lunes, 28 de noviembre de 2016

El imperio de los sentidos.


*Taller del 27 de Noviembre de 2.016. Foto usada como disparador creativo


─Te lo voy a explicar otra vez, chinita… perdona ¿cómo te llamabas? Joder, mira, te voy a llamar Juani, ¿vale?

─…

─Ya, ya, que tu padre te llamó así en honor a un antepasado, pero yo te llamo Juani como a tu compañera la llamo Vane. Venga, que nos quedamos sin luz para la toma. Mira, Juani, tú y Vane vais paseando por el bosque cuando el gran toro macho os dice…

─…

─¿Qué todos los toros son machos? Te presentaba yo a un travelo que tengo de vecino que parece la Norma Duval de joven y ya ves, luego le cuelga un manubrio como el paraguas ese que llevas en la mano, hija. No te disperses, escucha: tú y Vane estáis a vuestras cosas y el gran toro os dice: “¿Dónde vais hijas del deseo?” y a vosotras se os abre el quimono de la impresión… ¿qué eso es de los japoneses? Mira, china de los hu… vale, vale… calmémonos. No, Felipe, no me agarres del brazo ¿eh? Mecagontó.

─…

─No, Vane, el toro es de cartón. Bueno, sigamos, por diosssss… Sí, gracias, Felipe, sécame el sudor que ya… ¿Dónde estaba? Se os abre el quimono y se os ve el hámster… ¿Qué eso no lo pone en el contrato, Juani? A ver, Felipe, cuando te dije que buscaras dos tontuelas para rodar “Hasta el rabo todo es toro”, versión porno de “Pearl Harbour”, ¿por qué se te ocurrió traer a las dos chinas del Todoacien de tu barrio?

─…

─No, idiota, lo de engañar como a un chino es un decir. Pero, ¿tú crees que colocarnos la coca-cola de Hacendado a tres euros es de ser tontos? No me jodas, y encima ahora se han pirado. A ver qué hacemos... anda ya, Felipe, ¿tú y yo? Lo que me faltaba. Deja de poner esos ojos, ladrón.

martes, 15 de noviembre de 2016

Hijos del Dios blanco



*Versionando cuentos infantiles*

El viejo yonqui temblaba tirado en el callejón. Suspirando, cerró los ojos y rogó al Dios Blanco que le trajera algo que llevarse a la vena. Cuando los abrió, la respuesta venía andando por el callejón, entre espasmos. Al llegar a su altura, se dejó caer a su lado.

-Eres joven para cabalgar este jamelgo, chaval.
-¿Qué sabrás tú, puto borracho? –respondió el recién llegado.
-Sí –dijo el anciano-. Tú rezas al mismo Dios, solo que yo llevo más tiempo con él, tanto que conozco muchas de sus historias. Te contaré una: hace no mucho tiempo existió un parque habitado por un drogadicto, uno de esos que viven su mierda interior sin manchar a los demás. Un día, los comerciantes del barrio decidieron que era malo para el negocio y, en una noche oscura, le acorralaron. Dicen que los gritos se oyeron desde lejos, dicen que ellos sonreían mientras le golpeaban, dicen que murió, pero cuando se alejaban alguien dijo haber oído un grito jurando venganza. Nadie hizo caso. Meses después la hija del pescadero, aficionada al humo que marea, fue abordada por un joven que le ofreció probar algo nuevo. Ella le siguió, alegre, hasta un callejón como este mismo y nunca más se la volvió a ver. Luego fue el hijo del carnicero, la pequeña del sastre, el primogénito del mecánico, y así, uno detrás de otro hasta la docena. Jamás encontraron los cuerpos. Alguien recordó al drogadicto que habían dado por muerto y todos lloraron desconsolados. Los negocios cerraron y nadie volvió a pasear por aquel parque, pero de él, nunca más se supo.

El anciano calló, terminada la historia, y se miraron. Su mano voló al bolsillo buscando la navaja, pero el joven reaccionó más rápido y le clavó un trozo de vidrio en el pecho, parando así un corazón adicto.

-A ver dónde guardas la heroína, cabrón.

Registró los bolsillos, pero solo encontró basura, así que le dejó y caminó hacia la salida del callejón, tan conocido para él. Se acarició las viejas cicatrices y sonrió divertido. Tanto daban doce víctimas como doce más una.

lunes, 31 de octubre de 2016

Motivación

Ejercicio de improvisación
Disparador creativo: la foto que se adjunta
Tiempo de ejecución: 10 minutos



─A ver, nena, has hecho esto tantas veces que te tiene que salir solo. Venga, mira a cámara. ¡¡Quiero una expresión de horror!! Ya lo sabes, el anunciante va a sacar este disfraz de Frankenstein antes de dos semanas y quiere niños acojonados como imagen, niños sufriendo, ya sabes. ¡¡Vamos, niña, coño, cara de asustada!!
─…
─No, joder, esa cara es la del anuncio del antihemorroidal… esa tampoco, que es la de cuando hicimos el anuncio del vinagre.
─…
─Pero, joder, ¿dónde está tu profesionalidad?... No me pongas morros, ¿eh?
─…
─Vale, tú te lo has buscado. Felipe, tráeme el martillo… Sí, coño, no me pongas tú también pegas, ¿vale? Tráelo y punto.
─…
─Claro, claro, tranquila si esto va a ser un momento. Mira, aquí tenemos el martillo… y aquí tu móvil… ¡¡Siiiiiii, esa es la cara que yo buscaba!!!…

domingo, 17 de julio de 2016

El vacío conocido


Homenaje a Cervantes y Shakespeare, dos personajes tan distintos como distinta era la cultura a la que pertenecieron. Una interpretación más de cómo se habrían conocido en otra época.


