viernes, 29 de septiembre de 2017

Platos rotos



Dice mi gurú que los platos rotos no se arreglan. Dice que lo haga, que tire uno contra la pared con fuerza suficiente como para pulverizarlo y luego intente pegar las piezas. “Aunque consiguieras juntar todos los trozos y pegarlos, nunca volvería a ser el mismo plato. Sería algo recompuesto y, por lo tanto, frágil. Ya nunca volvería a ser lo mismo que antes de romperse”. Deduzco entonces la enseñanza: No cometer acciones que tengan resultados irreversibles. Se lo digo y le cambia la cara. Se pone colorado, morado, rojo, azul y finalmente vuelve a su color natural, y yo admiro su autocontrol por la barbaridad que supongo habré dicho.

A ver, alma de cántaro, me dice”, porque mi gurú será gurú, pero ante todo es persona, humano y cercano, “no puedes andar por la vida sin pisar ninguna flor, ni romper un plato. No puedes andar los caminos sin salirte, a veces, para pisar el campo arado. No puedes, en resumen, vivir sin cambiar tu entorno, para bien unas veces, para mal otras. Solo te digo que debes ser consciente de que los platos rotos tienen un coste, que a veces pagarás tú, seas tú el culpable o no, que a veces pagarán otros.

Pero entonces…”, le digo, “¿es bueno o malo romperlos? Porque si no tienen arreglo… ¿no sería mejor dejarlos quietos, guardados y a salvo?”. Y nada más decirlo, yo mismo veo una imagen: platos almacenados, seguros, metidos en armarios cerrados, acumulando polvo, platos aburridos, sin vida, sin alma. Y me dan ganas de tirar abajo ese armario y que se rompan todos y se hagan migajas microscópicas. Y me veo a mí recogiendo esos trocitos minúsculos, barriéndolos y moliéndolos después, haciendo una masa con ellos. Y me veo dando forma a esa masa, añadiéndole agua y dándole vueltas en el torno, trabajándola hasta que se convierte en algo distinto, en un hermoso jarrón, en tazas de bellas formas, en platos nuevos. 

Y veo el coste: recoger los pedazos con paciencia y trabajo, a veces durante mucho tiempo, hacerlos maleables, usarlos para construir algo nuevo. Es un precio alto, un peaje necesario y que conlleva sudor, y sufrimiento, pero el resultado siempre merece la pena… casi siempre. 

Ese “casi siempre” me deja dubitativo. Mi gurú se ha dormido mientras yo meditaba sobre los platos rotos, así que busco yo mismo una respuesta. Y la encuentro: cuando no haya merecido la pena, al menos, habré aprendido a reconstruir y, en la siguiente ocasión, algo más hermoso saldrá del torno.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Negativas


Dice mi gurú que tengo que aprende a decir NO. Dice que es una palabra de solo dos letras, monosílaba y que sale con apenas un chasquido de la lengua. "Es fácil", me repite, "inténtalo". Sabe que me cuesta horrores, así que insiste, me acorrala y me obliga. Digo NO al aire, pero claro, es que al aire le da igual.

Entonces me señala un taburete y dice: "Ahí sentado está alguien que te pide algo que necesita de ti. ¿Lo estás viendo?". Yo me hago el despistado, pero él sabe que lo veo y sabe que está tocando en un punto de mi alma que es sensible, pero es que por eso es un gurú, porque conoce el atlas del sufrimiento.

"Cuándo a ti te niegan algo, ¿te enfadas con quien lo hace?" "No", le digo. "Entonces, ¿por qué piensas que ellos lo harán contigo?" Le digo que no lo sé, mirando a un punto perdido de la pared, aunque puede que sí lo sepa. Enumero razones mentalmente: ¿Porque necesito su aprobación? ¿porque temo su rechazo? ¿porque me afecta lo que piensen de mí? Cualquiera podría ser la respuesta, pero, como siempre, dudo. ¿Y si solo estuviese en mi mente? ¿Y si al final resultara que no pasa nada por un NO?

Interrumpe mis pensamientos, a su manera, con otra idea: "Ahora recuerda alguna ocasión en la que tenías el NO en la punta de la lengua, pero acabó siendo un SÍ. Vuelve a aquel momento e imagínate qué hubiera pasado si te hubieras negado”. Rememoro, cambio la respuesta y las imágenes posteriores aparecen en la película de mi mente. No son malas, ni buenas, solo distintas. 

Me pregunto y le pregunto si ese resultado distinto hubiera sido mejor con la negativa. Mi gurú responde que él no tiene la respuesta y yo me enfado con él. Me dice: "Nadie conoce el futuro, nadie sabe si las respuestas son buenas o malas, sin embargo, ¿por qué crees que tenías el NO a flor de piel?". Lo pienso y digo "porque me lo decía mi instinto". Frunce el ceño y me echa en cara: "Entonces... ¿por qué no le hiciste caso? ¿Te ha fallado muchas veces?". "No muchas", digo, y ahora me enfado conmigo mismo.

"Tu instinto es tu aliado, es ese otro que vive dentro de ti y que piensa antes que tú. No te habla, ni te da razones, solo te da su sabia opinión en pocas y silenciosas palabras."

Asimilo las enseñanzas de hoy: “Tengo que aprender a decir NO cuando mi instinto me lo diga.

Pero, ¿y cuándo se equivoque?

Y mi instinto me responde con otra pregunta: ¿Tan malo es equivocarse?

miércoles, 30 de agosto de 2017

Piedras en la corriente


Dice mi gurú que las personas entran y salen de mi vida. Dice que son como piedras que arrastra la corriente y que, cuando llegan a mi remanso, dependiendo del peso, de lo que significan y aportan, unas se quedan y otras siguen su curso arrastradas por el agua. Dice que deje partir a las que son ligeras y que aprecie a aquellas que encajan, y se quedan. Dice que incluso aquellas que parecen quedarse para siempre, puede que sean arrastradas de nuevo si la fuerza del agua cambia, si la corriente se alborota o simplemente si se van, sin más. Hasta aquí, todo bien.

Luego dice mi gurú: "¿Te has parado a pensar por qué se quedan algunas y otras no? ¿Por qué tu remanso admite unas y deja partir a otras? ¿Por qué algunas de las que se quedan, al menos temporalmente, acaban siendo perjudiciales para tí?". Y me deja pensativo. ¿Y si hubo piedras que no tenían que haberse ido? ¿Y si otras no tenían que haberse quedado? ¿Dónde están los límites? ¿Cuáles son los criterios? Me debato y discurro hasta el cansancio para, al final, llegar a una idea: la dignidad es la que decide. El quererse a uno en primer lugar es lo que manda.

Y cuando ya parece que lo tengo seguro, mi gurú remata: "...pero cuidado, no seas tan rígido que todas las piedras, pesen lo que pesen, sean demasiado ligeras para ti y pasen de largo, ni tan flexible que hasta un grano de arena encuentre acomodo en tu remanso". Entonces vuelven las dudas sobre los límites.

Al final, recuerdo aquel anuncio famoso en el que alguien decía: "Fluye, sé agua, amigo mío", una gran verdad en muy pocas palabras. Y dejo de pensar y me limito a observar la corriente, sus cambios de velocidad, sus saltos, sus salpicaduras. Y sin que me dé cuenta, unas piedras se quedan y otras se van por sí solas.

Mi gurú sonríe. "Estás en el camino", dice.

domingo, 27 de agosto de 2017

Miércoles



Inés abre sus ojos azul cobalto y contempla el billete que él dejo sobre la mesilla de noche antes de irse. Está colocado bajo sus pendientes, esos mismos que arrojó de cualquier manera en cuanto entraron por la puerta. Siempre tiene ese tipo de detalles con ella, es por lo que le gusta y por lo que el dinero no duele tanto. Viene a decir: “aquí tienes tu sueldo, aquí tienes tu dignidad, no la pierdas”. 

