miércoles, 4 de febrero de 2015

Noche de Reyes

Las tres cosas que más le gustaban a Paco en este mundo eran las mujeres, los cubatas y las rancheras de Rocío Durcal, por este orden. De las dos primeras llevaba disfrutando horas. A casi todas las chicas de la sala de fiestas ya se las había pasado por la piedra dos o tres veces, en distintas posiciones y en todos los lugares (en el baño, encima de la barra, sobre los altavoces), y todas habían gemido como posesas. Al menos así lo veía él en su cabeza. En cuanto a los combinados de whisky-cola, había perdido la cuenta en el quinto. Fue en el sexto cuando se desataron lo que Paco llamaba sus dos fases.

La fase me-las-tiraba-a-todas-aquí-mismo-pero-ya había pasado, tal como demostraba la cantidad de mujeres imaginarias que yacían por doquier. Pasada la euforia venía el bajón y la fase cucurrucú-paloma, y a Paco se le humedecían los ojos acordándose de la Durcal. Si el nivel de nostalgia y el de alcohol eran parejos, incluso se arrancaba en gorgoritos mexicanos.

A pesar de que el gang style sonaba en esos momentos por los altavoces, un puro “ay...ay...ayyyy” mariachi le subía ya por la garganta. Abrió la boca y justo cuando salía el primer “ay” notó la vibración del móvil en el bolsillo.

—Joder, mira que les dije que estando de noche de reyes con la parienta, no me llamaran.

Sacó el móvil, enfocó los ojos intentando ver quién llamaba y descolgó.

—Si, aquí el teniente Gómez. Diga... si... ¿qué pasa, Eladio?... ¿Recuerda que le dije que iba a estar de fiesta con mi...?, vale, seguro que es muy urgente, por su bien.
— ...
—¿Un alijo de los buenos?... ajá... bien... ¿mejor que vaya yo?
— ...
—Vale, vale, está bien, ahora voy. Y dígale a los del control de alcoholemia que voy a pasar por delante, que no me paren que llevo prisa. Acuérdese de llamarlos, que me cago en todo y les meto un paquete, ¿entendido?
—...
—No, no he bebido, Eladio, es que un tema de estos tan urgente exige rapidez y profesionalidad. Voy para allá.

Se levantó del taburete en el que llevaba horas sentado, mientras su mujer bailaba con todo hombre que se acercaba a la pista. El movimiento fue demasiado rápido y Paco notó entonces todo el peso de los combinados de whisky. Volvió a caerse en el asiento. «Lo mismo no estoy para conducir». Un esfuerzo más y consiguió levantarse.

Entornando los ojos consiguió ver a su mujer en el medio de un trenecito formado por cincuentones barrigudos, fotocopias exactas de él mismo. Que no sonara en ese momento la conga, si no el coreano de los pantalones bombachos, no parecía importarles a ninguno de los que le apretaban por delante y por detrás.

—Eh, Milagros.
—Qué quieres, que estoy bailando.
—Que me han llamado. Tengo que irme. Una emergencia.
—Si llevas un moco que no te tienes, dónde vas a ir así.
—Estoy perfecto, me voy. Dile a Antonio que te lleve a casa.
—Vale, vale. Adiós, vete ya... oiggg...

«¿Será posible que el gordo ese le está apretando con el paquete en el culo? Bueno, mira, que disfrute y así lo mismo el miércoles me libro darle mandanga».

Paco salió a la fría noche de Enero y buscó su coche. Cuando pasó por delante del control de alcoholemia, de repente los agentes alzaron la mirada y se quedaron inusitadamente prendados de la belleza de la luna de Enero.

Cuando por fin llegó a comisaria, aparcó en su sitio de siempre con una cautela exagerada, fruto del whisky-cola. Estaba cerrando la puerta cuando Eladio apareció muy sofocado.