El vacío conocido

El Lexus color chocolate fue a pararse a dos puertas del número trece de la calle Melancolía. Seis menos y hubiera podido salir cantando a Sabina. Bonito nombre para un trozo de asfalto perdido entre fábricas. La voz del GPS insistía en seguir hasta la siguiente rotonda, advirtiendo de que no era buena idea pasear por allí a aquellas horas de la noche, sin embargo, tecnología punta, fabricación de lujo, pero si no hay petróleo, se para. «Me encanta el color chocolate. Que sea chocolate, por favor» había dicho Lola. Y allí que fue Álvaro y lo pidió de ese color marrón que a él, en realidad, le parecía color mierda. Pero es lo que tienen las amantes, que cuando te piden las cosas con la boca llena es imposible negarles nada.

Pensó en llamar al seguro y que le trajeran una lata de gasóleo. Miró alrededor. Silencio absoluto, farolas que eran islas de luz, un cielo totalmente negro y en el número trece un cartel de neón: Paraíso.

Suspiró. Había sido un día de mierda, después de una semana de mierda, después de una vida de mierda. Miró el portátil que descansaba en el asiento de al lado. Si tan solo pudiera… «Bah, no puede ser». Lo cogió debajo del brazo y salió del coche. Un whisky con limón en El Paraíso y luego llamaría al seguro. Necesitaba esa copa. Apoyó la mano en la madera y empujó. Salió a recibirle un olor que prefirió no identificar y una música chabacana.

Entró pensando que pasaría como en las películas del oeste. Todo el mundo se giraría, el piano pararía de tocar y el diría «solo quiero un whisky». Pero no, qué desilusión. Había hombres maduros y chicas con vestidos minúsculos. No mirar, no tocar, solo beber y terminar el día de mierda.

Instintivamente, se sentó al lado de otro bebedor solitario. El hombre estaba inclinado hacia delante. El pelo largo le cubría casi toda la cara. Solo sobresalía la nariz grande y ganchuda, como si fuera la aleta de un tiburón asomando en el océano. Álvaro dejó el portátil a mano y llamó al camarero. Cuando tuvo la bebida descansando sobre un posavasos, la cogió y le dio un trago largo. El primero siempre era el mejor. El que activaba las papilas, quemaba la garganta y hacía bailar a las neuronas. No era de beber mucho. Lola siempre le decía que era un aguafiestas porque no pasaba de dos copas. Luego pedía refrescos, codo apoyado en barra, mientras la veía bailar. No era su ritmo. Él prefería observar, mirar, fantasear sobre unos y otras. Imaginar qué hacían allí, a aquellas horas, dando saltos, con varias sustancias recorriendo sus venas, haciéndoles creer que el universo estaba en las pupilas dilatadas de la chica de la falda corta.
El melenudo se giró apenas y le miró.

─Un tipo valiente. A estas horas, por estos lares y con un portátil en la mano. ¿Vas buscando que te rajen?

Álvaro le observó. El pelo se había abierto, como si fuera el telón de un teatro, dejando ver unos ojos rodeados de arrugas y un rictus serio y alargado. Cada grieta de aquella cara parecía contar una historia negra.

─Tampoco guardo nada valioso en él. Se lo daría sin resistencia.
─No me digas, tío, un pusilánime en la calle Melancolía. ─dijo, soltando una carcajada ronca, como de fumador viejo.
─Es solo un trasto y parece que no me vale de gran cosa.
Los ojos detrás del telón se abrieron.
─He tardado un minuto de más en calarte. Los escritores frustrados tienen esa querencia. Acaban apareciendo por los puticlubs más tarde o más temprano. Es como si les atrajera el olor a cerveza rancia y los coños en venta. He visto a más de uno quedarse ahí mismo, donde estás tú, observando las manchas de la pared y esperando que les cuente las historias que su  talento no es capaz de parir. Va, no pongas esa cara de agrio. Empújate a la garganta eso que has pedido, que yo invito.

Álvaro se bebió de un trago el tubo y lo dejó sobre la barra. El camarero lo sustituyó por otro igual en un instante.

─Venga, chaval, cuéntame de qué van tus letras.
Dudó un instante. Sería fácil decirle que era el portátil del trabajo, que había unos informes de cuentas que le tenían loco, que las hojas de cálculo no funcionaban como debían. Suspiró, abrió el ordenador y lo encendió.
─Ahí tienes.

El hombre abrió los textos y empezó a leer. No supo cuánto tiempo pasó, ni las copas que el barman fue sustituyendo. El alcohol parecía inocuo. Ningún efecto, ningún entumecimiento del cerebro, solo el que ya existía dentro, en algún sitio indeterminado de su pecho. El hombre cerró el portátil, apoyó los codos en el mismo sitio donde ya los tenía antes y habló.