Se levanta soñolienta y camina hacia el baño. Siempre la misma habitación de hotel, es una manía de él. “Es tu zona de confort”, le dice ella muchas veces, “si te cambiara un mueble de sitio, seguro que no se te levantaba”. Intenta provocarle para que deje de ser un caballero, para que se porte mal, para que la vergüenza no la golpee cuando él sale por la puerta. Puta vergüenza. Tira de la cadena y va hacia el mueble donde están colocadas las líneas de polvo blanco en perfecta formación paralela. Tres antes del sexo, tres después. Esa es su zona de confort, esa que solo puede pagar con los billetes que nacen debajo de sus pendientes cada miércoles de cada semana, de cada mes, desde hace tanto tiempo que ya ni recuerda.

Martín sale del hotel y coge el coche. Está lloviendo. Desconecta la mente y deja que la costumbre conduzca por él. Desde el hotel hasta la urbanización no hay más que veinte minutos, pero los miércoles siempre suele parar en algún sitio y anestesiar la conciencia con alcohol. Le es necesario para poder mirar a su mujer a la cara al llegar a casa. No es algo que pueda controlar. No es solo sexo, no es morbo, no sabe lo que es. O quizá sí lo sepa, pero no quiere admitirlo. Sale, coge el coche de nuevo y deja parte del dolor sobre la barra del bar, al lado del vaso de ginebra.

Cuando llega a casa, ella está en la cocina, preparando algo para cenar. Antes de entrar a darle un beso se pasa una mano por la cara, intentando borrar la vergüenza que siente, la puta vergüenza de cada miércoles a esta hora. Ella se vuelve y le sonríe. Él se acerca y, con mucho cuidado, le limpia un poco de polvo blanco que le ha quedado en el labio superior, siempre tan caballero. Los ojos azul cobalto, inyectados en sangre, se humedecen.

Fuera de la casa sigue lloviendo, como si el agua quisiera ayudarles a arrastrar la vergüenza, la puta vergüenza.

sábado, 12 de agosto de 2017

Malvados



Blancanieves se sentó al otro lado de la mesa, mirando con sorna a la reina Grimhilde. La vieja monarca, sin su espejo adulador y sus poderes, aparecía hundida, con los ojos vacíos. La joven comenzó el interrogatorio.

-Eres perversa, eres malvada, eres una ególatra insufrible que solo buscaba la adulación, que solo se miraba a sí misma en el espejo, sin ver a nadie más, sin ver más allá de su propio placer. Eres el egoísmo en el que se basan los genocidas, los psicópatas, los asesinos. Eres una manipuladora que planeó y ejecutó un asesinato solo porque alguien podía ser más bella que tú. Eres la basura que está en el fondo de la basura, la que está más putrefacta. Eres mierda que…

-Mi joven princesa… no te equivocas al describir mis actos. Fui todo eso y más. Cometí maldades que incluso tú desconoces. Y ahora mírame, aquí estoy, vencida por el tiempo, dispuesta a pagar por todo. Sin embargo, permíteme que restaure algo de aquello, solo una pequeña migaja, y te dé un consejo.

-¿Tú? Ja… ¿qué puedes enseñarme tú si no es algo perverso?

-Mi consejo tómalo o déjalo, joven, pero escúchalo aquí y ahora: todo el mundo tiene una razón para hacer lo que hace. No se trata de excusar la maldad, tan solo de entender el por qué. No se trata de perdonar al perverso porque tiene una razón para serlo, se trata de entender por qué llegó a ese punto. Y no por él, si no por ti, porque el rencor es una carga que te hará infeliz. Quédate, pues, con esto: no juzgues a quien tienes delante, pues un día puede que alguien quiera juzgarte a ti.

-Cháchara insufrible de una puta arrogante. Quisiste matarme a mí que no te había hecho nada, yo que he sido buena, yo que solo tenía buenas intenciones.

La vieja bruja miró compasiva a la joven.

-Dime pues, niña de los buenos sentimientos, ¿por qué abandonaste a aquellos siete que cuidaron de ti sin conocerte y te fuiste con aquel bello hombre que solo te brindó un beso?

Blancanieves se levantó iracunda y descargó un puñetazo encima de la mesa.

-¿Qué sabrás tú de mis razones, vieja zorra?
-¿Y tú, Blancanieves? ¿Qué sabes tú de mí?

domingo, 25 de junio de 2017

El tiempo que no vuelve



«Ey, amigo, te lo voy a explicar. No es tan difícil. Mira, es así: sales de tu casa por la mañana temprano y la dejas ahí, tumbadita en la cama. Son seis años de matrimonio, pero te sigue gustando la redondez de su culo como el primer día. Pues sí, tío, no me mires así, son años, pero qué coño, que sigo pillado con esa mujer. Pues como te decía, te vas al trabajo y ahí se queda ella. Y cuando llegas al curro te recibe el jefe a grito pelado, que parece que el maricón está esperándote desde el día anterior, y te dice que dónde están los informes. Joder, se quedaron encima del escritorio de mi casa. Salgo corriendo, cojo el metro de nuevo y cuarenta minutos de viaje que tendré que recuperar después de la hora de salir. ¿Sabes que veo cuando llego?... a la del culito redondo que se quedó en la cama subiendo al  coche de alguien, de un tío que no conozco. Pero incluso ahí, en ese momento, no dudo de ella. Es cuando les veo besarse cuando me descoloco.

Es ahí, amigo, cuando me olvido de los informes y quiero volver a la noche anterior, a los dos sentados viendo el concurso de mierda de la tele y riéndonos, con la cena sobre las piernas. 

En la esquina veo una máquina del tiempo. Entro y pido un viaje al pasado, a la noche anterior, a la semana anterior, a la vida anterior. Me lo sirven sobre un posavasos manchado y yo me lo bebo de un trago, y empieza el viaje: los dos vestidos de fiesta, bailando, y luego follando para despedir el año, que es como solíamos hacerlo; los dos discutiendo acalorados por una nadería y luego pidiéndonos perdón como adolescentes; los dos buscando un hotel rural, porque París está fuera de presupuesto.

Las imágenes se vuelven borrosas y pido ampliación del viaje. Vuelven a llenarlo y lo veo todo claro de nuevo. Hay momentos de tensión, de decisiones inaplazables; hay ilusiones, decepciones, alegrías, discusiones. Más momentos, más planes, más futuro, más pasado… ningún presente.

Necesito algo más fuerte, un viaje más intenso. Lo pido, pero me ponen mala cara. Discuto y al final lo consigo. El encargado de la máquina del tiempo me hace pasar a otra estancia, más discreta, donde me esperan líneas blancas, líneas de tiempo, que aspiro con un billete viejo. Sonrío. El aleteo en el corazón, los buenos momentos que vuelven, y decido salir de allí mirando al cielo, sin dejar de sonreír por lo que estoy reviviendo, mi viaje al pasado. 

Y cruzo la calle buscando el tiempo que no vuelve.

Sí, tío, ¿ves como sí es posible viajar en el tiempo? Escúchame, ¿ves aquella monada que está detrás del cordón policial, la que tiene cara de preocupación? No la dejes acercarse. Colócate la gorra, ajústate el uniforme, vas hacia ella y le dices que se tranquilice. No le digas que la mitad de mi cuerpo bajo este coche es solo ya una masa informe. No permitas que me vea así al final de este viaje. Dile que la quiero.»

lunes, 12 de junio de 2017

Azul es mi nombre


El ruido que hace mi mamá en la cocina me despierta, como cada mañana. Es una de mis rutinas, de esas que me hacen la vida fácil y sin las cuales no podría vivir. La siguiente es saludar al sol. Me asomo por la ventana y pienso que soy la segunda persona que ve desde que asomó por encima de los árboles. La primera es mi mamá, claro. Nadie se despierta antes que ella en el mundo. Ella le habrá dado los buenos días y ahora soy yo quien le habla con mis no-palabras. ¿Qué qué son, dices? Son las que yo uso, son especiales, no suenan, solo vuelan desde mi mente hasta mamá, y hasta el sol, claro, que son los únicos que las entienden.

Dicen los mayores que en los seis años que llevo viviendo sobre esta tierra, nadie ha escuchado ningún sonido salir de mi boca, pero mamá sabe que eso no es cierto, que las no-palabras suenan, solo en su cabeza, claro, pero ella las oye.

