jueves, 26 de enero de 2017

Palabras



Dice mi gurú que me creo todo lo que me dicen.

Me lo soltó con una sonrisilla de las suyas, de esas de “ayyyy, este muchachoooo” y por un momento pensé que me estaba vacilando. Me chocó un poco, pero luego, cuando me lo explicó, lo entendí. 

Me dijo: “las palabras son fruto de nuestro estado de ánimo, de un momento, de un pensar más o menos pasajero. Ten cuidado con interpretarlas al pié de la letra. A veces quieren decir lo contrario, a veces quieren decir lo que dicen, a veces no quieren decir nada, así que no te fíes, no te dejes llevar por ellas. Si quieres fiarte de algo, fíate de los hechos. Puede que contradigan a las palabras, o puede que las confirmen, pero son los que mandan, son los que te harán feliz o desgraciado”. 

Y me hace pensar cuánto me gustan las palabras: escribirlas, leerlas y oírlas (las bonitas y las feas, todas). Cuánto me han hecho disfrutar o sufrir a veces, en su belleza o en su acritud.

Me hace pensar cuántas veces me he puesto a interpretarlas, buscando el significado oculto, como si pudieran tener la llave de mi felicidad. ¿Cuántas veces me habré equivocado? ¿Cuántas habré acertado? Intento recordar si después los hechos las confirmaron o desmintieron, pero es imposible recordarlos en su mayoría.

Pero la lección queda, que al final es lo que importa.

Así es mi gurú. Vas a pedir consejo porque crees que piensas demasiado y te pone a discurrir aún más. Eso sí, te deja cosas como esta para que las pongas por ahí y haya más gente que se coma el coco contigo.

domingo, 22 de enero de 2017

Una historia solo para tí

El médico fue quien me sugirió lo del senderismo. Me lo dijo bien claro: “No te veo edad ni maneras para salir a correr. Y tus rodillas se harían puré con esos impactos. Mejor sal a la montaña. No te hablo de que te vayas a andar al parque, como los abueletes, que eso es demasiado flojo para ti. Lo que tienes que hacer es trekking”. “¿Lo qué?”, le contesté poniendo mi cara de “¡Coño, una pipa amarga!”. “Senderismo, Juan, senderismo. Naturaleza, esfuerzo, kilómetros, sudar. Madre mía, lo que te cuesta probar algo nuevo. Si eres escritor deberías estar deseando meterte en situaciones nuevas y todo eso, ¿no?”. “Ya, ya” le contesté cambiando a mi cara de “tú flipas si crees que voy a ponerme a sudar para nada”.

Pero un amago de infarto a los cincuenta y cinco años no es una broma, es un aviso. Un “deja de tratar a tu cuerpo como si fueras un adolescente o te dejo en la cuneta”. Y, para variar, le hice caso. Adiós cervecitas con tapas un día sí y otro también. Adiós media docena de copas el sábado por la noche. Adiós a mis cigarritos, que aunque no eran muchos, eran imprescindibles a la hora de la sobremesa, después de una reunión tensa o post-revolcón. Este último fue el más fácil de desterrar. Sí, exacto, por eso que estás pensando. Mis pequeños vicios no saludables se despidieron de mí con cara de pena y entraron por la puerta palabrejas como Quinoa, té verde, avena, frutas, verduras y, claro, Trekking, mejor dicho senderismo, que me cuestan los anglicismos.

Busqué información, grupos para salir a la montaña, me compré ropa adecuada y me preparé mentalmente para hacer algo que rechazaba cada poro de mi piel. Un urbanita auténtico como yo es aquel que piensa en el campo como ese espacio a recorrer en coche entre ciudad y ciudad lo antes posible. 

Mi psicólogo me dijo que buscara los puntos positivos para reforzar la decisión, y ahí acertó el mamón. ¿Qué clase de gentuza inadaptada se apunta a andar por el campo sin más razón que ir de un punto a otro y dejarse las piernas y los pulmones por el camino?¿Qué tipos y tipas me encontraría en un ambiente así? ¿Me servirían como personajes para mis historias? Me di cuenta que yo iba a ser uno de esos panolis andarines. Si me encontraba otros como yo, podría ser un filón.

Y así fue como me encontré un sábado a las ocho de la mañana con otros catorce pringados (¿hay otra forma de llamar a alguien que se pega un madrugón el sábado para ir a ¡¡¡ANDAR!!!?), cargados con mochila, agua, gorra y crema solar untada hasta en lo blanco de los dientes. Yo los miraba y me decía “a estas horas estaba yo la semana pasada recogiéndome y preparado para dormir el sábado entero la toña pillada con mucho esmero durante toda la noche, pero no, ahora estoy reformado y cuidando mi corazoncito”. 