─Dedícate a otra cosa, lo que sea que hagas para vivir. Esto no es lo tuyo.
Álvaro le miró consternado.
─Que sí, chaval, te lo digo yo. Vamos a ver. Tienes historias ahí, buenas historias, pero… ─la aleta de tiburón se frunció como si oliera a pescado muerto.
─ ¿Pero…?
─Pero son bazofia que no te crees ni tú. Venga… solo veo tragedias ideales. Sí, ideales, no me mires con esa cara. Tus personajes son bellos e inteligentes, y hasta cuando las pasan putas hacen poses de teatro griego ─el hombre le miró directamente a los ojos─. Te voy a decir cómo eres: has venido hasta aquí montado en un cochazo, tu mujer es de esas de color tostado irreal y piel estirada, tu amante es bonita como una modelo y puta en la cama como no lo es tu esposa, tus nenes te piden para pagarse la maría mientras hacen como que estudian. Los lunes te levantas y te vas a tu oficina, donde miras el culo a tu secretaria mientras sueñas con follártela sobre la mesa. Vuelves el viernes a casa, después de haber repetido el lunes cuatro veces más, cenas y te subes a tu buhardilla a escribir como un puto bohemio, creyéndote que toda esa basura será algún día un bestseller que te dará libertad para abandonarlo todo y fugarte con la secretaria del culo bonito. Y así será el sábado noche, después de la cena con los amigos, y el domingo tarde. Y luego, el lunes, vuelta a empezar. Vida preciosa, sueños vacíos. ¿A que he acertado en casi todo, colega? Pues claro, coño.

El hombre golpeó con el vaso sobre la barra, solicitando al camarero. Luego se giró y volvió a hablar.

─ ¿Eso que veo son pucheros, nenita? Te voy a contar una historia de gente real, mamón. Nací en una bolsa de basura en un puto callejón, como si fuera un niño Jesús aparecido, y digo nací porque antes de eso no había nada. Los gatos lamían mi cordón umbilical como si me cuidaran, o como si estuvieran pensando en la cena, cuando me encontraron dos reyes de nieve que andaban por allí, paseando su síndrome de abstinencia. Se lo pensaron un poco, pero qué coño, un crío siempre se puede vender bien, así que cargaron conmigo. Luego resulté útil de otras maneras. Nadie detiene a un crío harapiento con los bolsillos llenos de coca o le niega una limosna. Después, un día, murieron porque era lo que tenían que hacer, responsables ellos hasta el final. Desde entonces circundo la Tierra, visito países y busco afrentas que resolver, siempre sin salir de estas cuatro calles, siempre a tiro de piedra del vaso de whisky. Eso, amigo, es algo para contar.

El hombre fijó la vista en la línea de botellas detrás de la barra, ignorándole. Álvaro parpadeó como si despertara, recogió el portátil y, bajando los ojos, se dirigió a la puerta. Luego se giró hacia una farola y estrelló el ordenador contra ella. El sonido fue como un disparo en mitad de la noche. Echó a correr por la calle, atravesando la oscuridad, entrando y saliendo de las islas de luz, hasta que llegó al borde la autopista, casi vacía a aquellas horas. Se miró las manos temblorosas, inútiles dedos que no tecleaban historias reales. Se echó a llorar. Lloró por su vida. Lloró por las historias que no era capaz de contar. Lloró por el vacío que sentía.

Luego tomó una decisión. Sacó el móvil y llamó a un taxi. El Lexus tendría que esperar en la calle Melancolía. Seguro que el espíritu de Sabina cuidaría de él. Cuando llegó a casa y abrió la puerta, el olor hogareño tan conocido salió a recibirlo. Los dedos dejaron de temblarle y la congoja se pasó. Se relajó. 
Se dirigió a la buhardilla, encendió el ordenador de sobremesa y se puso un whisky al lado del teclado. El móvil avisó de un mensaje entrante. Era Lola. Sonrió tranquilo. Era viernes noche. Tocaba escribir sobre jóvenes amantes y vidas rosas. Estaba de vuelta en su vacío, tan conocido, tan seguro.




lunes, 4 de julio de 2016

American style



Lenny Kravitz canta “American Woman” mientras la observo servir el desayuno a nuestros hijos. Me encanta la curva perfecta del trasero al inclinarse para echar las tortitas en los platos. Me vienen a la mente sus gemidos de anoche y sonrío. Ella me mira y sonríe. Es perfecta.

Luego miro el reloj y repito la pantomima de todos los días. «Oh, cielo, que llego tarde», digo, y me acerco a mi American Woman y le beso en los labios dos veces, una por costumbre, la otra por lo de anoche. Me gusta su sabor.
Camino de la oficina, me paro frente al estanco. Un bocinazo cuando voy a cruzar y me hago el asustado. Es Mike, apodado El Gracioso. Le adopté como “mejor amigo” desde el principio y tengo que seguirle el juego. «Esta noche trae cerveza para el póquer», dice. Asiento con mi cara de ingenuo y entro en la tienda.

El señor Sánchez me saluda. «Su Marlboro de todos los días» dice. «¿Cómo va su hijo con los estudios?» es mi pregunta de todos los días. «Bien, bien, ahí atrás anda, estudiando». Meto la mano bajo la chaqueta para buscar el dinero, saco mi Walter con silenciador y le abro un agujero perfecto en la frente. Salto el mostrador en silencio y paso a la trastienda. Al final del pasillo hay un adolescente delante de un ordenador. El disparo en la nuca le lanza contra la pantalla y lo mancha todo de sangre. Lo que he venido a recoger está encima de la mesa. Lo tomo y salgo corriendo. Arranco el Volvo y me voy lentamente. Diez minutos más tarde saco la cámara que acabo de robar. La enciendo y busco. Ahí está la foto. Fue un error de novato dejarse sorprender y el chaval no debería haber estado ahí. Cuestión de mala suerte para ambos, quizá peor para él, pero es que las pruebas están ya muy adelantadas y nadie puede saber que estamos llegando. En realidad, ya estamos aquí.

martes, 24 de mayo de 2016

La mujer ideal



La de la falda corta no, demasiado corta. ¿Ella o la falda? Ummmm, no lo sé, pero no. La rubia no, que dicen que las rubias... ya se sabe. La de los ojos color cielo pudiera ser, pero esa mirada es presuntuosa, así que tampoco. La de las caderas preciosas si, esa si... no, espera, que se bambolean demasiado y eso es que le gustará provocar. No podría ir con ella por la calle. 