Cuando veo que el sol ya está contento por haberme visto hoy, desvío la mirada hacia la carretera que pasa por delante de nuestra casa. Hay un hombre sentado sobre una maleta. Le miro extrañada. Nadie para nunca delante de esta casa. Vivimos en medio de la nada, rodeados de campos de maíz. A mamá siempre le ha dado miedo que estemos las dos solas, sin nadie cercano en muchos kilómetros, y siempre anda diciendo que un día lo venderá todo y nos iremos lejos.

El hombre está mirando fijamente la casa. Incluso desde la distancia, noto que sus ojos lo examinan todo. Debería bajar y avisar a mamá, que siempre me ha advertido contra los extraños. Dice que nunca hable con ellos, ni me acerque, ni mucho menos que les tome de la mano, que alguien tan especial como yo es presa fácil. No sé qué significa eso, pero mamá siempre tiene razón, así que yo la obedezco… casi siempre.

Entonces se me ocurre que quiero verle de cerca. Bajo la escalera, pisando con cuidado para que no suenen los escalones de madera, y me escabullo por la puerta trasera, fuera de la vista de mamá. La hierba está fría bajo mis pies desnudos. Avanzo hacia el hombre hasta ponerme delante de él. No se mueve y me mira, como extrañado, a través de unas gafas de sol redondas. Debe ser que nunca ha visto una niña. Me fijo en que lleva dibujos de mujeres en la piel. Su cara es vieja, pero su ropa joven, como cuando le quito la cabeza al osito de peluche y se la pongo a una de mis muñecas.

Sigue sentado en la maleta, pero sus no-palabras me dicen que se ha puesto tenso al verme. Señalo sus tatuajes.

—Son mujeres que amé… y ya no están. —dice.

Señalo su maleta. Entonces, él se levanta y la abre. Revuelve la ropa hasta que encuentra un cordón de cuero. Se gira hacia mí, agarrándolo con las dos manos. Oigo a mi madre que grita desde la puerta de nuestra casa y corre hacia nosotros. El cordel se enrosca a mi cuello y los gritos de mi madre se vuelven histéricos. Entonces se afloja y algo metálico cae sobre mi pecho. Es una plaquita donde pone “Azul”. “Azul” es mi nombre.

Él se quita las gafas y me habla con no-palabras. Y yo le respondo con las dos únicas que han salido de mi boca en lo que llevo de vida:

-Hola, papá.

martes, 30 de mayo de 2017

La herencia



Carraspeó, se aclaró y leyó una vez más el papel que tenía delante. Decía así:

Me gusta… 

...el olor de la leña de chimenea en una tarde de invierno,
la carcajada ruidosa de un bebé,
encontrar una piedra redonda y pulida en el fondo del arroyo,
el valle que hay entre las clavículas de mi mujer,
la noche del viernes y la mañana del domingo,
el olor del jazmín en las noches de verano,
la luna llena cuando me habla.

No me gusta…

...sonreír cuando solo quiero llorar,
el desánimo del desamor,
sentirme solo cuando estoy acompañado,
besar la indiferencia,
la punzada en el corazón,
la enfermedad asesina,
el apego al desapego.

Esto, hijo mío, es tu herencia. Siente cada palabra y saborea cada olor. Piensa con el corazón y siente con el alma. Sufre cuando toque y disfruta cuando quieras, pero sobre todo, y ante todo, ámate y ama. Entiende lo que digo y vivirás para siempre.”

Se hizo el silencio y las batas blancas se miraron entre sí, confundidos, por millonésima vez. Se pusieron al trabajo de nuevo: examinaron las pizarras llenas de fórmulas y los bancos de datos inmensos e interminables, buscaron entre las palabras de los discursos de los grandes hombres y en libros de historia viejos y polvorientos, revolvieron entre las miles de notas de los grandes estudiosos y en los millones de apuntes de los más inteligentes y preclaros. Todo fue inútil. Aquel “vivirás para siempre” seguía sin ser entendido. La vida eterna seguiría siendo el único objetivo no alcanzado por el hombre. 

Uno tras otro, fueron abandonando. Cuando el último salió de la gran sala, el hombre que empujaba el carrito de la fregona entró. Silbando, empezó a colocar el revoltijo de papeles que eran las mesas hasta que dio con aquel antiguo escrito manoseado. Era la transcripción de una piedra encontrada en un cementerio antiguo. Lo leyó para sí mismo y, meneando la cabeza, sonrió. Luego miró el reloj. En diez minutos volvería a su casa, besaría a su hijo dormido, se acostaría y le haría el amor a su compañera. Y ese sencillo pensamiento le hizo sentir feliz, sin más. 

Miró por la ventana y vio a todos aquellos grandes hombres andando cabizbajos y tristes, camino de sus hogares. Y pensó lo fácil que les sería encontrar la respuesta que buscaban si le preguntaban a él, o mejor aún, si miraban dentro de sí mismos.

jueves, 18 de mayo de 2017

La sonrisa del perdedor


MILA

Un pensamiento baja volando y se posa suave sobre la mente de Mila: «esta noche voy a hacer el amor, bueno, qué coño, voy a follar». Apenas las palabras acaban de cerrar las alas y acomodarse, cuando ya se ha puesto colorada. «Por Dios, Mila, pero qué estás diciendo» y automáticamente cierra las piernas y las cruza, todo en un solo movimiento recatado e inconsciente. 

Hace rato que no escucha al resto de contertulios. Sentados en círculo, con una mesa pequeña en el centro, la docena de asistentes de ese día debate desde hace horas sobre «La conjura de los necios». A ella le pareció una chorrada de libro cuando vio la convocatoria, pero quedarse en casa machacándose el ego había dejado de ser una opción desde hacía un tiempo. Es lo que estuvo haciendo durante un año y medio, desde aquel lejano día en el que Ramón se había ido con la putita. Siempre le sale esa palabra cuando piensa en ella, putita, así en diminutivo, aunque en realidad putona sería más adecuado, más que nada por la edad. Y es que, si al menos se hubiera ido con una jovencita, pero no, se fue con una cincuentona, otra versión de ella misma. 

Imaginarle entre las piernas de una chica hubiera sido ideal para poder llamarle cabrón degenerado, pero no, el muy jodido se había ido con una como ella, un madura, aunque «más adecuada», dijo, «más independiente», sentenció. Treinta años de hogar perfecto, de hijos perfectos, de vida perfecta, todo para acabar dándose cuenta que la imperfecta era ella, al menos eso había estado creyendo durante mucho tiempo. 

“…Ignatius representa a la inmadurez de una sociedad decadente que…”

La frase se ha colado en sus pensamientos. La ha soltado Juan, “ojos de serpiente”, apodo que le puso mentalmente el primer día que le conoció. Normalmente viene acompañado de su mujer, pero hoy está solo. Pilar, su esposa, no le cae bien, aunque hasta hoy no ha sabido por qué. Fue esta mañana, nada más levantarse y recordar que tenía tertulia con el club, cuando se dio cuenta. Pilar no es una persona desagradable ni estúpida, solo es que se parece demasiado a ella. La ve ahí, al lado de Juan cada domingo de tertulia, tan atenta a lo que dice él, tan pava, que la odia. Tal y como se odia a si misma desde que Ramón se fue con la putona. «¿Por qué aguanté tanto al lado de ese hombre?», se reprocha. Siempre hubo una sospecha, unos ojos que huían ante las preguntas, unas palabras vacilantes; en resumen, una rata muerta bajo el porche, pero era mejor dejarlo pasar, más cómodo. Y ahora, ella misma se ve reflejada en Pilar. A su marido se le huele desde lejos. Nada más entrar, hace un rato, ha repasado a todas las presentes de arriba abajo. Se le nota que las ha probado de todos los colores. «Pobre Pilar, pobre y estúpida Mila».

“… y esa madre, ¡qué personaje! Siempre perdonando a su hijo. Alcohólica y abandonada…”

La tertulia sigue y Mila recuerda lo ocurrido hace unas horas. Ha sido esta mañana, durante el desayuno, cuando ha levantado por tercera vez el vaso de leche. Se ha quedado mirándolo, tan verde, tan duradero. Uno de los que compró hace treinta años. Una maravilla de vidrio que le aseguraron duraría para siempre. Estaba un poco descolorido ya y lleno de marcas a base del uso, pero ahí seguía. Un vaso que se ha caído mil veces, que se ha golpeado en tantas y tantas ocasiones, y, sin embargo, desgastado, pero entero. Entonces ha venido el ataque de rabia. Lo ha agarrado y lo ha lanzado con todas sus fuerzas contra la pared. La leche ha dibujado un arco informe en el aire y ha caído por todos lados. Y el vaso, tan duradero, tan eterno, se ha hecho añicos contra los baldosines blancos.

