martes, 24 de mayo de 2016

La mujer ideal



La de la falda corta no, demasiado corta. ¿Ella o la falda? Ummmm, no lo sé, pero no. La rubia no, que dicen que las rubias... ya se sabe. La de los ojos color cielo pudiera ser, pero esa mirada es presuntuosa, así que tampoco. La de las caderas preciosas si, esa si... no, espera, que se bambolean demasiado y eso es que le gustará provocar. No podría ir con ella por la calle. 

Oh, esta si, la de los hombros perfectos, el talle de reloj de arena y las manos delicadas, esta será mía.

Ella le sonrió. Había sido elegido.

sábado, 21 de mayo de 2016

El mirlo negro



Irene no supo explicar cómo empezó todo. Ella estaba tendiendo la ropa cuando aquel mirlo se posó en la barandilla. Ambos se miraron durante un rato hasta que el pájaro se fue volando, despacito, y se perdió en el cielo. Fue entonces cuando dentro de la cabeza de Irene sonó un clic, o quizá fuera un boum, o puede que un crack, quien sabe. El caso es que el cesto cayó al suelo, olvidado, y la ropa se esparció por el balcón.

Veinte minutos después el portero contemplaba asombrado cómo una señora mayor, vestida con chándal de drogadicto ochentero, salía del portal con una mochila de excursionista. No pudo reconocerla. La estupefacción se contagió al pasar por delante de la peluquería. Cuando llegaba a la esquina, una cabeza infestada de rulos se asomó y soltó un agrio “Tenía que pasar”.

Cinco días después, las cabezas que se giraron sorprendidas no tenían rulos, si no rastas.

-Señora, ¿dónde va?

Hacía rato que Irene había decidido pasarse por el salón del albergue a conocer otros peregrinos compostelanos. Le miró.

-¿Qué es eso que fumas?
-Esto son cigarritos de la risa, doña abuela.

La colleja de Irene llegó como un latigazo ante el asombro general.

-Eso por llamarme abuela, soplapollas, y ahora pásame el cigarro, a ver si es verdad que me río. Y lávate el pelo, marrano.

A la mañana siguiente un grupo de mochileros abandonó el albergue, camino de Santiago. En medio de ellos iba Irene, riendo y repartiendo collejas.

-Eh, Paquito, hazme una foto con el móvil, anda.

El chaval cogió el viejo teléfono y la retrató. Los ojos llenos de arrugas se entristecieron al contemplarse. No contemplaban a Irene, la mujer mayor, si no a la chica veinteañera que no había podido terminar el camino. Se le cruzó la vida y la llenó de hijos, de responsabilidades, de rutina, de desilusiones.

-Toma Paquito, te regalo este cacharro.

Irene echó a andar y en ese momento el móvil sonó.

-Doña abuela, aquí pone “Antonio marido”. ¿Qué le digo?
-Dile que me has visto pasar buscando al mirlo negro.

domingo, 8 de mayo de 2016

Caballé de mis amores



*** (Ejercicio consistente en crear un relato a partir de una tirada de dados "Rory Story Cubes". Todas las imágenes deben salir en el texto y a ser posible en el orden indicado)



Los papeles pendientes de encima de mi mesa son ya tan altos como un niño de seis años. Están por todas partes y son de todos los colores. Los odio. Cogería el boli y los apuñalaría hasta la muerte, igual que a mi compañero de mesa. Diez años sentado a dos metros de mí y todavía no ha entendido que hasta las diez de la mañana no se me puede dirigir la palabra, básicamente hasta que la cafeína llega hasta mi sistema nervioso. Pues nada, tiene que contarme todas las mierdas que hizo ayer en el gimnasio, todas las mierdas que come para mantener la tableta de chocolate y todas las mierdas de su vida de chulo-musculitos en general.

Cuando empieza así le pongo la cara y me llevo el resto. Se me activa el piloto automático y dejo de estar ahí, a la sombra de la montaña de papel y delante del payaso vigoréxico. Me traslado a mi ciénaga privada, mi lugar favorito. 

Ah, qué noches tan buenas he pasado sentado en mi silla de camping mirando el barro burbujear, rodeado de mis árboles muertos y podridos, con ese olor a cloaca de campo tan saludable. Y esos mosquitos, esos tábanos que te pican y te hacen unas ronchas como galletas maría, que te pones a rascarte y no sabes cuándo parar. ¡Qué placer!

Algo hace clic en mi cabeza y vuelvo a la realidad de la oficina. El nieto de Conan el Bárbaro ya no está. La montaña de carpetas ha bajado hasta la mitad y el reloj de fichar dice que las cinco ya han pasado y puedo irme. Me levanto y estoy en un tris de sacar el bate de beisbol de la cajonera, y arrasar el lugar. Ya me imagino esas pantallas de ordenador reventadas, los papeles volando como palomas, los cristales de los despachos estallando, la fuente de agua regándolo todo con sus cañerías rotas al aire… es tan obsceno que noto el inicio de una erección. Me pongo la bolsa de la comida delante del pantalón y me dirijo a fichar. 