El guía empezó a hablar y yo empecé a aburrirme. Consejos y consejos. No os separéis. Si alguien quiere hacer pis que lo diga y paramos. No os acerquéis a las vacas que aunque parecen mansas os pueden dar un susto. Este se cree que les voy a dar unos pases o algo así. Bostecé y miré por el rabillo del ojo a ver si alguien más consideraba aquello el peñazo que era, pero no, estaban atentos como niños buenos. Mis botas especiales de campo recién compradas se giraban solas para salir corriendo de allí, así que hice un esfuerzo y convoqué la imagen de mi psicólogo diciéndome “personajes, personajes, personajes”. El escritor curioso se impuso al cincuentón vago y me froté la cara para alejar el sueño. Modo investigador en ON. Estudiemos a mis compañeros.

Un vistazo rápido y me quedo con cuatro especímenes: el del gorro de camuflaje, pantalones hasta los tobillos y camisa de manga larga, la jovencita nerviosa con rastas que pasa de un pie a otro impaciente por arrancar, la guiri blanca como la leche que debe tener mi edad, más o menos, y a la que imagino colorada como un cangrejo de paella al finalizar el día, y el gordo enorme apoyado sobre los bastones y sudando como si lleváramos ya la mitad del camino. El resto no son interesantes, aunque la gente aparentemente más sencilla es la que más te sorprende, lo tengo comprobado.

Una vez seleccionados, mi estado mental es otro. Es ese punto en el que desaparece mi yo canalla, ese que me saca todas las noches de viernes y sábado y me hace anestesiar el alma con alcohol. Ese punto en el que soy escritor; mi vocación, mi ser auténtico. Me pongo eufórico por dentro porque cada día me cuesta más alcanzar ese lugar de mi mente. Será la edad, será la desgana, a saber.

El guía clava el bastón en el suelo y arranca con un ademán del brazo, como si fuera Moisés y nos condujera a la tierra prometida. Empezamos a andar y me pongo al lado del gordo, a ver qué me cuenta, a ver qué historia se le puede sacar. Dos chistes malos y cuatro vivencias después, le descarto por aburrido. Además, resopla y suda al mismo tiempo, y ya me ha refrescado la cara un par de veces con saliva. Cambio el objetivo: vamos a por el del gorro de camuflaje.
Resulta ser un experimentado montañero (qué coño está haciendo aquí, entonces) y me relata una tras otra sus correrías por allende las sierras y los montes. Aburrido, aburrido, aburrido. No tiene salsa en el fondo, nada interesante, y todo lo que cuenta suena falso, aunque no me importa. Si las historias fueran buenas, me daría igual su veracidad.

No desesperemos. Alguien en este grupo debe tener algo que contar. Necesito encontrarlo para no desmotivarme y mandar el trekk… el senderismo a la mierda.

La chica de las rastas, vamos allá. Primero la tengo que alcanzar, claro, porque anda como si tuviera pica─pica en las bragas. Lleva una velocidad de crucero tal que en breve superará al guía y la perderemos de vista. Allá que voy y me pongo a su lado. Una presentación rápida, búsqueda de gustos comunes, un par de risas y resulta que ha viajado lo suyo. Esto promete, pero a los diez minutos tengo que desistir. ¿Cómo puede mover las piernas a esa velocidad y hablar al mismo tiempo? Mejor lo dejo o será peor el remedio que la enfermedad. Es que palmo, lo estoy viendo. O tiene más nervios que un filete del Carrefour o se ha metido algo para tener esa energía.

Queda la guiri. Si esta no da juego, paso de esta mierda de andar por el campo. Me apuntaré a un gimnasio. Afortunadamente solo tengo que disminuir la velocidad haciendo como que estoy sin fuelle, que por cierto es la puta realidad. Me sitúo al lado de la inglesa y me sonríe nada más mirarla. Tiene los mofletes colorados y una chispa de algo bueno en los ojos, un brillo de esos que te da confianza. Su “Vaya ritmo que lleva la chica, ¿eh?” me suena a país del este. “¿Rusa?”, le digo, y ella imita mi cara de “pipas amargas”. Me río sin malicia y corrijo: “Ucraniana entonces, ¿a que sí?”. Estalla en carcajadas alegres, de esas que suenan a festejo, de las que te obligan a reír aunque no quieras. Me fijo en un detalle que se me había pasado hasta ese momento: lleva unos guantes muy finos de color carne, un poco tapados por una camiseta de manga larga. Sigue mi mirada y sus ojos se entristecen un poco, lo cual me dice que es un tema que no hay que tocar, al menos de momento.