Entonces, Mila ha gritado de rabia, de pena, de incomprensión. Ha golpeado la mesa y pateado la pared de forma salvaje hasta cansarse, eso sí, sin soltar una lágrima. Ya no le quedan. Dieciocho meses llorando es mucho llorar. En ese momento es cuando ha decidido pasar página y empezar otro camino. Y han aparecido las ideas locas, esos demonios pequeños y divertidos que se cuelan sin ser llamados. Esos que aparecen en la juventud a miles y que van siendo espantados o atendidos a medida que maduramos. «Viaja lejos», «prueba las drogas», «baila hasta que no pueda más», «sal al balcón desnuda y grita hasta quedar ronca», «tírate a un chaval» … Sí, eso… tirarse a un hombre más joven, a ver qué se siente. “Tirárselo”, ahí es nada, “follárselo”, sí, queda mejor “follárselo”.

“…el personaje negro es todo un símbolo, toda una protesta en sí mismo. Las gafas oscuras con las que tapa sus ojos aluden a…”

Sí, los ojos. Dicen tanto, son tan evidentes... Los de Juan no son los únicos que han acariciado hoy sus curvas de mujer. Mario también lo ha hecho, aunque de esa forma tímida que tiene el chaval. Admitámoslo, no es más que un crío para ella. Solo es un poco mayor que sus propios hijos, pero se le ve fuerte, buenos riñones, seguro que empuja con toda el alma. Los labios de Mila se curvan y deja escapar una risita.

“…Es gracioso el negro, sin duda... ¿Es el que más te ha hecho reír, Mila?... cuéntanos.”

No se ha dado cuenta, pero su risita en realidad ha sido toda una carcajada. Ahora todos la miran. Se pone colorada hasta la raíz del cabello. La imagen del negro se fusiona en su mente con la de un Mario blanco y desnudo empujando con una verga negra, todo riñones. Todas las miradas están fijas en ella. Y entonces pasa... Al principio solo es un temblor en sus hombros, luego una mano que se lleva a la boca, sus ojos se arrugan un poquito y… estalla en carcajadas. Mario mitad negro, mitad blanco bombeando como si le fuera la vida en ello. Se agarra la tripa en un movimiento que es todo suyo, todo ella, y se retuerce con lágrimas de auténtica juerga rodando por sus mejillas. Todos se miran confundidos. El libro es gracioso, pero…

Mila, colorada, medio sudando, se calma, mira a Juan y luego a Mario, y vuelve a estallar en carcajadas incontrolables. La mecha está encendida y empieza a arder. Primero son sonrisas incrédulas, luego risas, al final todos la acompañan en una orgía de dientes blancos y ojos llorosos de puro regocijo. Cuando se van calmando alguien dice «…el negro…» y de nuevo estalla la hilaridad en cascada. Al final todos se calman. Mila siente un poco de humedad en las bragas y se mueve incómoda. Sonríe para sí misma. No sabe si ha sido culpa de las carcajadas o del deseo, ese nuevo compañero.

“… y por hoy creo que hemos dicho todo lo que se puede opinar sobre el gordo Ignatius y su tragicómica vida. Nos vemos en la siguiente tertulia, amigos…”

Hay un arrastrar de sillas y un volar de abrigos encajándose en sus dueños. Juan se le acerca, tal y como ella espera. Le ha lanzado un par de miradas en momentos clave, justo cuando se hablaba de algo sexual o picante, y el muy idiota ha picado. Se para un momento. Una alarma suena en algún punto de su cerebro. «Mila, ¿qué estás haciendo?, no te reconozco». Se da cuenta que es la voz de su ex marido. Siempre fue un mojigato con ella, el muy cabrón, siempre con ese falso recato, siempre apartando la vista cuando salía desnuda de la ducha o cuando se ponía el sujetador, y todo para acabar yéndose con otra más “adecuada”. «¿Por qué te oigo todavía, Ramón?», «¿es que vas a seguir jodiéndome incluso dentro de la cabeza? Que te den…» y aparta la molesta imagen de su mente. Juan llega donde está ella, sonrisa de hombre pagado de sí mismo, ojos de serpiente. Ella sonríe a su vez.



JUAN

Juan observa el cuadro de la pared. «¿Cuántos habré visto como este? ¿En cuántas habitaciones de cuántos hoteles habré visto oleos de veleros surcando el mar? Ni siquiera son cuadros de verdad, son solo reproducciones enmarcadas, imágenes falsas, carne de impresora. Salen de la máquina, todas iguales, les colocas un marco y ya tienes decoración para mil habitaciones, diez mil, cien mil. Colgados de una pared, observarán y juzgarán a todos los que se acuesten en las mil, diez mil, cien mil camas que las ocupan. Si esos cuadros tuvieran alma, si pudieran pensar, se asquearían cada noche y cada puto día». 

El ruido de la cisterna del cuarto de baño le trae a la realidad. La madurita ha caído sin mucho esfuerzo. Se la veía dispuesta nada más empezar la tertulia. Un par de caídas de ojos, tres o cuatro sonrisas y ya estaba en el bote. Es curioso, hoy precisamente. Ha sido un día malo, extraño, pero cuando la ha visto reírse de esa manera ha pensado que dentro de aquella cincuentona inocente tenía que haber algo salvaje, algo que le hiciera olvidar por un momento. Le encantan de ese tipo. Parecen virgencitas, pero están resabiadas como gallinas viejas, y eso le pone mucho. Le ha extrañado no tener una erección allí mismo.

Puede que haya sido culpa de lo ocurrido en las últimas horas. Hasta medio día todo iba como siempre, nada fuera de lo normal. El vacile con la camarera del bar a la hora del desayuno, el repaso visual a una secretaria en el ascensor, el roce “accidental” con la chica de las fotocopias. Futuras presas todas. Algunas se han escapado a lo largo de su vida, claro, pero normalmente es porque resultaban ser bolleras; bueno, seguramente lo eran. 

A eso de la una ha pasado algo que le ha desestabilizado. Ha vuelto a casa a comer y ha aprovechado para ir al cuarto de baño. Estaba sentado en el trono, con los calzoncillos bajados y concentrado en el esfuerzo cuando ha visto un destello de plata debajo del armario del lavabo. Se ha estirado todo lo posible y con la punta de los dedos lo ha sacado. Un cuadrado de plástico con una palabra impresa en ambos lados: “DUREX”. Los ojos se le han abierto de sorpresa, las piernas le han flojeado y el estreñimiento ha dejado de ser un problema.

Al salir se ha guardado el hallazgo en el bolsillo. Le es extraño. No el objeto en sí mismo (los tiene iguales a montones en un escondrijo del coche), si no el sitio donde lo ha encontrado, en su propio baño. Hace una década que se hizo la vasectomía, hace mucho que no los usa dentro de su propio dormitorio.

La comida ha transcurrido en silencio. Pilar, distraída, ensimismada, con esa expresión de quien está mirando más allá de las paredes, apenas se ha llevado algo a la boca. Él, sintiendo un peso extraño sobre la pierna, donde descansa el trozo de plástico incautado, ha estado revolviendo la sopa como quien busca respuestas en el fondo del plato. Cuando se ha levantado para irse, ella no había cambiado la expresión. El «hasta la noche, me voy a la ofi» ha quedado sin su correspondiente «no trabajes mucho» de todos los días.

En su despacho, Juan se ha sentado en la silla y ha estado un rato mirando el pequeño bulto cuadrado de su pernera. No se ha decidido a tirarlo, no sabe por qué. A las seis de la tarde su amigo le ha soltado «¿Haces horas extra o es que tienes plan, maricón?». Entonces ha despertado de su ensoñación, ha cogido el abrigo y se ha dirigido al Bar donde siempre se detiene a calentar antes de salir. El regusto del Dyc con Coca-cola le ha traído de nuevo a la realidad. Le ha despejado, ha alejado los pensamientos confusos y le ha puesto en modo “Juan”, ese estado en el que es capaz de follarse a cualquier tía. Luego ha salido solo en dirección a la tertulia, un cazadero inexplorado.

