domingo, 17 de julio de 2016

El vacío conocido


Homenaje a Cervantes y Shakespeare, dos personajes tan distintos como distinta era la cultura a la que pertenecieron. Una interpretación más de cómo se habrían conocido en otra época.


El vacío conocido

El Lexus color chocolate fue a pararse a dos puertas del número trece de la calle Melancolía. Seis menos y hubiera podido salir cantando a Sabina. Bonito nombre para un trozo de asfalto perdido entre fábricas. La voz del GPS insistía en seguir hasta la siguiente rotonda, advirtiendo de que no era buena idea pasear por allí a aquellas horas de la noche, sin embargo, tecnología punta, fabricación de lujo, pero si no hay petróleo, se para. «Me encanta el color chocolate. Que sea chocolate, por favor» había dicho Lola. Y allí que fue Álvaro y lo pidió de ese color marrón que a él, en realidad, le parecía color mierda. Pero es lo que tienen las amantes, que cuando te piden las cosas con la boca llena es imposible negarles nada.

Pensó en llamar al seguro y que le trajeran una lata de gasóleo. Miró alrededor. Silencio absoluto, farolas que eran islas de luz, un cielo totalmente negro y en el número trece un cartel de neón: Paraíso.

Suspiró. Había sido un día de mierda, después de una semana de mierda, después de una vida de mierda. Miró el portátil que descansaba en el asiento de al lado. Si tan solo pudiera… «Bah, no puede ser». Lo cogió debajo del brazo y salió del coche. Un whisky con limón en El Paraíso y luego llamaría al seguro. Necesitaba esa copa. Apoyó la mano en la madera y empujó. Salió a recibirle un olor que prefirió no identificar y una música chabacana.

Entró pensando que pasaría como en las películas del oeste. Todo el mundo se giraría, el piano pararía de tocar y el diría «solo quiero un whisky». Pero no, qué desilusión. Había hombres maduros y chicas con vestidos minúsculos. No mirar, no tocar, solo beber y terminar el día de mierda.

Instintivamente, se sentó al lado de otro bebedor solitario. El hombre estaba inclinado hacia delante. El pelo largo le cubría casi toda la cara. Solo sobresalía la nariz grande y ganchuda, como si fuera la aleta de un tiburón asomando en el océano. Álvaro dejó el portátil a mano y llamó al camarero. Cuando tuvo la bebida descansando sobre un posavasos, la cogió y le dio un trago largo. El primero siempre era el mejor. El que activaba las papilas, quemaba la garganta y hacía bailar a las neuronas. No era de beber mucho. Lola siempre le decía que era un aguafiestas porque no pasaba de dos copas. Luego pedía refrescos, codo apoyado en barra, mientras la veía bailar. No era su ritmo. Él prefería observar, mirar, fantasear sobre unos y otras. Imaginar qué hacían allí, a aquellas horas, dando saltos, con varias sustancias recorriendo sus venas, haciéndoles creer que el universo estaba en las pupilas dilatadas de la chica de la falda corta.
El melenudo se giró apenas y le miró.

─Un tipo valiente. A estas horas, por estos lares y con un portátil en la mano. ¿Vas buscando que te rajen?

Álvaro le observó. El pelo se había abierto, como si fuera el telón de un teatro, dejando ver unos ojos rodeados de arrugas y un rictus serio y alargado. Cada grieta de aquella cara parecía contar una historia negra.

─Tampoco guardo nada valioso en él. Se lo daría sin resistencia.
─No me digas, tío, un pusilánime en la calle Melancolía. ─dijo, soltando una carcajada ronca, como de fumador viejo.
─Es solo un trasto y parece que no me vale de gran cosa.
Los ojos detrás del telón se abrieron.
─He tardado un minuto de más en calarte. Los escritores frustrados tienen esa querencia. Acaban apareciendo por los puticlubs más tarde o más temprano. Es como si les atrajera el olor a cerveza rancia y los coños en venta. He visto a más de uno quedarse ahí mismo, donde estás tú, observando las manchas de la pared y esperando que les cuente las historias que su  talento no es capaz de parir. Va, no pongas esa cara de agrio. Empújate a la garganta eso que has pedido, que yo invito.

Álvaro se bebió de un trago el tubo y lo dejó sobre la barra. El camarero lo sustituyó por otro igual en un instante.

─Venga, chaval, cuéntame de qué van tus letras.
Dudó un instante. Sería fácil decirle que era el portátil del trabajo, que había unos informes de cuentas que le tenían loco, que las hojas de cálculo no funcionaban como debían. Suspiró, abrió el ordenador y lo encendió.
─Ahí tienes.

El hombre abrió los textos y empezó a leer. No supo cuánto tiempo pasó, ni las copas que el barman fue sustituyendo. El alcohol parecía inocuo. Ningún efecto, ningún entumecimiento del cerebro, solo el que ya existía dentro, en algún sitio indeterminado de su pecho. El hombre cerró el portátil, apoyó los codos en el mismo sitio donde ya los tenía antes y habló.

