abrieron a la vez y un fulgor azul salió de ellos.

—Buff, menos mal, la “meta” está bien. Si le llega a pasar algo a mi droga azul, os corto los huevos a vosotros cuatro y a vosotras os devuelvo al puticlub de mierda ese. —Se abrochó entonces la camisa y el pantalón y se peinó con las manos la larga melena negra— ¿Y el santurrón? ¿qué ha pasado con él?
—Se desmayó en cuanto nos abrió la puerta.
—Bueno, que sea la última vez que tengo que acudir al rescate. Dios, qué numerito he tenido que montar poniendo acento de Emiliano Zapata y cantando rancheritas. Esta no os la perdono. Arranca ya, Claus.

El conductor, de panza redondeada, carrillos sonrosados y pelo blanco apretó el acelerador.

—Tú nos guías, Estrella, jou, jou, jou.