La puerta del baño se abre y aparece Mila. Le extraña verla vestida aún. Se miran a los ojos y avanzan uno hacia el otro. Cuando están pegados, ella levanta los brazos, indecisa, y le rodea el cuello. Él la toma por la cintura. El modo “Juan” está en On. «Voy a por ti, nena. Vas a fliparlo a tu edad». Se besan. Ella ni se acuerda siquiera. ¿Qué se hacía? ¿Cómo se mueve la lengua? ¿Se mete dentro de la boca? ¿Se acarician los labios?

Juan baja las manos y le agarra el culo. Ella da un respingo, todo nervios. El galán sonríe con la suficiencia que da la práctica. Mila se anima. «Actúa, Mila, muévete, no seas sosa», se dice, y baja la mano hacia el paquete. Espera encontrar algo duro, algo que la excite y le humedezca las bragas por segunda vez aquel día, pero allí solo hay un bulto que le cabe en la palma. «¿Por qué no se le pone dura?». Los viejos hábitos asoman su fea cara y le hacen sentirse culpable. «No le gusto. Soy yo, es por mí». Le tiembla el labio, le sudan las manos, se humedecen los ojos de Mila. Y entonces una imagen acude al rescate: el vaso verde de esta mañana. Lo ve volar como a cámara lenta y estrellarse, hacerse añicos. La culpabilidad huye asustada ante el estruendo de los cristales. Mila ya no es Mila.

Juan la mira confundido y se mira la entrepierna. Y luego mira el pequeño bulto de su pernera, allí donde está DUREX. Y la mira de nuevo a ella, y vuelve a mirarse, y así entra en un círculo vicioso del que no puede salir. No entiende nada. Ya debería estar follando, ella debería estar gimiendo ya. ¿Qué está pasando?

Mila retrocede. Ya no vacila, ya no tiembla.

–¿Y para esto tanto? –le suelta. Recoge el bolso y el abrigo, y sale dando un portazo.

La mujer que baja en el ascensor no ha hecho el amor, qué coño, ni siquiera ha follado, pero sonríe a su imagen del espejo. Atraviesa el hall del hotel con paso seguro, golpes de tacón sobre mármol que resuenan. Se pone el abrigo en un solo movimiento y sale a la calle.



MARIO

Mario la ve salir por la puerta del hotel y se extraña del poco tiempo que ha pasado. Al terminar la tertulia se fijó en ellos. Trataron de disimular, pero se veía a las claras que querían irse juntos. Le jodió mucho. Tenía planeado hablar con ella, invitarla a tomar algo y ver si las miraditas que se habían intercambiado le llevaban a algún sitio. Es un poco mayor para él, pero tiene algo especial, aunque en el fondo es lo mismo que piensa de todas. Todas esas mujeres están hechas de una sustancia que no es capaz de identificar. Son más dulces, más calmadas, más comprensivas y, sobre todo, no parece que vayan a reírse de él.

Ahora no sabe qué hacer, aunque tampoco sabe por qué les ha seguido. ¿Curiosidad? ¿Morbo? ¿Quizá un intento de flagelarse? La inseguridad acude a apretarle la garganta. Es una vieja conocida desde tiempos inmemoriales. No recuerda ni un minuto de su vida sin su compañía. A veces callada, a veces ruidosa, pero siempre presente. Traga saliva y su nuez se mueve arriba y abajo. 

«No han podido hacer nada, no les ha dado tiempo, es imposible». Desde que la vio por primera vez, apenas ha cruzado dos palabras con Mila, pero siente el sabor de los celos en la misma boca. «Eres gilipollas», se dice, y se da la vuelta para irse. Entonces sale Juan con paso cansino, como si fuera un viejo. Los hombros hundidos, la mirada perdida. Levanta un brazo para pedir un taxi y le ve al otro lado de la calle. Por un momento se siente confundido. «Qué hace este panoli aquí. Putas casualidades». Luego reacciona y le saluda con el mismo brazo levantado con el que pedía el taxi. Mario le responde y se da la vuelta rápido, esperando que la distancia disimule su cara de culpabilidad.

La historia de su vida: las mujeres guapas se van con otros. Recorre tres calles y se para. Le da una patada a una farola y esta le devuelve un dedo magullado. «Mierda, mierda, mierda». Suspira decepcionado pensando en lo que hará a continuación y echa a andar. No es lo que quiere, pero es lo que le queda. Media hora después se para delante de un edificio que conoce de otras veces, un sitio donde viene a desfogarse. Entra con la cabeza agachada, esperando que no le reconozcan. Llama al ascensor y suplica que no llegue nadie en ese momento que quiera subir con él y con su vergüenza. Cuando llega a la planta tercera, se dirige a la puerta del fondo. Hace ademán de tocar el timbre, pero se lo piensa mejor y golpea la puerta flojito, que se oiga poco, lo justo. Al otro lado un arrastrar de zapatillas caseras, una mirilla que se abre y unos cerrojos que se descorren. Y allí está Pilar, contenta de verle por segunda vez aquel día. Y allí entra el inocente Mario, con lo que él ha llamado siempre la sonrisa del perdedor.

lunes, 13 de febrero de 2017

Efectos secundarios



—Eh, psssst, Antonia, ¿estás despierta? —susurro mientras golpeo la puerta con mis nudillos artríticos.

—Que sí, cojona, que ya salgo.

Muevo los pies nerviosa y miro arriba y abajo del pasillo. En cualquier momento podría aparecer un vigilante o uno de nuestros convecinos prostáticos a hacer el pis de las dos de la mañana. La puerta se abre y sale mi compañera de correrías en camisón.

—¿Has tocado ya a la puerta de Mercedes? –me dice.
—No, vamos.

Nos agarramos del brazo y avanzamos a nuestro pasito de ochenteras, que no es que naciéramos precisamente con la movida madrileña, si no que tenemos años como para alicatar dos cuartos de baño.

—Escucha, Carmen, no golpees la puerta que despertarás a media
residencia. Seguro que la tiene abierta, empuja y ya está.

Y allí que voy yo y la abro. Resulta que Mercedes ya está levantada y esperándonos. Se está bajando el camisón y atusándose el pelo. Mira hacia su cama y nosotros seguimos la dirección de sus ojos. Entre un revoltijo de sábanas una tripa velluda sube y baja al ritmo de un soneto de ronquidos. Nosotros nos miramos ojipláticas mientras ella sale rápidamente y cierra la puerta.

—Mercedes, no me digas que te los has zumbado –le digo.
—Hija, qué ordinaria eres. Hemos hecho el amor.
—Anda ya –le suelta una Antonia mosqueada—, si tiene algo más de setenta el tío. No me digas que se le ha levantado, que no me lo creo.

Mercedes le sonríe con autosuficiencia.

—Sería el primero que no se le pone dura conmigo, cariño. Que una sabe hacer cosas. Bueno, qué, vamos a lo que vamos, ¿no?

Nos agarramos las tres y avanzamos por el pasillo oscuro. Nuestro objetivo está justo al pasar el mostrador de los vigilantes. Nos asomamos con cuidado. Nadie a la vista, así que iniciamos nuestro trote cochinero y llegamos hasta la puerta 212, la que nos interesa. Está medio entornada. Antonia, la más valiente, se asoma por el hueco.

—Joder, sí que es él.

La aparto a un lado y miro al interior del dormitorio. Está tumbado boca arriba, con esa barbita que me ponía tanto cuando presentaba el concurso de la tele. Ahora es blanca, pero entonces era negra y yo la imaginaba rozándome por…

—Carmen, coño, quita de la puerta que te quedas como abobá.

Mercedes me aparta y toma mi sitio.

—Ya sabéis que soy yo la que dará el veredicto de si es él o no —nos dice petulante.

Empuja la puerta con cuidado y entra. La seguimos de cerca, en fila y dando pasitos silenciosos.

Rodeamos su cama y Mercedes nos mira, decidida. Coge el borde de la sábana y lo alza. El hombre está desnudo. Las tres nos quedamos mirando aquel miembro tumefacto. Está grande, pero caído hacia un lado, como si el peso lo hubiera tumbado.