Y por fin doy con una historia. Huída de su tierra, perseguida por un marido violento, madre protectora que le cuesta dejar volar a su único hijo, trabajadora incansable, cultura clásica. Me entusiasmo con todo lo que voy oyendo. No me preocupa memorizar detalles. Sé que luego seré capaz de reconstruir la conversación. Me pasa cuando doy con un buen relato. Todo se queda ahí grabado para ser usado después. 

El tema de los guantes planea por encima de mi cabeza como un jilguero molesto. De vez en cuando se me van los ojos sin poder evitarlo, pero me resisto a decir nada. Siento una punzada pequeñita en el pecho. Creo que me he emocionado demasiado y he apretado el paso. Es la primera vez, así que aflojo el ritmo, no sea que el amago se convierta en otra cosa. Ella se queda atrás conmigo.

─Puf, ¿nos sentamos un poco? –le pregunto quitándome el sudor de la cara.
─Pero el guía ha dicho que no nos quedemos atrás.
─Va, Irina, que esto es un camino. Si nos echan de menos ya volverán a por nosotros. Mira, necesito parar un poco, pero tú sigue si quieres.

Me mira y duda, pero se detiene. Se sienta en el suelo enfrente de mí, sin más ceremonia.

─Yo aquí contándote mi vida de emigrante y tú no dices nada de la tuya. ¿A qué te dedicas?
─Soy escritor –como si eso lo explicara todo.
─Ya te veo, ya, y por eso te has venido a hablar conmigo, ¿eh? Lo de los guantes, ¿a que sí? Misterio, misterio.

La miro directamente a las manos y asiento con una sonrisa culpable.

─Ah, ¡cuántas veces, cuántas, me han preguntado! Pero yo no puedo contar, no, sin más ni más, no a cualquier desconocido. Estas cosas son muy personales, ¿sabes, Juan?
─Claro, claro. Oye que a mí me da igual, pero tienes que admitir que es curioso. Con este calor y tú con las manos cubiertas. No me digas que no sudas.
─No es cómodo, ya te lo digo yo, señor escritor.
─Bueno, oye, señora ucraniana, vamos a levantarnos y seguimos a los demás.
─Ah, viejo truco, ¿eh? ¿Funciona con las chicas? No me intereso, no me intereso, a ver si así pico la curiosidad. ¿Funciona, eh? ¿Llevas chicas a la cama con eso? –Vuelve a estallar en carcajadas y me obliga a reír a mí también. Me dejo caer de nuevo.
─Quieto ahí, mejor así, señor escritor Juan. Te contaré, pero nada saldrá de aquí. No puedes llevarlo a una de tus historias, ni tampoco nombrarme. Nadie puede saber de esto. Es una historia solo para ti, porque eso es lo que has venido buscando hoy, ¿no, señor Juan escritor? Bueno, escucha con las orejas abiertas esto que pasó.

Ha conseguido dejarme serio e intrigado. Su aspecto de bonachona me ha engañado. Me ha estado observando todo el rato o, más bien, me ha calado desde el minuto uno. Miro un momento a mi alrededor. Estamos a la sombra de un árbol, a la vera de un camino. Nuestros compañeros han desaparecido tras la curva y solo se escuchan pájaros y un suave rumor de aire entre las ramas. Sé cuando estoy en un momento mágico. He vivido pocos, pero son inconfundibles, y está claro que aquella mujer que tengo delante es un ser especial.

─Pasó en América, un sitio al que fui a parar huyendo del monstruo. Sí, Juan, era un ser maligno, de esos que no deberían haber nacido nunca porque solo traen la desgracia a quien está junto a ellos. No te voy a contar la peripecia de una mujer y su hijo escapando de un pueblecito perdido y atravesando dos continentes y un océano. Eso quizá otro día, cuando necesites otra historia. Esta empezará para ti en una fábrica oscura, dentro de una pequeña ciudad olvidada, en medio de uno de los grandes estados del interior de América. Un sitio tan lejano y recóndito que llegué a pensar que mi hijo y yo estaríamos fuera de su alcance.