Oh, esta si, la de los hombros perfectos, el talle de reloj de arena y las manos delicadas, esta será mía.

Ella le sonrió. Había sido elegido.

sábado, 21 de mayo de 2016

El mirlo negro



Irene no supo explicar cómo empezó todo. Ella estaba tendiendo la ropa cuando aquel mirlo se posó en la barandilla. Ambos se miraron durante un rato hasta que el pájaro se fue volando, despacito, y se perdió en el cielo. Fue entonces cuando dentro de la cabeza de Irene sonó un clic, o quizá fuera un boum, o puede que un crack, quien sabe. El caso es que el cesto cayó al suelo, olvidado, y la ropa se esparció por el balcón.

Veinte minutos después el portero contemplaba asombrado cómo una señora mayor, vestida con chándal de drogadicto ochentero, salía del portal con una mochila de excursionista. No pudo reconocerla. La estupefacción se contagió al pasar por delante de la peluquería. Cuando llegaba a la esquina, una cabeza infestada de rulos se asomó y soltó un agrio “Tenía que pasar”.

Cinco días después, las cabezas que se giraron sorprendidas no tenían rulos, si no rastas.

-Señora, ¿dónde va?

Hacía rato que Irene había decidido pasarse por el salón del albergue a conocer otros peregrinos compostelanos. Le miró.

-¿Qué es eso que fumas?
-Esto son cigarritos de la risa, doña abuela.

La colleja de Irene llegó como un latigazo ante el asombro general.

-Eso por llamarme abuela, soplapollas, y ahora pásame el cigarro, a ver si es verdad que me río. Y lávate el pelo, marrano.

A la mañana siguiente un grupo de mochileros abandonó el albergue, camino de Santiago. En medio de ellos iba Irene, riendo y repartiendo collejas.

-Eh, Paquito, hazme una foto con el móvil, anda.

El chaval cogió el viejo teléfono y la retrató. Los ojos llenos de arrugas se entristecieron al contemplarse. No contemplaban a Irene, la mujer mayor, si no a la chica veinteañera que no había podido terminar el camino. Se le cruzó la vida y la llenó de hijos, de responsabilidades, de rutina, de desilusiones.

-Toma Paquito, te regalo este cacharro.

Irene echó a andar y en ese momento el móvil sonó.

-Doña abuela, aquí pone “Antonio marido”. ¿Qué le digo?
-Dile que me has visto pasar buscando al mirlo negro.

domingo, 8 de mayo de 2016

Caballé de mis amores



*** (Ejercicio consistente en crear un relato a partir de una tirada de dados "Rory Story Cubes". Todas las imágenes deben salir en el texto y a ser posible en el orden indicado)



Los papeles pendientes de encima de mi mesa son ya tan altos como un niño de seis años. Están por todas partes y son de todos los colores. Los odio. Cogería el boli y los apuñalaría hasta la muerte, igual que a mi compañero de mesa. Diez años sentado a dos metros de mí y todavía no ha entendido que hasta las diez de la mañana no se me puede dirigir la palabra, básicamente hasta que la cafeína llega hasta mi sistema nervioso. Pues nada, tiene que contarme todas las mierdas que hizo ayer en el gimnasio, todas las mierdas que come para mantener la tableta de chocolate y todas las mierdas de su vida de chulo-musculitos en general.

Cuando empieza así le pongo la cara y me llevo el resto. Se me activa el piloto automático y dejo de estar ahí, a la sombra de la montaña de papel y delante del payaso vigoréxico. Me traslado a mi ciénaga privada, mi lugar favorito. 

Ah, qué noches tan buenas he pasado sentado en mi silla de camping mirando el barro burbujear, rodeado de mis árboles muertos y podridos, con ese olor a cloaca de campo tan saludable. Y esos mosquitos, esos tábanos que te pican y te hacen unas ronchas como galletas maría, que te pones a rascarte y no sabes cuándo parar. ¡Qué placer!

Algo hace clic en mi cabeza y vuelvo a la realidad de la oficina. El nieto de Conan el Bárbaro ya no está. La montaña de carpetas ha bajado hasta la mitad y el reloj de fichar dice que las cinco ya han pasado y puedo irme. Me levanto y estoy en un tris de sacar el bate de beisbol de la cajonera, y arrasar el lugar. Ya me imagino esas pantallas de ordenador reventadas, los papeles volando como palomas, los cristales de los despachos estallando, la fuente de agua regándolo todo con sus cañerías rotas al aire… es tan obsceno que noto el inicio de una erección. Me pongo la bolsa de la comida delante del pantalón y me dirijo a fichar. 

Por el camino me sueltan un “hasta mañana, que descanses”. Es Fabiola, la secretaria de dirección. Alta, guapa, pechugona, minifaldera, con unos labios rojo sangre… sangre, eso me trae a la cabeza la última imagen que me acompaña a diario cuando salgo por la puerta de este antro: Fabiola, Conan, mi jefe y el conserje colocaditos en el suelo, uno al lado del otro, como anchoas de Santoña. Con ojos muertos mirando al techo y con media cabeza menos. ¡Ah, mi bate! Qué herramienta perfecta.