—Mi teniente, los tenemos en la celda. El alijo está en su despacho, bueno, no sé si llamarle así.
—¿Cómo que no sabe? Me ha hecho salir de una fiesta en la que me lo estaba pasando pipa y ahora dice...
—Teniente, huele usted como a cub...
—¡Ya le he dicho que no he bebido, Eladio! Venga, vamos a ver ese alijo.

Entró tapándose la boca e intentando que su paso fuera lo más firme posible.

—Eladio, déjeme que me apoye en su hombro que me he torcido un tobillo bailando y no quiero que me noten la cojera, que la gente podría dudar de mi liderazgo si me ven alguna debilidad.

Eladio se acercó un poco mosqueado y dejó que se apoyara. Una vaharada alcohólica le dio de lleno en los ojos y le provocó que se le pusieran rojos y lacrimosos.

—Teniente, ¿está seguro que se encuentra bien? Si además no hay nadie en la oficina.
—Solo es un tobillo, Eladio, usted no se mueva de mi lado hasta que yo le diga... ¿qué hace otra vez con el crucifijo colgado? ¿No le he dicho mil veces que esto es un país laico y usted es un servidor público? Cuando esté fuera de servicio como si se cuelga una morcilla de Burgos del cuello, pero llevando el uniforme no puede, ¡hombre, ya!
—Mi teniente, es que en estos días tan señalados... ya sabe que yo soy muy creyente.
—Bueno, porque esta noche estamos solos en la comisaría, pero, por Dios, a diario el crucifijo por dentro de la chaqueta, ¿eh?

Los ciento diez kilos de teniente entraron por la puerta con un contoneo peligroso, agarrados al hombro dolorido de Eladio. Cuando pasaban por delante del mostrador de recepción una figura de mujer se levantó presurosa.

—Buenas noches, señor.

Los dos pares de ojos arrasados por el alcohol se volvieron hacia la izquierda.

—Mi teniente, le presento a Lupe, la nueva agente en prácticas. Tenía que entrar mañana a primera hora, pero se ha presentado de improvisto esta noche. Dice que no podía dormir por la emoción de estrenarse y se ha venido antes de tiempo. Se la ve muy entusiasta.

Paco miró por encima del mostrador con todo el disimulo que permiten una docena de whiskys. «Madre mía qué caderas, si tiene culo de patinadora».

La chica respondió con una sonrisa de dientes blancos y perfectos como teclas de piano. Paco se fijó en el color tostado de su piel y los ojos negros, grandes y un poco rasgados. «Y además latina, Virgen del Amor Hermoso. Si parece Sofía Vergara».

—Encantado, señorita. Vamos para adentro, Eladio.

La chica hizo un mohín encantador y volvió a sentarse sin decir palabra.

Ambos hombres entraron en la oficina. Los ojos de Eladio empezaban a recuperarse cuando otra ráfaga de aliento radiactivo les volvió a golpear.

—En dirección a mi despacho, Eladio. Despacito, no corra que me duele el pié. No me acordaba que iba a estar usted solo esta noche.
—Les dio la noche libre a todos, mi teniente. Bueno, a todos, menos a mí.
—Es que es usted el mejor que tengo. Venga, ayúdeme a sentarme en mi sillón. Así... bien... gracias. No me vendría mal un café. Encárgueselo a esa chica y empiece ya a contarme eso del alijo que no es alijo.
—Dos cafés con leche, Lupe —voceó Eladio—. Bueno, pues le cuento. Hace dos horas se presentaron aquí varios coches patrulla con un montón de detenidos. Me dijeron que habían intentado dejarlos en la central, pero que todas las celdas estaban llenas. Como aquí tenemos el calabozo vació, me pidieron permiso para dejarlos unas horas. Hasta aquí todo normal, lo bueno viene ahora. Mire allí, a lado de la máquina de los refrescos.

Tres baúles de color marrón bellamente repujados en cuero estaban alineados contra la pared.

