martes, 30 de mayo de 2017

La herencia



Carraspeó, se aclaró y leyó una vez más el papel que tenía delante. Decía así:

Me gusta… 

...el olor de la leña de chimenea en una tarde de invierno,
la carcajada ruidosa de un bebé,
encontrar una piedra redonda y pulida en el fondo del arroyo,
el valle que hay entre las clavículas de mi mujer,
la noche del viernes y la mañana del domingo,
el olor del jazmín en las noches de verano,
la luna llena cuando me habla.

No me gusta…

...sonreír cuando solo quiero llorar,
el desánimo del desamor,
sentirme solo cuando estoy acompañado,
besar la indiferencia,
la punzada en el corazón,
la enfermedad asesina,
el apego al desapego.

Esto, hijo mío, es tu herencia. Siente cada palabra y saborea cada olor. Piensa con el corazón y siente con el alma. Sufre cuando toque y disfruta cuando quieras, pero sobre todo, y ante todo, ámate y ama. Entiende lo que digo y vivirás para siempre.”

Se hizo el silencio y las batas blancas se miraron entre sí, confundidos, por millonésima vez. Se pusieron al trabajo de nuevo: examinaron las pizarras llenas de fórmulas y los bancos de datos inmensos e interminables, buscaron entre las palabras de los discursos de los grandes hombres y en libros de historia viejos y polvorientos, revolvieron entre las miles de notas de los grandes estudiosos y en los millones de apuntes de los más inteligentes y preclaros. Todo fue inútil. Aquel “vivirás para siempre” seguía sin ser entendido. La vida eterna seguiría siendo el único objetivo no alcanzado por el hombre. 

Uno tras otro, fueron abandonando. Cuando el último salió de la gran sala, el hombre que empujaba el carrito de la fregona entró. Silbando, empezó a colocar el revoltijo de papeles que eran las mesas hasta que dio con aquel antiguo escrito manoseado. Era la transcripción de una piedra encontrada en un cementerio antiguo. Lo leyó para sí mismo y, meneando la cabeza, sonrió. Luego miró el reloj. En diez minutos volvería a su casa, besaría a su hijo dormido, se acostaría y le haría el amor a su compañera. Y ese sencillo pensamiento le hizo sentir feliz, sin más. 

Miró por la ventana y vio a todos aquellos grandes hombres andando cabizbajos y tristes, camino de sus hogares. Y pensó lo fácil que les sería encontrar la respuesta que buscaban si le preguntaban a él, o mejor aún, si miraban dentro de sí mismos.

5 comentarios:

  1. Hola José. Verás, comprendo el sentido del relato, o creo entenderlo, menos ese "entiende lo que digo y vivirás para siempre". Es cierto que la felicidad, al final, está en todas esas pequeñas cosas y me parece esa herencia la mejor que se le puede dejar a un hijo. Ámate y ama. No creo que se le pueda regalar nada mejor. Pero ese "vivirás para siempre" no lo entiendo, o no le capto el sentido. Si te refieres a que vivirá para siempre en el corazón de los demás me parece arriesgado, nadie supera tanto tiempo. Los únicos que viven "para siempre" son los artistas, esos que dejan una obra. Porque ellos viven a través de ella. Pero dejando eso aparte, me gusta ese poso que dejan tus palabras y me gusta ese señor de la fregona que ansía guardar esos bártulos para ir a hacerle el amor a su esposa y besar a su hijo dormido. No puedo imaginar nada mejor. Lo dicho, lo mejor está en esos pequeños detalles.

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  2. Si, puede que no quedase claro. En realidad los científicos buscaban la inmortalidad. Y esas palabras les llevaron a creer que el secreto estaba oculto entre ellas. Pero es lo de siempre, si estuviera bien escrito, se hubiera entendido. Un ejercicio más de nuestros talleres.

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  3. Mi cerebro es muy sencillo, no hagas caso jajaja

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  4. Sí que está bien escrito, solo es que eso me ha chocado un poco, pero el relato no es criptico, ni hay que leerlo varias veces ni esas vainas. Así que respire usté tranquilo, mi lejano amigo verdulero. ¿El disparador es la foto? Por cierto, la parte del "me gusta" es preciosa. Beso.

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  5. No, el disparador era esta idea: "científicos descubren una piedra con inscripciones que solo tú puedes leer".

    Pero sí que tenía que habérmelo trabajado algo más.

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