Tomo el metro y me dirijo a casa. Soy el perfecto viajero: cedo mi asiento a las ancianitas, hago carantoñas a los bebés, me aparto casi con sonrojo para no rozar a jóvenes señoritas, sonrío, sonrío, sonrío, y no dejo de sonreír cuando salgo del vagón y sigo viéndolo todo manchado de sangre y tripas.

En casa me espera mi canario. Nada más entrar, el animalito está esperando que le cambie el alpiste y el agua. Vacío ambos comederos, que están exactamente igual que ayer, y los vuelvo a llenar, y le silbo algo bonito, un aria de Verdi o algo de alto nivel cultural, para que tenga educado el oído y le salgan trinos como los de la Caballé. Y bonito que es el muy truhán, de un amarillo furioso que quita el aliento. Ayer era verde vómito y antes de ayer morado hematoma. Cualquier día se volverá invisible, seguro.

Mientras me preparo la cena para llevar pongo la tele un rato. Voy cambiando de canal hasta que llego a uno de deportes. No me interesan lo más mínimo así que lo dejo ahí. Vuelta y vuelta a la hamburguesa, algo rápido, que me gusta la carne poco hecha. El resto, los otros diez kilos de ternera van a la nevera portátil sin sacar del envase. Sonrió. “Ummm, qué noche más especial me espera”. Entonces aparece un anuncio de lucha libre en la tele. Pero… ¿qué basura es esta? ¿Qué es toda esta violencia gratuita? Me horrorizo ante esas moles humanas repartiéndose empujones, llaves, torcimientos, golpes de rodilla, tirones de pelo… ¡qué asco, por Dios!

Cambio el canal rápidamente y voy a parar a una serie policiaca. El detective del pelo perfecto se agacha ante el cadáver de la chica y le gira la barbilla. Tiene un pequeño reguero de sangre dibujado con cuentagotas en la frente blanca. Tuerce el gesto y ordena a los policías que se la lleven. ¿Sólo yo me doy cuenta que la muerta es incapaz de contener el aliento para que no se le suba el pecho al respirar? ¿Nadie ve esas tetas que alzan apenas un milímetro? Mierda de películas mal hechas. Vaya… ahora tendré que esperar de nuevo que se baje la medio erección.

Salgo de casa cuando ya es casi de noche. Las estrellas empiezan a asomar cuando levanto el capó del maletero y guardo la nevera portátil, y el hacha. Aspiro el aroma de la ciudad y casi me atraganto del asco. Es hora de relajarse. Camino de mi ciénaga empiezo a silbar de nuevo a Verdi.

Cuando llego, aparco lo más cerca posible del barro. Hace calor y los mosquitos empiezan a posarse por toda mi piel. No hago el más mínimo movimiento para no asustarlos. Saco mi silla de camping, la nevera y el hacha. Respiro con ganas, ensanchando los pulmones. De repente, me invade el ansia por colocarlo todo, por disfrutar de mi noche. Me pongo al borde mismo del agua fragante-apestosa y me siento en la silla, con mi nevera a un lado y el hacha al otro. Saco mi hamburguesa y le doy un gran bocado. Luego cojo el hacha y golpeo el agua repetidamente.

El agua lodosa se mueve, las yerbas flotantes se desplazan arrastradas por algo y yo sonrío feliz. Una forma escamosa, de algo más de dos metros aparece poco a poco. Alargo la mano y cojo uno de los paquetes de carne, aún sin abrir, y se lo lanzo. Una boca monstruosa se abre y lo atrapa casi en el aire. Coloco el hacha delante de mí y me relajo, como cada noche, mientras pienso que algún día no tendré que comprar ternera y él podrá probar carne de secretaria o vigoréxico. 

Empiezo a silbar de nuevo a Verdi… ya sabes, por lo de acostumbrar el oído. Algún día quizá consiga que trine igual que la Caballé. 

domingo, 3 de abril de 2016

El color del mundo



Hace veintiún días el mundo era de otro color. 

Sentado en la arena, la vi llegar caminando por la orilla. Venía leyendo, ajena al mundo. Algo la hizo detenerse a unos metros de mí y dejarse caer con gracia. No me miró a mí, ni miró al mar, ni a las gaviotas, ni al sol. Solo existían ella y las páginas del libro.

La observé levantar los ojos y mirar pensativa el horizonte. Me las arreglé para adivinar el título: “Los viajes de Gulliver”. Era una soñadora.

Al día siguiente volvió con un libro de color amarillo. En la portada había una pipa y un sombrero de cazador. «Sherlock Holmes», pensé. Luego empezó a reír y me desconcertó. Cuando soltó una carcajada, recordé al gordo Ignatius. “La conjura de los necios” me contó que ella era risueña y espontánea.

El libro de color gris le hizo mojar la arena blanca con lágrimas. Ana Frank y su diario me susurraron que ella era sensible y tierna.

El libro rojo, manchado de sal marina, le hizo golpear la arena con un puño rabioso. El viejo y el mar, y el pez y su lucha, me dijeron que era fuerte e inconformista.

Veintiún libros después, no sé cuál es el tono de su voz, ni he visto el fondo de sus ojos. Solo sé que el color del mundo ha cambiado.
Ahora quiero ver su mirada y escuchar sus palabras.

