domingo, 31 de mayo de 2015

El aire que perdona

Las cortinas ondean suavemente. Entran y salen por la ventana como si el aire se encontrara indeciso. Las empuja hacia dentro, echa un vistazo y vuelve a salir, asqueado por lo que ve. «Huid, venid conmigo, no tenéis por qué soportar a estos hombres y lo que hacen». Y luego cambia de opinión, quizá porque le damos pena, y vuelve a entrar y las mete dentro de la habitación. «Puede que no sean tan malos. Mirad a ese que está sentado en el suelo. No parece tan podrido como los demás». Pero luego ve lo que he hecho y se asquea, y las empuja de nuevo hacia fuera. Yo no quiero que se vaya, no quiero que me juzgue, porque todo tiene su razón y todo pasa por algo. Y además, me alivia cuando me acaricia la cara ardiente.

«¿Tú también crees que es culpa mía?», pienso.

Y al viento le cuesta entrar de nuevo, como si quisiera castigarme por mis pecados.

Mi amigo El Negro, el que está tumbado bajo la ventana, siempre me dijo que yo era un pesimista amargado. Seguro que tenía razón. Nos conocimos en una epoca en la cual yo llamaba cada día a las puertas del infierno para que me dejaran entrar. Mis credenciales eran una jeringuilla en el brazo y una pistola en la sién. Él llegó y me quitó el arma, dejó mi brazo tranquilo y no hizo preguntas. Me dije entonces que quizá había encontrado un amigo, pero con los años me dí cuenta que en realidad El Negro solo era el portero de otra entrada al infierno. En todo caso ahora ya da igual. Hace rato que sus ojos miran fijos la pared de enfrente y su pecho ha dejado de subir y bajar.

No se ha ido sin dejarme un regalo. Es una bonita sonrisa de sangre, aquí, justo en mi costado izquierdo. Me la ha tallado con uno de sus cuchillos, uno de los que guarda, como si fuera un mago, en los rincones más recónditos de su persona. Están tan ocultos que a veces he llegado a pensar que los guarda en el alma. Mueve las manos y aparecen de la nada y dibujan sonrisas de labios de sangre en el cuerpo de las personas. Le he visto hacerlo docenas de veces, pero nunca he podido pillarle el truco. Nada por aquí, nada por allá, y de repente, el hombre que tenía enfrente se doblaba en dos, con la vida escapándose por el tajo. Era un verdadero artista en lo suyo, hay que reconocérselo.

En esta ocasión tampoco le he visto venir, pero tampoco puedo echárselo en cara. Yo le he abierto un boquete en el pecho en el que le cabrían la cartera y el móvil. La imagen mental me hacer reír. «Joder, si lo piensas bien, lo mismo le cabe también el monedero». 

Empiezo a soltar carcajadas y la sonrisa del costado escupe un poco de sangre a cambio.

Las cortinas se mueven de nuevo y yo le agradezco al viento que vuelva y me acaricie el sudor de la frente. Trae consigo ulular de sirenas. Siempre acuden, como buitres, al sonido de los disparos. No es la primera vez que las oigo. Antes de ahora me han seguido a muchas partes, aunque toda vez conseguí mantener las distancias. Supongo que fui demasiado listo o demasiado afortunado. Ni un solo día en el talego, a pesar de todos mis errores… o de todos mis pecados… no estoy seguro. Son la misma mierda… ¿no?

Intento pensar, pero no sé cómo he llegado a estar sentado aquí, con mi amigo muerto a pocos metros. No consigo hilvanar ideas con sentido desde hace rato.

Algo se mueve en la periferia de mi campo visual y levanto la pistola encañonando las sombras. Lo veo todo nubloso e intento apuntar, pero no disparo, no soy un loco. Solo quiero controlar a aquella figura que parece acurrucada en un rincón.

El movimiento me provoca una oleada de dolor increíble que me recorre toda la parte izquierda del cuerpo y pierdo el sentido.

Abro los ojos y no sé cuánto tiempo he estado inconsciente. Habrá sido poco, porque la figura borrosa permanece quieta en el rincón y las sirenas suenan igual.

Sé que esto no tiene solución. He visto heridas como esta antes y no suelen acabar bien. Bajo la pistola. Me da igual todo.

Oigo un movimiento, un arrastrar de pies. El negro no puede ser, eso seguro. Por un momento se me aclara la vista y distingo a una chica. Ella era la figura borrosa del rincón. Se acerca con miedo. Está casi desnuda, cubierta apenas con unas bragas y un sujetador diminuto. No acabo de entender qué hace aquí, en esta habitación.

Bijeli Vojnik —me dice.

No debería entenderla, pero esas palabras flotan en algún lugar de mi mente. Me resultan familiares, las he escuchado antes. Si el dolor me dejara pensar solo un momento, podría acordarme.

Bijeli Vojnik, ¿tú no recuerdas?

Sé que estas palabras son importantes, o fueron importantes en algún momento.