Por el camino me sueltan un “hasta mañana, que descanses”. Es Fabiola, la secretaria de dirección. Alta, guapa, pechugona, minifaldera, con unos labios rojo sangre… sangre, eso me trae a la cabeza la última imagen que me acompaña a diario cuando salgo por la puerta de este antro: Fabiola, Conan, mi jefe y el conserje colocaditos en el suelo, uno al lado del otro, como anchoas de Santoña. Con ojos muertos mirando al techo y con media cabeza menos. ¡Ah, mi bate! Qué herramienta perfecta.

Tomo el metro y me dirijo a casa. Soy el perfecto viajero: cedo mi asiento a las ancianitas, hago carantoñas a los bebés, me aparto casi con sonrojo para no rozar a jóvenes señoritas, sonrío, sonrío, sonrío, y no dejo de sonreír cuando salgo del vagón y sigo viéndolo todo manchado de sangre y tripas.

En casa me espera mi canario. Nada más entrar, el animalito está esperando que le cambie el alpiste y el agua. Vacío ambos comederos, que están exactamente igual que ayer, y los vuelvo a llenar, y le silbo algo bonito, un aria de Verdi o algo de alto nivel cultural, para que tenga educado el oído y le salgan trinos como los de la Caballé. Y bonito que es el muy truhán, de un amarillo furioso que quita el aliento. Ayer era verde vómito y antes de ayer morado hematoma. Cualquier día se volverá invisible, seguro.

Mientras me preparo la cena para llevar pongo la tele un rato. Voy cambiando de canal hasta que llego a uno de deportes. No me interesan lo más mínimo así que lo dejo ahí. Vuelta y vuelta a la hamburguesa, algo rápido, que me gusta la carne poco hecha. El resto, los otros diez kilos de ternera van a la nevera portátil sin sacar del envase. Sonrió. “Ummm, qué noche más especial me espera”. Entonces aparece un anuncio de lucha libre en la tele. Pero… ¿qué basura es esta? ¿Qué es toda esta violencia gratuita? Me horrorizo ante esas moles humanas repartiéndose empujones, llaves, torcimientos, golpes de rodilla, tirones de pelo… ¡qué asco, por Dios!

Cambio el canal rápidamente y voy a parar a una serie policiaca. El detective del pelo perfecto se agacha ante el cadáver de la chica y le gira la barbilla. Tiene un pequeño reguero de sangre dibujado con cuentagotas en la frente blanca. Tuerce el gesto y ordena a los policías que se la lleven. ¿Sólo yo me doy cuenta que la muerta es incapaz de contener el aliento para que no se le suba el pecho al respirar? ¿Nadie ve esas tetas que alzan apenas un milímetro? Mierda de películas mal hechas. Vaya… ahora tendré que esperar de nuevo que se baje la medio erección.

Salgo de casa cuando ya es casi de noche. Las estrellas empiezan a asomar cuando levanto el capó del maletero y guardo la nevera portátil, y el hacha. Aspiro el aroma de la ciudad y casi me atraganto del asco. Es hora de relajarse. Camino de mi ciénaga empiezo a silbar de nuevo a Verdi.

Cuando llego, aparco lo más cerca posible del barro. Hace calor y los mosquitos empiezan a posarse por toda mi piel. No hago el más mínimo movimiento para no asustarlos. Saco mi silla de camping, la nevera y el hacha. Respiro con ganas, ensanchando los pulmones. De repente, me invade el ansia por colocarlo todo, por disfrutar de mi noche. Me pongo al borde mismo del agua fragante-apestosa y me siento en la silla, con mi nevera a un lado y el hacha al otro. Saco mi hamburguesa y le doy un gran bocado. Luego cojo el hacha y golpeo el agua repetidamente.

El agua lodosa se mueve, las yerbas flotantes se desplazan arrastradas por algo y yo sonrío feliz. Una forma escamosa, de algo más de dos metros aparece poco a poco. Alargo la mano y cojo uno de los paquetes de carne, aún sin abrir, y se lo lanzo. Una boca monstruosa se abre y lo atrapa casi en el aire. Coloco el hacha delante de mí y me relajo, como cada noche, mientras pienso que algún día no tendré que comprar ternera y él podrá probar carne de secretaria o vigoréxico. 

Empiezo a silbar de nuevo a Verdi… ya sabes, por lo de acostumbrar el oído. Algún día quizá consiga que trine igual que la Caballé.