miércoles, 15 de abril de 2015

La noche eterna


Kopel giró los ojos hacia el tercer palco de su derecha, el de la segunda planta. Unos ojos azules le devolvieron la mirada y, aún en la distancia, no pudo dejar de sentir el odio que destilaban.

Las luces se atenuaron y el silencio se adueñó de las butacas. Kopel se levantó, apoyó el violín en la clavícula y flexionó sus dedos deformes en lo que parecieron una serie de movimientos casi obscenos. El público contuvo el aliento, como cada noche, sin embargo, aferró el arco con la seguridad habitual y lo apoyó dulcemente sobre las cuerdas. Cerró los ojos y Johann Sebastian Bach empezó a deslizarse por el aire. Las notas se esparcieron por el gran teatro, se colaron entre las butacas y luego ascendieron hacia los palcos. Cuando llegaron al tercero, los ojos azules se cerraron crispados, para abrirse al momento con un deleite imposible de ocultar.

La primera gota de sudor apareció enseguida, apenas empezar. Era una de las señales que anunciaban el dolor. Solo Kopel era consciente de la tensión que tenía que ejercer sobre aquellos tendones retorcidos y solo un alma entre aquellos cientos se imaginaba lo que debía estar sintiendo. Y a pesar de todo, el arco seguía moviéndose sin vacilaciones y aquellos garras seguían apresando las cuerdas contra el mástil.

El lamento del violín se mantuvo durante lo que pareció una eternidad hasta que sonó la última nota. Luego se hizo el silencio. Entonces los espectadores parecieron despertar repentinamente y la ovación se elevó, ensordecedora. Los ojos azules se abrieron y los dientes blancos y perfectos que había debajo rechinaron de rabia.

Una hora después Kopel abandonaba el Palacio de la Música. Salió por la puerta trasera. En la acera de enfrente un hombre alto, rubio y de ojos azules le esperaba. Se miraron a través del frío nocturno. Kopel se subió la manga y acarició el número tatuado sobre su piel. Markus, desde la distancia, esperó, pero una vez más, nadie vino a detenerle. Y era así cada noche desde aquella lejana en la que Kopel había reconocido a su torturador entre el público.

«Sería tan fácil sacar la Luger ahora mismo», pensaba Markus, y la acariciaba en el bolsillo de su abrigo. Pero nunca era capaz, igual que no era capaz de dejar de acudir cada noche a aquel palco. «Lo intenté. Intenté destruirte a ti y a tu música, judío. ¿A qué esperas para denunciarme?»

Pero Kopel se limitaba a mirarle durante unos minutos mientras acariciaba el número tatuado y luego se giraba y se iba. Sabía que Markus acudiría cada noche, sabía que el dolor de sus manos destrozadas no era nada comparado con el odio que carcomía a aquel ser podrido.

Alargaría la venganza hasta que el arco cayera de sus manos muertas.