La chica no parece tenerme miedo, a pesar de que sujeto una Glock con la mano derecha y está claro que sé utilizarla. Se arrodilla a mi lado. Es rubia, con los ojos azules, y delicada como una ninfa. Su mirada me llena de sosiego, de paz. Me trae un sentimiento olvidado hace muchos años. Una época en la que todas las cosas eran nítidas, estaban definidas, eran fáciles de entender, no como ahora.

Una vez oí a alguien decir que justo antes de morir hay una mejoría, una especie de recuperación. La estoy esperando para poder pensar con claridad y saber quién es esta chica que me hace sentir bien justo ahora. Por alguna razón sé que es importante. No puedo irme sin saberlo.

—Mira lo que te ha hecho —dice, mientras me acaricia la cara e intenta tapar la herida de mi costado.

Me gusta cómo me toca. Es reconfortante. A pesar de estar casi desnuda y tener un cuerpo precioso, no pienso en el sexo. Puede que sea por la cercanía de la muerte. Mis ojos se encuentran entonces con la cama que está en el otro lado de la habitación. A su lado hay una mesilla de noche y encima un reloj digital grande, con unos números rojos enormes. Es una especie de cronómetro. Otro relámpago mental y entiendo dónde estoy. Ahora sé por qué la chica va casi desnuda.

—Eres demasiado bonita para ser puta.
—Oh, Bijeli Vojnik.

Oculta la cara entre las manos y solloza en voz baja. Una lágrima se desliza por su cara, dejando un rastro húmedo. No puedo apartar los ojos de esa lágrima, no soy capaz. Sin saber por qué, pronuncio su nombre.

—Lamia.
—No es así, Vojnik, te lo dije muchas veces. Es Lamija —dice, rompiendo a llorar por fin.

Sonrío contento. No me iré sin saber.

—¿Eres mi novia?
—Qué tonto eres —sonríe mientras habla y me acaricia la frente sin importarle que le manche de sudor su mano fina y blanca.
—Dime por qué disparé al Negro.

No me responde. Coge mi mano y me deja en la palma un trozo de tela verde. Es una especie de cinta basta y medio deshilachada. Le doy la vuelta y leo mi nombre, J.C. Martín, escrito con rotulador negro. La miro, confuso.

Sus ojos azules son profundos e inocentes. No me acusan, no me juzgan. Noto que mi pulso se dispara. Dejo de verlo todo difuso. La habitación se vuelve clara, con aristas definidas y colores fuertes. Ella se acerca hasta que veo mi cara en el reflejo de sus ojos. Mis rasgos cambian, se desdibujan. Ya no soy yo, el de ahora, el que está aquí sentado con la vida escapando por el costado, soy otra persona distinta y lejana en el tiempo.

Y recuerdo...

Voy andando por un camino, rodeado por mis compañeros. Hace dos días que nieva sin parar y nuestros uniformes verdes están cubiertos de blanco, como muñecos de nieve andantes. Mi fusil apunta al suelo y mi dedo está en el gatillo. Hay muchos cadáveres alrededor y el humo se eleva de los tejados de las casas. El olor a carne podrida lo invade todo. Mis nervios están tensos. De repente, hay un revuelo a mi alrededor y alguien grita emboscada, y todos se tiran al suelo menos yo. Un ser pequeño, cubierto de barro blancuzco y de no más de un metro de altura, corre hacia donde estamos. Le apunto sin pensar. Tenso el gatillo, pero solo Dios sabe por qué no disparo. Le sigo con la mirilla de mi arma hasta que está a solo dos metros de mí. Algo en el fondo de mi cabeza grita que si lleva una bomba adosada estoy muerto, estamos todos muertos. Dos ojitos resplandecen entre la suciedad y el barro manchado de nieve. Me habla en un idioma que no entiendo. Es solo un crío, pienso, y bajo el arma lentamente. Me mira con tristeza, pero creo que estoy inmunizado contra el dolor después de todo lo que he vivido en los últimos meses. Alguien grita adelante y todos se ponen de pie y continúan el camino, miradas arriba y abajo, rastreando cada rincón, cada roca, cada muerto, no sea que vuelva a la vida.

Me dejan atrás. Tengo que irme, pero mis pies no se mueven. «Vámonos, ¿qué coño haces» dice mi mente. Y mi corazón le riñe y le hace callar, y ella cierra la boca enfurruñada. Me paso el fusil al brazo izquierdo y con el derecho cojo al crío. Una carrerita y estoy con mis compañeros de nuevo. Me miran extrañados, pero ninguno dice nada, incluso mi sargento, bestia innoble, no abre el pico.

… la luz se diluye en los ojos de la chica. Jadeo. No, no, no… no puedo irme ahora. Tengo que recordar más, tengo que saber…

Las imágenes vuelven a ser nítidas.