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Ella sintió un impulso y levantó la vista. Giró la cabeza hacia atrás y miró. Una depresión en la arena, donde alguien había estado sentado, le llamó la atención. Era como un hueco en el aire, como si alguien siempre hubiera estado allí. Estaban el mar, la arena y el viento, pero faltaba algo que le había acompañado cada día. No supo por qué, pero sintió que al mundo le faltaba un color.

domingo, 28 de febrero de 2016

Deporte de riesgo





Se paró en las escaleras y respiró hondo. Miró las maravillosas Nike SpecialRunner de 220€. Eran las más aconsejadas de CORRECORREQUETEPILLORUNNER, con un diseño de colores capaz de enloquecer a un daltónico. Eran una buena inversión, no como las mallas RunnerStileFit, tan pegadas a la piel que se había descubierto un grano nuevo en el muslo. Se las había puesto hacía cinco minutos y ya iba por la cuarta vez que se las sacaba del canal intranalga. Y todo porque en el foro ZASCARUNFOREVER.ES aconsejaban no llevar ropa interior para correr, y, claro, cada movimiento acercaba la fina tela al fondo del abismo amenazando el sensible cráter.

Estaba pensando en volver y ponerse unos slips, cuando ella pasó por delante como una exhalación. Era delgada como una gacela Thomson y tenía la misma elegancia en cada zancada. Se armó de valor y arrancó. 
El plan era fácil: coincidir, pararse a respirar juntos e iniciar una conversación de hermanos-corredores, tal como había leído que se autodenominaban en RUNRUNRUNHASTAECHARELBOFE.COM.

Cincuenta segundos después, hizo la primera parada por mandato del corazón, y no por amor, si no porque que amenazaba con salírsele por la boca. Entonces, una figura pasó a su lado levantando viento. Era un ejemplar perfecto de modelo musculado de Menshealth. La alcanzó sin esfuerzo y le dijo algo al oído que la hizo reír.

Disgustado, y con el cráter en ebullición por el tormento de las mallas, se sentó en una terraza y pidió una bebida isotónica. Al rato aparecieron los dos, ocuparon otra mesa y pidieron lo mismo que él.

Suspiró. «A quién quiero engañar».

─ Camarero, una cerveza y una ración de bravas. Y tire esta mierda de Isostar.

Se llevó la jarra a los labios y se relajó. Diez minutos después alguien se sentaba a su lado.

─ ¿Te queda algo para invitar a una cerveza después de dejarte el sueldo en pijadas? ─dijo ella pinchando una patata enorme.

miércoles, 27 de enero de 2016

El rey negro



"Hay abismos buenos; son aquellos en los que se hunde el mal"
Victor Hugo


Bert acarició con ternura el lomo de su mascota. Pasó el dedo con cariño desde las patitas traseras hasta la pequeña cabeza negra. Le gustaba el tacto suave del caparazón, el cosquilleo en la yema de los dedos y hasta el olor. 

Al principio, el movimiento de las antenas le había parecido gracioso: arriba, abajo, rápido, despacio, frenético, relajante. Se podía quedar embelesado durante horas mirando al bichito moverlas. Fue luego, después de un tiempo cuando empezó a captar las señales.

Nada era fácil con ellas. Cuando intentaba tenerlas en la mano se mostraban ariscas. Corrían, saltaban e incluso mordían. Pero él siempre era paciente y nunca las aplastaba, si podía evitarlo. Para solucionarlo se le ocurrió algo: poner una gota de pegamento instantáneo y sujetar la cucaracha durante unos segundos. Se quedaba pegada por la barriga y desde ese momento era toda suya.

Lo peor era lo poco que duraban, apenas unos días. Lo mejor es que había muchas donde elegir. Un día pensó en contarlas para hacerse una idea de cuántas compañeras de piso tenía.

Empezó por el salón. Las iba señalando con el dedo: “una, dos, tres, cuatro...”. Se fue desplazando por todo el piso, mirando debajo de los muebles, dentro de los sillones, bajo la cama, entre la ropa. Fue en el baño donde dejó de contar. Imposible saber cuántas había en aquella masa compacta que vivía detrás de la cadena del inodoro.

El día que tocaba cazar una nueva “favorita” era muy emocionante. Procuraba buscar una que fuera lo suficientemente grande y brillante. No era fácil atraparlas, sobre todo porque a veces se encaprichaba con una en especial y la perseguía de forma obsesiva donde quiera que se ocultase. Una vez, desesperado, había llegado a desmontar la moldura de una puerta. Cuando arrancó la madera, apareció un nido de aquellos pequeños seres. Se subían unos encima de otros huyendo. Imposible saber cuál era la pequeña bastarda que llevaba dos horas persiguiendo entre aquel racimo negro brillante. Le invadió la ira y la emprendió a puñetazos. Fue tan doloroso que acabó por echarse a llorar. Era penoso, tenía los dedos ensangrentados y manchados, y la pequeña ya solo sería una parte más de aquella masa gelatinosa.

Sentado a la mesa de la cocina, observaba a su última amiguita. Llevaba pegada dos días y ya parecía agotada. Qué triste, era tan difícil decirles adiós. La acariciaría un poco más y luego un final rápido. “Con compasión. No soy ningún salvaje”. 

En ello andaba perdido su pensamiento, cuando las antenitas del insecto se volvieron al unísono hacia la puerta. Se sobresaltó.

– ¿Qué pasa, mi pequeña?, –miró hacia la puerta de la calle–, ¿crees que se trata de él?