—Los patrulleros decían que seguro que es un alijo de los buenos. Intentaron abrirlos, pero fue imposible; tenían unas cerraduras muy extrañas y los detenidos no llevaban ninguna llave encima. Se frotaban las manos con los ascensos que iban a conseguir, ¿sabe? Los muy tontos me veían como un mequetrefe que les iba a guardar la carga hasta que volvieran. No sabían con quién estaban hablando.

Paco miró los ojos enrojecidos y la cara de oveja alucinada de Eladio.

—Desde luego que no se lo imaginaban.
—Exacto, la gente siempre piensa que soy estúpido, pero no saben que El Señor me guía en las decisiones que tomo.
—Y el Señor le dijo que me llamara para apuntarnos el tanto antes que nadie.
—Eso es, mi teniente. Ascenso para usted, ascenso para mí, gloria para la comisaria.
—Es usted astuto como una serpiente de cascabel, Eladio.

El rostro del aludido se encendió por las lisonjas hasta hacer juego con el fondo de sus ojos.

—Encienda las cámaras del sótano. Vamos a ver a esos detenidos.

Eladio se levantó presuroso y pulsó varios botones de una serie de pantallas. La numero tres enfocaba la celda grande donde habían encerrado juntos a todos los detenidos. En el banco del fondo de la celda se habían sentado tres de los presos, muy erguidos y separados entre si por unos metros. A cada lado de ellos se situaban dos chicas jóvenes de pié, como si les rindieran pleitesía.

—La madre que los parió. Si parecen de la realeza. En mi vida había visto una cosa así. Y encima les ha puesto juntos, Eladio. ¿No sabe que tiene que separarlos por sexo?
—Es que me lo pidieron con mucha amabilidad, mi teniente, y me prometieron que no armarían jaleo. Parecía importante para ellos. Nada más entrar en la celda se colocaron así.

Paco le miró entornando los ojos. La astucia había bajado de serpiente de cascabel a culebrilla de agua.

—Madre mía, si hay uno negro, otro rubio y el tercero es color aceituna. Qué cosas, Eladio. ¿No le parecen a usted los...?
—Si, la verdad que colocados así, con esas chicas a los lados y en la noche que estamos además, bien podrían ser los Re...

Lupe entró por la puerta en ese momento con una bandeja. Paco se giró hacia ella. Ahora que la veía de cuerpo entero, enfundada en un uniforme ajustado, era más impresionante aún. La chica volvió a abrir la sonrisa de teclado de piano y fijó sus ojos en la fotografía de Rocío Durcal firmada que estaba encima de la mesa del teniente.

—Oh, pero si conoce usted a la Gran Rocío, embajadora de España en mi país.
—No me diga que nació en México —los ojos de Paco parpadearon ligeramente ante el acento tan marcado.
—En el mismo “Veracruss”. Ah, disculpe, mi teniente que se me escapa el deje —dijo con una risita que la agitó toda la anatomía.
—El mejicano es un acento encantador, señorita. La foto me la firmó en persona hace muchos años la Grande.
—Pero teniente, si se la compré yo por su cumpleaños en el chin...
—Eladio, vaya a ver cómo están los detenidos ya que se preocupa tanto de su bienestar. Yo voy a entrevistar a la nueva agente.

Eladio frunció el ceño, se levantó y antes de salir se echó el café al estómago de un trago. Mejor estar despierto. No quería que nada estropease su futuro ascenso. Ni siquiera un teniente borracho y salido.

—Cierre la puerta al salir. Gracias. Ya ve usted, joven, cómo funcionamos en esta comisaría. Grandes detenciones, alijos millonarios, ascensos. Hay grandes posibilidades, agente.
—Oh, mi teniente, solo soy un agente en prácticas, nada más, ji, ji, ji.
—No, por Dios, no podemos dejar escapar a un enlace internacional como usted. Desde mañana será agente de pleno derecho. —Los ojos medio cerrados se quedaron fijos en ella durante un minuto incómodo, hasta que la chica no pudo más y desvió la mirada hacia un armario del fondo del despacho que estaba medio abierto.
—Vaya, ese borde que veo ahí asomando ¿es un sombrero mariachi, mi teniente?.
—Si, je, je, je, eso es un regalo de mi muj... de una amiga que visitó Cancún hace algunos años. En casa no sabía dónde ponerlo y acabó ahí —en realidad el sombrero servía para acompañar a Paco cuando se arrancaba por rancheras en la soledad de su despacho.

