lunes, 28 de noviembre de 2016

El imperio de los sentidos.


*Taller del 27 de Noviembre de 2.016. Foto usada como disparador creativo


─Te lo voy a explicar otra vez, chinita… perdona ¿cómo te llamabas? Joder, mira, te voy a llamar Juani, ¿vale?

─…

─Ya, ya, que tu padre te llamó así en honor a un antepasado, pero yo te llamo Juani como a tu compañera la llamo Vane. Venga, que nos quedamos sin luz para la toma. Mira, Juani, tú y Vane vais paseando por el bosque cuando el gran toro macho os dice…

─…

─¿Qué todos los toros son machos? Te presentaba yo a un travelo que tengo de vecino que parece la Norma Duval de joven y ya ves, luego le cuelga un manubrio como el paraguas ese que llevas en la mano, hija. No te disperses, escucha: tú y Vane estáis a vuestras cosas y el gran toro os dice: “¿Dónde vais hijas del deseo?” y a vosotras se os abre el quimono de la impresión… ¿qué eso es de los japoneses? Mira, china de los hu… vale, vale… calmémonos. No, Felipe, no me agarres del brazo ¿eh? Mecagontó.

─…

─No, Vane, el toro es de cartón. Bueno, sigamos, por diosssss… Sí, gracias, Felipe, sécame el sudor que ya… ¿Dónde estaba? Se os abre el quimono y se os ve el hámster… ¿Qué eso no lo pone en el contrato, Juani? A ver, Felipe, cuando te dije que buscaras dos tontuelas para rodar “Hasta el rabo todo es toro”, versión porno de “Pearl Harbour”, ¿por qué se te ocurrió traer a las dos chinas del Todoacien de tu barrio?

─…

─No, idiota, lo de engañar como a un chino es un decir. Pero, ¿tú crees que colocarnos la coca-cola de Hacendado a tres euros es de ser tontos? No me jodas, y encima ahora se han pirado. A ver qué hacemos... anda ya, Felipe, ¿tú y yo? Lo que me faltaba. Deja de poner esos ojos, ladrón.

martes, 15 de noviembre de 2016

Hijos del Dios blanco



*Versionando cuentos infantiles*

El viejo yonqui temblaba tirado en el callejón. Suspirando, cerró los ojos y rogó al Dios Blanco que le trajera algo que llevarse a la vena. Cuando los abrió, la respuesta venía andando por el callejón, entre espasmos. Al llegar a su altura, se dejó caer a su lado.

-Eres joven para cabalgar este jamelgo, chaval.
-¿Qué sabrás tú, puto borracho? –respondió el recién llegado.
-Sí –dijo el anciano-. Tú rezas al mismo Dios, solo que yo llevo más tiempo con él, tanto que conozco muchas de sus historias. Te contaré una: hace no mucho tiempo existió un parque habitado por un drogadicto, uno de esos que viven su mierda interior sin manchar a los demás. Un día, los comerciantes del barrio decidieron que era malo para el negocio y, en una noche oscura, le acorralaron. Dicen que los gritos se oyeron desde lejos, dicen que ellos sonreían mientras le golpeaban, dicen que murió, pero cuando se alejaban alguien dijo haber oído un grito jurando venganza. Nadie hizo caso. Meses después la hija del pescadero, aficionada al humo que marea, fue abordada por un joven que le ofreció probar algo nuevo. Ella le siguió, alegre, hasta un callejón como este mismo y nunca más se la volvió a ver. Luego fue el hijo del carnicero, la pequeña del sastre, el primogénito del mecánico, y así, uno detrás de otro hasta la docena. Jamás encontraron los cuerpos. Alguien recordó al drogadicto que habían dado por muerto y todos lloraron desconsolados. Los negocios cerraron y nadie volvió a pasear por aquel parque, pero de él, nunca más se supo.

El anciano calló, terminada la historia, y se miraron. Su mano voló al bolsillo buscando la navaja, pero el joven reaccionó más rápido y le clavó un trozo de vidrio en el pecho, parando así un corazón adicto.

-A ver dónde guardas la heroína, cabrón.

Registró los bolsillos, pero solo encontró basura, así que le dejó y caminó hacia la salida del callejón, tan conocido para él. Se acarició las viejas cicatrices y sonrió divertido. Tanto daban doce víctimas como doce más una.