—El él, sin duda —sentencia.
—¿Te lo puedes creer, Antonia? Vamos a jugar al parchís todas las tardes con el presentador más guapo de la tele de todos los tiempos.

Miro a Mercedes, pero tiene el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? ¿No es él? Has dicho que era él.
—No, es él, solo que…
—Solo que, ¿qué?
—Que yo creo que se ha quedao muñeco.

Antonia y yo retrocedemos un paso, asustadas.

—Ese pene no puede estar de esa manera y no dar al menos un saltito, moverse algo, no sé si me entendéis.

Nos miramos las tres y la decisión es unánime. Salimos de la habitación todo lo deprisa que podemos y regresamos a nuestras camas.

Yo me duermo desilusionada. Qué tardes hubiera pasado con aquel hombre jugando al parchís, con esa mirada suya que me hacía vibrar de joven.

Mercedes vuelve a acostarse al lado de la tripa velluda, recordando a aquel miembro que tan buenas tardes le dio y que, por un momento, ha tenido la ilusión de volver a usar.

Antonia se tapa hasta los ojos y recuerda cuando vio entrar aquella tarde al famoso presentador. Ya habían hablado de él las tres y habían hecho el plan para la primera noche que durmiera en la residencia. Mercedes no estaba segura de que fuera él, pero si viera dentro de sus pantalones podría decir algo al respecto, siempre y cuando se aproximara al tamaño en el que ella solía manejarlo, claro. Entonces se le ocurrió la idea a Antonia: machacar dos pastillitas azules y dejarlas caer en la cena de aquel hombre. Así podrían estar seguras.

Tuvo la idea, además, de guardar el prospecto del medicamento y hace un momento se ha parado a leerlo. Pues sí, allí lo pone bien claro: “posibles efectos secundarios no deseados”.

Antonia se relaja con un pensamiento antes de dormirse: “bueno, que se joda la Merce”.

jueves, 26 de enero de 2017

Palabras



Dice mi gurú que me creo todo lo que me dicen.

Me lo soltó con una sonrisilla de las suyas, de esas de “ayyyy, este muchachoooo” y por un momento pensé que me estaba vacilando. Me chocó un poco, pero luego, cuando me lo explicó, lo entendí. 

Me dijo: “las palabras son fruto de nuestro estado de ánimo, de un momento, de un pensar más o menos pasajero. Ten cuidado con interpretarlas al pié de la letra. A veces quieren decir lo contrario, a veces quieren decir lo que dicen, a veces no quieren decir nada, así que no te fíes, no te dejes llevar por ellas. Si quieres fiarte de algo, fíate de los hechos. Puede que contradigan a las palabras, o puede que las confirmen, pero son los que mandan, son los que te harán feliz o desgraciado”. 

Y me hace pensar cuánto me gustan las palabras: escribirlas, leerlas y oírlas (las bonitas y las feas, todas). Cuánto me han hecho disfrutar o sufrir a veces, en su belleza o en su acritud.

Me hace pensar cuántas veces me he puesto a interpretarlas, buscando el significado oculto, como si pudieran tener la llave de mi felicidad. ¿Cuántas veces me habré equivocado? ¿Cuántas habré acertado? Intento recordar si después los hechos las confirmaron o desmintieron, pero es imposible recordarlos en su mayoría.

Pero la lección queda, que al final es lo que importa.

Así es mi gurú. Vas a pedir consejo porque crees que piensas demasiado y te pone a discurrir aún más. Eso sí, te deja cosas como esta para que las pongas por ahí y haya más gente que se coma el coco contigo.

domingo, 22 de enero de 2017

Una historia solo para tí

El médico fue quien me sugirió lo del senderismo. Me lo dijo bien claro: “No te veo edad ni maneras para salir a correr. Y tus rodillas se harían puré con esos impactos. Mejor sal a la montaña. No te hablo de que te vayas a andar al parque, como los abueletes, que eso es demasiado flojo para ti. Lo que tienes que hacer es trekking”. “¿Lo qué?”, le contesté poniendo mi cara de “¡Coño, una pipa amarga!”. “Senderismo, Juan, senderismo. Naturaleza, esfuerzo, kilómetros, sudar. Madre mía, lo que te cuesta probar algo nuevo. Si eres escritor deberías estar deseando meterte en situaciones nuevas y todo eso, ¿no?”. “Ya, ya” le contesté cambiando a mi cara de “tú flipas si crees que voy a ponerme a sudar para nada”.

Pero un amago de infarto a los cincuenta y cinco años no es una broma, es un aviso. Un “deja de tratar a tu cuerpo como si fueras un adolescente o te dejo en la cuneta”. Y, para variar, le hice caso. Adiós cervecitas con tapas un día sí y otro también. Adiós media docena de copas el sábado por la noche. Adiós a mis cigarritos, que aunque no eran muchos, eran imprescindibles a la hora de la sobremesa, después de una reunión tensa o post-revolcón. Este último fue el más fácil de desterrar. Sí, exacto, por eso que estás pensando. Mis pequeños vicios no saludables se despidieron de mí con cara de pena y entraron por la puerta palabrejas como Quinoa, té verde, avena, frutas, verduras y, claro, Trekking, mejor dicho senderismo, que me cuestan los anglicismos.

Busqué información, grupos para salir a la montaña, me compré ropa adecuada y me preparé mentalmente para hacer algo que rechazaba cada poro de mi piel. Un urbanita auténtico como yo es aquel que piensa en el campo como ese espacio a recorrer en coche entre ciudad y ciudad lo antes posible. 

Mi psicólogo me dijo que buscara los puntos positivos para reforzar la decisión, y ahí acertó el mamón. ¿Qué clase de gentuza inadaptada se apunta a andar por el campo sin más razón que ir de un punto a otro y dejarse las piernas y los pulmones por el camino?¿Qué tipos y tipas me encontraría en un ambiente así? ¿Me servirían como personajes para mis historias? Me di cuenta que yo iba a ser uno de esos panolis andarines. Si me encontraba otros como yo, podría ser un filón.

Y así fue como me encontré un sábado a las ocho de la mañana con otros catorce pringados (¿hay otra forma de llamar a alguien que se pega un madrugón el sábado para ir a ¡¡¡ANDAR!!!?), cargados con mochila, agua, gorra y crema solar untada hasta en lo blanco de los dientes. Yo los miraba y me decía “a estas horas estaba yo la semana pasada recogiéndome y preparado para dormir el sábado entero la toña pillada con mucho esmero durante toda la noche, pero no, ahora estoy reformado y cuidando mi corazoncito”. 

El guía empezó a hablar y yo empecé a aburrirme. Consejos y consejos. No os separéis. Si alguien quiere hacer pis que lo diga y paramos. No os acerquéis a las vacas que aunque parecen mansas os pueden dar un susto. Este se cree que les voy a dar unos pases o algo así. Bostecé y miré por el rabillo del ojo a ver si alguien más consideraba aquello el peñazo que era, pero no, estaban atentos como niños buenos. Mis botas especiales de campo recién compradas se giraban solas para salir corriendo de allí, así que hice un esfuerzo y convoqué la imagen de mi psicólogo diciéndome “personajes, personajes, personajes”. El escritor curioso se impuso al cincuentón vago y me froté la cara para alejar el sueño. Modo investigador en ON. Estudiemos a mis compañeros.

Un vistazo rápido y me quedo con cuatro especímenes: el del gorro de camuflaje, pantalones hasta los tobillos y camisa de manga larga, la jovencita nerviosa con rastas que pasa de un pie a otro impaciente por arrancar, la guiri blanca como la leche que debe tener mi edad, más o menos, y a la que imagino colorada como un cangrejo de paella al finalizar el día, y el gordo enorme apoyado sobre los bastones y sudando como si lleváramos ya la mitad del camino. El resto no son interesantes, aunque la gente aparentemente más sencilla es la que más te sorprende, lo tengo comprobado.

Una vez seleccionados, mi estado mental es otro. Es ese punto en el que desaparece mi yo canalla, ese que me saca todas las noches de viernes y sábado y me hace anestesiar el alma con alcohol. Ese punto en el que soy escritor; mi vocación, mi ser auténtico. Me pongo eufórico por dentro porque cada día me cuesta más alcanzar ese lugar de mi mente. Será la edad, será la desgana, a saber.