─Dedícate a otra cosa, lo que sea que hagas para vivir. Esto no es lo tuyo.
Álvaro le miró consternado.
─Que sí, chaval, te lo digo yo. Vamos a ver. Tienes historias ahí, buenas historias, pero… ─la aleta de tiburón se frunció como si oliera a pescado muerto.
─ ¿Pero…?
─Pero son bazofia que no te crees ni tú. Venga… solo veo tragedias ideales. Sí, ideales, no me mires con esa cara. Tus personajes son bellos e inteligentes, y hasta cuando las pasan putas hacen poses de teatro griego ─el hombre le miró directamente a los ojos─. Te voy a decir cómo eres: has venido hasta aquí montado en un cochazo, tu mujer es de esas de color tostado irreal y piel estirada, tu amante es bonita como una modelo y puta en la cama como no lo es tu esposa, tus nenes te piden para pagarse la maría mientras hacen como que estudian. Los lunes te levantas y te vas a tu oficina, donde miras el culo a tu secretaria mientras sueñas con follártela sobre la mesa. Vuelves el viernes a casa, después de haber repetido el lunes cuatro veces más, cenas y te subes a tu buhardilla a escribir como un puto bohemio, creyéndote que toda esa basura será algún día un bestseller que te dará libertad para abandonarlo todo y fugarte con la secretaria del culo bonito. Y así será el sábado noche, después de la cena con los amigos, y el domingo tarde. Y luego, el lunes, vuelta a empezar. Vida preciosa, sueños vacíos. ¿A que he acertado en casi todo, colega? Pues claro, coño.

El hombre golpeó con el vaso sobre la barra, solicitando al camarero. Luego se giró y volvió a hablar.

─ ¿Eso que veo son pucheros, nenita? Te voy a contar una historia de gente real, mamón. Nací en una bolsa de basura en un puto callejón, como si fuera un niño Jesús aparecido, y digo nací porque antes de eso no había nada. Los gatos lamían mi cordón umbilical como si me cuidaran, o como si estuvieran pensando en la cena, cuando me encontraron dos reyes de nieve que andaban por allí, paseando su síndrome de abstinencia. Se lo pensaron un poco, pero qué coño, un crío siempre se puede vender bien, así que cargaron conmigo. Luego resulté útil de otras maneras. Nadie detiene a un crío harapiento con los bolsillos llenos de coca o le niega una limosna. Después, un día, murieron porque era lo que tenían que hacer, responsables ellos hasta el final. Desde entonces circundo la Tierra, visito países y busco afrentas que resolver, siempre sin salir de estas cuatro calles, siempre a tiro de piedra del vaso de whisky. Eso, amigo, es algo para contar.

El hombre fijó la vista en la línea de botellas detrás de la barra, ignorándole. Álvaro parpadeó como si despertara, recogió el portátil y, bajando los ojos, se dirigió a la puerta. Luego se giró hacia una farola y estrelló el ordenador contra ella. El sonido fue como un disparo en mitad de la noche. Echó a correr por la calle, atravesando la oscuridad, entrando y saliendo de las islas de luz, hasta que llegó al borde la autopista, casi vacía a aquellas horas. Se miró las manos temblorosas, inútiles dedos que no tecleaban historias reales. Se echó a llorar. Lloró por su vida. Lloró por las historias que no era capaz de contar. Lloró por el vacío que sentía.

Luego tomó una decisión. Sacó el móvil y llamó a un taxi. El Lexus tendría que esperar en la calle Melancolía. Seguro que el espíritu de Sabina cuidaría de él. Cuando llegó a casa y abrió la puerta, el olor hogareño tan conocido salió a recibirlo. Los dedos dejaron de temblarle y la congoja se pasó. Se relajó. 
Se dirigió a la buhardilla, encendió el ordenador de sobremesa y se puso un whisky al lado del teclado. El móvil avisó de un mensaje entrante. Era Lola. Sonrió tranquilo. Era viernes noche. Tocaba escribir sobre jóvenes amantes y vidas rosas. Estaba de vuelta en su vacío, tan conocido, tan seguro.




lunes, 4 de julio de 2016

American style



Lenny Kravitz canta “American Woman” mientras la observo servir el desayuno a nuestros hijos. Me encanta la curva perfecta del trasero al inclinarse para echar las tortitas en los platos. Me vienen a la mente sus gemidos de anoche y sonrío. Ella me mira y sonríe. Es perfecta.

Luego miro el reloj y repito la pantomima de todos los días. «Oh, cielo, que llego tarde», digo, y me acerco a mi American Woman y le beso en los labios dos veces, una por costumbre, la otra por lo de anoche. Me gusta su sabor.
Camino de la oficina, me paro frente al estanco. Un bocinazo cuando voy a cruzar y me hago el asustado. Es Mike, apodado El Gracioso. Le adopté como “mejor amigo” desde el principio y tengo que seguirle el juego. «Esta noche trae cerveza para el póquer», dice. Asiento con mi cara de ingenuo y entro en la tienda.

El señor Sánchez me saluda. «Su Marlboro de todos los días» dice. «¿Cómo va su hijo con los estudios?» es mi pregunta de todos los días. «Bien, bien, ahí atrás anda, estudiando». Meto la mano bajo la chaqueta para buscar el dinero, saco mi Walter con silenciador y le abro un agujero perfecto en la frente. Salto el mostrador en silencio y paso a la trastienda. Al final del pasillo hay un adolescente delante de un ordenador. El disparo en la nuca le lanza contra la pantalla y lo mancha todo de sangre. Lo que he venido a recoger está encima de la mesa. Lo tomo y salgo corriendo. Arranco el Volvo y me voy lentamente. Diez minutos más tarde saco la cámara que acabo de robar. La enciendo y busco. Ahí está la foto. Fue un error de novato dejarse sorprender y el chaval no debería haber estado ahí. Cuestión de mala suerte para ambos, quizá peor para él, pero es que las pruebas están ya muy adelantadas y nadie puede saber que estamos llegando. En realidad, ya estamos aquí.