Las antenas se separaron formando una “V”.

– Bueno, si tú lo dices echaré un vistazo, pero no es su hora de salir.

Se levantó y pegó el ojo a la mirilla. La puerta de enfrente se abría. Se oían unas voces de alguien que se despedía, guardaba las llaves y luchaba por colgarse una bolsa grande al hombro.

– Oh, oh, oh, tenías razón, pequeña. Eso significa que ha llegado el día. Está todo preparado. Será solo un segundo.

Cogió el billete de cincuenta euros que llevaba guardando tanto tiempo y lo dejó en el suelo. Luego entreabrió la puerta un poco, lo justo para que se viera desde el descansillo, y se ocultó detrás. Agarró el bate de aluminio que estaba apoyado en la pared y suspiró emocionado. “Oh si, oh, mi nueva compañerita ya está aquí”.

David cerró la puerta y echó la llave. Cuando iba a bajar las escaleras, se fijó en la puerta del loco de enfrente. Estaba entreabierta. Iba a largarse, cuando el billete le llamó la atención. “El mierda este se lo ha dejado caer”. Sin embargo, tenía prisa y la bolsa de deportes pesaba mucho. Además, iba a ser un día muy especial en clase.

Se acercó con cautela y escuchó. No se oía nada dentro del piso. El billete, doblado y arrugado, le llamaba desde apenas un metro de distancia. Sería cosa de pillarlo y salir corriendo. Fácil. Apoyó la mano en la puerta y empujó despacio.

............

Carlos llevaba esperando horas y ya empezaban a dolerle las rodillas. Cambió de posición y las rotulas crujieron, recordándole la edad y la forma física. 

Nunca había entendido aquello de “los cincuenta son los nuevos cuarenta”. Una vez intentó trasladarlo a sí mismo: “tengo cincuenta y seis y me siento como si tuviera cuarenta y seis”, pero no coló. Siguió sintiéndose viejo y derrotado, tal como había empezado a pasar cuando cumplió los cuarenta y el balance mental de su vida le dio saldo negativo. Fue entonces cuando empezó la cuesta abajo. Empezaron las equivocaciones, los excesos, las excentricidades, el ridículo. La tristeza se hizo su amiga, su única compañera de viaje.

Y así fue durante mucho tiempo, quizá demasiado, hasta que conoció a David.

Estaba sentado en aquel parque, mirando como caían las hojas marrones de los árboles y pensando que debería volver a casa, cuando un joven se sentó a su lado.

El chaval ni siquiera pareció reparar en él mientras miraba el móvil. Era guapo, con unas facciones delicadas y unos pocos granos de acné juvenil. Eran esos granos los que siempre le habían atraído más en aquellas tardes eternas, durante las cuales no perdía de vista los grupos de adolescentes que bromeaban y bebían en el parque. Ese acné era para él como la savia de los árboles nuevos, delgados, llenos de vida... y excitantes.

No se movió ni un centímetro. A veces aquellos cervatillos salían huyendo. Después de unos minutos, giró la cabeza con disimulo, como si mirara a otro sitio, y le dio un repaso rápido de arriba a abajo. Una palabra le vino a la mente: bello.

– ¿Cómo te llamas? –el chico habló sin levantar la vista de la pantalla.

Carlos titubeó.

– Enmm, Carlos, hola...
– Yo me llamo David. ¿Vienes mucho por este parque?
– Sí, bueno, yo... no demasiado.

El chico levantó los ojos con una sonrisa en los labios.

– Anda ya, pero si siempre te he visto por aquí. No pasa nada, hombre.

Y así empezaron a hablar, como por casualidad, de cualquier cosa. Al principio, Carlos dudó, cauto, pero David destilaba encanto y juventud, y las murallas que habitualmente le ayudaban a defenderse del daño de otras veces, empezaron a venirse abajo. 

Después de aquel día hubo muchos otros. Se intercambiaron los teléfonos y la amistad floreció, en apariencia. Luego llegó, al fin, lo que Carlos buscaba. Quedaron en un sitio apartado y la carne joven se abrió.

Al principio pensó que sería la curiosidad de alguien buscándose a sí mismo, como le había pasado a él a esa edad. Luego creyó ver cosas en los ojos de David: adoración, entrega... ¿amor?... ¿era posible? Las murallas habían desaparecido y nada podía impedir que un ejército invadiera sus entrañas. ¡Sí, era AMOR!, con mayúsculas. Fueron las dos semanas más felices de su vida. Solo se trataba de cerrar los ojos y continuar. Ya pagaría el precio. Siempre había un precio.

– Qué lejos queda mi casa. ¿Podrías dejarme para el taxi? –la sonrisa del joven era inocente.

Carlos sintió que el cosquilleo del vientre se transformaba en un dolor conocido.

– ¿Cincuenta euros serán suficientes? –los precios habituales, nada nuevo.

Lo siguiente fue un préstamo para unos libros. Luego la inventiva se disparó: un nuevo juego para la consola, deportivas nuevas, hierba para relajarse. Carlos nunca llegó a ver nada de aquello, nunca supo el destino de su dinero. Le bastaba con cerrar los ojos y dejarse invadir.

Habían pasado meses y el dinero ahorrado había desaparecido. La noche anterior llamó a David y se lo dijo: no había más fondos para pagar la factura. La reacción fue la esperada. El tono cariñoso se transformó en un saco pestilente de palabras agrias y soeces. Después colgó y se pasó la noche mirando el techo, entre lágrimas. Cuando la luz empezó a colarse por los agujeros de la persiana, decidió suplicar. Si con eso no cambiaba nada, sería su final... y el de David también. La tristeza dejaría de ser su compañera de viaje.