El guía clava el bastón en el suelo y arranca con un ademán del brazo, como si fuera Moisés y nos condujera a la tierra prometida. Empezamos a andar y me pongo al lado del gordo, a ver qué me cuenta, a ver qué historia se le puede sacar. Dos chistes malos y cuatro vivencias después, le descarto por aburrido. Además, resopla y suda al mismo tiempo, y ya me ha refrescado la cara un par de veces con saliva. Cambio el objetivo: vamos a por el del gorro de camuflaje.
Resulta ser un experimentado montañero (qué coño está haciendo aquí, entonces) y me relata una tras otra sus correrías por allende las sierras y los montes. Aburrido, aburrido, aburrido. No tiene salsa en el fondo, nada interesante, y todo lo que cuenta suena falso, aunque no me importa. Si las historias fueran buenas, me daría igual su veracidad.

No desesperemos. Alguien en este grupo debe tener algo que contar. Necesito encontrarlo para no desmotivarme y mandar el trekk… el senderismo a la mierda.

La chica de las rastas, vamos allá. Primero la tengo que alcanzar, claro, porque anda como si tuviera pica─pica en las bragas. Lleva una velocidad de crucero tal que en breve superará al guía y la perderemos de vista. Allá que voy y me pongo a su lado. Una presentación rápida, búsqueda de gustos comunes, un par de risas y resulta que ha viajado lo suyo. Esto promete, pero a los diez minutos tengo que desistir. ¿Cómo puede mover las piernas a esa velocidad y hablar al mismo tiempo? Mejor lo dejo o será peor el remedio que la enfermedad. Es que palmo, lo estoy viendo. O tiene más nervios que un filete del Carrefour o se ha metido algo para tener esa energía.

Queda la guiri. Si esta no da juego, paso de esta mierda de andar por el campo. Me apuntaré a un gimnasio. Afortunadamente solo tengo que disminuir la velocidad haciendo como que estoy sin fuelle, que por cierto es la puta realidad. Me sitúo al lado de la inglesa y me sonríe nada más mirarla. Tiene los mofletes colorados y una chispa de algo bueno en los ojos, un brillo de esos que te da confianza. Su “Vaya ritmo que lleva la chica, ¿eh?” me suena a país del este. “¿Rusa?”, le digo, y ella imita mi cara de “pipas amargas”. Me río sin malicia y corrijo: “Ucraniana entonces, ¿a que sí?”. Estalla en carcajadas alegres, de esas que suenan a festejo, de las que te obligan a reír aunque no quieras. Me fijo en un detalle que se me había pasado hasta ese momento: lleva unos guantes muy finos de color carne, un poco tapados por una camiseta de manga larga. Sigue mi mirada y sus ojos se entristecen un poco, lo cual me dice que es un tema que no hay que tocar, al menos de momento.

Y por fin doy con una historia. Huída de su tierra, perseguida por un marido violento, madre protectora que le cuesta dejar volar a su único hijo, trabajadora incansable, cultura clásica. Me entusiasmo con todo lo que voy oyendo. No me preocupa memorizar detalles. Sé que luego seré capaz de reconstruir la conversación. Me pasa cuando doy con un buen relato. Todo se queda ahí grabado para ser usado después. 

El tema de los guantes planea por encima de mi cabeza como un jilguero molesto. De vez en cuando se me van los ojos sin poder evitarlo, pero me resisto a decir nada. Siento una punzada pequeñita en el pecho. Creo que me he emocionado demasiado y he apretado el paso. Es la primera vez, así que aflojo el ritmo, no sea que el amago se convierta en otra cosa. Ella se queda atrás conmigo.

─Puf, ¿nos sentamos un poco? –le pregunto quitándome el sudor de la cara.
─Pero el guía ha dicho que no nos quedemos atrás.
─Va, Irina, que esto es un camino. Si nos echan de menos ya volverán a por nosotros. Mira, necesito parar un poco, pero tú sigue si quieres.

Me mira y duda, pero se detiene. Se sienta en el suelo enfrente de mí, sin más ceremonia.

─Yo aquí contándote mi vida de emigrante y tú no dices nada de la tuya. ¿A qué te dedicas?
─Soy escritor –como si eso lo explicara todo.
─Ya te veo, ya, y por eso te has venido a hablar conmigo, ¿eh? Lo de los guantes, ¿a que sí? Misterio, misterio.

La miro directamente a las manos y asiento con una sonrisa culpable.

─Ah, ¡cuántas veces, cuántas, me han preguntado! Pero yo no puedo contar, no, sin más ni más, no a cualquier desconocido. Estas cosas son muy personales, ¿sabes, Juan?
─Claro, claro. Oye que a mí me da igual, pero tienes que admitir que es curioso. Con este calor y tú con las manos cubiertas. No me digas que no sudas.
─No es cómodo, ya te lo digo yo, señor escritor.
─Bueno, oye, señora ucraniana, vamos a levantarnos y seguimos a los demás.
─Ah, viejo truco, ¿eh? ¿Funciona con las chicas? No me intereso, no me intereso, a ver si así pico la curiosidad. ¿Funciona, eh? ¿Llevas chicas a la cama con eso? –Vuelve a estallar en carcajadas y me obliga a reír a mí también. Me dejo caer de nuevo.
─Quieto ahí, mejor así, señor escritor Juan. Te contaré, pero nada saldrá de aquí. No puedes llevarlo a una de tus historias, ni tampoco nombrarme. Nadie puede saber de esto. Es una historia solo para ti, porque eso es lo que has venido buscando hoy, ¿no, señor Juan escritor? Bueno, escucha con las orejas abiertas esto que pasó.

Ha conseguido dejarme serio e intrigado. Su aspecto de bonachona me ha engañado. Me ha estado observando todo el rato o, más bien, me ha calado desde el minuto uno. Miro un momento a mi alrededor. Estamos a la sombra de un árbol, a la vera de un camino. Nuestros compañeros han desaparecido tras la curva y solo se escuchan pájaros y un suave rumor de aire entre las ramas. Sé cuando estoy en un momento mágico. He vivido pocos, pero son inconfundibles, y está claro que aquella mujer que tengo delante es un ser especial.

─Pasó en América, un sitio al que fui a parar huyendo del monstruo. Sí, Juan, era un ser maligno, de esos que no deberían haber nacido nunca porque solo traen la desgracia a quien está junto a ellos. No te voy a contar la peripecia de una mujer y su hijo escapando de un pueblecito perdido y atravesando dos continentes y un océano. Eso quizá otro día, cuando necesites otra historia. Esta empezará para ti en una fábrica oscura, dentro de una pequeña ciudad olvidada, en medio de uno de los grandes estados del interior de América. Un sitio tan lejano y recóndito que llegué a pensar que mi hijo y yo estaríamos fuera de su alcance.

»Y empezará un día cualquiera, en medio de la semana, de madrugada. Yo paseaba entre los grandes depósitos y las máquinas, vigilando las luces, las pantallas y las agujas indicadoras. No me exigía un gran esfuerzo, pero sí muchas horas de no dormir. Ese trabajo y otro que tenía por las mañanas nos daban de comer. Las horas de sueño eran casi un lujo que no podía darme. Andaba con mi carpeta, apuntando datos, cuando oí el caminar lento de alguien. Se me puso la piel de gallina, de verdad, Juan. No me preguntes por qué, pero lo supe, supe que era él. No lo vi, ni lo olí, ni sentí su aliento cerca, ni nada de nada, solo eso, el caminar, que podría haber sido de cualquiera, pero que yo supe que era el suyo, el del monstruo. Nos había encontrado, quién sabe de qué manera. Eché a correr y él lo hizo también. Me persiguió subiendo y bajando escaleras metálicas. Cuando miraba hacia atrás podía ver sus ojos azules de loco y su boca salvaje sonriendo. Supe que si me alcanzaba, no me dejaría viva. No sé cuánto tiempo huí por los pasillos de aquella fábrica. No sentía cansancio ni agotamiento. Si no me hubiera acorralado al borde de uno de los grandes tanques, creo que hubiera seguido corriendo hasta que me explotara el corazón.