La chica se puso seria de repente, bajo la cabeza, volvió a levantarla e hizo un puchero.

—Oh, pero, ¿qué la ocurre? —Paco hizo ademán de levantarse, pero la habitación dio una vuelta completa a su alrededor y se lo pensó mejor.
—Es que me trae recuerdos de mi Veracruss querido y mis papáss.
—Pero aquí se sentirá como en casa, ya verá, la cuidaremos mucho.
—¿Puedo pedirle un favor, mi teniente? —dijo con su mohín encantador— Oh, pero es que es una tontería sensiblera.
—Pida, por favor, faltaría más.
—¿Le importa que me ponga un momento el sombrero? Solo un momento para recordar mi tierra querida.

A Paco le recorrió un escalofrío desde la punta de los pies hasta los escasos pelos de la coronilla. La garganta se le cerró ligeramente.

—Profrr favorr, encrantado...

La chica se levantó, de espaldas a Paco, se puso el sombrero ligeramente ladeado y volvió la cabeza de medio lado con las manos en las caderas. La sonrisa de teclado apareció inmensa. Los ojos de Paco se abrieron como platos dejando ver una constelación de venitas rojas. Su mano se movió lentamente hacia el magnetófono que había encima de la mesa y pulsó un botón.

Cucurrucuuuuuuuuuuuu.... Palooooooomaaaaaaa...” cantó La Grande y a Paco le apareció una tienda de campaña para doce, con porche y todo, a la altura de la bragueta.

Sentado en su mesa, los ojos de Eladio miraban alternativamente la imagen de los calabozos en su ordenador y los baúles del fondo de la sala. Hacía rato que no podía pensar en otra cosa. Notaba cómo se iba obsesionando poco a poco sin poder evitarlo, tanto que ni oía la música que sonaba al otro lado de la puerta del teniente. «Madre mía, es que son tal cual. Y esas chicas de pie a su lado, tan serias. Qué tonterías piensas, Eladio, pero es que sería tal alucinante que fueran ellos». En ese momento el preso negro movió la cabeza, miró directamente a la cámara e hizo el saludo típico árabe, tocándose la frente, la boca y el pecho. 

A Eladio se le secó la boca, su mente se disparó de forma alocada y ya no fue consciente de nada a su alrededor. Unas gotas de sudor resbalaron por sus sienes. Echó atrás la silla, sacó el crucifijo de debajo de la camisa y lo besó con fervor. Los otros dos presos miraron hacia la cámara y asintieron elegantemente con una sonrisa beatífica. Eso fue demasiado. Eladio salió corriendo en dirección a los calabozos.

Cuando llegó a la puerta principal, se asomó con cautela. Al fondo estaba la celda número tres, pero desde esa posición no se veía a quien estaba dentro. Había perdido totalmente el color de la cara y grandes chorros de sudor le corrían por la espalda. El corazón le latía desbocado como nunca en su vida.

Avanzó por el pasillo hasta ponerse delante de la celda. La imagen no había cambiado nada. Los tres presos con sus pajes a los lados. Eladio estaba ya totalmente ido. Iba a abrir la boca cuando se levantó el negro.

—Hola Eladio, sabes quienes somos, ¿verdad?
—Habláis mi idioma, majesssstat—farfulló un descompuesto Eladio.
—¿Sabes cuál es nuestra misión, humilde creyente?
Prfffuessss, claaro...
—En esta noche sagrada debemos viajar más allá del horizonte y entregar nuestras ofrendas a quien tu sabes, bendito sea por siempre. Nuestro camino es largo y debemos continuar, tal y como está escrito. Nos guía la Estrella Sagrada.
—Si señor, digo, si majestad... amén.
—Ya sabes entonces lo que hay que hacer —dijo el rey negro, sacando la mano por los barrotes y acariciando el sudoroso rostro del agente.