Un nuevo crujir de rodillas y miró el reloj. No podía aguantar más. Cerró los dedos sobre el mango del cuchillo, atravesó la calle y entró en el portal.

Subió los tres pisos saltando los escalones de dos en dos. Cuando llegó, se paró para recuperar el aliento y algo le llamó la atención. La puerta del vecino trastocado, aquel del que tanto había oído hablar, estaba entreabierta. Sus ojos se abrieron. Podía ver, en medio de la suciedad, la bolsa negra de deportes de David. Estaba tirada de cualquier manera. Los celos le nublaron la vista y la bilis le subió a la garganta. 

Atravesó la puerta con el cuchillo por delante y espumarajos en la boca, y se paró en seco. El olor le entró por la nariz arañando las mucosas. Sus ojos se desencajaron. Las paredes estaban cubiertas de cientos de cucarachas y el blanco de las paredes estaba cubierto por sus excrementos. “Es como un reino negro”, pensó.

Algo sonó en su cabeza. Fue como un choque de algo metálico y hueco. Luego, hubo un fundido en negro en su mente y Carlos calló con fuerza sobre el suelo pegajoso.

............

Alguien intentaba abrirle un ojo. Resultaba molesto, pero le pesaban demasiado los párpados para poder moverlos. Había un dolor sordo de fondo. Notó entonces que le faltaba el aíre, así que intentó abrir la boca y aspirar, pero algo se lo impedía. El pánico le despertó. Obligó a su ojo a abrirse, pero unas patitas negras se le clavaron dolorosas en la pupila. Rugió a través de la banda pegajosa que le tapaba la boca y el bichito cayó al suelo.

Abrió los ojos. Estaba puesto boca abajo y desnudo. Intentó levantarse pero un dolor espantoso le subió desde la piel de la barriga. Estaba pegado con algo muy fuerte al suelo. Los brazos y las piernas, atados con cinta adhesiva industrial, no respondían. Miró alrededor. David estaba justo a su lado, sujeto de la misma forma. Tenía la mirada perdida.

Un personaje mugriento y astroso se puso en cuclillas delante de ambos.

– Mis nuevas amiguitas... ¡pero como os miráis! ¿Es amor? Oh, oh, oh, pero qué bonito es todo. Creo que os voy a quitar la cinta de la boca para que habléis, venga.

Carlos lloraba cuando sus labios se vieron libres. Las cucarachas recorrían su cuerpo y la piel de la barriga se había abierto en varios sitios y sangraba, pero él solo podía pensar en una cosa.

– David, cariño, todo aquello que me dijiste ayer... dime que no lo decías en serio, dime que era rabia porque no había más dinero. Sabes que si lo tuviera, te lo daría todo. Sería tuyo por completo. Dime que NO era eso... –las palabras acabaron en un aullido.

David sollozaba. Cerró los ojos con fuerza y empezó a cabecear hacia los lados, negando.

Carlos sonrió entre lágrimas, feliz.

– Lo sabía.

El Rey Negro se giró hacia la cucaracha que descansaba en su hombro.

– No, a mí tampoco me gusta ese gordo, tienes toda la razón...

La sonrisa de Carlos permaneció mientras el cuchillo le atravesaba la nuca. Los ojos permanecieron fijos en los de David, que seguía negando entre sollozos.

El Rey Negro sintió un roce de antenas en su cuello.

– ¿La bolsa de deporte? No sé a que viene eso ahora... Vaaaaale, la abriré... ¡Oh, vaya!

David miró como abría la bolsa y sacaba los paquetes de Semtex. Su cabeza seguía negando.

– No, no, no tenía que ser así. Iba a ser un día glorioso –dijo.

El Rey Negro le miró mientras acariciaba el explosivo. Unas antenitas le rozaron el cuello, juguetonas. Sonrió al oír lo que le decían.

lunes, 25 de enero de 2016

Vulgar





No soy guapo, ni tan siquiera tengo una cara mediocre. No soy alto como un galán de cine, ni mi abdomen es un tablero. No tengo un pelo ondulado, de esos que busca el viento para jugar con él. 

Mis ojos son del color de la vulgaridad y están rodeados por las pocas pestañas que decidieron quedarse cuando llegó el medio siglo. Vulgar, creo que esa palabra es mi palabra.

Por todo eso es por lo que al principio no me fié ni un pelo de ti. Yo te sonreía y tú me veías confiado, pero sé lo que parezco a mi edad. No soy como tú, con tu cuerpo estilizado, tus músculos naturales que no conocen el esfuerzo, tu mirada azul. No, no soy joven, como tú.

Cuando te acercaste, construí un muro como muchas veces antes. Me dije «Que sea más impenetrable que el anterior». Entonces, empezaste a desgastar aquellas paredes altas y resistentes con tus sonrisas y tus risas, con tu mirar azul, con tus palabras, putas palabras. Y yo te dejé pasar. Y pensé que la primavera había vuelto, y que podía ignorar el otoño.

Por todo eso es por lo que ahora, cuando estás delante de mí, con la mano extendida y solícita, todo se nubla alrededor. Todo se vuelve borroso, de color invierno, y solo queda nítida tu mano delante de mis ojos, y tus palabras, tus putas palabras, que me dicen:

-¿Creías que todo esto era gratis?