»Y empezará un día cualquiera, en medio de la semana, de madrugada. Yo paseaba entre los grandes depósitos y las máquinas, vigilando las luces, las pantallas y las agujas indicadoras. No me exigía un gran esfuerzo, pero sí muchas horas de no dormir. Ese trabajo y otro que tenía por las mañanas nos daban de comer. Las horas de sueño eran casi un lujo que no podía darme. Andaba con mi carpeta, apuntando datos, cuando oí el caminar lento de alguien. Se me puso la piel de gallina, de verdad, Juan. No me preguntes por qué, pero lo supe, supe que era él. No lo vi, ni lo olí, ni sentí su aliento cerca, ni nada de nada, solo eso, el caminar, que podría haber sido de cualquiera, pero que yo supe que era el suyo, el del monstruo. Nos había encontrado, quién sabe de qué manera. Eché a correr y él lo hizo también. Me persiguió subiendo y bajando escaleras metálicas. Cuando miraba hacia atrás podía ver sus ojos azules de loco y su boca salvaje sonriendo. Supe que si me alcanzaba, no me dejaría viva. No sé cuánto tiempo huí por los pasillos de aquella fábrica. No sentía cansancio ni agotamiento. Si no me hubiera acorralado al borde de uno de los grandes tanques, creo que hubiera seguido corriendo hasta que me explotara el corazón.

»Me fue empujando poco a poco y sentí otra vez todo el terror y la congoja de antaño, pero esta vez fue como nunca antes. Es como si lo poco humano que había quedado en él hubiera desaparecido, como si ya solo existiera el monstruo. Bajé los brazos y me rendí por un momento. Pensé “que no me duela, que acabe pronto”, pero oí una voz, Juan. Fue una voz ronca que me hablaba por encima del hombro. Dijo “luego irá a por tu hijo”. No sé qué paso entonces, no sé explicarlo. Levanté los hombros, saqué los dientes, hinché el pecho, aspiré furia en estado puro, y me lancé a por él. Sí, aquí donde me ves, este retaquito que soy, a por un hombre de casi cien quilos. Quizá fuera aquella voz ronca que me habló, quizá se me metió dentro y me infló el corazón, o quizá es que él no se lo esperaba. Le golpeé con fuerza en el estómago con las dos manos y se dobló sin aire. Con su pelo a la altura de mis manos lo agarré como quien coge una bolsa de basura y lo lancé al tanque. No sé qué líquido había allí. Cayó y se hundió, y pensé que no saldría nunca más, pero sí lo hizo. Apareció su cabeza y sus manos se agarraron del borde. La voz me lo dijo: “no debe salir de ahí”. Y me tumbé en el borde y empujé sus hombros con todas mis fuerzas hacia abajo. Mis manos se hundieron con él en aquel líquido transparente. No sentí nada por lo que deduje que no tendría ningún efecto sobre mí. Solo quería que se ahogase en aquel veneno. ¿Imaginas con qué fuerza le empujé para que no se moviera de allí? Me estás viendo. Soy pequeña y poca cosa. ¿De dónde salió aquella fuerza? Yo no lo sé, Juan, pero nada en el mundo hubiera podido hacer que mis brazos dejaran de empujarle bajo aquel líquido apestoso. Lo sostuve allí hasta que dejó de moverse. Sus ojos me miraban desde abajo, furiosos, hasta que se quedaron quietos, sus manos se crisparon y luego se hundió, y lo perdí de vista. Saqué los brazos y me los sequé en la ropa.

» ¿Crees que me puse a llorar, Juan? ¿Crees que me agarré de los pelos y tiré histérica, que perdí los nervios y me puse a chillar por lo que había hecho? Me inundó una paz como no había conocido en años. No estaba eufórica ni triste, solo en paz. Miré a mi alrededor y supe que sería mi última noche en aquel trabajo, en aquel pueblo y, seguramente, en aquel estado. Acabé el turno y dejé una nota para mi jefe pidiéndole la cuenta. Cuando iba camino de mi casa empecé a notar un calor en los brazos, allí donde me había tocado el líquido. Al principio fue una molestia, pero luego empezó a escocer cada vez más. Me había lavado en la fábrica con mucha agua y creo que aquello fue lo que me salvó de perder las manos. Continué lavándome en casa y luego me eché cremas, pero la piel se arrugó, se encurtió y al final parecía la de un lagarto, aunque nunca me dolió. Durante lo que fue la última huida que haríamos mi hijo y yo, visité a un médico y me dijo que nunca había visto nada igual. Cuando me preguntó por el sitio y el líquido que me había hecho aquello, le dije que estaba borracha durante el accidente y no podía recordar nada. Permanecí atenta a las noticias, pero no leí nada acerca de un cuerpo encontrado en la fábrica, por lo que deduje que aquel líquido se había comido al monstruo. Luego abandonamos aquel país y acabamos en este tuyo. Eso fue hace años. Recuperé mi vida y la de mi hijo. Y nunca, Juan, nunca… volví a escuchar aquella voz, la que me dio la fuerza de tres hombres y la valentía de una leona.