»Me fue empujando poco a poco y sentí otra vez todo el terror y la congoja de antaño, pero esta vez fue como nunca antes. Es como si lo poco humano que había quedado en él hubiera desaparecido, como si ya solo existiera el monstruo. Bajé los brazos y me rendí por un momento. Pensé “que no me duela, que acabe pronto”, pero oí una voz, Juan. Fue una voz ronca que me hablaba por encima del hombro. Dijo “luego irá a por tu hijo”. No sé qué paso entonces, no sé explicarlo. Levanté los hombros, saqué los dientes, hinché el pecho, aspiré furia en estado puro, y me lancé a por él. Sí, aquí donde me ves, este retaquito que soy, a por un hombre de casi cien quilos. Quizá fuera aquella voz ronca que me habló, quizá se me metió dentro y me infló el corazón, o quizá es que él no se lo esperaba. Le golpeé con fuerza en el estómago con las dos manos y se dobló sin aire. Con su pelo a la altura de mis manos lo agarré como quien coge una bolsa de basura y lo lancé al tanque. No sé qué líquido había allí. Cayó y se hundió, y pensé que no saldría nunca más, pero sí lo hizo. Apareció su cabeza y sus manos se agarraron del borde. La voz me lo dijo: “no debe salir de ahí”. Y me tumbé en el borde y empujé sus hombros con todas mis fuerzas hacia abajo. Mis manos se hundieron con él en aquel líquido transparente. No sentí nada por lo que deduje que no tendría ningún efecto sobre mí. Solo quería que se ahogase en aquel veneno. ¿Imaginas con qué fuerza le empujé para que no se moviera de allí? Me estás viendo. Soy pequeña y poca cosa. ¿De dónde salió aquella fuerza? Yo no lo sé, Juan, pero nada en el mundo hubiera podido hacer que mis brazos dejaran de empujarle bajo aquel líquido apestoso. Lo sostuve allí hasta que dejó de moverse. Sus ojos me miraban desde abajo, furiosos, hasta que se quedaron quietos, sus manos se crisparon y luego se hundió, y lo perdí de vista. Saqué los brazos y me los sequé en la ropa.

» ¿Crees que me puse a llorar, Juan? ¿Crees que me agarré de los pelos y tiré histérica, que perdí los nervios y me puse a chillar por lo que había hecho? Me inundó una paz como no había conocido en años. No estaba eufórica ni triste, solo en paz. Miré a mi alrededor y supe que sería mi última noche en aquel trabajo, en aquel pueblo y, seguramente, en aquel estado. Acabé el turno y dejé una nota para mi jefe pidiéndole la cuenta. Cuando iba camino de mi casa empecé a notar un calor en los brazos, allí donde me había tocado el líquido. Al principio fue una molestia, pero luego empezó a escocer cada vez más. Me había lavado en la fábrica con mucha agua y creo que aquello fue lo que me salvó de perder las manos. Continué lavándome en casa y luego me eché cremas, pero la piel se arrugó, se encurtió y al final parecía la de un lagarto, aunque nunca me dolió. Durante lo que fue la última huida que haríamos mi hijo y yo, visité a un médico y me dijo que nunca había visto nada igual. Cuando me preguntó por el sitio y el líquido que me había hecho aquello, le dije que estaba borracha durante el accidente y no podía recordar nada. Permanecí atenta a las noticias, pero no leí nada acerca de un cuerpo encontrado en la fábrica, por lo que deduje que aquel líquido se había comido al monstruo. Luego abandonamos aquel país y acabamos en este tuyo. Eso fue hace años. Recuperé mi vida y la de mi hijo. Y nunca, Juan, nunca… volví a escuchar aquella voz, la que me dio la fuerza de tres hombres y la valentía de una leona.

Irina calló de repente y yo me encontré que había estado conteniendo la respiración hasta ese momento. Suspiré sin dejar de mirarla con los ojos como platos. Entonces se echó a reír de aquella manera a la que ya me había acostumbrado, con grandes carcajadas alegres. Aquello rompió el momento y me devolvió a la realidad. Ella reía cada vez con más ganas y yo le acompañaba hasta que empezó a dolerme el estómago. Estuvimos así bastante rato hasta que no pudimos más de puro agotamiento.

─Eres gran escuchador de historias, Juan señor escritor, pero muy crédulo. 

Me di cuenta entonces que durante la historia no me había parecido notar aquel acento del este, ni tampoco que sus palabras sonaran descolocadas, tal como ahora volvían a parecerme. Mi propio poder de sugestión me había jugado una mala pasada, sin duda.

Nos levantamos entre risas todavía y emprendimos el camino tras nuestros compañeros perdidos. Encontré que era una conversadora muy divertida. Me entretuvo con infinidad de historias sobre su trabajo en los Estados Unidos hasta que llegamos al mirador que se suponía era uno de los puntos de encuentro de aquella ruta. Nuestros compañeros no estaban. Nos preocupamos los dos y empezamos a mirar a lo lejos, a ver si los distinguíamos en algún camino lejano de los que se veían, ella por un lado del mirador y yo por el otro.

Entonces me pareció distinguirlos a lo lejos y agucé la vista. Di un paso hacia delante como si así pudiera ver mejor, luego otro y al tercero me encontré pisando el aire. Di un grito y me encontré con que mi cuerpo se inclinaba hacia el vacío sin que yo pudiera hacer nada. Entonces algo atrapó mi muñeca izquierda y se cerró alrededor con una fuerza espantosa. Mi caída se frenó en seco y me encontré mirando hacia un suelo de piedra que estaba cincuenta metros más abajo, mientras colgaba de mi brazo izquierdo. Miré hacia arriba y allí estaba Irina, agarrada al borde del mirador con una mano mientras me sostenía con la otra. No entendía nada. Yo no caía y ella no se venía arrastrada tras de mí. Me di cuenta entonces del terrible dolor que tenía en el brazo y en la muñeca, y grité desesperado.

Aquella mujercita me miraba con ojos extraños, como si se estuviera pensando algo. Su expresión cambió varias veces, como si pasaran por su mente opiniones contradictorias. Luego se suavizó un poco y tiró de mí hacia arriba. Se contrajeron sus brazos regordetes y tiró de mis setenta kilos hasta que pude apoyarme en un saliente y agarrarme con la mano derecha al reborde. Cuando por fin me vi a salvo, vomité de puro terror.

Me quedé sentado donde estaba entre sudores fríos y por fin levanté la vista. Ella me miró seria y me vino a la mente el tacto que había sentido hacía solo un momento en mi muñeca. Aquello con lo que me había atrapado en el aire no podía ser una mano, era más como una garra, áspera y fuerte. Supe entonces que mi vida había dependido más de la decisión de una mujercita rechoncha que del mirador traicionero. Ella había decidido y yo seguía allí, pero sin duda a cambio de algo. No hizo falta decirlo con palabras: mi silencio.

─Bueno, señor Juan escritor, ahora yo me iré y tú le dirás a los otros que me encontraba mal y volví sola a mi coche, y me fui. ¿Así será, no?

Asentí sin más, sabiendo que aquello era un acuerdo. Ella se volvió por donde habíamos venido y desapareció. Hora y media después me encontraban al lado de mi vómito. Explicaciones que no sonaron convincentes y partimos para casa entre la preocupación general por mi estado.

Dormí mal, en parte por el dolor del brazo, en parte por haber estado a punto de morir, en parte por todas las partes. Pasó la semana y me fui tranquilizando algo. El trabajo contribuyó a dejar de pensar. Se me quitaron las ganas de copas y juerga. También las de repetir con el trekking. El domingo decidí acudir a uno de nuestros encuentros de escritores, a ver si desconectaba de forma total.

La tarde transcurrió de forma amena, como siempre lo había sido en aquel Club Ciervoblanco. Cuando llegó la hora de construir historias improvisadas pedí silencio a todos mis compañeros y me puse serio.

─Escuchad, tengo que contaros una historia que no puede salir de aquí.

En algún sitio de aquella misma ciudad, una voz ronca susurró unas palabras al oído de una pequeña mujer rechoncha. Sus ojos claros cambiaron. La traición no era perdonable.