domingo, 25 de junio de 2017

El tiempo que no vuelve



«Ey, amigo, te lo voy a explicar. No es tan difícil. Mira, es así: sales de tu casa por la mañana temprano y la dejas ahí, tumbadita en la cama. Son seis años de matrimonio, pero te sigue gustando la redondez de su culo como el primer día. Pues sí, tío, no me mires así, son años, pero qué coño, que sigo pillado con esa mujer. Pues como te decía, te vas al trabajo y ahí se queda ella. Y cuando llegas al curro te recibe el jefe a grito pelado, que parece que el maricón está esperándote desde el día anterior, y te dice que dónde están los informes. Joder, se quedaron encima del escritorio de mi casa. Salgo corriendo, cojo el metro de nuevo y cuarenta minutos de viaje que tendré que recuperar después de la hora de salir. ¿Sabes que veo cuando llego?... a la del culito redondo que se quedó en la cama subiendo al  coche de alguien, de un tío que no conozco. Pero incluso ahí, en ese momento, no dudo de ella. Es cuando les veo besarse cuando me descoloco.

Es ahí, amigo, cuando me olvido de los informes y quiero volver a la noche anterior, a los dos sentados viendo el concurso de mierda de la tele y riéndonos, con la cena sobre las piernas. 

En la esquina veo una máquina del tiempo. Entro y pido un viaje al pasado, a la noche anterior, a la semana anterior, a la vida anterior. Me lo sirven sobre un posavasos manchado y yo me lo bebo de un trago, y empieza el viaje: los dos vestidos de fiesta, bailando, y luego follando para despedir el año, que es como solíamos hacerlo; los dos discutiendo acalorados por una nadería y luego pidiéndonos perdón como adolescentes; los dos buscando un hotel rural, porque París está fuera de presupuesto.

Las imágenes se vuelven borrosas y pido ampliación del viaje. Vuelven a llenarlo y lo veo todo claro de nuevo. Hay momentos de tensión, de decisiones inaplazables; hay ilusiones, decepciones, alegrías, discusiones. Más momentos, más planes, más futuro, más pasado… ningún presente.

Necesito algo más fuerte, un viaje más intenso. Lo pido, pero me ponen mala cara. Discuto y al final lo consigo. El encargado de la máquina del tiempo me hace pasar a otra estancia, más discreta, donde me esperan líneas blancas, líneas de tiempo, que aspiro con un billete viejo. Sonrío. El aleteo en el corazón, los buenos momentos que vuelven, y decido salir de allí mirando al cielo, sin dejar de sonreír por lo que estoy reviviendo, mi viaje al pasado. 

Y cruzo la calle buscando el tiempo que no vuelve.

Sí, tío, ¿ves como sí es posible viajar en el tiempo? Escúchame, ¿ves aquella monada que está detrás del cordón policial, la que tiene cara de preocupación? No la dejes acercarse. Colócate la gorra, ajústate el uniforme, vas hacia ella y le dices que se tranquilice. No le digas que la mitad de mi cuerpo bajo este coche es solo ya una masa informe. No permitas que me vea así al final de este viaje. Dile que la quiero.»

lunes, 12 de junio de 2017

Azul es mi nombre


El ruido que hace mi mamá en la cocina me despierta, como cada mañana. Es una de mis rutinas, de esas que me hacen la vida fácil y sin las cuales no podría vivir. La siguiente es saludar al sol. Me asomo por la ventana y pienso que soy la segunda persona que ve desde que asomó por encima de los árboles. La primera es mi mamá, claro. Nadie se despierta antes que ella en el mundo. Ella le habrá dado los buenos días y ahora soy yo quien le habla con mis no-palabras. ¿Qué qué son, dices? Son las que yo uso, son especiales, no suenan, solo vuelan desde mi mente hasta mamá, y hasta el sol, claro, que son los únicos que las entienden.

Dicen los mayores que en los seis años que llevo viviendo sobre esta tierra, nadie ha escuchado ningún sonido salir de mi boca, pero mamá sabe que eso no es cierto, que las no-palabras suenan, solo en su cabeza, claro, pero ella las oye.

Cuando veo que el sol ya está contento por haberme visto hoy, desvío la mirada hacia la carretera que pasa por delante de nuestra casa. Hay un hombre sentado sobre una maleta. Le miro extrañada. Nadie para nunca delante de esta casa. Vivimos en medio de la nada, rodeados de campos de maíz. A mamá siempre le ha dado miedo que estemos las dos solas, sin nadie cercano en muchos kilómetros, y siempre anda diciendo que un día lo venderá todo y nos iremos lejos.

El hombre está mirando fijamente la casa. Incluso desde la distancia, noto que sus ojos lo examinan todo. Debería bajar y avisar a mamá, que siempre me ha advertido contra los extraños. Dice que nunca hable con ellos, ni me acerque, ni mucho menos que les tome de la mano, que alguien tan especial como yo es presa fácil. No sé qué significa eso, pero mamá siempre tiene razón, así que yo la obedezco… casi siempre.

Entonces se me ocurre que quiero verle de cerca. Bajo la escalera, pisando con cuidado para que no suenen los escalones de madera, y me escabullo por la puerta trasera, fuera de la vista de mamá. La hierba está fría bajo mis pies desnudos. Avanzo hacia el hombre hasta ponerme delante de él. No se mueve y me mira, como extrañado, a través de unas gafas de sol redondas. Debe ser que nunca ha visto una niña. Me fijo en que lleva dibujos de mujeres en la piel. Su cara es vieja, pero su ropa joven, como cuando le quito la cabeza al osito de peluche y se la pongo a una de mis muñecas.

Sigue sentado en la maleta, pero sus no-palabras me dicen que se ha puesto tenso al verme. Señalo sus tatuajes.

—Son mujeres que amé… y ya no están. —dice.

Señalo su maleta. Entonces, él se levanta y la abre. Revuelve la ropa hasta que encuentra un cordón de cuero. Se gira hacia mí, agarrándolo con las dos manos. Oigo a mi madre que grita desde la puerta de nuestra casa y corre hacia nosotros. El cordel se enrosca a mi cuello y los gritos de mi madre se vuelven histéricos. Entonces se afloja y algo metálico cae sobre mi pecho. Es una plaquita donde pone “Azul”. “Azul” es mi nombre.

Él se quita las gafas y me habla con no-palabras. Y yo le respondo con las dos únicas que han salido de mi boca en lo que llevo de vida:

-Hola, papá.