Irina calló de repente y yo me encontré que había estado conteniendo la respiración hasta ese momento. Suspiré sin dejar de mirarla con los ojos como platos. Entonces se echó a reír de aquella manera a la que ya me había acostumbrado, con grandes carcajadas alegres. Aquello rompió el momento y me devolvió a la realidad. Ella reía cada vez con más ganas y yo le acompañaba hasta que empezó a dolerme el estómago. Estuvimos así bastante rato hasta que no pudimos más de puro agotamiento.

─Eres gran escuchador de historias, Juan señor escritor, pero muy crédulo. 

Me di cuenta entonces que durante la historia no me había parecido notar aquel acento del este, ni tampoco que sus palabras sonaran descolocadas, tal como ahora volvían a parecerme. Mi propio poder de sugestión me había jugado una mala pasada, sin duda.

Nos levantamos entre risas todavía y emprendimos el camino tras nuestros compañeros perdidos. Encontré que era una conversadora muy divertida. Me entretuvo con infinidad de historias sobre su trabajo en los Estados Unidos hasta que llegamos al mirador que se suponía era uno de los puntos de encuentro de aquella ruta. Nuestros compañeros no estaban. Nos preocupamos los dos y empezamos a mirar a lo lejos, a ver si los distinguíamos en algún camino lejano de los que se veían, ella por un lado del mirador y yo por el otro.

Entonces me pareció distinguirlos a lo lejos y agucé la vista. Di un paso hacia delante como si así pudiera ver mejor, luego otro y al tercero me encontré pisando el aire. Di un grito y me encontré con que mi cuerpo se inclinaba hacia el vacío sin que yo pudiera hacer nada. Entonces algo atrapó mi muñeca izquierda y se cerró alrededor con una fuerza espantosa. Mi caída se frenó en seco y me encontré mirando hacia un suelo de piedra que estaba cincuenta metros más abajo, mientras colgaba de mi brazo izquierdo. Miré hacia arriba y allí estaba Irina, agarrada al borde del mirador con una mano mientras me sostenía con la otra. No entendía nada. Yo no caía y ella no se venía arrastrada tras de mí. Me di cuenta entonces del terrible dolor que tenía en el brazo y en la muñeca, y grité desesperado.

Aquella mujercita me miraba con ojos extraños, como si se estuviera pensando algo. Su expresión cambió varias veces, como si pasaran por su mente opiniones contradictorias. Luego se suavizó un poco y tiró de mí hacia arriba. Se contrajeron sus brazos regordetes y tiró de mis setenta kilos hasta que pude apoyarme en un saliente y agarrarme con la mano derecha al reborde. Cuando por fin me vi a salvo, vomité de puro terror.

Me quedé sentado donde estaba entre sudores fríos y por fin levanté la vista. Ella me miró seria y me vino a la mente el tacto que había sentido hacía solo un momento en mi muñeca. Aquello con lo que me había atrapado en el aire no podía ser una mano, era más como una garra, áspera y fuerte. Supe entonces que mi vida había dependido más de la decisión de una mujercita rechoncha que del mirador traicionero. Ella había decidido y yo seguía allí, pero sin duda a cambio de algo. No hizo falta decirlo con palabras: mi silencio.

─Bueno, señor Juan escritor, ahora yo me iré y tú le dirás a los otros que me encontraba mal y volví sola a mi coche, y me fui. ¿Así será, no?

Asentí sin más, sabiendo que aquello era un acuerdo. Ella se volvió por donde habíamos venido y desapareció. Hora y media después me encontraban al lado de mi vómito. Explicaciones que no sonaron convincentes y partimos para casa entre la preocupación general por mi estado.

Dormí mal, en parte por el dolor del brazo, en parte por haber estado a punto de morir, en parte por todas las partes. Pasó la semana y me fui tranquilizando algo. El trabajo contribuyó a dejar de pensar. Se me quitaron las ganas de copas y juerga. También las de repetir con el trekking. El domingo decidí acudir a uno de nuestros encuentros de escritores, a ver si desconectaba de forma total.

La tarde transcurrió de forma amena, como siempre lo había sido en aquel Club Ciervoblanco. Cuando llegó la hora de construir historias improvisadas pedí silencio a todos mis compañeros y me puse serio.

─Escuchad, tengo que contaros una historia que no puede salir de aquí.

En algún sitio de aquella misma ciudad, una voz ronca susurró unas palabras al oído de una pequeña mujer rechoncha. Sus ojos claros cambiaron. La traición no era perdonable.