domingo, 22 de marzo de 2015

Lluvia de caramelos

Relato presentado en el Taller del Club Ciervoblanco el 23 de Marzo de 2.015




El tío bueno de sonrisa perfecta y pelo ondulado me está empezando a caer gordo. Cuarenta minutos y no se me ocurre nada que escribir sobre él. Cuando ya estoy pensando en rendirme, aparece mi preadolescente hija, canturreando distraída.

—Nena, ven un momento.
—Que estoy muy ocupada, papi.
—Mira esta foto y piensa en alguna historia que se te ocurra.
—Umm... ha pisado una mierda.
—¿Por eso iba a estar contento?
—Es que dicen que te toca la lotería si pisas una.
—Hija, otra cosa.
—Umm... es un médico que estaba parado y le han contratado para salvar a un señor rico que se está muriendo.
—Nena, ¿está contento porque alguien se muere?

Empiezo a preocuparme seriamente por mi vejez.

—Bueeeeno, otra cosa... va a caer una lluvia de caramelos.

Me llevo los dedos a los ojos y los aprieto hasta que empiezo a ver estrellitas. Me gustaría matar al dentudo de la melena ideal.

—¿Tampoco? Bueno, a ver esto: le acaban de llamar para entrar en Gran Hermano 27 y ya está contando la pasta que ganará como tertuliano del corazón.

La miro ojiplático. Ella me mira como si fuera tonto.

—Papá, el primo acabó la carrera y el máster a los veinticinco y está trabajando en un McDonalds. O pisas una mierda o entras en Gran Hermano.


Cierro la boca antes de que me entre una mosca y pienso... «Me quedo con la lluvia de caramelos»

domingo, 15 de marzo de 2015

El pupitre de al lado

Relato presentado en el taller de escritura Ciervoblanco el 14 de Marzo de 2015






Manolo fue el artífice de aquella sorpresa. Me convenció para que le acompañara a recoger a su nieto y ,distrayéndome con su charla, me metió en el aula. Abrí los ojos sorprendido. Allí estaban Paco, sentado en su pupitre de antaño, y su sobrino Antonio, con cara avergonzada.

– Siéntate, chaval -me dijo Manolo, socarrón-. Ahora seré yo quien dé la clase, que Don Faustino ya lleva tiempo bajo tierra.

Todos reímos, incluso Antonio, que no sabía muy bien qué hacía allí. Luego, nos transformamos en aquellos niños que habíamos sido una vez. Levantamos la mano, hicimos preguntas, nos tiramos papeles, escribimos en la pizarra, reímos en alto y montamos todo aquel despropósito divertido que había sido nuestra infancia. Reí hasta enrojecer con cada payasada.

Cuando estaban más distraídos, mis ojos se fijaron en el pupitre de al lado y recordé a la niña rubia que se sentaba allí. Sus ojos azules me tuvieron embelesado durante años.

-Venga, ya vale de hacer el tonto. Vámonos a tomar algo -dije.

Cuando aquella noche llegué a casa, fui directo a por el viejo álbum. Allí estaba la foto de fin de curso. La niña de los ojos azules estaba al lado de Paco, cogiendo su mano. Suspiré.

Una dulce voz aniñada me habló por encima del hombro.

-Abuelo, ¿qué estás mirando?

-Las fotos viejas que te gustan.

Un dedo regordete señaló la figura de la niña.

-La abuelita de pequeña.

-Si cariño, así era -y sonreí a aquellos ojos azules.

domingo, 8 de marzo de 2015

La decisión

Microrrelato presentado al concurso "Relatos en Cadena" de la Cadena SER



A nadie se le ocurrirá que solo quiso volar, como antes. La capa al viento, la máscara en los ojos y el uniforme azul, ajustado al cuerpo, tal que una segunda piel. Las visitas vendrán temprano, tras la siesta y el chocolate con bizcochos. Cuando no le encuentren, las enfermeras, desesperadas, le buscarán por los jardines, mirando detrás de los setos y en cada banco del parque. Al final, alzarán los ojos y verán la solitaria silla de ruedas en el borde del tejado de la residencia, un poco inclinada hacia delante. Entonces su hijo recordará aquella decisión: «dormitorio para Padre o despacho para mí».

lunes, 2 de marzo de 2015

Habitantes de Oniria

Relato seleccionado para el recopilatorio del Club de Lectura CiervoBlanco

Taller de Escritura Creativa del 28 de Febrero de 2.015

Microrrelato de máximo 250 palabras basado en la siguiente fotografía



Habitantes de Oniria


Llego del trabajo y me lo encuentro como siempre, flotando en sueños. Le grito para que despierte.
—Alex, ¿qué haces?
—¿Eh?, nada… estudiando.
El libro abierto descansa estoico bajo sus codos.
—Lo que tu digas —murmuro entre dientes.
Hay tantas posibilidades de hacerle entender a un adolescente lo dura que será la vida si no estudia, como que tu perro sirva la mesa y te aconseje un buen vino para la cena.
Prefiere vivir en ese mundo imaginario que ha creado para si mismo. Allí no hay padres capullos que te obligan a estudiar. Allí es capaz de volar a su antojo, con sus propias alas.
«¿A quién ha salido este niño?», me pregunto. Soy un tío trabajador que mantiene a su familia, un hombre responsable, con los pies en la tierra.
Aprieto los dientes desesperado y me voy al salón a tomarme una copa. Me siento en el sofá con un suspiro… ¡Mierda!, me he dejado el bombín puesto al entrar en casa; qué fastidio tener que levantarme. Ah, pero no todo está perdido… cierro los ojos con fuerza, elevo los brazos, me concentro y el sombrero empieza a flotar, camino del perchero…
—Álvaro… ¿qué haces?
Mi mujer me observa desde la puerta, sonriendo. Me miro en el espejo. Un cuarentón barrigudo, con el bombín del trabajo todavía puesto y las manos alzadas como si orara al sol… ridículo.
—Nada, maldita sea —exclamo enfadado mientras lanzo el sombrero hacia la entrada.