Varios minutos después se había formado una comitiva en la sala principal de la comisaría. Delante estaban los tres presos con las manos cruzadas delante en posición solemne. Detrás se situaron sus pajes, sosteniendo cada cofre por parejas. A una señal del rey negro, todos se pusieron en movimiento y empezaron a salir en fila. Cuando pasaban por delante del despacho del teniente, se escuchó un “ayayayayayyyyyyy...” mariachi, pero a ninguno pareció extrañarle. 

Pasaron por delante de un monitor en el que se veía la imagen de los calabozos. Una figura yacía tendida en el duro suelo de hormigón. Incluso a través de los pésimos altavoces de la pantalla podía escucharse los sonoros ronquidos que emitía Eladio.

Cuando la comitiva real salió por la puerta y los primeros rayos de sol empezaban a asomar tímidos, una furgoneta encendió sus luces a escasos veinte metros, aceleró quemando neumáticos y se paró justo delante. Una puerta se abrió y seis presurosos ayudantes de rey mago alzaron los cofres y los colocaron en la parte de atrás. A continuación subieron todos y la puerta se cerró con un golpe. El conductor metió primera y en el momento en el que iba a acelerar, una figura se puso delante de la furgoneta apuntándoles con el revólver reglamentario.

—¿Dónde coño vais vosotros?

Tres reyes magos, seis pajes y un conductor gordito se apresuraron a levantar las manos hasta tocar el techo. Sus ojos miraban asombrados a la mujer de formas perfectas y grandes ojos oscuros que estaba al otro lado del cañón de la pistola. Su aspecto no era muy bueno: la camisa estaba abierta, mostrando un sujetador negro que apenas contenía unos pechos grandes y redondos, el pantalón estaba a medio abrochar dejando ver el borde de unas bragas negras de encaje y la larga melena estaba medio revuelta.

La mujer se desplazó con cuidado, sin dejar de apuntarlos, hasta la puerta del pasajero y la abrió de un golpe. De repente bajó el arma y se encaramó de un salto al asiento.

—Os ibais sin mí, panda de cabrones.

Los diez pasajeros de la furgoneta seguían con los brazos en alto mirando aquella semidesnudez. Incluso las chicas no podían apartar los ojos de aquellos pechos perfectos, hasta que el conductor atinó a abrir la boca.

—Joder, Estrella es que tardabas y pensamos que tendrías para largo, pero... ¿qué te ha pasado?
—¿¿Que qué me ha pasado??... Pues me ha pasado que el gordo cabrón ese no se ha tomado el café con la droga y me lo he tenido que tirar para que pudieseis escapar, panda de estúpidos. Menos mal que nada más culminar se ha desmayado el saco de manteca ese. Joder, lo que ha aguantado el mamón con la mierda esa de las rancheras y el pedo que llevaba... pero, ¿queréis bajar las manos?... a ver, abrid los cofres. Los tres baúles se abrieron a la vez y un fulgor azul salió de ellos.

—Buff, menos mal, la “meta” está bien. Si le llega a pasar algo a mi droga azul, os corto los huevos a vosotros cuatro y a vosotras os devuelvo al puticlub de mierda ese. —Se abrochó entonces la camisa y el pantalón y se peinó con las manos la larga melena negra— ¿Y el santurrón? ¿qué ha pasado con él?
—Se desmayó en cuanto nos abrió la puerta.
—Bueno, que sea la última vez que tengo que acudir al rescate. Dios, qué numerito he tenido que montar poniendo acento de Emiliano Zapata y cantando rancheritas. Esta no os la perdono. Arranca ya, Claus.

El conductor, de panza redondeada, carrillos sonrosados y pelo blanco apretó el acelerador.

—Tú nos guías, Estrella, jou, jou, jou.