...Jadeo, jadeo…

Llegamos al campamento. Me duele el brazo de acarrear al pequeño fardo viviente. Dejo mis cosas en la litera y traigo un barreño de agua. Cuando los jirones de ropa caen, resulta que el crío es una niña. Le tapo con cuidado y llamo a una mujer soldado para que le atienda. Una vez limpia, me mira con unos ojos azules profundos. Señala mi nombre, el que llevo cosido encima de mi bolsillo izquierdo. Lo agarra y tira de él. Despega el velcro que lo mantiene en su sitio y yo no soy capaz de quitárselo, ni de regañarla por ello. Lo mira y dice dos palabras.

Bijeli Vojnik.

… Jadeo…

Estoy en la consulta del psiquiatra. El corazón me va a mil por hora y sudo a mares. Quiero vomitar. «Es un ataque, tranquilícese» me dice el de la bata blanca. «Se quedó allí» le respondo. «No pude traérmela. Se quedó allí la pequeña. Se quedó allí, y yo me vine y la dejé allí» y lloro, y moqueo de forma patética. «¿Quién la cuidará? ¿No lo entiende? ¿Es que no lo ve?». Una aguja entra en mi brazo y suelta un chorro ambarino de tranquilidad. Me relajo.

… Jadeo…el pecho… duele…

Han pasado meses, años, el tiempo es confuso. Las marcas de pinchazos en mi cuerpo son numerosas. Es el coste de la tranquilidad. Mis compañeros ya no visten de verde, aunque si portan armas. Ya no buscan muertos en pueblos destruidos. Ahora los muertos los fabricamos nosotros. Busco el olvido, la miseria, la violencia. Busco el castigo por dejarla allí abandonada. La sangre forma gotas en mis manos al principio, luego son charcos, después arroyos y acaban siendo ríos. Soy uno de los malos ahora. Es lo que merezco.

… Jadeo… aire… no respiro…

El Negro y yo estamos acodados en la barra, bebiendo. Me golpea la espalda y se ríe. «Andá ya, maricón, te veo blando últimamente, te veo dudar. No eres ya la máquina de antes ¿Qué pasó?». Me echa el brazo por los hombros. Somos buenos camaradas. Hermanos de sangre nos llaman. «Andá, vamos a pasarlo bien con unas nenas y que se te olvide ya eso que te ronda». Yo le hago caso, levantamos la cortina y pasamos al burdel.

Vienen chicas con uniforme de puta. El Negro elige y yo también. Vamos por el pasillo, él agarrando el culo de su elección, yo con el brazo en la cintura de la mía. Entran en su cuarto y atisbo el interior un segundo. Una mierda de cuarto de prostíbulo, con su bidé y su papel higiénico, con su olor a ambientador tapaolores, con su contador de tiempo en números rojos encima de la mesilla, al lado de los condones.

… aire, aire…

Les dejamos y continuamos por el pasillo. Mi chica abre la puerta de su habitación y veo la misma mesilla, con los mismos condones y el mismo cronómetro de números rojos... y la miro a ella, joven, bella, preciosa, de ojos claros, de mirada cansada. Algo que he visto me viene a la mente. Y entonces comprendo.

Aprieto los dientes y ella me mira asustada, como si supiera algo, y se encierra en la habitación. Me doy la vuelta corriendo, empujo la puerta con violencia y el Negro salta de la cama en calzoncillos. «Ja, ja, ja, ¿no te gusta tu nena?, ¿es qué prefieres la mía? Al final encontré a la putita que te andó jodiendo la mente durante años, flaco, ja, ja, ja. Lo que nos reímos imaginando tu cara cuando te enteraras. Andá ya a joder y déjame que lo pase bien... ¿Qué pasa, no te gustó la bromita?... ¿Pensabas que no lo sabíamos, que no te investigamos, que no hablamos con tus loqueros?... Ya verás como ahora sí que se te pasa la tontería. Andá ya... ¿Y esa cara? ¿Qué te pasa? Joder... solo son putas».

Cuando acepté la invitación del Negro y atravesé las puertas de su infierno supe que, de una forma u otra, algún día tendría que pagar el peaje. Los que me esperaban al otro lado no eran amigos ni compañeros, solo querían mi rabia, mi desesperación. Solo eran perros rabiosos y como tales, siempre supe que algún día buscarían mi yugular. No hay razones, no hay causas. Unicamente sé que ese día ha llegado.

Miro la mesita con su cronómetro de números rojos y sus condones. Al lado hay una tira verde con un nombre escrito con rotulador negro. Unos ojos azules me miran desde la cama del Negro. Me hablan sin palabras: «Bijeli Vojnik». La rabia me invade. Desaparece todo y solo queda un pensamiento: «...mi niña...». Saco la Glock , apunto al Negro y el mundo se vuelve del revés. Solo hay gritos, disparos, dolor…

...jadeo...

El aire empuja las cortinas y me acaricia la cara, y me llena los pulmones por última vez. Bendito viento que perdonas.

—Al final te encontré, mi Lamia, mi Lamija —digo mientras sonrío

—Me encontraste hace mucho tiempo, mi Bijeli Vojnik, mi soldado blanco.